George Sorel escribió hace ya algo menos de un siglo "podemos condenar la violencia, pero no liberarnos de ella" (Reflexiones sobre la violencia, 1935). Y es que la violencia es tan antigua como el mundo mismo, y, sin embargo, parecería, tomando en cuenta la difusión que va tenido en los medios de comunicación, que estamos hablando de un fenómeno reciente. No obstante, parece que un estudio exhaustivo sobre el tema puede arrojar la conclusión de que el pasado siglo (y lo que va de este) no se encuentre dentro de los más violentos que ha tenido la historia. Por lo menos esta es la tesis del psicólogo evolucionista Steven Pinker, quien suscribe que, a lo largo de los miles de años, la violencia ha disminuido y actualmente vivimos una de las épocas más pacifica que ha tenido la humanidad (Pinker, 2012: Los ángeles que llevamos dentro).
Actualmente el tema violencia tiene un protagonismo importante y se parte del hecho de que la misma está trastocando la estabilidad social, anteriormente bastante “armoniosa”. En algunos medios se asume con reiteración que la delincuencia es el principal patrón de violencia social -cosa que no es del todo cierta- y que actualmente su auge va en aumento si se cifran los casos de homicidios, asaltos y fechorías. Otro de los tópicos resaltados está referido a la violencia de género, de modo muy particular a los llamados feminicidios. Lo que cabe tomar en cuenta es que el término violencia no llega a abarcar la totalidad de su acepción cuando queda suscrito sólo a estos casos mencionados, ya que la palabra violencia comprende un universo mayor de conductas y maneras que se dan no de modo exclusivo en sujetos antisociales y maltratadores, sino igualmente, y con idéntico grado de frecuencia, en individuos considerados socialmente adaptados y correctos, lo que vale decir, en la mayoría de las personas de una urbe cualquiera, sujetos que ellos mismos se consideran personas educadas.
Todo lo precedente sugiere que en definitiva toda persona, en uno u otro momento, puede llegar a ser violenta y que la misma no se circunscribe a una clase social específica, manifestándose en sujetos de distintos estatus, grado académico, preferencia religiosa, nivel intelectual, género, etnia o edad.
Actualmente el tema violencia tiene un protagonismo importante y se parte del hecho de que la misma está trastocando la estabilidad social, anteriormente bastante “armoniosa”. En algunos medios se asume con reiteración que la delincuencia es el principal patrón de violencia social -cosa que no es del todo cierta- y que actualmente su auge va en aumento si se cifran los casos de homicidios, asaltos y fechorías. Otro de los tópicos resaltados está referido a la violencia de género, de modo muy particular a los llamados feminicidios. Lo que cabe tomar en cuenta es que el término violencia no llega a abarcar la totalidad de su acepción cuando queda suscrito sólo a estos casos mencionados, ya que la palabra violencia comprende un universo mayor de conductas y maneras que se dan no de modo exclusivo en sujetos antisociales y maltratadores, sino igualmente, y con idéntico grado de frecuencia, en individuos considerados socialmente adaptados y correctos, lo que vale decir, en la mayoría de las personas de una urbe cualquiera, sujetos que ellos mismos se consideran personas educadas.
Todo lo precedente sugiere que en definitiva toda persona, en uno u otro momento, puede llegar a ser violenta y que la misma no se circunscribe a una clase social específica, manifestándose en sujetos de distintos estatus, grado académico, preferencia religiosa, nivel intelectual, género, etnia o edad.
Lo singular con el tema de la violencia, como ya lo dijimos, es que los medios de comunicación la presentan como si fuese una particularidad de nuestro momento histórico. Si bien es durante los últimos cien años en que ha comenzado a ser objeto de estudio por parte de los cientistas sociales, la violencia no siempre fue vista como la vemos hoy, por lo menos no todas sus manifestaciones, llegando muchas veces ésta a relacionarse con aspectos positivos como la valentía o la heroicidad. En no pocas sociedades tribales, y en muchos pueblos de la antigüedad, la violencia podía ser un recurso invaluable para defenderse de una amenaza foránea.
