jueves, 5 de noviembre de 2015

El reinado de la vulgaridad



"Más que la neumonía severa y atípica, la desvergüenza, la ordinariez, la vulgaridad
 se han convertido en la epidemia más vistosa a comienzos del siglo XXI". 
-Vicente Verdú-



     Desde hace unas décadas, poco a poco, de forma casi imperceptible, pero igualmente en escala progresiva, un vicio pastoso y asfixiante fue  imponiéndose en distintos sectores de la sociedad, no respetando clase, ni estatus, ni profesión y, por demás, atentando contra cada una de ellas.  Este referido vicio, este anatema social, que ya se ha impuesto en muchos lugares del mundo, estrangulando las buenas costumbres, no es otro más que la vulgaridad.  

     Muchas mentes ilustres del pasado como del presente en algún momento han sentido la necesidad de expresar su visión con respecto a la vulgaridad. Platón, por ejemplo, llega a señalar: "los espíritus vulgares carecen de destino"; con lo cual, sospechamos, hacía alusión a la condición de extravio que caracteriza las acciones de este tipo de sujeto.  El Dr. Johan Leurindan Huys (2016), teólogo y educador belga, reconocido por sus ensayos de filosofía ética escribió en su obra El sentido de las dimenciones éticas lo siguiente: "con vulgaridad queremos decir que ya no se aprecian los ideales, la dignidad, los valores y todo lo que enaltece a la persona humana, más bien, se enaltece lo contrario, la malignización del bien". Vemos en la descripción precedente, que el distintivo signo de la vulgaridad se refleja en su desdén por la integridad y todo lo que esta representa.

   Una manera explícita de reconocer la vulgaridad es el modo estrafalario en que se presenta. El ruido, el alboroto y la denostacion de la moderación la delatan. Otra manera de advertirla la vemos, por un lado, en la exigencia exagerada de derechos, y por el otro, en la falta completa de la concienca de obligación,  siendo la primera su mayor estandarte, y la segunda, su doctrina ortodoxa. ,

     Una natural condición de toda plaga* es la capacidad de propagación que posee; de igual manera, la plaga social de la vulgaridad, que cubre a las distintas esferas de la sociedad, se  viene propalando de forma tan desorbitada que va, como el pregonero en las calles, anunciando la decadencia del orden social vigente.

     Acaso se piense que es injusto tildar de plaga a la creciente embestida de insolencia ciudadana que, desafiante e irredenta, se exhibe en cualquier parte de la vida urbana actualmente. No obstante, se debe puntualizar que el planteamiento parecerá arbitrario sólo cuando no se haya reparado en los impetuosos vientos que afectan la dermis social. Para quien se tome la molestia de observar la evidencia de los hechos –que siempre ha sido más elocuente que la simple enunciación de los mismos- advertirá que el concepto de plaga utilizado aquí para referirse al colosal mal que al presente se sufre es más bien un calificativo conservador.

     Se puede exponer de manera sucinta algún juicio especulativo de por qué la vulgaridad como moda social predomina hoy y cómo tan repelente conducta nos afecta a todos. Dos hechos que corren paralelos, pero en dirección completamente inversa, pienso, han tenido mucho que ver en ello. Por un lado, está la merma sufrida por el predomino de los más egregios ideales humanos;  por otro lado, el aumento de la insubordinación contra las normas añejamente establecidas de respeto, decencia y sobriedad. El resultado  dejó como saldo la preeminencia de conductas degradantes, unido esto a la ostentación de las más burdas pasiones, todas ellas exhibidas hoy día como preseas ganadas al terreno de la integridad, la mesura y la autocorrección. 

  Una observación más amplia del calidoscopio social puede mostrarnos que el sujeto de talento, de fibra sensible, de temperamento sobrio, innovador o cultivador de algún ideal, en alguna medida pierde el protagonismo que tenía en tiempo pasado quedando relegado debido a la preponderancia que el individuo medio, de talento pobre, y pobre aún más de visión, ha conseguido.

