Conforme determinados autores, todavía en los inicios de las primeras décadas del siglo XX gran parte de los escritos que intentaban influir en la mentalidad de las personas abogaban por un desarrollo metodizado del carácter y la templanza interior. Sin embargo, algo comenzó a suceder posteriormente. Los autores de los llamados temas de motivacionales comenzaron a interesarse cada vez más en aspectos algo externos y superficiales; en rasgos y posturas estereotipadas. Cultivo de la personalidad le llamaron. Se ponía el acento en el modo de vestir, en la modulación de la voz y en la teatralidad de los gestos, cualidades estas que proporcionaban, según sus adalides, mayores oportunidades y ascenso en la sociedad. Esto se convirtió en la antesala del culto a la personalidad y a la defectuosamente llamada literatura de “superación” personal.
Fue así como entonces cada década
transcurrida vio como los escaparates de las librerías comenzaban a ser inundados
con obras que aconsejaban qué hacer y cómo para tener éxito, notoriedad y
riquezas, en los más diversos puestos de la sociedad. Autores de toda clase especularon con
métodos, sistemas y estrategias seguras y eficaces para tal o cual logro. “Las cinco reglas...”, “Las diez pautas...”,
“El mejor y más rápido sistema de...”,
“Piense en grande y...”, “El
mundo en sus manos…” y una miríada más de títulos y propuestas, extravagantes e
ingeniosas.
Es sabido que un mercado no suele dinamizarse
si no preexiste una demanda que lo haga posible, de ahí que las ofertas
“maravillosas” eran devoradas y consumidas por un enorme grupo de individuos
ávidos de consejos y sugerencias. En la
incapacidad de regir y ordenar sus propios mundos, muchos lectores recibían con agrado, y casi endiosaban, a
quienes, conocedores de la ingente necesidad de exhortación de un
público esperanzado, intentaban dar lecciones de como modelar sus vidas.
Pero lo que ocurrió en aquellos años sucede igual en los actuales y con más pujanza aún, pues la moda de superación sigue viva y poco les importa al público de hoy, como menos les importó a los de entonces que tales autores desconozcan la condición más básica de la
naturaleza humana, lo concerniente al complejo mecanismo psíquico/nervioso que
sustenta el comportamiento humano o la
diferencia de idiosincrasia entre los sujetos; conocimientos estos imprescindibles para evitar las tan comunes generalizaciones de propuestas, en
sí mismas reduccionistas, de la mayoría de los programas de superación personal.
Habitualmente los autores de este tipo de literatura de superación no logran intuir –quizás porque adolecen de una acertada intuición- que en cuestiones humanas los motivos son tan heterogéneos que no pueden establecerse escalas estandarizadas para los individuos, pues no todas las personas, por encontrarse en dispares instancias evolutivas, responden a las mismas razones, máxime, si estas van en contra de sus propias inclinaciones psíquicas o de sus valores esenciales. Así como un par de zapatos no sirven para todos, pues cada horma se atiene a la dimensión precisa de la anatomía que va a calzar, cada individuo es un universo inconmensurable, imposible de fijarle aspiraciones estereotipadas.
Habitualmente los autores de este tipo de literatura de superación no logran intuir –quizás porque adolecen de una acertada intuición- que en cuestiones humanas los motivos son tan heterogéneos que no pueden establecerse escalas estandarizadas para los individuos, pues no todas las personas, por encontrarse en dispares instancias evolutivas, responden a las mismas razones, máxime, si estas van en contra de sus propias inclinaciones psíquicas o de sus valores esenciales. Así como un par de zapatos no sirven para todos, pues cada horma se atiene a la dimensión precisa de la anatomía que va a calzar, cada individuo es un universo inconmensurable, imposible de fijarle aspiraciones estereotipadas.