Muchos Estados han tenido que recurrir a la violencia para reclamar su autonomía ante otro que le intenta subyugar, y no pocas veces un individuo debe optar por la misma para evitar ser presa de un abuso o maltrato. En los actuales momentos, y producto sin duda de algunas nuevas ideologías, la palabra violencia se utiliza para designar tantas cosas distintas que hay quienes se preguntan ?cómo ha sido posible que una palabra pueda ser utilizada para nombrar situaciones tan diferentes? Hoy, por ejemplo, sobre todo a partir de teorías como la del sociólogo Johan Galtung (Violencia, Paz e Investigacion para la Paz, 1969), se habla de violencia estructural. La violencia estructurar hace referencia a las condiciones de extrema pobreza, hacinamiento, poco espacio vital disponible, falta de educación, dificultad al acceso de atención sanitaria, etc., a la que son arrojadas un sector de la población debido a políticas de Estado injustas o insuficientes que llevan a la marginalidad social.
La violencia, entonces, puede tener subcategorías y describirse en un amplio espectro que va desde la auto-violencia (suicidio, auto-agresión), la violencia interpersonal (doméstica, infantil, al progenitor, laboral, sexual, etc.), hasta la violencia de grupos (comunitaria, étnica, entre naciones, etc.). Desde los enfoques clínicos y de salud social las primeras dos categorías son susceptibles de ser trabajadas y tener muchas posibilidades de éxito, sobre todo, implementando programas de atención primaria (educaciónpara la concordia y el consenso). La violencia grupal, en cambio (de la cual existen pocos o escasos programas sociales o comunitarios), tiene a nuestro juicio una probabilidad menos optimista (lo cual no lo hace imposible), pues entran en juego otras variables que involucran intereses políticos y de Estados no siempre fácil de conciliar.
Si bien todas las subcategorías de violencias mencionadas involucran generalmente a más de un sujeto, la violencia puede estudiarse igualmente como un elemento más o menos potencial en el ser humano. Esto no significa que la violencia obligatoriamente forme parte de la naturaleza humana, pero sí que existen condiciones de carácter biológico, evolutivo, y hasta instintivo que favorecen su exteriorización, entre otras razones, debido a que las relaciones interpersonales son tan complejas que no siempre permiten resolver los desacuerdos y desavenencias habitules de manera pacifica.
En este recorrido por la violencia buscamos centrarnos en las circunstancias y condiciones que fomentan su exacerbación. Sin ignorar la evidencia que aportan varios investigadores sociales que sustentan que la violencia no es una categoría consustancial a los seres humanos y que son las condiciones sociales (sobre todo desfavorables) las que estimulan sus distintas manifestaciones, nos vemos obligados a reconocer igualmente a quienes se inclinan en destacar las bases biológicas de la misma, esto, sobre todo, porque no existe un consenso generalizado de la comunidad científica que apoye categórica e unilateralmente una sola perspectiva. El punto de mayor equilibrio, a nuestro juicio, es pues aquel que reconoce la natural y potencial agresivo que hay en todas las especies -incluyendo al ser humano desde luego- así como los múltiples factores de carácter social y cultural que contribuyen con su expresión.
Como podrá ser fácilmente comprobado por todo aquel que se aproxime al tema, notará que los teóricos que se han especializado en el estudio de la violencia no siempre logran puntos de común acuerdo sobre sus causas, lo cual revela la complejidad de su génesis. Los distintos enfoques, desde la sociología, la psicología o la antropología, coinciden, sin embargo, en el hecho de que ya sea una cuestión innata o adquirida es susceptible de ser canalizada de forma constructiva. Esto último puede llegar a ser más viable si se examinan los móviles que más frecuentemente la incentivan.
