miércoles, 1 de febrero de 2017

La Moralidad como plataforma en el desarrollo social (Integridad y salud mental)


 

 Existe un aspecto, poco conocido, escasamente tomado en cuenta por los estudiosos de la condición humana, es el concerniente a la moralidad como matriz para la estabilidad personal y social. Muy pocos psicoterapias -así como escasas personas- consideran y estiman la integridad como soporte en la plataforma de la salud emocional en los individuos. De hecho, hubo momentos en la historia  en que la moralidad fue sospechosa de generar conflictos y neurosis.  Todo ese concepto, estimado como tabú  de una sociedad hipócrita, fue un legado maldito del psicoanálisis. Si bien es cierto que la sociedad victoriana que tanto atacó Freud (1905) promovía unos dogmas morales restrictivos, el elemento generador de trastorno no era, empero, la virtud, sino el fingimiento. Una ingente cantidad de individuos, de dudosa conciencia, frenaban y reprimían públicamente sus inarticuladas tendencias groseras, con lo cual no hacían más que exacerbar notoriamente sus insatisfacciones y furtivos deseos.

     Toda imposición, autoritaria y obligatoria, es una inadecuada forma de educar o instaurar valores. Sin conciencia y autodeterminación ¿quién puede suponer incorporar principios éticos en su conducta? No es bueno reprimir, entendiendo tal concepto como la contención inconsciente de una pulsión, ya que esto puede generar tensión, misma que fortalece la condición inconscientemente mórbida. La solución tampoco está en darle rienda suelta, sino más bien la comprensión consciente de que el impulso degradante es impropio; humanamente comprensible, pero conductualmente obsceno. En la integridad existe un fundamento generador de salud psicológica y social (May, 1953; Rogers, 1961; Hayes, 2013; Weziak-Bialowolska, 2022) y en gran media ella se tiene como el resultado encomiable de una disposición madura. Tal planteamiento, sin embargo,  puede no coincidir con la evidencia que muestra a sujetos moralmente rectos, los cuales, a pesar de ello,  atraviesan situaciones desafortunadamente inestables. Cuando esto acontece puede observarse que lo que atrajo la desfavorable situación tiene, casi siempre, como raíz una causa endógena debida posiblemente a un desajuste bioquímica, endocrino o del sistema nervioso. En otras palabras, la razón del problema no se generó por un defecto del carácter, sino debido a un desorden acaso de naturaleza  biológica para ser más preciso.   

     Desde la antigüedad hasta nuestros días, la inquietud respecto a la autenticidad de unos valores humanos perpetuos ha ocupado la atención de pensadores preocupados por el efecto que esto pudiera tener no meramente en la sociedad, sino también en el individuo. Heterogéneas teorías surgidas en Grecia, hace más de veintiséis siglos,  abordaron esta cuestión bajo el epígrafe de Ética. La ética se estableció en la cultura helénica como la exposición de un conjunto de normas, las cuales buscaban  regir la conducta.  En Sócrates la ética es el eje primordial de su juicio filosófico. Instruye a sus seguidores en nociones de justicia, amor y virtud. No es de sorprender que, para Platón, su discípulo sucesor, toda acción convenía realizarla aspirando al bien mayor (Súmmum bonum), aquel que tiene como único objetivo el bien en sí mismo.  Aristóteles, por su parte, a pesar de sus divergencias con Platón, expuso un criterio muy similar al de su maestro, al estimar que el objetivo de toda acción moral era hacer bueno al individuo, ya que sólo la educación del carácter podía conducir a la felicidad. 