   La vulgaridad como costumbre castradora esteriliza tanto las buenas maneras como la honorabilidad en las personas. Obsérvese que, en prácticamente todas las esferas del quehacer humano, desde el arte, la política, hasta el ámbito académico, la vulgaridad ha conseguido una presencia inusitada. Una forma infalible de identifficarla es por las manifestaciones externas que le son habituales, pues los sujetos vulgares generalmente se destacan por una acentuada indisciplina, agitación e incapacidad de contención en sus maneras o conductas. En ellos la algarabía es una necesidad, pues la vulgaridad requiere del alboroto, como el pez necesita del agua. Todo vulgar, y he aquí otro de sus lastres, precisa además imponer su irracionalidad, exigiendo el derecho a ejercer su inapropiada conducta. “El alma vulgar –decía Ortega y Gasset- tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad, y lo impone donde quiera”.Quién puede ignorar que, actualmente, la televisión, los medios radiales, las plazas, oficinas, universidades, el barrio…, en fin, gran parte de la sociedad, en mayor o menor medida, llevan el estigma de la grosería. Y es que el predominio vulgar va, como el verdugo a su víctima, imprimiendo la pena capital a la tranquilidad, al orden y al silencio.

    Para algunos teóricos la hegemonía lograda por la vulgaridad desde hace varios decenios deriva, en gran medida, de la crisis de los valores en el seno familiar, el cual se encuentra en estos tiempos bastante desabastecido. Pero, aunque las altas tasas de separaciones y divorcios que muestran las estadísticas son alarmantes y sin duda afectan la estabilidad emocional de los vástagos, estas por sí sola influirían de manera contingente y no explicarían en su totalidad la envergadura del asunto. La razón fundamental de lo que acontece tal vez podría rastrearse en la decadencia educativa, que comenzó a degradarse cuando la disciplina y la obligación cedieron lugar a la indulgencia y a los derechos desmedidos, y no siempre merecidos, para un amplio sector de la población que no estaba preparado para tal prerrogativa. 

   Al distenderse la rigurosa formación pretérita, se abandonaron los principios forjadores del carácter y la educación sólo se preocupó por enseñar a los individuos lo meramente indispensable para la obtención de un título. Esto hizo que el sujeto ordinario pensara la instrucción académica como un medio que le permita gestionar una ganancia económica. El crecimiento se enfocó solo al plano horizontal: dinero, prestigio, comodidad, etc., quedando rezagado el desarrollo vertical: el humano, filosófico o, cultural, intelectual, artístico, que en gran medida expanden el pensamiento crítico y aportan un propósito superior a la existencia. Esta situación contribuyó a la formación de una masa de sujetos díscolos, carentes de densidad, de actitud atrevida y, no obstante, superficial que generaron una nueva raza de seres incultos, mercaderes letrados, profesionales a medias, analfabetos funcionales, que bajo la frágil sustentación de un título instauraron, debido a su insuficiencia, y no gracias a su talento, el gobierno de la vulgaridad.

     Si se hace una retrospectiva histórica, cabe encontrar que la vulgaridad como expresión propia de un determinado grupo de hombres siempre existió, pero a excepción de lo que ocurre ahora, su esfera de acción era bastante restringida y nunca el individuo vulgar, ni por derecho ni por privilegio, había tenido la autoridad de imponer y trazar sus propias pautas. La condición de una sociedad rigurosamente estructurada, la supremacía de los valores éticos impuestos por el imperio de la religiosidad, sumado a la exigencia académica formativa de las altas casas de estudios, dificultaban la propalación de la vulgaridad, impidiendo que  individuos tales dispusieran de los resortes sociales que les permitieran escalar posiciones de predominio social. Actualmente, las cosas han cambiado drásticamente y el sujeto vulgar ha logrado instalarse en prácticamente todos los estamentos de la sociedad. Lo que empezó hace años con la noble intención de derribar las limitantes clasistas, propiciando una sociedad más igualitaria en derechos políticos y oportunidades sociales, pronto ganó la dimensión de insurrección colectiva. En nombre de los derechos de todos, de los derechos civiles y de los derechos de las minorías, se abrió igualmente el derecho a la permisividad. Todo lo que era autoridad comenzó a ser sospechoso de autoritarismo; toda regla se injurió de impositiva; todas las regulaciones se satanizaron como la cohesión a la opinión pública. Fue entonces cuando el derecho a la insolencia se instrumentó como la norma**. La sensatez dejó de ser un signo de sensibilidad, de inteligencia o dignidad. Ahora, envueltos en un nuevo poder que desgasta a la misma sociedad, se ha cambiado el autoritarismo de la ortodoxia y su conservadurismo, por la hegemonía de lo absurdo, la reivindicación de lo pueril y la chabacanería  de las masas.  