Si bien todas las subcategorías de violencias mencionadas involucran generalmente a más de un sujeto, la violencia puede estudiarse igualmente como un elemento más o menos potencial en el ser humano. Esto no significa que la violencia obligatoriamente forme parte de la naturaleza humana, pero sí que existen condiciones de carácter biológico, evolutivo, y hasta instintivo que favorecen su exteriorización, entre otras razones, debido a que las relaciones interpersonales son tan complejas que no siempre permiten resolver los desacuerdos y desavenencias habitules de manera pacifica.
En este recorrido por la violencia buscamos centrarnos en las circunstancias y condiciones que fomentan su exacerbación. Sin ignorar la evidencia que aportan varios investigadores sociales que sustentan que la violencia no es una categoría consustancial a los seres humanos y que son las condiciones sociales (sobre todo desfavorables) las que estimulan sus distintas manifestaciones, nos vemos obligados a reconocer igualmente a quienes se inclinan en destacar las bases biológicas de la misma, esto, sobre todo, porque no existe un consenso generalizado de la comunidad científica que apoye categórica e unilateralmente una sola perspectiva. El punto de mayor equilibrio, a nuestro juicio, es pues aquel que reconoce la natural y potencial agresivo que hay en todas las especies -incluyendo al ser humano desde luego- así como los múltiples factores de carácter social y cultural que contribuyen con su expresión.
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Como podrá ser fácilmente comprobado por todo aquel que se aproxime al tema, notará que los teóricos que se han especializado en el estudio de la violencia no siempre logran puntos de común acuerdo sobre sus causas, lo cual revela la complejidad de su génesis. Los distintos enfoques, desde la sociología, la psicología o la antropología, coinciden, sin embargo, en el hecho de que ya sea una cuestión innata o adquirida es susceptible de ser canalizada de forma constructiva. Esto último puede llegar a ser más viable si se examinan los móviles que más frecuentemente la incentivan.
Para discernir el intríngulis del asunto, sería bueno primero preguntarse ¿qué hace que un
individuo sea violento? Los factores, como bien ha de suponerse, son realmente
diversos; comprenden aspectos de carácter a) intrapsíquico, b) fisiológico, c) cultural, d) socioeconomico, e) ambiental, entre otros. socio-económico, c) político, d) fisiológico, e) sociocultural y d) antropológico; todos ellos mezclados en proporciones distintas, y cuya
intensidad estará mediada por las circunstancias, situaciones y experiencias que se deban afrontar. Desde la psicología, por ejemplo, la condición que más comúnmente se esgrime
como catalizador de la violencia es el abuso y maltrato recibido de los padres
–tutores u otros cuidadores- durante la infancia. Los niños que han sido
maltratados reproducen posteriormente aquello de lo que fueron víctima
cuando pequeños. Todos los psicoterapeutas convienen en aceptar que las
experiencias de agravio y vejación que se viven a temprana edad –golpizas, violaciones, insultos, arbitrariedades, abusos- dejan una impronta destructiva en la afectividad del chiquillo,
la cual puede derivar, más tarde, en la desvalorización de sus semejantes o en
el inusitado respeto de las normas establecidas por la sociedad.
En un párrafo precedente hemos planteado que la estratificación social, los bajos ingresos per cápita y los exiguos niveles de educación, se juzgan como un tipo de violencia llamada estructural. Lo que cabe apuntar es que vivir en tales condiciones igualmente puede estimular en muchos sujetos -y las investigaciones así lo confirman- conductas agresivas que pueden derivar en alteración del orden social, engendrando focos de delincuencia y criminalidad. Si bien resulta cierto que todo lo antes dicho tiene un peso incuestionable, ello no agota la comprensión del asunto, pues hay evidencias de que muchas personas nacidas en estratos económicos precarios y otras que han sufrido terribles experiencias en sus primeros años de vida, de adulto se convierten en individuos maduros, sin asomo de conductas belicosas ni conflictivas. En psicología a estas personas se les llama resilientes, y lo que significa es que parecen gozar de una capacidad psicológica innata para superar escollos e inconvenientes que están por encima del promedio. Por eso, se necesita tomar en cuenta la condición psíquica de un sujeto, ya que esta es un indicador que predice como un individuo puede llegar a gestionar sus recursos internos en condiciones desfavorables.