     Durante la Edad Media, los Padres de la Iglesia católica (San Agustín, San Anselmo, Santo Tomás) patrocinaron una filosófica cuyo predominio situó la teología como la madre de todo el saber terrenal, aduciendo la preexistencia de unos umbrales éticos imperecederos instaurados por el cristianismo, mismos que sugerían normas de comportamientos obligatorios para una vida en armonía con uno mismo, con el mundo y con el Creador. Al finalizar el Renacimiento (siglo XVI), en cambio, la ebullición intelectual de entonces preparó no sólo el camino para el  avance de la ciencia, sino además el de proposiciones en contra de axiomas éticos universales. Aunque ya en Grecia los primeros sofistas, como Protágoras, habían sugerido que no se podía concebir  nada como realmente bueno o malo, sino más bien que tales conceptos eran relativos al devenir de las circunstancias y conveniencias, es durante el siglo XVII –nacimiento de la época moderna- cuando muchos, hastiados de la hegemonía clerical, niegan inflexiblemente la posibilidad de que el hombre poseyera una moral natural e inherente. A partir de entonces, el pensamiento filosófico occidental se caracterizó por una serie de propuestas espectaculares que, directa o indirectamente, formularon unos sistemas de creencias totalmente pesimistas sobre la naturaleza e intencionalidad de la persona humana. Este rompimiento con el idealismo socrático de la supremacía del Ser y de los valores éticos y morales dio paso, sobre todo, a partir de Francis Bacón, a una generación de filósofos materialista, gracias a los cuales, sería mezquino no reconocerlo, se alcanzaron logros  reveladores como la  sistematización del método científico y su técnica de comprobación. John Locke (siglo XVII) y David Hume (siglo XVIII), por ejemplo, organizaron un cuerpo doctrinal basado en el empirismo, método que hace referencia a que todo conocimiento proviene inicialmente de los sentidos o puede ser justificado sólo a partir de la experiencia. Los empiristas –como se les llamó- refutaron la concepción racionalista de que todo conocimiento es un  fruto exclusivo de la mente (la razón), además, negaron la existencia de una entidad suprema o Dios, consideración ésta que fue periódicamente defendida por algunos pensadores racionalista -a pesar de sus disputas y divergencias con la ortodoxia católica. Los empiristas negaban todo principio superior, estimando que lo único demostrable era la preeminencia de la materia como causa de todas las cosas y que no preexistía, fuera de ello, ningún poder inmanente en la naturaleza. Defendieron igualmente la certeza de que las normas morales no pueden considerarse universales y que sólo las circunstancias determinan si un acto es o no legítimo. Gran parte de la discusión epistemológica de los últimos siglos estuvo centrada en el enfrentamiento de estas dos posturas. Cuestiones de si el conocimiento se aprehendía a priori (racionalistas) o a posteriori (empiristas), se mantuvieron como las disputas dominantes.

     A mediados del siglo XIX, los hallazgos divulgados por Charles Darwin (1859) en su obra El Origen de las Especies (publicada en 1859) referente a los aspectos evolutivos de los mamiferos superiores, robustecieron la consideración materialista  de aquellos días, exaltándose con ello la aparente propensión del hombre hacia el egocentrismo (que partía de una interpretación erronea y mal intencionada del darwnismo social, que sustituía la expresion: "la supervivencia del más apto", por la supervivencia del más fuerte). Darwin fue, sin duda, el científico más sobresaliente de aquellos años y sus contribuciones vigorizaron los argumentos ideológicos en contra de una ética  universal, no relativa,  inherente al ser humano.

  Durante el siglo XX, casi todos los intelectuales de orientación materialista sustentaban la premisa de que la moral era una negación de la libertad humana, un anquilosado idealismo metafísico y religioso del pasado. Estos partidarios del relativismo ético señalaron que la moral no era más que el resultado de costumbres adquiridas por el hombre durante su trayectoria evolutiva y que por tanto era pernicioso acatarla como imperativo obligatorio en la actualidad. Esta postura no deja de ser verdad en muchos aspectos, pero igual se coloca en una posición de inflexibilidad similar a la que pretendía oponerse. La trinidad cristiana del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, tuvo en el ámbito materialista un sucedáneo singular en las figuras de Marx, Nietzsche y Freud, a quienes sus partidarios consideraron la elite de los pensadores ejemplares de finales del siglo XIX, no puramente debido a sus posturas amoral, sino, sobre todo, a que todos ellos suscribían las presunciones darwinistas del momento.


  Los escritos de estos tres hombres reinventaron el mundo ético a partir de sus premisas. Desde entonces ya nada fue realmente bueno, ni noble. La bondad era inexistente y la moralidad la sospechosa condición de quienes ocultan un propósito beatón. Muy a pesar de ello una visión retrospectiva desde este primer decenio del siglo XXI nos muestra donde han quedado tales consideraciones y las funestas consecuencias de sus postulados impíos.                
      Tomemos primero el caso de Marx que en la Critica del Programa de Gotha (1875) manifiesta su aspiración de transformar los obsoletos esquemas sociales que impedían el surgimiento de una situación social más equitativa y homogénea. No obstante, aunque algunas de las innovaciones que pudieron ensayarse en la Unión Soviética y cuyas prerrogativas alcanzaron inclusive a la clase obrera europea, no satisficieron plenamente la promesa de bienestar tan ampliamente propagadas. Tras el desplome del imperio ruso quedó evidenciado que el régimen marxista no produjo, por lo menos en la medida sugerida -ni para la clase defendida- el desarrollo o la prosperidad pretendida. Habida cuenta, con el surgimiento del socialismo Rusia generó uno de los Estados más opresivos y viles que haya conocido la humanidad (Courtois et al., 1997). El Estalinismo no solamente coartó las libertades de miles de ciudadanos y acalló la voz de los inconformes, al mismo tiempo llevó a la tumba a cientos de miles de sujetos opuestos al régimen. Y todo ello se hizo en nombre del bienestar colectivo.

