martes, 25 de agosto de 2026

La ilusión de estar sanos: cuando no vemos nuestros problemas

     Hay una particularidad de la condición humana que resulta especialmente peculiar. Mientras que la mayoría de las enfermedades físicas terminan por producir señales que obligan al individuo a reconocer que algo no anda bien, en el terreno psicológico acontecer exactamente lo contrario. Una persona puede vivir durante décadas sometida a patrones de pensamientos, emociones y conductas que deterioran sus relaciones, su economía, su vida familiar y hasta su propia tranquilidad y, sin embargo, permanecer plenamente convencida de que psicológicamente se encuentra bien. Más aún: en determinados sujetos la convicción de estar sanos mentalmente –de creerlo sin que haya algo que lo confirme- llega a ser tan firme que cualquier señalamiento contrario lo interpretan como una agresión, una persecución o una demostración de incompetencia de quien se atreve a mostrarle lo equivocado que están.

    Esto nos coloca ante un problema de considerable importancia, porque existe una diferencia sustancial entre estar psicológicamente sano y sentirse psicológicamente bien. Lo primero supone determinadas condiciones de funcionamiento emocional, interpersonal y conductual; lo segundo puede ser simplemente una sensación subjetiva. Un individuo puede sentirse perfectamente cómodo consigo mismo y, al mismo tiempo, ser incapaz de mantener relaciones afectivas estables, administrar razonablemente sus finanzas, aceptar una crítica, reconocer sus errores, controlar sus impulsos, pedir perdón, tolerar la frustración o asumir responsabilidad por las consecuencias de sus actos. El hecho de no experimentar malestar no demuestra que exista salud; puede revelar más bien que carece de los instrumentos internos necesarios para percatarse de su propia dificultad.

   Carl Jung (2001) examinó esta cuestión intentando profundizar en el inconsciente. Para ello elaboró el concepto de sombra: Según Jung existe una zona de nuestra vida psíquica que reúne rasgos, deseos, impulsos y emociones que el yo consciente considera incompatibles con la imagen que ha construido de sí mismo. La sombra no contiene simplemente “lo malo” que llevamos dentro; alberga también aspectos de nosotros que fueron rechazados, reprimidos o considerados inaceptables por nuestra educación y por el ideal que intentamos encarnar. Lo inquietante de todo lo anterior es que aquello que no queremos reconocer en nosotros con frecuencia comienza  a aparecer en los demás. O sea, la sombra encuentra una salida mediante la proyección. Este concepto lo desarrollaremos más detalladamente más adelante.

     La psicología ha estudiado desde hace mucho tiempo los procedimientos mediante los cuales el aparato psíquico intenta protegerse de aquello que resulta doloroso, amenazante o difícil de admitir. Freud (1976) en su momento llamó la atención sobre los mecanismos de defensa y la psicología posterior desarrolló considerablemente este concepto más luego. La Asociación Americana de Psicología (APA) define el mecanismo de defensa como un patrón de reacción inconsciente utilizado por el yo para protegerse de la ansiedad derivada del conflicto psíquico; entre estos mecanismos se encuentran la negación, la proyección, la racionalización, la represión, entre otros. La propia APA señala que existen defensas más maduras y otras más infantiles, dependiendo de cuánto distorsionen la realidad.

 

    La negación, por ejemplo, ocupa un lugar fundamental en la lista de estos mecanismos. Negar no significa necesariamente afirmar verbalmente que un hecho no existe; puede consistir simplemente en vivir como si determinadas evidencias carecieran de importancia. La persona puede tener tres matrimonios fracasados y concluir que “todos los hombres –o mujeres- son iguales”, puede haber perdido grandes cantidades de dinero por decisiones imprudentes y afirmar que “la economía esta imposible”, puede haber tenido conflictos con numerosos compañeros de trabajo y explicar que “la gente es muy problemática”. El dato permanece allí, pero la explicación siempre se encuentra fuera de la persona. La proyección, otro de los mecanismos  que las personas utilizan de manera inconsciente, se basa en que aquello que el sujeto no tolera reconocer en sí mismo lo atribuye a los demás. El egoísta acusa a los otros de interesado; el desconfiado asegura que todos conspiran; el hostil percibe agresividad en cualquier parte; quien vive permanentemente juzgando interpreta cualquier observación como una crítica; el individuo incapaz de reconocer sus propias fallas descubre con extraordinaria facilidad las de los demás. De esta manera tales personas consiguen una solución psicológica aparentemente eficaz. El problema existe, pero siempre reside en otra persona.

     Algo semejante acontece con la racionalización, mecanismo de defensa muy sutil y especializado. En este caso, el individuo fabrica explicaciones aparentemente razonables para justificar comportamientos cuya verdadera motivación le resulta incómoda aceptar. Puede decir que abandonó una relación porque “necesitaba libertad”, cuando en realidad era incapaz de comprometerse, por ejemplo. Dice no conservar amistades porque “no soporta la superficialidad de la gente”, cuando quizá tiene enormes dificultades para establecer vínculos recíprocos; o que nunca pide disculpa porque “no le gusta humillarse”, cuando lo que existe es una intolerancia casi absoluta a reconocer errores. La inteligencia, en estos casos, no necesariamente sirve para descubrir la verdad, más bien se convierte en un instrumento muy perfeccionado de fabricación de explicaciones favorables al ego.

     Es habitual que personas cuyo estado mental y emocional caracterizado por  contradicciones evidentes, que nunca hayan aceptado, de manera voluntaria, acudir a terapia o  leer de manera espontánea algún manual de salud mental, estén ellas mismas convencidas de que se encuentran perfectamente sanas. Y no es que no  haber ido nunca a terapia o carecer de lecturas sobre temas de salud mental  convierta automáticamente a alguien en una persona psicológicamente enferma. Millones de personas desarrollan vida emocionalmente satisfactoria sin necesidad de psicoterapia. El problema, no obstante, aparece cuando la ausencia de conocimiento psicológico se combina con una seguridad plena acerca de la propia normalidad (Wang, P.S., et  al 2007).. Aquí es donde radica la cuestión. Si una persona arguye que nunca ha tenido depresión, no ha necesitado un psicólogo y no tiene ningún problema, habría que preguntarle ¿cómo son sus relaciones?, ¿qué ocurre cuando alguien le contradice?, ¿qué historia tienen sus relaciones de pareja?, ¿puede reconocer sus responsabilidades?, ¿mantiene amistades profundas?, ¿cómo trata a quienes no pueden ofrecerle ningún beneficio?, ¿cómo ha administrado sus ingresos?.