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*Una plaga es un organismo que causa un daño significativo. Puede aparecer como animal, hongo, bacteria o insectos, capaz de producir molestias e inconvenientes. Por otro lado, la plaga tiene el potencial provocar y transmitir enfermedades.

**Basta escuchar los medios de difusión radial y percatarse del desenfreno, agitación y  grosería de muchos de los llamados comunicadores sociales tanto en el ámbito del periodismo como del espectáculo. Esto se ha convertido en la norma y en lo que vende

Referencias:

Leurindan Huyes, Johan (2016). El sentido de las dimensiones eticas de la vida. Universidad de San Martin de Porres, Lima.

Ortega y Gasset, José (1938). La revolución de las masas


Violencia: descripción de un estigma humano



     George Sorel (1935) escribió hace algo menos de un siglo "podemos condenar la violencia, pero no liberarnos de ella" .  Y es que la violencia es tan antigua como el mundo mismo, y, sin embargo,   parecería, tomando en cuenta la difusión que va tenido en los medios de comunicación, que estamos hablando de un fenómeno reciente. No obstante, un estudio exhaustivo sobre el tema puede arrojar la conclusión de que el pasado siglo (y lo que va de este) no se encuentre dentro de los  más violentos que ha tenido la historia. Por lo menos esta es la tesis del psicólogo evolucionista Steven Pinker (2012), quien suscribe que, a lo largo de los miles de años, la violencia ha disminuido y  actualmente vivimos una de las épocas más pacifica que ha tenido la humanidad..

   En nuestros días el tema violencia tiene un protagonismo importante y se parte del hecho de que la misma  está trastocando la estabilidad social, anteriormente bastante “armoniosa”. En algunos medios se asume con reiteración que la delincuencia es el principal patrón de violencia social -cosa que no es del todo cierta- y que al presente su auge va en aumento si se cifran los casos de homicidios, asaltos y fechorías. Otro de los tópicos resaltados es el  referido a la violencia de género, de modo muy particular a los llamados feminicidios. Lo que cabe tomar en cuenta es que el término violencia no llega a abarcar la totalidad de su acepción cuando queda suscrito sólo a estos casos mencionados, ya que la palabra violencia comprende un universo mayor de conductas y maneras que se dan no de modo exclusivo en sujetos antisociales y maltratadores, sino igualmente, y con idéntico grado de frecuencia, en individuos considerados socialmente adaptados y correctos, lo que vale decir, en la mayoría de las personas de una urbe cualquiera, sujetos que ellos mismos se consideran personas educadas.

   Todo lo precedente sugiere que en definitiva toda persona, en uno u otro momento, puede llegar a ser violenta y que la misma no se circunscribe a una clase social específica, manifestándose en sujetos de distintos estatus, grado académico, preferencia religiosa, nivel intelectual, género, etnia o edad.  

      Lo singular con el tema de la violencia, como ya lo dijimos, es que los medios de comunicación la presentan como si fuese una particularidad de nuestro momento histórico.  Si bien es durante los últimos cien años en que ha comenzado a ser objeto de estudio por parte de los cientistas sociales, la violencia no siempre fue vista como la vemos hoy, por lo menos no todas sus manifestaciones, llegando muchas veces ésta a relacionarse con aspectos positivos como la valentía o la heroicidad. En no pocas sociedades tribales, y en muchos pueblos de la antigüedad, la violencia podía ser un recurso invaluable para defenderse de una amenaza foránea. 

       Muchos Estados han tenido que recurrir a la violencia para reclamar su autonomía ante otro que le intenta subyugar, y no pocas veces un individuo debe optar por la misma para evitar ser presa de un abuso o maltrato. En los actuales momentos, y producto sin duda de algunas nuevas ideologías, la palabra violencia se utiliza para designar tantas cosas distintas que hay quienes se preguntan ?cómo ha sido posible que una palabra pueda ser utilizada para nombrar situaciones tan diferentes? Hoy, por ejemplo, sobre todo a partir de  teorías como la del sociólogo Johan Galtung (1969), se habla de violencia estructural. La violencia estructurar hace 
referencia a las condiciones de  extrema pobreza, hacinamiento, poco espacio vital disponible, falta de educación, dificultad al acceso de atención sanitaria, etc., que padece algunos sectores de la poblacion debido a politicas de Estado injustas o insuficientes que llevan a la marginidad social. 