Los mecanismos fisiológicos,
por otro lado, son también de vital importancia a la hora de analizar el tema
de la violencia. Cantidad de estudios
neurológicos dan cuentan de que algunas estructuras cerebrales relacionadas con
la conducta emocional –las amígdalas, por ejemplo- pueden tener un umbral de
excitación muy bajo en algunas personas haciendo que estas tengan reacciones
emocionales más desproporcionadas que otras en situaciones idénticas, lo cual
evidentemente las hace más predispuestas a comportarse de forma desmesurada en ocasiones. Parecida susceptibilidad sobrellevan quienes tienen algún trastorno metabólico como
la diabetes o el hipertiroidismo. En la misma línea de análisis se revela
como cada vez más incuestionable que las alteraciones bioquímicas en el
cerebro, por ejemplo, escasez de neurotransmisores como la dopamina o serotonina
en los espacios sinápticos, modifican el patrón anímico de las personas
haciéndolas más o menos vulnerables a la apatía, la irritación, el temor o la
ansiedad. O sea, el cableado orgánico puede haberse afectado, en algún punto,
durante la etapa embrionaria o fetal y ello predisponer comportamientos
indeseables, equívocos o psicopáticos más adelante, sobre todo, si el entorno lo refuerza. La biología, como puede verse,
condiciona la actuación, el proceder y el temperamento.
El contexto sociocultural de
un conglomerado guarda una correlación muy importante dentro de los factores
causales de la violencia en los sujetos. Los informes indican que en las
sociedades individualistas (Estados Unidos, por ejemplo) los actos
de violencias son más prevalentes, ya que suelen ser incentivados, si se quiere, de forma indirecta, por los valores
predominantes de la propia cultura: competencia, ambición personal, amor por el
status y el éxito, modelos de agresión
en la televisión, etc. Es muy frecuente observar en
tales culturas que la violencia discurre en casi todos los estamentos de la
sociedad dando lugar a maltratos a menores, trifulcas
familiares, crímenes, abuso de alcohol, por mencionar solo algunos. Por otro lado, y en franca
oposición al modelo citado más arriba, en los países de tendencia más bien
colectivistas (India, China, Japón) las personas, por lo regular, tienden a ser
menos explosivas ya que la misma tradición cultural impregna desde muy temprano
en sus vidas el sentido de colaboración y tolerancia. Muchas veces esto va
ligado a una fuerte costumbre religiosa o a sistemas de valores
éticos muy arraigados, contrarios al incentivo de conductas y
comportamientos arbitrarios. Por otro lado, encontramos comunas como los kibutz de Israel, una agrupación
que discurre con prácticamente pocos o ningún
nivel de violencia entre sus conciudadanos. Igual pueden mencionarse algunas poblaciones del Sur de
Italia o grupos como los mormones en Utah, en Estados Unidos, que muestran mínimos casos de
violencia ciudadana. Otros colectivos donde la vida de sus miembros fluye de
forma mucho más relajada son las agrupaciones de Anabaptistas con una larga tradición
pacifista; algunos de ellos como los Menonitas,
distribuidos en distintas latitudes (Países bajos, Polonia, Austria, Suiza,
Pensilvania, México, Brasil) son ejemplos de vidas simple y tranquila. Lo precedente es una muestra muy a favor de cómo el contexto socio-cultural logra canalizar, cuando las condiciones son las adecuadas, el ímpetu inconsciente hacia la violencia.