 Esto último es sumamente relevante, ya que es frecuente ver que la inmadurez emocional puede coexistir perfectamente con el éxito en cualquiera de sus expresiones El hecho de que una persona tenga dinero, una profesión prestigiosa, una empresa, un título universitario, propiedades, reconocimiento público o una posición encumbrada no constituye evidencia suficiente de madurez psicológica y de estabilidad mental. El mundo contemporáneo ha cometido el error de asociar con demasiada frecuencia el éxito externo con la competencia interna. Pero una persona puede ser excepcionalmente cualificada para hacer negocios y absolutamente inepta para manejar sus emociones; puede dirigir cien empleados y no saber manejar una discusión con su pareja; puede administrar millones de pesos y ser incapaz de regular sus impulsos; puede tener una brillante carrera profesional y, sin embargo, poseer una personalidad emocionalmente infantil. (Grijalva, E., et al., 2015). El éxito le ha permitido ocultar sus flaquezas. Décadas de reconocimiento social le han generado la sensación de normalidad. “Si estoy donde estoy, necesariamente debo estar bien”, sería su razonamiento. Empero, muchas de estas personas con el paso de los años han ido escalando socialmente, pero determinadas estructuras de su emocionalidad han permanecido prácticamente detenidas. Los logros externos pueden ocultar problemas psicológicos profundos de la misma manera que una buena fachada logra disimular el deterioro dentro de una vivienda. Desde fuera todo parece correcto; el problema se encuentra en las estructuras internas. Y precisamente porque el individuo obtiene validación social, nadie tiene suficiente incentivos para confrontarlo.

      La psicoanalista Karen Horney comprendió de manera particularmente penetrante esta cuestión. En El autoanálisis (1942), desarrolló  precisamente una parte importante de su trabajo al examinar las posibilidades y limitaciones del autoexamen psicológico. Según la escritora, las estructuras neuróticas podían contener autoengaños, pretensiones e ilusiones que hacían difícil que la persona pudiera descubrir por sí sola aquello que la sostiene. El problema, según planteaba, no consiste solamente en ignorar algo acerca de uno mismo; es que existe también una resistencia a descubrirlo. Esta observación resulta esencial porque introduce una diferencia entre ignorancia psicológica y resistencia psicológica. La primera puede remediarse mediante educación. La segunda es más compleja, porque el individuo puede tener interés en permanecer ignorante (mecanismo de defensa de negación). Hay personas que no quieren saber por qué fracasan repetidamente sus vínculos, porque descubrirlo las obligaría a modificar su conducta. No desean tampoco comprender por qué pierden dinero, ya que esto las llevaría a reconocer sus desaciertos. Desde el campo de la filosofía, Alan Watts, escritor y pensador británico, insistía continuamente que una de las grandes trampas del ego radica en identificarse con una imagen de sí mismo que intenta defender todo el tiempo..

     La dificultad de ser consciente de uno mismo y su accionar no se limitan puramente a una debilidad moral, aun cuando obviamente esta prevalece de manera abundante. En realidad, conocerse requiere de un proceso cognitivo capaz de observar el propio funcionamiento. Esta capacidad de darse cuenta se conoce como metacognición y se centra precisamente en evaluar nuestros propios procesos cognitivos: saber cuándo recordamos, cuándo dudamos, cuándo hemos cometido un error y cuánta confianza deberíamos depositar en nuestro juicio. Aun cuando la metacognicion posee una naturaleza intangible, cuenta con una base neurobiológica concreta. La neurociencia ha demostrado que no se trata de una facultad localizada en un único punto del cerebro, sino de una actividad en la que participan diferentes circuitos, particularmente regiones de la corteza prefrontal anterior y frontopolar, la corteza prefrontal dorsolateral, la corteza cingulada anterior y la ínsula, en interacción con sistemas encargados de la atención, la memoria y la valoración de nuestros propios estados (Fleming, Dolan & Frith, 2012). A pesar de ello,  no es suficiente  tener una mente capaz de observarse para que necesariamente se mire con honestidad. Una persona puede aún con estos mecanismos neuronales funcionando relativa.ente bien, interpretar sus emociones según su conveniencia, justificar sus decisiones, explicar sus fracasos y atribuir sus dificultades a circunstancias externas. De ahí que alguien pueda encontrarse profundamente atrapado en patrones destructivos y, al mismo tiempo, considerarse equilibrado, razonable y emocionalmente saludable.   

 Mucho antes de que los escáneres cerebrales descubrieran que ciertas áreas de nuestro cerebro –lóbulo prefrontal, ínsula, amígdala, hipocampo y otras áreas- participan de esa capacidad de darnos o no cuenta de nuestra ceguera interior, la literatura había detallado en más de una ocasión  la distancia entre lo que somos y lo que creemos ser. El lobo estepario de Hermann Hesse, nos nuestra la profunda crisis de identidad del protagonista. Lo mismo puede encontrarse en El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, pero es Oscar Wilde, escritor inglés del siglo xix con El retrato de Dorian Gray, quien describe, de manera magistral esta lucha interior entre los dos yoes, el exterior y el interior. Mientras el rostro público del personaje permanece aparentemente intacto, el retrato registra aquello que el protagonista no quiere mirar. El cuadro funciona como una especie de conciencia externa. Dorian puede escapar de su propia mirada, pero no puede evadirse de la representación de sí mismo. La ficción anticipa así una intuición psicológica que hoy se reconoce mejor: aquello que no incorporamos conscientemente a nuestra identidad no deja por ello de formar parte de nosotros.  

     Y regresando a Alan Watts, en su obra El libro: sobre el tabú de saber quién eres (1966), este cuestiona precisamente la identificación rígida del individuo con la imagen que ha construido de sí mismo. Según Watts, no poseemos un yo sólido y perfectamente conocido por nosotros. El error, por tanto, no estriba solamente en ignorar algunos aspectos de nuestra personalidad, sino en haber confundido el personaje que hemos construido con aquello que somos. Esta perspectiva resulta pertinente porque quien se encuentra excesivamente encuadrado con una determinada imagen puede experimentar cualquier cuestionamiento como una amenaza contra su propia identidad.

