jueves, 5 de noviembre de 2015

Literatura de Superación Personal (Concupiscencia para la vanidad)


   Conforme determinados autores, todavía en los inicios de las primeras décadas del siglo XX gran parte de los escritos que intentaban influir en la mentalidad de las personas  abogaban por un desarrollo metodizado del carácter y la templanza interior.  Sin embargo, algo comenzó a suceder posteriormente. Los autores de los llamados temas de motivacionales comenzaron a interesarse cada vez más en aspectos algo externos y superficiales; en rasgos y posturas estereotipadas. Cultivo de la personalidad le llamaron. Se ponía el acento en el modo de vestir, en la modulación de la voz y en la teatralidad de los gestos, cualidades estas que proporcionaban, según sus adalides, mayores oportunidades y ascenso en la sociedad. Esto se convirtió en la antesala del culto a la personalidad y a la defectuosamente llamada literatura de “superación” personal.

  Fue así como entonces cada década transcurrida  vio como los escaparates  de las librerías comenzaban a ser inundados con obras que aconsejaban qué hacer y cómo para tener éxito, notoriedad y riquezas, en los más diversos puestos de la sociedad.  Autores de toda clase especularon con métodos, sistemas y estrategias seguras y eficaces para tal o cual logro.   “Las cinco reglas...”, “Las diez pautas...”, “El mejor y más rápido sistema de...”,  “Piense en grande y...”,  “El mundo en sus manos…” y una miríada más de títulos y propuestas, extravagantes e ingeniosas.

  Es sabido que un mercado no suele dinamizarse si no preexiste una demanda que lo haga posible, de ahí que las ofertas “maravillosas” eran devoradas y consumidas por un enorme grupo de individuos ávidos de consejos y sugerencias.   En la incapacidad de regir y ordenar sus propios mundos, muchos lectores recibían con agrado, y casi endiosaban, a quienes, conocedores de la ingente necesidad de exhortación de un público esperanzado, intentaban dar lecciones de como modelar sus vidas.

     Pero lo que ocurrió en aquellos años sucede igual en los actuales y con más pujanza aún, pues la moda de superación sigue viva y poco les importa al público de hoy, como menos les importó a los de entonces que tales autores desconozcan la condición más básica de la naturaleza humana, lo concerniente al complejo mecanismo psíquico/nervioso que sustenta el comportamiento humano o la diferencia de idiosincrasia entre los sujetos; conocimientos estos imprescindibles para evitar las tan comunes generalizaciones de  propuestas, en sí mismas reduccionistas, de la mayoría de los programas de superación personal.

       Habitualmente los autores de este tipo de literatura de superación no logran intuir –quizás porque adolecen de una  acertada intuición- que en cuestiones humanas los motivos son tan heterogéneos que no pueden establecerse escalas estandarizadas para los individuos, pues no todas las personas, por encontrarse en dispares instancias evolutivas, responden a las mismas razones, máxime, si estas 
van en contra de sus propias inclinaciones psíquicas o de sus valores esenciales. Así como un par de zapatos no sirven para todos, pues cada horma se atiene a la dimensión precisa de la anatomía que va a calzar, cada individuo es un universo inconmensurable, imposible de fijarle aspiraciones estereotipadas.

     Con mucha frecuencia los autores de dichos manuales intentan persuadir al colectivo de que, en cuanto al crecimiento personal se refiere, sólo hace falta “querer para poder”. Esto, indudablemente, no sólo es una propuesta bizantina, sino que deja de lado realidades más complejas que no legitiman tal afirmación. Muchos sujetos desean realmente hacer cambios en sus vidas –mejorarlas-, pero generalmente no lo consiguen, no por una desidia intencional, sino por tener indispuesta la voluntad y lo que necesitan, en tales circunstancias, no es un compendio de insinuaciones irrisorias, sino la ayuda de un psicoterapeuta o cualquier otro profesional de la salud mental. Debido a los progresos en la neurociencia –y otras especialidades médicas- hoy se comprender que muchas actitudes apáticas o medrosas se incuban a expensas de una deficiencia fisiológica de carácter endocrino o nervioso. Un buen ejemplo de ello es  el inconveniente de tener una amígdala cerebral muy sensible que hace que se tenga un umbral de excitación más bajo, condicion esta que predispone a comportamientos timidos e inseguros.  Es así como al ignorar las diferencias individuales, no sólo en lo tocante al temperamento y a la psicología particular, sino también, en gran medida, a la fisiología, los autores de temas motivacionales caen comúnmente en una simplificación imperdonable. Debido, además, a que los planteamientos de  estos autores motivacionales no se basan en  presunciones empíricamente demostradas o científicamente validadas, tienden a soslayar los obstáculos y limitaciones reales que no son el fruto ni de la imaginación ni de la pusilanimidad personal.

     Un lugar común al que, por lo regular, concurren estas teorías motivacionales de los manuales de “superación” personal, no importa los temas tocados, ni las exhortaciones dadas, es que gran parte del discurso que ofrecen, al fin y al cabo, se circunscribe a vender la idea de que adquirir dinero, poder y estimación social son los medios más legítimos con los que puede contar una persona para alcanzar el llamado "éxito" y bienestar. Pero, aunque la mera propuesta para una vida económicamente más holgada no sea mala en sí misma, pues el dinero como bien es sabido puede cubrir un número significativo de necesidades básicas y no menos cantidades de caprichos superficiales, la mentira, la falsedad garrafal de estos supuestos  radica en prometer el bienestar subordinado siempre a las ganancias externas, al lucro y las ventajas materiales. Pero esto no sólo es absurdo, sino, además, una grosera maniobra mercantilista, porque el bienestar psicológico, la satisfacción y el disfrute de la vida no son propiedad, ni mucho menos, exclusiva de las personas adineradas, “exitosas” o famosas, ni son precisamente éstas quienes muestran mayores niveles de estabilidad emocional, ni siquiera de salud mental. No se pretende con esta aclaración estimar que una vida de carencias sea buena, menos aún promover la castración de los anhelos hacia una vida mejor, lo que se intenta más bien es esclarecer cuales son realmente los medios que promueven una vida mejor.