En cuanto lo que concierne
al medio ambiente, sería un desliz inexcusable descartar el efecto que el clima
puede tener en la conducta de las personas. Se sabe que aun los enfrentamientos
bélicos suelen ser más encarnizados en los meses de mayor calor que en otras
épocas del año y que las personas tienden a tornarse más irritables en el
verano que en el invierno. Un estudio de la Universidad de Berkeley, publicado en la Revista Science (2013), asegura que durante las olas de calor se registran más violaciones y asesinatos. Sugiere, además, que las temperaturas elevadas se correlacionan con enfrentamientos étnicos en Europa y guerras civiles en África. Otro estudio en Sudáfrica (2019) sobre homicidio refiere que por cada grado que sube el termómetro aumenta en un 1,5% el número de asesinatos. Parece, según los resultados de ciertas investigaciones, que los climas templados favorecen un mayor equilibrio emocional. Quizá por ello, no debe extrañar que en la mayoría
de los países nórdicos: Islandia, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega, que
mantienen temperaturas anuales que van desde templadas a extremadamente frías,
los brotes de violencias sean menos frecuentes que en otras zonas del planeta. De hecho, de acuerdo a datos del Índice de Paz Global* estos países ocupan el ranking más bajo de violencia en comparación a los demás países del orbe. En contraposición es fácil confirmar que los pueblos cuyo promedio anual de
temperatura superan los treinta grados Celsius, se tienen como los más
violentos del globo. Esto último no debe tomarse como la pretensión de un
análisis reduccionista, pues nadie ignora que las señaladas naciones del norte
de Europa presentan otras variables que pueden igualmente explicar los mínimos
niveles de violencia y que se pueden agrupar en todas aquellas que caracterizan
a las naciones desarrolladas: poca desigualdad social, altos ingresos,
excelentes niveles de educación, adecuado sistema de seguridad social, etc.; a pesar de lo cual, es inevitable enfatizar
que el clima no deja de ser relevante en lo que atañe a la conducta violenta.
Aun cuando puede parecer
utópico la probabilidad de eliminar la violencia en su totalidad –pues
bastaría hojear la historia de la humanidad para darse cuenta de lo improbable
de su extinción total- lo que si puede ser realista es conseguir mantenerla a un nivel, a una escala mínima, en la que no produzca tanta inquietud y desasosiego. Toda violencia
colectiva parte al fin de cuentas de la violencia individual. Los seres humanos
tienen como parte de su naturaleza filogenética, que la comparten con otros
animales superiores, la agresividad. Durante los años en que el hombre habitaba
las cavernas, la agresividad les servía como
un mecanismo de defensa colocado ahí por la evolución para que pudiera defenderse y hacerle frente a la hostilidad del medio y a los peligros que le
acechaban. Como puede notarse, ella está ahí –la agresividad- como un recurso
inestimable para la supervivencia de la especie. El problema es que gran parte
de las situaciones en la que la agresividad era necesaria hoy en día han dejado de serlo o no existen,
si bien el mecanismo sigue funcionando como hace varios miles de años. El
actual avance social debió ser acompañado paralelamente con el desarrollo de
otras facultades encefálicas propias de un ser humano más desarrollado, como la
destreza del autocontrol o una mejor gestión emocional, pero no aconteció así.
Lo que se logró fue un mundo más tecnificado, más cómodo, con más expectativa
de vida y, a veces, con formas de convivencias menos arbitrarias, pero no
siempre con idéntico desarrollo en la escala de conciencia.
Lo que hace que el hombre se
eleve de su antepasado prehistórico es el desarrollo de su humanidad. El
perfeccionar los valores y las conductas éticas apropiadas es imprescindible
para no dejarse arrastrar por esa parte inconsciente e instintiva latente en toda persona. Extirpar el egoísmo, cuyo predominio casi
siempre responde a una urgencia visceral inadecuadamente canalizada, nacido del
deseo y la avidez, aunque igualmente del temor y la inseguridad, se tiene como
el triunfo de la humanidad plena en el hombre. Todas las trifulcas, contiendas
e iniquidades, pasadas y presentes, obedecen al señorío de lo irracional sobre
lo racional. A pesar de que la historia no ha estado exenta de observaciones
que susciten en el hombre la necesidad de auto-controlar sus impúdicos
impulsos, la avasalladora pulsión se presenta todavía hoy irrefrenable, aunque
los modos en que se presenta suelen ser más sutiles que en otros tiempos.