  La violencia, por ende, puede tener  subcategorías y describirse en un amplio espectro que va desde la auto-violencia (suicidio, auto-agresión), la violencia interpersonal (doméstica,  infantil, al progenitor, laboral, sexual, etc.), hasta  la violencia de grupos (comunitaria, étnica,  entre naciones, etc.). Desde los enfoques clínicos y de salud social las primeras dos categorías son susceptibles de ser trabajadas y tener muchas posibilidades de éxito, sobre todo, implementando programas de atención primaria (educaciónpara la concordia y el consenso). La violencia grupal, en cambio (de la cual existen pocos o escasos programas sociales o comunitarios), tiene a nuestro juicio, una probabilidad menos optimista, pues entran en juego otras variables que involucran intereses políticos y de Estados no siempre fáciles de conciliar.   

    Si bien todas las subcategorías de violencias mencionadas involucran generalmente a más de un sujeto, la violencia puede estudiarse igualmente como un elemento más o menos potencial en el ser humano. Esto no significa que la violencia obligatoriamente forme parte de la naturaleza humana, pero sí que existen condiciones de carácter biológico, evolutivo, y hasta instintivo que favorecen su exteriorización, entre otras razones, debido a que las relaciones interpersonales son tan complejas que no siempre se llega a tener el suficiente autodominio que permita resolver los desacuerdos y las desavenencias habitules de manera pacifica. 

     En este recorrido por la violencia buscamos centrarnos en las circunstancias y condiciones que fomentan su exacerbación.  Sin ignorar las evidencias que aportan varios investigadores sociales que sustentan que la violencia no es una categoría consustancial a los seres humanos y que son las condiciones sociales (sobre todo desfavorables) las que estimulan sus distintas manifestaciones, nos vemos obligados a reconocer igualmente a quienes se inclinan en destacar las bases biológicas y evolutivas  de la misma, esto, sobre todo, porque no existe un consenso generalizado de la comunidad científica que apoye categórica e unilateralmente una sola perspectiva. El punto de mayor equilibrio, a nuestro juicio, es pues aquel que reconoce la natural y potencial agresividad que hay en todas las especies -incluyendo al ser humano, desde luego- así como los múltiples factores de carácter sociocultural que contribuyen a su expresión. 


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      Como podrá ser fácilmente comprobado por todo aquel que se aproxime al tema, notará que los teóricos que se han especializado en el estudio de la violencia no siempre logran puntos de común acuerdo sobre sus causas, lo cual revela la complejidad de su génesis. Los distintos enfoques, desde la sociología, la psicología y la antropología, coinciden, sin embargo, en el hecho de que ya sea una cuestión innata (Konrad Lorenz, 1963; Freud, 1930) o adquirida (Margaret Mead, 1935; Ashley Montagu, 1968) es susceptible de ser canalizada de forma constructiva. Esto último puede llegar a ser más viable si se examinan los móviles que más frecuentemente  la incentivan.


     Para discernir el intríngulis del asunto, sería bueno primero preguntarse ¿qué hace que un individuo sea violento? Los factores, como bien ha de suponerse, son realmente diversos; comprenden aspectos de carácter a) intrapsíquico, b) fisiológico, c) antropológico d) cultural, e) socioeconomico, f) ambiental; todos ellos mezclados en proporciones distintas, y cuya intensidad estará mediada por las circunstancias, situaciones y experiencias que se deban afrontar. Desde la psicología, por ejemplo, la condición que más comúnmente se esgrime como catalizador de la violencia es el abuso y maltrato recibido de los padres –tutores u otros cuidadores- durante la infancia. Los niños que han sido maltratados reproducen posteriormente aquello de lo que fueron víctima cuando pequeños. Todos los psicoterapeutas convienen en aceptar que las experiencias de agravio y vejación que se viven a temprana edad –golpizas, violaciones, insultos, arbitrariedades, abusos- dejan una impronta destructiva en la afectividad del chiquillo, la cual puede derivar, más tarde, en la desvalorización de sus semejantes o en el inusitado irrespeto de las normas establecidas por la sociedad.  
     