     Las derivaciones sociales de las teorías Nietzscheana pueden tenerse como poco evidentes, sin embargo, ellas sutilmente ampararon creencias e ideologías nefastas para la humanidad. Nietzsche vivió siempre enfrentando la domesticación  del individuo, la intención de homogeneidad fundamentada en una moralidad constreñida por la fe cristiana, así que se propuso ser algo más que el podador de la maleza moral de su tiempo; quiso alertarnos de que la religión busca ante todo reprimir, violentar y cohibir las emociones en el hombre. A pesar de que su planteamiento puede parecernos muy axiomático, uno puede intuir que su punto de vista deriva de un alto personalismo. No deja de ser cierto que mucho de lo que se ha hecho en nombre de la religión puede considerarse grosero, alienante y conducente a una mentalidad paria, pero debido, sobre todo, a la falta de uniformidad psicológica en los seres humanos se hace necesario, forzoso, y no pocas veces obligatorio, asignar normas generales que aseguren el orden social, papel éste que en parte se lo han arrogado las doctrinas místicas.  Uno de los planteamientos más cuestionables de Nietzsche es su consideración de que la moral es únicamente necesaria para el endeble. Su brillantez intelectual le llevó a razonar que los cánones conductuales sólo pueden ser válidos cuando los impone una especie de élite de hombres “superiores”. Sin ignorar que la ascensión de Hitler al poder -y que las posteriores consecuencias de su política- se debió no a una, sino a varias razones, gran parte la ideología Nazi  encontró sustento en los planteamientos del pensador germano. Si el pensamiento enérgico, desafiante y provocador de Nietzsche no se hubiese nutrido tanto de esa amarga y extrema indignación que lo motivo –misma que le llevo aislarse incluso de amigos a quien admiraba- convendríamos con él más de lo que al momento nos permite nuestra propia indignación ante su radicalismo.

  Por último, las especulaciones psico-filosóficas  del ilustre judío creador del psicoanálisis concluyeron que toda la conducta moral derivaba de las pugnas entre el Yo y las censuras del Superyó. De su extensa producción clínica un buen número de sus escritos se dedica al cuestionamiento mordaz del sentimiento religioso. En varias de sus obras (El porvenir de una ilusión de 1927 o El malestar de la cultura de 1930) Freud sostiene que la religiosidad -la cristiana más que cualquier otra- es la gran responsable del sentimiento de culpa que llevan a sus espaldas las sociedades Occidentales. Freud culpa, además,  a la fe cristiana de la ruina psicológica de cantidad de individuos y la condena como una de la generadora más frecuente de neurosis en los individuos.

     El criterio general de cada uno de los pensadores señalados apunta que la religión es la culpable del atraso social que se vivió en siglos pretéritos. La acusan, igualmente, de haber demorado el avance científico que al momento vive la humanidad. Cabría preguntarse si tal aseveración es del todo cierta o lo es sólo parcialmente. No puede negarse que el dogmatismo clerical y su inquisición (el Santo Oficio) malograron la vida y la iniciativa de muchos hombres -algunos ilustres- durante los últimos siglos del medievo y la edad moderna. Justo también será señalar que ella –la religión católica- ayudó a instaurar la estabilidad político-social de la época y creo el escenario para la formación de muchos Estados europeos. La segunda mitad del siglo XII, por ejemplo, vio el surgimiento de las universidades, residencia de estudios que favorecieron la formación de cantidad de figuras celebres y fue precisamente la iglesia la que patrocinó dichos establecimientos académicos. En otras regiones donde el clero no mantuvo su hegemónica oscuridad no surgieron forzosamente sociedades técnicamente más desarrolladas. Durante muchos años se ha escuchado que las teorías de Galileo no lograron  imponerse en su tiempo debido a la severidad eclesiástica, pero quienes han podido estudiar un poco más a fondo la cuestión descubren que el juicio contra Galileo no fue sólo una cuestión de fe, sino una conspiración académica, y que fueron los propios profesores de filosofía y astronomía, liderados por Ludovico delle Colombe (Biagioli, 1993; Shapin, 1996), quienes más ferozmente atacaron a Galileo, pues este venía a quebrantar sus arcaicos conocimientos cosmografico.