     La verdadera madurez psicológica comienza allí donde termina la necesidad de tener una imagen impecable de uno mismos. La salud psicológica tiene menos relación con la convicción de que estamos bien que con la capacidad de descubrir dónde no lo estamos. Una persona madura no es necesariamente aquella que posee una imagen admirable de sí misma, sino aquella que puede soportar que esa imagen sea incompleta.  El sujeto verdaderamente sano no es quien afirma: “Yo no tengo problemas”. Es aquel que puede decir, con mucha mayor humildad y mucho mayor discernimiento: “Hay cosas en mí que todavía no comprendo, hay aspectos que debo mejorar y estoy dispuesto a descubrirlos aunque la verdad no siempre resulte agradable. Como bien señaló Richard Feynman (premio Nobel de física), en una ocasión,, el principio básico es que no debemos engañarnos a nosotros mismos, ya que somos la persona más fácil de engañar. En definitiva, el mayor obstáculo para alcanzar una verdadera salud psicológica no es, como ya se apuntó antes, padecer conflictos internos, por el contrario carecer de la disposición para reconocerlos. De ahí que conserve plena vigencia aquella sentencia de Sócrates, recogida por Platón en la Apología: Una vida sin examen no merece la pena ser vivida.


Referencias

         Feynmann, R. P. (1974). Ciencia tipo culto de carga. Discurso de graduación, California Institute of Technology. Pasadera, California.

          Fleming, S.M. Dolan, R.J. & Frith, C.D. (2012). The neural basis of metacogntive abilly. Philosophical Transactions of the Royal Society

          Freud, S. (1976). Inhibición, síntoma y angustia. En J. Strachey (Ed.) Obras completas (Vol. Xx, pp. 71-164). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1926)

          Grijalva, E., Newman, D.A., Tay, L., Donnella, M.B., Harms, P.D., Robins, R.W., & Yan, T. (2015). Gender differences in narcissim: A meta-analytic review. Psychological Bulletin.

          Horney, K. (1942). El análisis. Self-Analysis. New York: W.W. Norton & Company

Jung, C.G. (2001). Civilización en transición. En obra completa (vol. 10) Madrid: Trotta.(El problema de la sombra).

          Platón. (2009). Apología de Sócrates. Madrid: Gredos.

          Wang, P.S., Angemeyer, M., Borges, G., et al (2007). Delay and failure in treatment seeking after first onset of mental disorders in the world health Organization´s World Mental Health Survey Initative. World Psychiatry

          Watts, A. (1966). El libro: sobre el tabú de saber quién eres.  Barcelona: Ediciones Kairós

          Wilde, O. (1890-2008). El retrato de Dorian Gray. Madrid: Alianza Editorial

 

 

 

El emoji: la imagen vuelve a enriquecer la palabra

 

 Después de miles de años de evolución de la escritura, de la aparición del alfabeto, de la sofisticación de las lenguas y de la creación de millones de palabras, el ser humano contemporáneo ha vuelto a recurrir a la imagen para decir aquello que las palabras, por sí solas, no siempre consiguen expresar. Basta colocar un pequeño rostro sonriente después de una frase para modificar su tono; colocar un corazón para transformar una expresión neutra en una manifestación afectiva; añadir una carcajada para convertir una afirmación aparentemente seria en una broma; ese pequeño dibujo que aparece en nuestros teléfonos y computadoras, aparentemente insignificante, constituye en realidad uno de los fenómenos más interesantes de la comunicación contemporánea: el emoji.

     La palabra emoji procede del japonés: e, significa imagen y moji, carácter o signo escrito. Aunque existen antecedentes anteriores, el desarrollo de los emojis modernos está estrechamente relacionado con la telefonía móvil japonesa de finales del siglo xx. En 1997, la compañía japonesa SoftBank ya disponía de un conjunto de aproximadamente 90 símbolos, y luego llego el conocido conjunto de 176 emojis creado por el diseñador Shigetaka Kurita para NTT DOCOMO en 1999, el cual lo  popularizó (Vela Delfa, 2020)..

    El propósito con la creación del emoji no era tanto diseñar un nuevo idioma, como solucionar un problema de comunicación: ¿cómo introducir emoción, intención y matices en mensajes escritos extremadamente breves? Entre aquellos primeros símbolos había rostros, fenómenos meteorológicos, objetos y otros pictogramas. El emoji nació, por tanto, no como una frivolidad tecnológica, sino como una respuesta a una limitación fundamental de la escritura digital: la dificultad de transportar al texto algunos elementos que en la conversación presencial transmitimos mediante el rostro, la voz, los gestos y la entonación. Esto nos conduce directamente al terreno de la semiótica, disciplina fundada por Charles Sanders Peirce (1974), que estudia los signos y símbolos y cómo las personas elaboran e interpretan significados en la comunicación. Este filósofo estableció las  bases para entender los emoji modernos al formular su teoría sobre los signos. Años luego, el filósofo Ludwig Wittgenstein (1958) planteo en sus manuscritos algo revolucionario para entonces, escribió que las personas podían dibujar caras para expresar significados allí donde las palabras fallaban.

     El emoji, no obstante, no es un signo cuya interpretación pueda reducirse simplemente a la imagen que representa. Un corazón (de acuerdo a su color), por ejemplo, puede significar amor, afecto, agradecimiento, aprobación, solidaridad o incluso ironía, dependiendo de quién lo utiliza, a quien se dirige y en qué contexto aparece. Por consiguiente el emoji no posee un significado único e inmóvil. El sentido no está encerrado dentro de la imagen: se construye en la relacione entre el signo, el texto, el emisor, el receptor y la situación comunicativa. Precisamente por eso la investigación semiótica ha mostrado que los emojis pueden funcionar simultáneamente como signos icónicos, simbólicos e incluso indexicales, dependiendo de la manera en que son utilizados (Vale Delfa, 2020).

   El emoji, entonces, funciona muchas veces como una especie de entonación visual. No es lo mismo leer en un mensaje “estoy bien”, que escribir “estoy bien” y agregar una carita feliz. El rostro introduce una dimensión que no estaba contenida explícitamente en las palabras. En ese sentido, puede reforzar o suavizar una afirmación. La investigación lingüística ha señalado precisamente que, en la comunicación digital, los emojis pueden desempeñar una función semejante a determinados elementos prosódicos de la comunicación oral (Sampietro, 2024; University of Edinburgh, 2026).