     En un párrafo precedente hemos planteado que la estratificación social, los bajos ingresos per cápita y los exiguos niveles de educación, se juzgan como un tipo de violencia llamada estructural. Lo que cabe apuntar es que vivir en tales condiciones igualmente puede estimular en muchos sujetos -y las investigaciones así lo confirman- conductas agresivas que pueden derivar en alteración del orden social, engendrando focos de delincuencia y criminalidad. 
Si bien resulta cierto que todo lo antes dicho tiene un peso incuestionable, ello no agota la comprensión del asunto, pues hay evidencias de que muchas personas nacidas en estratos económicos precarios y otras que han sufrido terribles experiencias en sus primeros años de vida, de adulto se convierten en individuos maduros, sin asomo de conductas belicosas ni conflictivas. En psicología a estas personas se les llama resilientes, y lo que significa es que parecen  gozar de una capacidad psicológica innata para superar escollos e inconvenientes que están por encima del promedio. Por eso, se necesita tomar en cuenta la condición psíquica de un sujeto, ya que esta es un indicador que predice como un individuo puede llegar a gestionar sus recursos internos en condiciones desfavorables.

      Los mecanismos fisiológicos, por otro lado, son también de vital importancia a la hora de analizar el tema de la violencia.  Cantidad de estudios neurológicos dan cuentan de que algunas estructuras cerebrales relacionadas con la conducta emocional –las amígdalas, por ejemplo- pueden tener un umbral de excitación muy bajo en algunas personas haciendo que estas tengan reacciones emocionales más desproporcionadas que otras en situaciones idénticas, lo cual evidentemente las hace más predispuestas a comportarse de forma desmesurada en ocasiones (personas con trastorno bipolar, por ejemplo). Parecida susceptibilidad sobrellevan  quienes tienen algún trastorno metabólico como la diabetes o el hipertiroidismo. En la misma línea de análisis se revela como cada vez más incuestionable que las alteraciones bioquímicas en el cerebro, por ejemplo, escasez de neurotransmisores como la dopamina o serotonina en los espacios sinápticos, modifican el patrón anímico de las personas haciéndolas más o menos vulnerables a la apatía, la irritación, el temor o la ansiedad. O sea, el cableado orgánico puede haberse afectado, en algún punto, durante la etapa embrionaria o fetal y ello predisponer comportamientos indeseables, equívocos o psicopáticos más adelante, sobre todo, si el entorno lo refuerza. La biología, como puede verse, condiciona la actuación, el proceder y el temperamento.

  El contexto sociocultural de un conglomerado guarda una correlación muy importante dentro de los factores causales de la violencia en los sujetos. Los informes indican que en las sociedades individualistas (Estados Unidos, por ejemplo) los actos de violencias son más prevalentes, ya que suelen ser incentivados, si se quiere, de forma indirecta, por los valores predominantes de la propia cultura: competencia, ambición personal, amor por el status y el éxito, modelos de agresión en la televisión, etc. Es muy frecuente observar en tales culturas que la violencia discurre en casi todos los estamentos de la sociedad dando lugar a maltratos a menores, trifulcas familiares, crímenes, abuso de alcohol, por mencionar solo algunos. Por otro lado, y en franca oposición al modelo citado más arriba, en los países de tendencia más bien colectivistas (India, China, Japón) las personas, por lo regular, tienden a ser menos explosivas ya que la misma tradición cultural impregna desde muy temprano en sus vidas el sentido de colaboración y tolerancia. Muchas veces esto va ligado a una fuerte tradición religiosa o a sistemas de valores éticos muy arraigados, contrarios al incentivo de conductas y comportamientos arbitrarios. Por otro lado, encontramos comunas como los kibutz de Israel, una agrupación que discurre con  prácticamente pocos o ningún nivel de violencia entre sus conciudadanos. Igual pueden mencionarse algunas poblaciones del Sur de Italia o grupos como los mormones en Utah, en Estados Unidos, que muestran mínimos casos de violencia ciudadana. Otros colectivos donde la vida de sus miembros fluye de forma mucho más relajada son las agrupaciones de Anabaptistas con una larga tradición pacifista; algunos de ellos como los  Menonitas, distribuidos en distintas latitudes (Países bajos, Polonia, Austria, Suiza, Pensilvania, México, Brasil) son ejemplos de vidas simple y tranquila.  Lo precedente es una muestra muy a favor de cómo el contexto sociocultural logra canalizar, cuando las condiciones son las adecuadas, el ímpetu inconsciente hacia la violencia.     