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   Volviendo a los tres pensadores antes mencionados -Marx, Nietzsche, Freud- debemos de resaltar que sería odioso negar que dichos hombres, dentro de las ingentes teorías que construyeron, tuvieron aciertos  irrefutables, incontrovertibles, así como espectaculares. Lo que sí se les puede discutir, sin embargo, es su visión excluyente y reduccionista de la cuantía ética humana; su apriorismo en la negación de unos valores sociales imperecederos. En su conjetura sobre una sociedad carente de principios legítimos perdieron de vista que su propio antagonismo se  erigía igualmente como un credo y tabú, idéntico al que ellos mismos detractaban.

     El sociólogo francés Emile Durkheim, uno de los pioneros de la escuela sociológica moderna, al analizar la cuestión de los valores morales, en su ensayo El suicidio: un estudio sociológico (1897), llegó a la conclusión de que la moralidad –aquella que se deriva de la religiosidad- actúa como un vínculo de cohesión, necesario e imperioso, para mantener el orden social. En dichas meditaciones advertía que la desaparición de dichos importes conduciría inexorablemente a una pérdida de la estabilidad social.  Por otro lado, el referente darwinista de la evolución, el cual sigue siendo asumido por la doctrina materialista, fue pródigamente confrontado en la obra de uno de los más ilustres filósofos del siglo XX, Henri Bergson. En La Evolución Creadora (1907) Bergson desarrolla una teoría evolutiva fundada en la dimensión espiritual. En uno de los capítulos puede leerse: “…una cosa es reconocer que las circunstancias exteriores son fuerzas con las que la evolución debe contar, y otra cosa sostener que esas fuerzas sean las causas directas de la evolución” (Pag.99). Para Bergson, el Élan vital, y no otra cosa, era el único responsable de toda la evolución orgánica. El ímpetu vital, como también se le conoció, aludía a una especie de energía pura conciencia, sin la cual resultaría irrealizable cualquier modo de vida. Aún más, durante las primeras décadas del siglo XX y una vez más objetando el darwnismo social en su criterio del avance evolutivo como preeminencia del más fuerte*, el filósofo ruso Piortr A. Kropotkin, después de años de estudios efectuados sobre la conducta animal en la naturaleza, afirm en su obra El apoyo mutuo: un factor de la evolución (1902) que es la ayuda mutua, y no la lucha, la responsable del desarrollo progresivo de las especies. Parecería ser, según las implicaciones teóricas de Kropotkin, que la contribución entre los ciudadanos -o sea, la relación simbiótica entre los seres vivos- y no la disputa, es el tablado propicio para el perfeccionamiento de las comunidades humanas y no otra cosa. Así pues, el substrato moral de cooperación,  empatía, solidaridad, lejos de lo que puedan proponer muchos doctos, se tiene como una condición imprescindible para el progreso y el orden de la vida en el planeta. 


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    Si echamos un vistazo  general al puesto ocupado por la ética en la filosofía a través de los tiempos podemos observar que la mayoría de los filósofos de una u otra forma, con más o menos énfasis, han consentido que el bien ético más elevado se obtiene al acercarse a la perfección moral. Otros, naturalmente, como ya hemos señalado, han rebatido permanentemente dicha estimación. Acaso el relativismo moral, sostenido por muchos pensadores encuentra apoyo en la intuición de que la tendencia conductual de los sujetos revela más bien el predominio de un fenómeno colectivo, no individual, cuya autonomía  responde a la tendencia cultural predominante de un momento-espacio en la historia. Esto puede ser. De todas maneras, ampararse en tan tibia reflexión, posiblemente, deja de lado la cíclica reaparición que el  sentimiento moral muestra período tras período y, que su constante renovación en el plasma intelectual ha encontrado cabida, desde Grecia hasta nuestros disolutos días, en el lóbulo frontal de notables e importantes filósofos. 

     Platón, solía afirmar que la inmoralidad era la secuela de la ignorancia, de lo cual se derivaba la infelicidad. Por tanto, aquellos que desean ser felices, siempre deben ansían hacer lo que es moral. Desde luego que para llegar a tal inferencia era forzoso acogerse a la existencia de algún principio ético universal, al que Platón llamó La bondad absoluta, un aspecto ontológico sobre el que discurrieron varios filósofos posteriormente, Rene Descartes, entre ellos.

    La aseveración de que fuerzas espirituales rigen el mundo fue asumida, igualmente, en los postreros años del Renacimiento, por racionalistas como Gottfried Leibniz, filósofo de dimensiones universales, estimado como uno de los más notables intelectuales de su época y genio enciclopédico. Es, sin embargo, en Baruch Spinoza, filósofo holandés del siglo XVII, donde la embriaguez por la divinidad (Dios) llegó a su cúspide.  Su principal trabajo, Ética, se tiene como un referente del panteísmo, doctrina que identifica al universo con Dios, y que se establece como un claro reproche hacia algunas posturas materialistas de su época, así como a ciertas corrientes racionalistas (como el deísmo).