     Una función adicional del emoji es el hecho de que puede complementar el significado de una expresión. La relación no es –palabra o emoji-, sino –palabra más emoji. Un estudio de Lorenzo Logi y Michele Zappavigna (2024) desde la perspectiva de la semiótica social, ha mostrado precisamente que ambos recursos pueden trabajar conjuntamente para construir significado: el lenguaje aporta determinadas dimensiones y el emoji puede destacar, ampliar o modificar otras. No estamos, por tanto, ante dos sistemas que necesariamente se excluyen, son en realidad dos modos semióticos que pueden integrarse en un mismo acto comunicativo. La semiótica social permite ir algo más lejos. Un signo no adquiere significado únicamente por lo que representa, sino además por la manera en que las personas lo utilizan dentro de determinadas comunidades. El emoji puede expresar pertenencia, complicidad, cercanía, ironía, identidad y hasta posición social. No utilizamos necesariamente los mismos emojis con nuestros padres, con un paciente, con un jefe o con una persona desconocida. El signo cambia porque la relación social no es la misma. La investigación contemporánea sobre semiótica social ha encontrado precisamente que los emojis contribuyen a construir vínculos y formas de afiliación entre los participantes de una comunidad digital (Seargeant, P., 2017; Cantamutto, L, 2024).;  

     Durante siglos, la escritura tuvo que sacrificar una parte considerable de la comunicación humana para poder conservar otra. Cuando escribimos perdemos la entonación, la expresión facial, determinados gestos y buena parte de la información emocional que acompaña a las palabras. El emoji permite recuperar una pequeña parte de aquello que la escritura tradicional había dejado fuera. No reemplaza la voz ni el rostro, desde luego, pero introduce dentro del texto una especie de dimensión visual y afectiva, lo que genera una expansión multimodal de la comunicación escrita. Por esta razón resulta difícil comprender la actitud de quienes consideran que utilizar emojis es necesariamente una manifestación de pobreza lingüística, inmadurez o incapacidad para comunicar correctamente. El no está en recurrir a los emojis, sino en hacer uso de este sin criterio. La riqueza comunicativa no depende de emplear exclusivamente palabras, si en cambio de saber seleccionar los recursos adecuados para expresar aquello que queremos comunicar.

 

      Es cierto que existe un uso excesivo y trivial de los emojis en algunos contextos. Una conversación en la que cada palabra es sustituida por un dibujo puede convertirse en algo confuso o semánticamente pobre. Pero ese hecho no invalida el recurso. También podemos utilizar demasiados signos de admiración, repetir innecesariamente una palabra o escribir párrafos interminables. El abuso de un recurso no demuestra que este sea malo; indica simplemente que su uso carece de criterio (Danesi, 2019). La cuestión, entonces, no es si debemos valernos del emojis, sino para qué y cuándo aplicarlo. En una conversación entre amigos puede ser completamente apropiado. En una felicitación, un mensaje afectuoso, una conversación familiar, una publicación en redes sociales o una comunicación informal, tiene el potencial incluso de enriquecer considerablemente el significado. Hasta en determinados contextos profesionales logra ser adecuado, siempre que exista suficiente confianza entre los interlocutores.

     En definitiva, el emoji demuestra que la escritura no es un sistema cerrado. La historia de la escritura siempre ha sido un recorrido de transformación. El ser humano pasó de las imágenes a los signos, de los signos a las palabras, de los manuscritos a la imprenta y de la imprenta a la escritura digital. Ahora, en cierta medida, la imagen vuelve a entrar en el contexto. Pero no porque estemos retrocediendo al pasado, antes bien porque hemos entrado en una nueva convivencia entre palabra e imagen, entre lenguaje verbal y lenguaje visual (Danesi, 2019). El emoji no ha venido a sustituir el lenguaje, por el contrario nos recuerda que el lenguaje humano siempre fue mucho más amplio que las palabras.  Así que consideramos equivocado mirar el emoji como una amenaza para el lenguaje. La lengua no se empobrece porque aparezca un nuevo recurso comunicativo. Se debilita si perdiéramos la capacidad de construir argumentos, de hacer ensayos profundos y de expresar ideas complejas.

 

Referencias:

          Cantamutto, L. (2024). Gestion de vínculos en la interacción digital en español. El empleo de los emojis como elemento de afiliación grupal en los procesos de activismo digital.

          Danesi, M. (2016). The Semiotics of Emoji. Bloomsbury Academic.

          Danesi, M. (2019). Emojis: Langue or Parole? Chinese Semiotic Studies

          Peirce, Charles Sanders (1974). La ciencia de la semiótica. Buenos Aires: Nueva Visión

          Vela Delfa, C., Cantamutto, L. (2021). Los emojis en la interacción digital escrita. Madrid. Arco Libros.

          Vela Delf, C. (2020). Una aproximación semiótica al estudio de los emojis. Círculo de Lingüista Aplicada a la Comunicación.

          Sampietro, A(2024). Aproximaciones teóricas a las funciones linguisticas del emoji en la comunicación digital. Madrid: Universidad Complutense de Madrid.

          Seargeant, P. (2017). Emojis: Carriers of Culture and Symbols of Identity.

          University of Edinburgh (2026). The Prosody of Emojis. Association for Computational Linguistics. Aclanthology.org.

          Wittgensteinn, Ludwig (1958). Investigaciones filosóficas.

          Zappavigna, M. y Logi, L. (2024). Emoji and Social Media Paralanguage. Cambridge University

 

 

 

    

 

 

miércoles, 19 de agosto de 2026

La importancia de centrarse en lo positivo

 


     Debido a cierta literatura de autoayuda se ha popularizado una idea que suele provocar desconfianza, la de que:: conviene centrar la atención en lo positivo. Con frecuencia se asocia esta propuesta con discurso de superación personal, optimismo ingenuo o negación de la realidad. Desde esa perspectiva, pensar en lo positivo sería una forma de evasión, un intento de ocultar el sufrimiento bajo frases motivacionales. Sin embargo, la investigación desarrollada durante las últimas décadas en psicología, neurociencia, biología evolutiva y ciencias sociales muestra un panorama muy diferente. No se trata de ignorar los problemas ni de sustituir el pensamiento crítico por ilusiones. Se trata de comprender cómo funciona el cerebro humano y por qué dirigir deliberadamente la atención hacia determinados aspectos de la experiencia puede convertirse en una estrategia profundamente adaptativa (Seligman, 2011; Fredrickson, 2009).

     Nuestro cerebro no fue diseñado para ser feliz, fue diseñado para sobrevivir. Esta afirmación, respaldada por numerosos investigadores de la neurociencia evolutiva, resume uno de los principios fundamentales del funcionamiento mental. Durante cientos de miles de años, nuestros antepasados vivieron expuestos a depredadores, enfermedades, escasez de alimentos, conflictos tribales y peligros constantes. En ese contexto, los individuos que prestaban mayor atención a las amenazas tenían más probabilidades de sobrevivir y transmitir sus genes. Desde el punto de vista evolutivo, era mucho más costoso pasar por alto un peligro que dejar de percibir una oportunidad agradable. Como consecuencia, la evolución favoreció un sistema nervioso extraordinariamente sensible a las señales negativas (LeDoux, 1996; Sapolsky, 2004).