    En cuanto lo concerniente al medio ambiente, sería un desliz inexcusable descartar el efecto que el clima puede tener en la conducta de las personas. Se sabe que aun los enfrentamientos bélicos suelen ser más encarnizados en los meses de mayor calor que en otras épocas del año y que las personas tienden a tornarse más irritables en el verano que en el invierno. Un estudio de la Universidad de Berkeley, liderado por Marshall Buke y que fue publicado en la Revista Science (2013), asegura que durante las olas de calor se registran más violaciones y asesinatos. Sugiere, además, que las temperaturas elevadas se correlacionan con enfrentamientos étnicos en Europa y guerras civiles en África. Otro estudio en Sudáfrica (2019) sobre homicidio refiere que por cada grado que sube el termómetro aumenta en un 1,5% el número de asesinatos.  Parece, según los resultados de ciertas investigaciones, que los climas templados favorecen un mayor equilibrio emocional. Quizá por ello, no debe extrañar que en la mayoría de los países nórdicos: Islandia, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega, que mantienen temperaturas anuales que van desde templadas a extremadamente frías, los brotes de violencias sean menos frecuentes que en otras zonas del planeta. De hecho, de acuerdo a datos del Índice de Paz Global* estos países ocupan el ranking más bajo de violencia en comparación a los demás países del orbe. En contraposición es fácil confirmar que los pueblos cuyo promedio anual de temperatura superan los treinta grados Celsius, se tienen como los más violentos del globo. Esto último no debe tomarse como la pretensión de un análisis reduccionista, pues nadie ignora que las señaladas naciones del norte de Europa presentan otras variables que pueden igualmente explicar los mínimos niveles de violencia y que se pueden agrupar en todas aquellas que caracterizan a las naciones desarrolladas: poca desigualdad social, altos ingresos, excelentes niveles de educación, adecuado sistema de seguridad social, etc.; a pesar de lo cual, es inevitable enfatizar que el clima no deja de ser relevante en lo que atañe a la  conducta violenta.

      Aun cuando puede parecer utópico la probabilidad de eliminar la violencia en su totalidad –pues bastaría hojear la historia de la humanidad para darse cuenta de lo improbable de su extinción total- lo que si puede ser realista es conseguir mantenerla a un nivel, a una escala mínima, en la que no produzca tanta inquietud y desasosiego. Toda violencia colectiva parte al fin de cuentas de la violencia individual. Los seres humanos tienen como parte de su naturaleza filogenética, que la comparten con otros animales superiores, la agresividad. Durante los años en que el hombre habitaba las cavernas, la agresividad le servía como un mecanismo de defensa colocado ahí por la evolución para que pudiera defenderse y hacerle frente a la hostilidad del medio y a los peligros que le acechaban. Como puede notarse, ella está ahí –la agresividad- como un recurso inestimable para la supervivencia de la especie. El problema es que gran parte de las situaciones en la que la agresividad era necesaria  hoy en día han dejado de serlo o no existen, si bien el mecanismo sigue funcionando como hace varios miles de años. El actual avance social debió ser acompañado paralelamente con el desarrollo de otras facultades encefálicas propias de un ser humano más desarrollado, como la destreza del autocontrol o una mejor gestión emocional, pero no aconteció así. Lo que se logró fue un mundo más tecnificado, más cómodo, con más expectativa de vida y, a veces, con formas de convivencias menos arbitrarias, pero no siempre con idéntico desarrollo en la escala de conciencia.