     En la búsqueda de un acuerdo entre el racionalismo y el empirismo, Emmanuel Kant fue, sin duda, la figura clave de tan paradójico intento. Aunque Kant no reforzó en modo alguno la noción espiritual de sus predecesores (su concepción trascendental formula que Dios no puede ser probado ni refutado) planteó, empero, la existencia de algunas normas generales, mismas que debían ser acatadas como un deber moral, por encima de los impulsos subjetivos, con el fin de lograr una humanidad sustentada en la razón. Kant fue una de las figuras capitales del pensamiento filosófico occidental, el cual no sólo reorganizó todo el pensamiento filosófico de su tiempo, sino que el mismo forjó un nuevo sistema filosófico: el trascendentalismo, postura que examina la posibilidad de una realidad superior a la alcanzada mediante la experiencia de los sentidos, o el conocimiento adquirido por la razón.

      Parecido sentir, a pesar de su discrepancia metafísicas con Kant puede encontrarse en Georg W. Hegel al declarar lo imperioso de una disciplina volitiva capaz de contener o cohibir la natural e incontrolada idiosincrasia humana mediante unos principios globales. Hegel era estimado en su tiempo como el filósofo alemán más importantes y como uno de lo más influyente de todas las épocas. Posteriores filósofos europeos abrevaron en su sistema, unos manteniendo una vena místico-religiosa como Soren Kierkegaard –precursor del existencialismo- otros inclinándose hacia nociones materialista. El legado filosófico de Hegel no sólo concito admiración, sino conjuntamente enérgicas desavenencías, al punto de encontrar pensadores que erigieron gran parte de su doctrina contraponiéndose a la suya. Nietzsche sería uno de ellos, el cual además de convertirse en un efusivo crítico del germano, atacó audazmente la inclinación  judeo-cristiana de aquel. Es muy seguro que, de los tres filósofos de la sospecha, citados ya, sea el autor de Así hablo Zaratustra el más opuesto y contrario a unos enunciados éticos globales inspirado por algún influjo vital trascendente. Sería temerario decir que semejante encono de parte de Nietzsche contra el culto judeo-cristiano, en parte, sea una proyección de su propia fijación neurótica (se sabe que tuvo una infancia poco convencional y que desde temprana edad exhibía una excesiva sensibilidad), si su acritud no hubiese encontrado eco simultaneo. Lo que si puede uno consentirse afirma es que, en la más de las veces, gran parte de la inferencia que hacemos del mundo guarda una analogía muy íntima con lo que llevamos dentro.  Esto último bien pudo ser reconocido por él mismo Nietzsche cuando llega a escribir en La voluntad del poder, refiriéndose a los filósofos: “no tienen conciencia de que es de ellos mismos de lo que hablan, pretendiendo que se trata “de la verdad” cuando en el fondo no es más que de ellos mismos”.

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  La historia ha creado sus propios sucedáneos liberales, pero, funestamente todos hasta el momento sólo han sido utopías. A pesar de ello, la alternabilidad de propuestas que muchas veces resultan fallidas es, habitualmente, parte de esa dialéctica evolutiva gracias a la cual se mantiene el desarrollo humano. La contraposición de fuerzas que luchan entre si tienen mucho de positivo al lograr mantener un saludable equilibro en un mundo donde la verdad nunca parece estar en uno u otro extremo, sino en una franja más o menos intermedia del cromatismo filosófico. Por ejemplo, el agnosticismo irrumpe como un punto de equilibrio ante la excesiva credulidad religiosa; el teísmo a su vez actúa como un contenedor del árido y  estéril materialismo. Esa disputa discursiva que ha reinado durante muchos años en la cultura occidental permitió su actual ascenso.

    Aun y cuando los términos ética y moral sean en gran parte análogos, en el acontecer histórico el vocablo ética ha estado más ligado a las disquisiciones filosóficas, en cambio el de moral tuvo una mayor acogida por la inveterada práctica teológica. Ambos conceptos, no obstante, comparten una misma raíz: costumbre.  Quizá, para decirlo, en otros términos, tal vez exageradamente simplista: "la ética es la moral reflexionada" (Sánchez Vázquez, 1967). Cuando se analiza la moral o se  examina su validez y consecuencia se hace una reflexión ética; de igual modo, al momento de poner en práctica un enunciado ético se ejercita una conducta moral. Ambas locuciones, además, se han constituido en parte de las inquietudes metafísicas de casi todos los filósofos teístas.