   Este fenómeno ha sido ampliamente documentado por la psicología bajo el nombre de sesgo de negatividad. El concepto hace referencia a la tendencia natural de nuestra mente a detectar, recordar y reaccionar con mayor intensidad ante los acontecimientos negativos que ante los positivos. Un fracaso suele tener más impacto emocional que varios éxitos; una crítica permanece durante días en la memoria mientras diez elogios desaparecen con rapidez, una amenaza potencial capta inmediatamente nuestra atención mientras que las experiencias agradables suelen pasar inadvertidas. No se trata de una debilidad del carácter ni de una actitud pesimista aprendida. Es una característica inherente de la arquitectura cognitiva humana (Baumeister, Bratslavsky, Finkenauer y Vohs, 2001).

     Los estudios clásicos de Roy Baumeister y sus colaboradores llegaron a una conclusión contundente: “lo malo es más fuerte que lo bueno”. Los eventos negativos producen respuestas fisiológicas más intensas, generan recuerdos más duraderos, influyen con mayor fuerza sobre la toma de decisiones y condicionan el comportamiento futuro de manera desproporcionada respecto a los eventos positivos. Este principio aparece en prácticamente todos los ámbitos de la vida: las relaciones de pareja, el aprendizaje el trabajo, la salud mental, la educación e incluso la política (Baumeister et al., 2001).

    La neurociencia ha permitido comprender parte de los mecanismos responsables de este fenómeno. Uno de ellos es la amígdala cerebral, estructura esencial para detectar amenazas y coordinar respuestas defensivas, responder con gran rapidez ante estímulos potencialmente peligrosos. Diversos estudios mediante resonancia magnética funcional muestran que los estímulos negativos producen una activación más intensa y más prolongada que los estímulos positivos. Esta activación facilita la consolidación de los recuerdos emocionales a través de su interacción con el hipocampo, razón por la cual las experiencias desagradables suelen permanecer durante años con una nitidez sorprendente, mientras que muchos acontecimientos felices desaparecen con relativa facilidad de la memoria (LeDoux, 1996).

     Paradójicamente el mismo mecanismo que permitió la supervivencia de nuestra especie puede convertirse hoy en una fuente constante de sufrimiento psicológico. La mayoría de las amenazas que enfrentamos en la actualidad ya no provienen de depredadores ocultos entre la vegetación ni de hambrunas prolongadas. Son preocupaciones financieras, incertidumbre laboral, conflictos familiares, miedo al rechazo social, enfermedades futuras o anticipaciones de acontecimientos que quizá nunca ocurran. Sin embargo, el cerebro responde a muchas de estas amenazas simbólicas utilizando circuitos neuronales desarrollados originalmente para afrontar peligros físicos inmediatos. El resultado es un organismo que permanece en alerta durante largos periodos, consumiendo enormes cantidades de recursos fisiológicos y cognitivos (Sapolsky, 2004; McEwen, 2007).

     Desde esta perspectiva, centrar deliberadamente la atención en los aspectos positivos deja de ser un acto de ingenuidad para convertirse en una forma de compensar un desequilibrio biológico preexistente. No se trata de sustituir la realidad por fantasías optimistas, sino de corregir una tendencia natural que sobrevalora el peligro y subestima los recursos, las oportunidades y los acontecimientos favorables. El objetivo no consiste en ver un mundo irrealmente optimista, sino en aproximarse a una percepción más equilibrada de la realidad. 

 La psicología cognitiva ha demostrado repetidamente que aquello a lo que prestamos atención termina moldeando la forma en que interpretamos el mundo. La atención no funciona como una cámara que registra objetivamente todo cuanto sucede, actúa más bien como un reflector que ilumina determinadas partes de la experiencia mientras deja otras en la penumbra. Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y construir interpretaciones radicalmente distintas dependiendo de dónde concentren sus recursos atencionales. La realidad objetiva permanece igual, lo que cambia es la representación mental de esa realidad (Kahneman, 2012).

   La neuroplasticidad ofrece una explicación complementaria. Cada vez que un circuito neuronal se activa, aumenta ligeramente la probabilidad de volver a activarse en el futuro. Con el tiempo, las redes más utilizadas se fortalecen, mientras que aquellas que apenas participan tienden a debilitarse. Esta propiedad, conocida desde los trabajos pionero de Donald Hebb, puede resumirse en una frase célebre: las neuronas que se activan juntas tienden a conectarse entre sí (Hebb, 1949). En consecuencia, una mente que de manera habitual dirige su atención hacia amenazas, errores, pérdidas y fracasos termina fortaleciendo precisamente los circuitos asociados con esas formas de interpretar el mundo. Del mismo modo, entrena la atención para reconocer oportunidades, fortalezas, cooperación, aprendizaje y logros favorece la consolidación progresiva de redes neuronales diferentes.

   

 Barbara Fredickson propuso una de las teorías más influyentes para comprender este fenómeno. Su teoría de la ampliación y construcción sostiene que las emociones positivas no solo producen bienestar subjetivo, sino que amplían el repertorio de pensamientos y conductas disponibles para la persona. Mientras el miedo estrecha la atención y prepara para luchar o huir, emociones como el interés, la serenidad, la gratitud o la alegría amplían el campo perceptivo, favorecen la creatividad, incrementan la flexibilidad cognitiva, mejoran la resolución de problemas y facilitan la cooperación social. Con el tiempo, estos estados emocionales contribuyen a construir recursos psicológicos, intelectuales y sociales que aumentan la capacidad de afrontar futuras adversidades (Fredrickson, 2001-2009).