      Lo que hace que el hombre se eleve de su antepasado prehistórico es el desarrollo de su humanidad. El perfeccionar los valores y las conductas éticas apropiadas es imprescindible para no dejarse arrastrar por esa parte inconsciente e instintiva latente en toda persona. Extirpar el egoísmo, cuyo predominio casi siempre responde a una urgencia visceral inadecuadamente canalizada, nacido del deseo y la avidez, aunque igualmente del temor y la inseguridad, se tiene como el triunfo de la humanidad plena en el hombre. Todas las trifulcas, contiendas e iniquidades, pasadas y presentes, obedecen al señorío de lo irracional sobre lo racional. A pesar de que la historia no ha estado exenta de observaciones que susciten en el hombre la necesidad de autocontrolar sus impúdicos impulsos, la avasalladora pulsión se presenta todavía hoy irrefrenable, aunque los modos en que se presenta suelen ser más sutiles que en otros tiempos. Parecería que los distintos niveles de evolución en los que se encuentran los seres humanos hace difícil la homogeneización de normas universales capaz de subvertir el estado de violencia en muchas sociedades del mundo. No obstante, urge encontrar una estrategia, que teniendo en consideración todos los factores anteriormente descritos, contribuya a decrecer la violencia en los lugares en que hoy prolifera con mayor fuerza.

       En su libro Porque importa el amor (2018) la autora Sue Gerhartd, tras años de investigación señala que cuando la afectividad, la aceptación y la ternura son bien articuladas y sabiamente administradas desde la infancia, las mismas desarticulan muchos de los componentes conflictivos de la personalidad y favorecen experiencias más gratificantes entre las personas. Por muy bizantina que pueda parecer la propuesta de la experta de la conducta, la generalidad de los profesionales del comportamiento la corroboran. Por ejemplo, hace ya varias décadas la psicoanalista Karen Honey en su libro: La personalidad neurótica de nuestro tiempo (1970) -hoy clásico- señala lo  imperativo que resulta para toda persona sentirse valorada, reconocida y querida, al punto que, de no conseguirlo por los medios naturales y habituales, intentará obtenerlo de cualquier forma, aunque la vía que utilice resulte dañina para ella o para los demás. Estos planteamientos hacen notar que la violencia muchas veces es un recurso, errado e inadecuado ciertamente, pero efectivo para quien lo ejerce sentirse tomado en cuenta, no por la violencia en sí misma, sino por lo que  gana mediante ella. Visto de este modo, un alto nivel de violencia puede estar revelando un grave síntoma de neurosis o insatisfacción personal.

       Este periplo por el orbe de la violencia da cuenta de que se trata de un molusco cuyos tentáculos únicamente pueden ser extirpados acudiendo a intervenciones multidisciplinarias. Cualquier medida a tomar en cuenta debe ampararse, pues, en un proyecto que involucre a toda la sociedad y a los profesionales de las ciencias sociales, la medicina y la salud mental, teniendo como rector al Estado. Esto, si se toma en cuenta todo lo hasta ahora descrito, debe de incluir varias medidas comenzando por: políticas que procuren mayor igualdad social, mejoramiento de las condiciones salariales a los sectores menos privilegiados; pasando por campañas de prevención de no discriminación, integración familiar, psicoeducación  (estrategias de afrontamiento y desarrollo del autocontrol emocional, programas a favor del desarrollo de la empatía y la cooperación); sin dejar de incluir programas que propicien el desarrollo ético (y porque no, espiritual),  educacional, el ascenso del nivel cultural y, en gran medida, la desmitificación de la riqueza, el lujo y el poder como fuentes únicas, fidedignas, superiores y perdurables de felicidad y satisfacción.

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* El Índice de Paz Global es un indicador que mide el nivel de paz de un país o región. Lo elabora el Institute For Economics and Peace, junto a un panel internacional de expertos provenientes de instituciones para la paz y Think Tanks. 



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Referencias: 

-Sorel, George (1935). Reflexiones sobre la violencia. Editorial la Pleyade. Buenos Aires.
-Pínker, Steven (2012). Los ángeles que llevamos dentro. Editorial Paidos. Barcelona.
-Karen Honey (1970). La personalidad neurótica de nuestro tiempo. Editorial Paidós.
-Gerhartd, Sue (2018). Por qué importa el amor: cómo el afecto afecta al cerebro
 Editorial: Artmed, Brasil.