    Todas las religiones dentro de sus doctrinas enfatizan lo imperativo de ceñirse a determinados cañones éticos y morales como normativas para acogerse a la vida espiritual.  Los datos más actuales en psicología (contraviniendo la tesis freudiana de que la religión genera estados de neurosis obsesiva) establecen que la afiliación religiosa (cualquiera que esta sea) promueve beneficios generales que se escinden en dos vías: una en la dimensión social y otra  en el plano individual (Berger, 1967; Koenig, 2009). Por ejemplo, de acuerdo con algunas investigaciones llevadas a cabo por varias universidades norteamericanas las conclusiones sugieren que 1) las instituciones o grupos religiosos fomentan entre sus correligionarios menos incidencia de alcoholismo, hogares más estables, mayor responsabilidad ciudadana, más bajos niveles de violencia, etc. 2) se estima que la religión promueve  que los individuos se sientan más conformes consigo mismo, presenten menos casos de depresión, obtengan mayor autoconciencia y responsabilidad personal, así como menos problemas de estrés, de ansiedad y depresión (Putmam y Campbell, 2010).

   Debido a que el estrado en que se fundamenta el dogma religioso es la virtud, parecería que el seguimiento de algunas normas morales tiene el poder de extirpar algunos tumores sociales, así como corregir posibles ulceras del carácter. A mediados del siglo pasado el filósofo y teólogo estadounidense, de origen alemán, Paul J. Tillich (1963) expuso: “el arraigo a lo divino es la única posibilidad que tiene el hombre de superar la alienación en que vive la sociedad

   Si lo expuesto en el parrafo anterior es certo y si nuestras presunciones iniciales son acertadas, no seria aventurado concluir que la moralidad (integridad) desempeña  un papel cardinal tanto en el desarrollo de una sociedad más integrada, como en la estabilidad psicológica y emocional de los individuos que la conforman.

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* La frase "la supervivencia del más fuerte", pertenece a Herbert Spencer, pero Darwin la incluyó en su obra El Origen de las Especies en su quinta edición.

Referencias:

-Freud, Simung (1905). Tres ensayos sobre teoria sexual
-May, Rollo (1951). El hombre en busca de sí mismo
-Rogers, Carl (1961). El proceso de convertirse en persona
-Hayes, Steven C. (2013). Salir de tu mente, entrar en tu vida
-Wezk-Bialowolska (2022). Asociación prospectiva entre fortalezas del carácter moral y la salud
-Darwin, Charles (1959). El Origen de las especies
-Mark, Karl 1875). Critica al Programa de Gotha
-Courtois, Stephenie et al. (1997). El libro negro del comunismo
-Freud, Sigmund (1927). El porvenir de una ilusión 
-Freud, Sigmund (1930). El malestar de la cultura
-Biogioli, Mario (1993). Galileo: el cortesano
-Shapin, Steven (1996). La revolución científica
-Durkheim, Emile (1897). El suicidio
-Bergson, Henry (1907). La Evolución Creadora
-Kropotkin, Piotr (1902). El apoyo mutuo: un factor de la evolución
-Koenig, Harold (2012). Investigaciones sobre religión, espiritualidad y salud mental: una revisión
-Berger, Peter L. (1967). Elndosel sagrado
Putman, Robert D. y Campbell, David E. (2010). Ameican Grace: How Religión Divides and Unites Us.
TIllit, Paul J. (1963). Teologia sistematica. La vida y el espíritu 

jueves, 10 de diciembre de 2015

El cambio y sus implicaciones psicofisiológicas



      
      La naturaleza no es estática, cambia, se transforma, se renueva y, a veces, da la impresión de devastarse, sobre todo cuando un fenómeno violento irrumpe en el escenario ambiental. El cambio, según Heráclito*, es la constante en la existencia, lo único de lo que realmente se puede estar seguro. La noción de cambio no implica necesariamente progreso, puede igualmente sugerir involución. Los árboles cambian en primavera, florecen y reverdecen; en otoñó, al contrario, pierden el follaje, se revisten de esterilidad y se tornan grises  sus ramales. Bien puede decirse que la vida de una persona experimenta cambios constantes y permanentes –similares a los de la naturaleza- haga o no algo para ello. El sólo paso de los años, aun llevando una vida bucólica, pasiva e inerte, propenderá a establecer mutaciones en una forma u otra. En el hombre este último sería el ejemplo de un tipo de cambio involuntario, no propuesto de forma intencional y, como tal, carente generalmente de valor, independientemente de que la condición que se presente sea favorable. El cambio cuya cuantía es significativa se produce como resultado de una decisión deliberada -razonada si se quiere- cuyo objetivo se conoce desde el principio, aunque sus derivaciones puedan ser prodigiosamente distintas a lo planificado con anterioridad.