Parecería que los distintos niveles de evolución en los que se encuentran los
seres humanos hace difícil la homogeneización de normas universales
capaz de subvertir el estado de violencia en muchas sociedades del mundo. No
obstante, urge encontrar una estrategia, que teniendo en consideración todos
los factores anteriormente descritos, contribuya a decrecer la violencia en los
lugares en que hoy prolifera con mayor fuerza.
En su libro Porque importa el amor la autora Sue Gerhartd, tras años de
investigación señala que cuando la afectividad, la aceptación y la ternura son
bien articuladas y sabiamente administradas desde la infancia, las mismas desarticulan muchos de los componentes conflictivos de la personalidad y
favorecen experiencias más gratificantes entre las personas. Por muy bizantina
que pueda parecer la propuesta de la experta de la conducta, la generalidad de
los profesionales del comportamiento la corroboran. Por ejemplo, hace ya varias
décadas la psicoanalista Karen Honey en su libro: La personalidad neurótica de
nuestro tiempo -hoy clásico- señala lo
imperativo que resulta para toda persona sentirse valorada, reconocida y
querida, al punto que, de no conseguirlo por los medios naturales y habituales,
intentará obtenerlo de cualquier forma, aunque la vía que utilice resulte
dañina para ella o para los demás. Estos planteamientos hacen notar que la violencia
muchas veces es un recurso, errado e inadecuado ciertamente, pero efectivo para
quien lo ejerce sentirse tomado en cuenta, no por la violencia en sí misma,
sino por lo que gana mediante ella.
Visto de este modo, un alto nivel de violencia puede estar revelando un grave
síntoma de neurosis o insatisfacción personal.
Este periplo por el orbe de
la violencia da cuenta de que se trata de un molusco cuyos tentáculos
únicamente pueden ser extirpados acudiendo a intervenciones multidisciplinarias.
Cualquier medida a tomar en cuenta debe ampararse, pues, en un proyecto que involucre
a toda la sociedad y a los profesionales de las ciencias sociales, la medicina y la salud mental, teniendo como rector al Estado. Esto, si se toma en cuenta todo lo
hasta ahora descrito, debe de incluir varias medidas comenzando por: políticas que procuren mayor igualdad
social, mejoramiento de las condiciones salariales a los sectores menos
privilegiados; pasando por campañas de prevención de no discriminación, integración familiar, psicoeducación (estrategias de afrontamiento y desarrollo del autocontrol emocional, programas a favor del desarrollo de la empatía y la cooperación); sin dejar de incluir programas que propicien el
desarrollo ético (y porque no, espiritual), educacional, el ascenso del nivel cultural y, en gran medida, la desmitificación de
la riqueza, el lujo y el poder como fuentes únicas, fidedignas, superiores y
perdurables de felicidad y satisfacción.
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* El Índice de Paz Global es un indicador que mide el nivel de paz de un país o región. Lo elabora el Institute For Economics and Peace, junto a un panel internacional de expertos provenientes de instituciones para la paz y Think Tanks.
_______
Referencias:
-Sorel, George (1935). Reflexiones sobre la violencia. Editorial la Pleyade. Buenos Aires.
-Pínker, Steven (2012). Los ángeles que llevamos dentro. Editorial Paidos. Barcelona.
-Karen Honey (1970). La personalidad neurótica de nuestro tiempo. Editorial Paidós.
-Gerhartd, Sue (2016 ). Por qué importa el amor: cómo el afecto afecta al cerebro.
Editorial: Artmed, Brasil.



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