   Ningún estudio o investigación seria (realizado por psicólogos, sociólogos, neurólogos, neurocientíficos o incluso, economistas)  afirma que para lograr el bienestar  y la felicidad el primer y más importante factor sea el dinero, el lujo, el poder o el estatus social. Las evidencias incluso hablan de todo lo contrario, contraviniendo toda la especulación retórica de esta literatura superante, al punto de señalar que las relaciones sociales -los vínculos humanos- el servir a los demás, la empatía, la compasión y la vida comprometida hacia un ideal –humanitario, artístico, científico o espiritual- dejan más satisfacción inmediata y a largo plazo que una vida enfocada en las conquistas materiales. Los datos estadísticos apuntan, incluso, que las cifras de insatisfacción personal, depresión, estrés, soledad, alcoholismo, drogadicción, enfermedades coronarias, cáncer, divorcio, por mencionar los más frecuentes, son tan altas entre los ciudadanos de algunos países desarrollados que resulta sospechoso el valor de tanta prodigalidad material. 

       El economista Richard Layard, profesor de la London School of Economics suscribe la tesis de que el concepto de bienestar en los países desarrollados debe ser revisado, pues el progreso material no está adecuadamente correlacionado con la felicidad personal. Sus planteamientos están refrendados por el psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía 2002, mismo que reconoce el valor del dinero en la satisfacción personal, pero hasta un límite a partir del cual los ingresos ya no determinan el nivel de satisfacción individual. El psicólogo de la Universidad de Harvard, Daniel Gilbert, que ha llevado a cabo varios estudios en torno al vínculo entre logros materiales y felicidad concluye que  la  amplia gama de elecciones en la sociedad de consumo actualmente está generando más bien un incremento de los niveles de ansiedad y de frustración en los adquirientes. El psicólogo Martin Seligman, de la universidad de Pensilvania, con una larga data de estudios sobre el tema de la felicidad y la psicología positiva, tiene la certeza de que la felicidad sólo puede ser el resultado de una vida comprometida y con significado. El divulgador de temas científicos Eduardo Punset, ha escrito en su libro El viaje a la Felicidad,  lo siguiente: "la cultura occidental ha creado y difundido grandes mitos, siendo uno de los más divulgados aquel de que el secreto de una vida feliz radica en aspectos externos a la propia persona".

     A pesar de todas las razones expuestas, la industria editorial de los libros de “superación” personal ve incrementar sus dividendos monetarios extraordinariamente, mientras el ingente número de consumidores de estos  muestran muy exiguos resultados. El fracaso operativo de la literatura superante sugiere que sus propuestas están más bien sustentadas por una planificada estrategia de marketing que  por los resultados positivos en la resolución de las limitantes personales que entorpecen el adecuado desarrollo de las potencialidades individuales. Abraham Maslow –padre de la psicología humanista- en su teoría de la Autorrealización, apunta que el camino del autodesarrollo sigue un sendero íntegramente inverso al del egocentrismo. En tal sentido, la mayoría de los manuales de superación tienen a la ambición como el rasgo más característico de toda persona exitosa, al punto de que sugieren que esta condición es imprescindible para alcanzar logros sostenibles. Este presupuesto no debe tomarse de forma ligera, sobre todo, cuando se sabe que toda ansia de poder esconde como su aspecto más subrepticio, la ambición. Por eso se impone hacer un verdadero esclarecimiento de este concepto. Por ejemplo, el psicoanalista alemán Han Hackman, en su libro La madurez en la medianidad de la vida, después de explorar a profundidad la interioridad de las motivaciones personales, hace una singular y atípica revelación respecto a la ambición sugiriendo que lejos de lo que supone el común de las personas, la misma más que una virtud puede ser más bien  el reflejo de una desmedida inseguridad personal, capaz de llevar al derrocadero a cualquiera que se deje arrastrar por su encanto seductor.  

    La literatura de "superación" personal**, entonces, lejos de lo que pueden hacernos suponer muchos de sus autores, no está cimentada legítimamente en bases clínicas o científicas -por lo menos la extensa mayoría-. Si bien logran acertar en ocasiones,  es la especulación y no la experimentación rigurosa lo que apoya sus premisas. Superarse personalmente va más allá de cualquier consecución de logros materiales. Hace ya algunos años alguien escribió:El señorío sobre las propias pasiones, he aquí el signo irrecusable de la grandeza”*. Baste considerar la sentencia  precedente para tener una idea de por dónde anda genuinamente, la superación personal de un individuo.


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 *La frase fue tomada de un ensayo publicado por el intelectual León David en el periódico el Siglo, en la sección literaria en 2003.

**Seria impropio no reconocer que existen algunos autores que han pretendido tratar el tema de la superación personal de manera honesta y seria. Sus libros logran ser un buen referente que trascienden la moda y el tiempo. Cabe agregar, además, que tales autores no desdeñan los conceptos psicológicos tradicionales ni sugieren reduccionistamente formulas banales de mejoramiento personal. Ellos son, como cabría esperar, las excepciones que confirman la regla. 



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