     El común de los seres humanos, en algún momento de su vida, desea cambiar. Puede que sólo lo piense o que emprenda una acción concreta para ello. Cuando el deseo les atenaza, varias pueden ser las metas  que se proponen las personas: propiciarse un mayor bienestar material, alcanzar un mayor perfeccionamiento personal, desarrollar una competencia intelectual o artística u obtener autorrealización espiritual. Con cada uno de estos logros se pretende llegar a un estado de mayor satisfacción con uno mismo del que hasta el momento se goza.  Por lo regular, el empeño de transformación afecta, si el cambio es revelador, la totalidad de la dimensión humana. Para que una transformación deliberada se produzca, ésta requerirá esfuerzo y compromiso, lo cual no necesariamente significa que deba ser tediosa, abrumadora o fatigosa. De hecho, las personas que alcanzan objetivos significativos en sus vidas, testimonian  lo mucho que gustaron  del proceso que les llevó en su meta. 

    Como siempre se convoca el criterio de disciplina, cuando se propone la idea de cambio, y a este se le entiende, regularmente, como imposición arbitraria, muchos temen disfrutar menos la vida si tienen que atenerse a tan rigurosa obligación.  Lo cierto, sin embargo, es que el concepto de disciplina es un término que sugiere orden, reglas o método que al seguirse ayudarían a la consecución de un objetivo. Aunque resulta poco probable que alguien se revele como un virtuoso del violín o un atleta formidable sino dispone de talento, lo real es que el compromiso junto a la disciplina son los elementos que más favorecen el desarrollo de una gran destreza, al punto de que se sabe de casos de sujetos que han visto sus capacidades desperdiciadas por no tener compromiso y autodisciplina suficientes.

     En el ámbito de la esfera personal, en lo tocante al mejoramiento del carácter y la personalidad, el principio de la disciplina y la determinación es tan válido como en cualquiera otro emprendimiento,  sobre todo, cuando se comprueba que  todo intento honesto de transformación se ve habitualmente restringido por condicionamientos internos y situaciones externas que lo dificultan.  Sin embargo, cabe preguntarse ?por qué parece haber ocasiones donde aun contándose con la suficiente motivación y determinación no se logra mantener una constancia que haga posible arrogarse la disciplina necesaria para llevar a término el propósito apetecido? Esto parece contradecir la aseveración, tan popular, que reza: “querer es poder”. Sin duda, muchas personas que no obtienen cambios favorables en sus vidas no lo consiguen al faltarles compromiso o debido a una negligencia insidiosa, pero tal parece que un sector de los que intentan mejorar no lo obtienen en realidad por motivos elocuentemente razonables y clínicamente comprensibles: tienen enferma la voluntad. 

     Así como se leyó más arriba,  la volición puede enfermar, igual como enferma una parte física del organismo. La voluntad que es una condición anímica puede –y de hecho sucede bastante- llegar a indisponerse. El malestar que más frecuentemente debilitad la voluntad se conoce en el contexto clínico como abulia**. La abulia es un estado difuso caracterizado por la ausencia o disminución drástica de motivación, iniciativa y energía para realizar actividades. Si este cuadro se mantiene de forma crónica puede llegar a degenerar en una depresión, aunque lo más habitual es que se mantenga como una apatía perniciosa que condiciona cualquier acción, proyecto o decision importante.

  La falta de resolución personal, el equivalente de una endeble determinación, puede igualmente ser el resultado de un inadecuado funcionamiento fisiológico, tanto a nivel endocrino como nervioso***. Existen, por ejemplo, algunos sujetos que son más proclives que otros, por temperamento heredado, a ser menos felices e iracundo que el resto de sus congéneres.  Esto ha sido ampliamente constatado y forma parte de un conocimiento tan antiguo, como el de la caracterología de Hipócrates,  y tan moderno, como las evidencias que muestran los estudios de Imagenología Funcional de las distintas actividades del encéfalo humano. Las investigaciones no se han detenido a examinar exclusivamente las tendencias limitantes hacia la que predispone la biología, sino también hacia los aspectos favorecedores de la misma que determinan conductas y emociones positivas. Este es el caso de los estudios sobre el optimismo y  la conducta extravertida, los que según los investigadores no siempre son el resultado de una determinación personal. El psiquiatra alemán Kurt Schneider (1923) suscribió, hace años, el término de hipertimico constitucional para referirse a unos sujetos cuya característica predominante se reconoce por su naturaleza muy alegre, dinámica, extravertida y sociable. Hoy día se presume que dicho comportamiento está relacionado con una mayor produccion de dopamina, en comparación con el promedio****, lo cual les predispone a un humor más positivo. En la década de los 80, del siglo pasado, el dr. Akiskal pudo contactar que muchos pacientes con trastorno bipolar (bipolar tipo ll), presentan en la fase de exaltacion una hipomnia que les hace pensar más rápido (taquipsiquia) que los demás, así como aprender en menos tiempo (por eso suelen dominar con facilidad varios idiomas), trabajar más y ser más productivos y aun así necesitar menos horas de sueños para reponerse. Esta situación podría conducir a que algunos de estos sujetos sean más exitosos que el promedio debido a que esta condición se les ofrece como una ventaja frente a quienes no las tienen.