    Lo anterior tiene unas enormes implicaciones prácticas, ya que una persona dominada constantemente por la amenaza suele reducir sus opciones de conducta. Percibe menos alternativas interpreta las situaciones con mayor rigidez y adopta respuestas defensivas incluso cuando no resultan necesarias. En cambio, un estado emocional más positivo favorece una exploración más amplia del entorno, incrementa la creatividad, facilita el aprendizaje y mejora la capacidad para establecer vínculos de confianza. Desde una perspectiva estrictamente funcional, el pensamiento positivo no representa una forma de autoengaño; constituye una condición neurocognitiva que acrecienta las posibilidades de adaptación

     La sociología y la psicología social también han mostrado que las expectativas positivas ejercen una influencia decisiva sobre el comportamiento humano. El conocido efecto Pigmalión (Rosenthal y Jacobson, 1968) demostró que las expectativas favorables de maestros, líderes o figuras significativas pueden modificar de manera objetiva el rendimiento de otras personas. Las creencias no permanecen confinadas al ámbito privado; influyen sobre la conducta, alteran las interacciones sociales y terminan creando condiciones que aumentan la probabilidad de que aquello esperado ocurra. En este sentido, la positividad no obra como una fuerza misteriosa, sino como un mecanismo psicológico y social capaz de reorganizar la conducta individual y colectiva. La filosofía ya había intuido mucho antes esta capacidad selectiva de la mente. Los estoicos sostenían que los seres humanos sufrimos menos por los acontecimientos que por la interpretación que hacemos de ellos, Al modificar sistemáticamente el foco de atención se cambia también la evaluación de la realidad y, con ello, la experiencia emocional que emerge de dicha evaluación (Ellis, 1962; Lazarus, 1991).

     En consecuencia, centrarse en lo positivo no significa negar la existencia del sufrimiento, minimizar las dificultades ni refugiarse en un optimismo pueril. Más bien significa comprender que el cerebro posee un sesgo ancestral hacia la amenaza y que, precisamente por esa razón, necesita un entrenamiento deliberado para percibir con igual claridad aquello que favorece el aprendizaje, la cooperación, el crecimiento, la salud y la adaptación. En un cerebro configurado para detectar peligros, dirigir voluntariamente la atención hacia lo valioso constituye menos un acto de optimismo que un ejercicio de equilibrio cognitivo.

 

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Referencias:

 

          Baumeister, R.F., Bratslavsky, E., Finkenauer, C., & Vohs, K.D. (2001). Ba dis stronger tan good. Review of General Psychology.

          Ellis, A. (1962). Reason and Emotion in Psychotherapi. Lyle Stuart.

          Fredrickson, B.L. (2001). The role of positive emotions in positive psychology: The broaden-and-build theory of positive emotions. American Psychologist.

          Hebb, Donald O (1949). La organización de la conducta: una teoría neuropsicológica.

          Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio ´Debate.

          Lazarus, R.S. (1991). Emotion and Adaptation. Oxford University Press.

          LeDoux, J. (1996). El cerebro emocional. Planeta

          McEwen, B.S. (2007). Physiology and neurobiology of stress and adaptation: Central role of the brain. Physiological Reviews.

          Rosenthal, R., & Jacobson, L. (1968). Pigmalión in the Classroom. Holt, Rinehart & Winston.

          Sapolsky, R. M. (2004). ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Alianza Editorial.

          Seligman, M.E.P. (2011). La vida que florece. Ediciones B.

 

El juzgamiento se alimenta de la amargura


    Todos conocemos personas que no escatiman esfuerzo alguno para denostar, denigrar, o censurar, desde una posición de superioridad, a casi todas las personas ya sean cercanas o no a su círculo inmediato. Sujetos que su sola presencia parece introducir en el ambiente una perturbación, con esa manera de tazar  siempre de forma defectuosa aquello no suele ser de su agrado. Para tales individuos todo puede convertirse en materia de objeción. Parecería que  tales personas hubiesen decidido hacer de la intimida  ajena el  territorio sobre el cual ejercer una permanente inspección.

     ¿Qué clase de existencia interior puede conducir a un ser humano a semejante disposición? Desde la psicología existe una explicación  sobre este tipo de conducta. Por ejemplo, el psicólogo Steven Stosny (2015), quien ha escrito extensamente en torno al resentimiento, la ira y la victimización plantea algo particularmente esclarecedor, sugiere que el resentimiento tiende a hacer que las personas interpreten las acciones de los demás desde una perspectiva de agravio. Lo que intenta mostrar es que no siempre el juzgamiento viene por descubrir que alguien es injusto; en una cantidad de ocasiones el resentimiento mismo hace que se interprete como injusto lo que no lo es. En lo que sigue trataremos de mostrar los motivos subyacentes de esa funesta costumbre y por qué suele perpetuarse y fortalecerse con el paso de los años.  

  La psicología ha encontrado relaciones interesantes entre determinadas formas de malestar interno y la conducta difamadora. Las investigaciones contemporáneas sobre regulación emocional muestran, por ejemplo, que las dificultades para regular las emociones y el empleo de estrategias desadaptativas se relacionan con una mayor tendencia a la crítica hostil. Una revisión sistemática publicada por Aggressive Behavior en 2026, realizada por un equipo de investigadores encabezado por Kimberley Smith y Steve Gillespie, que integró 137 artículos, 171 estudios y más de 252,000 participantes, encontró una asociación positiva entre las dificultades de regulación emocional y la agresión, particularmente con la agresión reactiva. Esto último permite comprender algo que la observación cotidiana ya había advertido mucho antes de que la psicología experimental pudiera medirlo: el individuo que no sabe qué hacer con su propia irritación termina frecuentemente haciendo algo con ella en el mundo exterior, y una de la forma más común de canalizar esa frustración es desprestigiando la integridad de otras personas.  

     A pesar de lo dicho, cabe señalar que las personas felices pueden igualmente ser críticas en determinados contextos, ya que la desaprobación justa resulta en ocasiones necesaria. No toda denuncia y severidad es pues patológica. El problema comienza cuando la crítica o el señalamiento dejan de ser un instrumento para corregir algo y se transforma en una disposición permanente del carácter; cuando ya no se censura una conducta, sino que parece necesario encontrar siempre algo que descalificar. Es entonces cuando cabe sospechar que el problema no se encuentra únicamente en aquello que el sujeto juzga, sino en el propio individuo que necesita censurar. .

     Cuando una persona no puede resolver dentro de sí aquello que le perturba –exorcizar sus propios demonios- intentará frecuentemente localizar afuera un responsable de su condición.. Si está insatisfecha consigo misma, encuentra constantes defectos en otros; si se siente inferior, buscará a alguien que pueda parecerle inferior; si experimenta frustración, descubrirá culpables; si vive en permanente comparación, convertirá el éxito ajeno en una afrenta personal. De esta manera, el mundo exterior se convierte en una especie de pantalla sobre la cual se proyectan conflictos que originalmente pertenecían al mundo interior propio.  De ahí que algunas personas parezcan vivir en estado permanente de combate, pues no necesitan que exista una verdadera amenaza; ellos mismos fabrican pequeñas batallas allí donde otros apenas encuentran acontecimientos ordinarios. Para tales personas todo puede resultar una incitación: alguien que se muestra distinto, pero en nada provocador, es tenido por arrogante o asocial, una conversación ordinaria puede ser interpretada como una disputa y una diferencia en la manera de pensar  llega a ser vista como ofensiva.