     Con todo lo ante expuesto ya no resulta tan cómodo argumentar que sólo basta con “querer para poder”, teniéndo que  tomarse en consideración que, además de los factores psicológicos, el ambiente familiar y las influencias sociales condicionantes, la fisiología y la biología individual también importan.

   La solución idónea y profesionalmente más atinada para tratar los factores biológicos que predisponen a una conducta limitante quizá sea la farmacología. Esta, no obstante, tiene sus propios inconvenientes, tanto en costos como en efectos secundarios. La psicoterapia, por su parte, propone métodos alternativos y menos invasivos para casos no extremos. 
     Una forma igualmente efectiva de mejorar el estado de ánimo y la determinación se encuentra en proponerse optimizar 6pmel estilo de vida. Por ejemplo, el ejercicio que se tiene como una actividad normalizadora de hormonas y de neurotransmisores que puede modular muy favorablemente el estado de ánimo. Cantidad de estudios refrendan los múltiples beneficios del ejercicio para mejorar, ya no solamente la parte  física, sino también la mental. El ejercicio reduce la ansiedad, el estrés, la apatía y mejora la autoestima. Existe evidencia empírica de que una sesión de ejercicio dinámico y vigoroso (aeróbico, musculación, estiramientos) aporta ventajas equivalentes a las de un antidepresivo convencional. El entrenamiento en técnicas de relajación es otra medida de intervención muy positiva que produce distensión y tranquilidad. Aprender a relajarse, sobre todo durante la actividad, disminuye la actividad del sistema nervioso simpático, con lo cual se produce una reducción de adrenalina y la hormona cortisol (la que sostiene el estrés). En la misma línea de tratamiento, las técnicas de respiración han demostrado revitalizar el organismo, combatir la tensión, activar los mecanismos de relajación en el cuerpo y contribuir a manejar mejor los estados emocionales. Si a todo lo anterior le incluimos una correcta alimentación (librarse en gran medida de comidas rápidas, de altos contenidos en grasa y carbohidratos refinados), así como la suplementación nutricional (consumo de vitaminas del complejo B, vitamina C, omega 3, glicinato de magnesio, antioxidantes) y otros productos que potencien el buen funcionamiento del sistema nervioso y endocrino como los adaptógenos (Rhodiola, Ashwagandha, Eleuterococo), relajantes reductores de la excitación adrenérgica (L-Teanina, Valeriana, Passiflora), y aminoácidos (Gaba, Taurina), tendremos un organismo funcionando de manera óptima. Estas estrategias auxiliares pueden subsecuentemente ayudar a reponer y reparar un cuerpo agotado, cuya voluntad se encuentra arruinada. A partir de la inclusión de un programa que tome en cuenta todo lo antes expuesto, la frase: querer es poder, podría estar más cerca de la realización personal.



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* Contrario a Heráclito, Parménides atestiguaría todo lo contrario, ya que para él  no existe el cambio, pues lo que prece cambiar es solo una ilusion de los sentidos, decía.

** En ocasiones una enfermedad como el hipertiroidismo puede presentar síntomas de decaimiento, poca energía y desmotivación. Igual, casi siempre es recomendable hacer analiticas y ver si existe algún deficit o irregularidad en nuestra sistema endocrino y en nuestra bioquimica. 

***Muchas personas poseen amigdalas cerebrales con un muy bajo umbral de excitabilidad. Esto las puede volver algo más sucesptibles a la timidez o la inseguridad.

**** La dopamina es un neurotransmisor responsable del estado de ánimo positivo. Es muy frecuente que este en cantidades muy baja durante la depresión. Algunos antidepresivos precisamente procuran aumenta la cantidad de dopamina en los espacios sinápticos para restablecer la condición normal de motivación en la persona.