     En realidad, es imperativo darse cuenta de que el excesivo estado de vigilancia hacía los demás, es una manera de escapar de la vigilancia de uno mismo. Erich Fromm examinó esta cuestión desde una perspectiva particularmente penetrante. En El miedo a la liberta (1941), el psicoanalista alemán mostró cómo el individuo que no ha desarrollado una relación suficientemente autónoma consigo mismo puede intentar resolver su inseguridad mediante mecanismos de sometimiento, conformismo o dominación. En El arte de ama (1956),  el mismo autor, distinguió entre una existencia centrada en el crecimiento y otra organizada alrededor de la posesión, el control y la necesidad de apropiarse del otro. Desde esta perspectiva, hay una diferencia fundamental entre amar a una persona y necesitar gobernarla. El primero presupone libertad; el segundo, inseguridad.

     Fromm denominó orientación productiva a una manera de existir en la que el individuo desarrolla sus capacidades, ama, crea y se relaciona con el mundo desde una posición de mayor autonomía. La orientación improductiva, en cambio, queda atrapada en formas de explotación, acumulación o dominio. El sujeto que necesita permanentemente controlar a quienes le rodean -con instigación, critica, señalamientos- difícilmente puede considerarse libre en sentido profundo; necesita que los demás se comporten de determinada manera para conservar su propia estabilidad, y cuando posee algún rasgo narcisista, necesita, además, que se le reconozca –admire- por su intromisión consuetudinaria en los asuntos de los otros. La paradoja que releva este modo de ser es el siguiente: algunas personas que desean gobernar la vida de los demás, en realidad no han conseguido gobernar satisfactoriamente la propia.

     Resulta psicológicamente más cómodo descubrir el defecto de un compañero de estudio, un colega del trabajo o un vecino que contemplar el propio. Es menos doloroso hablar de irresponsabilidad del hijo ajeno que preguntarse por las propias deficiencias como padre; criticar la conducta o las decisiones de alguien que confrontar las frustraciones personales. El juicio constante sobre un tercero, convengamos, suele ser una forma muy rudimentaria de anestesia psicológica. Mientras se está ocupado en señalar lo que está mal en el otro, no se tiene tiempo de preguntarse demasiado que está ocurriendo en la propia vida. En ese sentido, la crítica destructiva posee una función defensiva. No siempre pretende corregir al otro; en la inmensa mayoría de la veces lo que pretende es restaurar el equilibrio interno de quien reprocha.

   

  Diversas investigaciones psicológicas han sugerido lo difícil que resulta que una persona profundamente reconciliada consigo misma pueda dedicar buena parte de su existencia a descubrir defectos en los demás (Park y Colvin, 2015). De acuerdo a la evidencia existente las personas que se encuentran razonablemente satisfechas con sus vidas, aquellas que poseen algún grado de serenidad interior, quienes disfrutan de sus vínculos, de su trabajo, de sus intereses y de su propia compañía, suelen tener poca inclinación y, sobre todo, muy poca necesidad psicológica de intervenir constantemente en la existencia ajena. La tranquilidad interior parece producir una curiosa economía de la agresión y la intromisión. .

     Los sujetos psicológicamente estables pueden incluso reconocer los méritos ajenos sin sentir que el suyo disminuye. En ese sentido, admiran sin sentirse humillados y aceptan que otros sean más inteligentes, más atractivos o más exitosos sin experimentar una herida narcisista. Para tales personas la existencia del otro, no constituye una amenaza para su identidad. De esto surge una importante cuestión: las personas sanas también se irritan, se entristecen, sienten envidia ocasional, experimentan frustración y pueden tener deseos de responder agresivamente. La diferencia está en que esos estados no gobiernan sistemáticamente su conducta. Por ello ante una situación difícil pueden disentir sin atropellar; corregir sin despreciar; exigir sin tiranizar. La estabilidad interior no elimina el conflicto pero si modifica la manera de enfrentarlo

     Hay algo más profundo todavía: las personas que viven razonablemente bien consigo mismas suelen tener una mayor disponibilidad psicológica para los demás. No porque sean necesariamente santas, bondadosas o altruista en sentido absoluto, sino porque no están permanentemente ocupadas en defender una identidad herida. La investigación contemporánea encuentra, de hecho, una relación positiva entre bienestar y conducta prosocial (López et al., 2018). La correlación entre conducta prosocial y salud mental tiene cada vez más evidencia (Campayo et al., 2024). La lección que nos deja estas referencias es bastante clara: sanar la amargura nos vuelve más tolerante; el desarrollo de la tolerancia, igualmente, contribuye a desarticular la amargura.

 

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Referencias:

           Fromm, Erich (1941). El miedo a la libertad

           Fromm, Erich (1956). El arte de amar

     Garcia-Campayo, J., Barceló-Soler, A., & col.(2024). Exploring the relationship between self-copassion and compassion for others: Therole of psychological distres and welbening. Assessment.

          López, A., Sanderman, R., & col. (2018). Compassion for others and self-compassion: Levels, correlates, and relationship with psychological well-being. Mindfulness.

          Park, S.W., & Colvin, C.R. (2015). Narcissim and other-derogation in the absence of ego threat. Journal of Personality.

          Stosny, Steven (2015). Vivir y amar después de una traición: Cómo sanar el abuso emocional, el engaño, la infidelidad y el resentimiento crónico. México. Editorial Aguilar.

          Smith, K. Jones, A., Daly, N., Widdrington, H., Garofalo, C., & Gillespie, S.M. (2026). Emotion Regulation and Aggression: A Systematic Review and Meta-Analysis. Aggressive Behavior.

La teoría de la autoeficacia

     

     La neurociencia ha comprobado que el cerebro no registra pasivamente la realidad, sino que la interpreta mediante modelos internos. Al asumir una identidad, o al tener una creencia profundamente arraiga sobre nosotros mismos, nuestra conducta y comportamiento tiende a modificarse, incluso cuando esa percepción o impresión particular sea errónea. 

     En la década de 1970, el psicólogo canadiense Albert Bandura, uno de los investigadores más influyentes de la historia de la psicología,, viendo que gran parte de las teorías del comportamiento humano se centraban en los factores externos que modificaban la conducta: el esfuerzo, el castigo o el aprendizaje por condicionamiento,  propuso que la conducta también dependía de la manera en que las personas evaluaban sus propias capacidades para afrontar una situación determinada (Bandura, 1977).

     Esta idea dio origen al concepto de autoeficacia, definido como la creencia que una persona tiene acerca de su capacidad para organizar y ejecutar las acciones necesarias para alcanzar un objetivo específico  Conviene subrayar que la autoeficacia no describe las habilidades reales del individuo, sino su percepción de esas habilidades. Dos personas con un nivel de competencia semejante pueden actuar de manera muy diferente si una de ella está convencida de que podrá superar el desafío y la otra cree que fracasará.  Esta distinción constituye una de las aportaciones más importantes de Bandura. Tradicionalmente se asumía que el rendimiento dependía principalmente de la capacidad objetiva. Sin embargo, la investigación mostró que el conocimiento y las habilidades, aunque indispensables, no siempre son suficientes. Para ponerlas en práctica también es necesario creer que uno puede utilizarlas con éxito.

     Bandura observó que las personas con una elevada percepción de autoeficacia tienden a fijarse metas más ambiciosas, perseveran durante más tiempo frente a las dificultades, interpretan los errores como oportunidades de aprendizaje y muestran una mayor capacidad para recuperarse después de un fracaso. En contraste, quienes poseen una baja autoeficacia suelen evitar tareas desafiantes, abandonan antes sus objetivos y experimentan niveles más elevados de ansiedad cuando deben enfrentarse a situaciones (Bandura, 1997).

     Desde el punto de vista experimental, la teoría de Bandura ha recibido apoyo de numerosos estudios realizados en contextos muy diversos. Por ejemplo, investigaciones en el ámbito educativo demostraron que la autoeficacia predice el rendimiento académico incluso después de controlar variables como la inteligencia o el desempeño previo (Pajares, 1996). En el deporte, igualmente, los atletas con mayores expectativas de eficacia suelen mostrar mayor persistencia durante el entrenamiento y mejor capacidad para afrontar la presión competitiva (Feltz, Short, & Sullivan, 2008). En el ámbito clínico, la autoeficacia asimismo se ha relacionado con una mayor adherencia a los tratamientos médicos, mejores hábitos de salud y mayor probabilidad de mantener cambios conductuales a largo plazo (Schwarzer & Fuchs, 1996).

     Uno de los aspectos más interesantes de la teoría de Bandura es que identifica las principales fuentes a partir de las cuales se desarrolla la autoeficacia. La primera y más poderosa corresponde a las experiencias de dominio. Cada vez que una persona supera con éxito un desafío, aumenta la probabilidad de que interprete futuras situaciones similares como manejables. En cambio, los fracasos repetidos, especialmente durante las primeras etapas del aprendizaje, pueden debilitar la confianza en las propias capacidades (Bandura, 1997).

     La segunda fuente es el aprendizaje vicario, es decir, la observación de otras personas. Cuando un individuo presencia cómo alguien semejante a él logra resolver una tarea difícil, aumenta su propia percepción de eficacia. Este fenómeno constituye uno de los mecanismos fundamentales del aprendizaje social y explica, en parte, la importancia de los modelos de referencia en la educación, el deporte y el desarrollo profesional (Bandura, 1986). La tercera fuente corresponde a la persuasión verbal. El apoyo, la retroalimentación constructiva y las expectativas positivas transmitidas por padres, profesores, terapeutas o líderes pueden fortalecer la precepción de eficacia, especialmente cuando se acompañan de oportunidades reales para poner a prueba las propias capacidades. Sin embargo, Bandura advirtió que el simple optimismo verbal carece de utilidad duradera si no va acompañado de experiencias concretas de éxito (Bandura, 1997).

     Finalmente, la cuarta fuente está relacionada con la interpretación de los estados fisiológicos y emocionales. Las personas suelen utilizar señales como el nerviosismo, el cansancio o la aceleración del ritmo cardíaco para juzgar su capacidad frente a un desafío. Quien interpreta esas respuestas como indicios de incapacidad tenderá a experimentar una menor autoeficacia. Por el contrario, cuando esas mismas sensaciones son interpretadas como una activación normal previa al rendimiento, su efecto negativo disminuye considerablemente (Bandura, 1997).      

     Las investigaciones desarrolladas durante las últimas décadas han confirmado la relevancia de este constructo. Una revisión realizada por Stajkovic y Luthans (1998), que integró resultados de más de un centenar de estudios, encontró una relación positiva y consistente entre la autoeficacia y el desempeño laboral. Posteriormente, diversos metaanálisis han corroborado asociaciones similares en contextos educativos, deportivos y relacionados con la salud (Sitzmann & Yeo, 2013).

     Si tuviéramos que hacer algunas precisiones diríamos que la autoeficacia no sustituye al conocimiento, la práctica ni las condiciones objetivas del entorno. Creer que uno puede realizar una tarea no garantiza automáticamente el éxito, deben existir habilidades reales, más allá de una expectativa excesivamente optimista. La creencia no actúa como una fuerza sobrenatural, sino como un mecanismo que modifica la probabilidad de emitir determinados comportamientos. A pesar de ello, la autoeficacia puede ser lo suficientemente relevante como para llevar nuestro desempeño a otro nivel.

 

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Referen cias:

           Bandura, A. (1977). ). Self-efficacy: Toward a unifying theory of behavioral change. Psychological Review.

          Bandura, A. (1997). Bandura, A. (1999). Autoeficacia: cómo afrontamos los cambios de la sociedad actual. Desclée de Brouwer.

        Feltz, D. L., Short, S. E., & Sullivan, P.J. (2008). Self-Eficacy in Sport. Human Kinetics.

          Schwarzer, R.,& Fuchs, R. (1996). Self-efficacy and health behaviours. En M. Conner & P. Norman (Eds.). Predicting Health Behaviour (pp. 163-196). Open University Press.

          Pajares, F. (1996). Self-efficay beliefs in academic settings. Review of Educational Research.

       Sitzmann, T., & Yeo, G. (2013). A meta-analytic investigation of the within –person self-efficacy domain: Is self-efficacy a producto of past performance or a driver of future performance? Personel Psychology.

        Stajkovic, A.D., & Luthans, F. (1998). Self-efficacy and work-related performance: A meta-analysis. Psychological Bulletin.