Con mucha frecuencia los autores de dichos
manuales intentan persuadir al colectivo de que, en cuanto al crecimiento
personal se refiere, sólo hace falta “querer para poder”. Esto, indudablemente, no sólo
es una propuesta bizantina, sino que deja de lado realidades más complejas que
no legitiman tal afirmación. Muchos sujetos desean realmente hacer cambios en
sus vidas –mejorarlas-, pero generalmente no lo consiguen, no por una desidia
intencional, sino por tener indispuesta la voluntad y lo que necesitan, en
tales circunstancias, no es un compendio de insinuaciones irrisorias, sino la
ayuda de un psicoterapeuta o cualquier otro profesional de la salud mental. Debido a los progresos en la neurociencia –y otras
especialidades médicas- hoy se comprender que muchas actitudes apáticas o
medrosas se incuban a expensas de una deficiencia fisiológica de carácter
endocrino o nervioso. Un buen ejemplo de ello es el inconveniente de tener una amígdala
cerebral muy sensible que hace que se tenga un umbral de excitación más bajo, condicion esta que predispone a comportamientos timidos e inseguros. Es
así como al ignorar las diferencias individuales, no sólo en lo tocante al
temperamento y a la psicología particular, sino también, en gran medida, a la fisiología, los
autores de temas motivacionales caen comúnmente en una simplificación imperdonable. Debido, además, a que los planteamientos de estos autores motivacionales no se basan en presunciones
empíricamente demostradas o científicamente validadas, tienden a soslayar los
obstáculos y limitaciones reales que no son el fruto ni de la imaginación ni de la
pusilanimidad personal.
Un lugar común al que, por lo regular,
concurren estas teorías motivacionales de los manuales de “superación” personal, no importa los temas tocados, ni las exhortaciones dadas, es que gran
parte del discurso que ofrecen, al fin y al cabo, se circunscribe a vender la idea de que
adquirir dinero, poder y estimación social son los medios más legítimos con los
que puede contar una persona para alcanzar el llamado "éxito" y bienestar. Pero, aunque la mera propuesta para una vida económicamente más holgada
no sea mala en sí misma, pues el dinero como bien es sabido puede cubrir un
número significativo de necesidades básicas y no menos cantidades de caprichos
superficiales, la mentira, la falsedad garrafal de estos supuestos
radica en prometer el bienestar subordinado siempre a las ganancias
externas, al lucro y las ventajas materiales. Pero esto no sólo es absurdo, sino, además, una grosera maniobra mercantilista, porque el
bienestar psicológico, la satisfacción y el disfrute de la vida no son propiedad, ni mucho menos, exclusiva de las personas adineradas, “exitosas” o
famosas, ni son precisamente éstas quienes muestran mayores niveles de estabilidad
emocional, ni siquiera de salud mental. No se pretende con esta aclaración estimar que
una vida de carencias sea buena, menos aún promover la castración de los anhelos
hacia una vida mejor, lo que se intenta más bien es esclarecer cuales son
realmente los medios que promueven una vida mejor.
Ningún estudio o investigación seria (realizado
por psicólogos, sociólogos, neurólogos, neurocientíficos o incluso,
economistas) afirma que para lograr el
bienestar y la felicidad el primer y más
importante factor sea el dinero, el lujo, el poder o el estatus social. Las
evidencias incluso hablan de todo lo contrario, contraviniendo toda la
especulación retórica de esta literatura superante, al punto de señalar que las
relaciones sociales -los vínculos humanos- el servir a los demás, la empatía, la compasión y la vida
comprometida hacia un ideal –humanitario, artístico, científico o espiritual- dejan más
satisfacción inmediata y a largo plazo que una vida enfocada en las conquistas
materiales. Los datos estadísticos apuntan, incluso, que las cifras de
insatisfacción personal, depresión, estrés, soledad, alcoholismo, drogadicción,
enfermedades coronarias, cáncer, divorcio, por mencionar los más frecuentes, son tan altas entre los ciudadanos de algunos países desarrollados que resulta
sospechoso el valor de tanta prodigalidad material.
El economista Richard
Layard, profesor de la London School of Economics suscribe la tesis de que el
concepto de bienestar en los países desarrollados debe ser revisado, pues el
progreso material no está adecuadamente correlacionado con la felicidad
personal. Sus planteamientos están refrendados por el psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía 2002, mismo que reconoce el valor del dinero en la satisfacción personal, pero hasta un límite a partir del cual los ingresos ya no determinan el nivel de satisfacción individual. El psicólogo de la Universidad
de Harvard, Daniel Gilbert, que ha llevado a cabo varios estudios en torno al vínculo entre logros materiales y felicidad concluye que la amplia gama de
elecciones en la sociedad de consumo actualmente está generando más bien un incremento de los
niveles de ansiedad y de frustración en los adquirientes. El psicólogo Martin Seligman, de la universidad de Pensilvania, con una larga data de estudios sobre el tema de la felicidad y la psicología positiva, tiene la certeza de que la felicidad sólo puede ser el resultado de una vida comprometida y con significado. El divulgador de temas científicos Eduardo Punset, ha escrito en su libro El viaje a la Felicidad, lo siguiente: "la cultura occidental ha creado y difundido grandes
mitos, siendo uno de los más divulgados aquel de que el secreto de una vida
feliz radica en aspectos externos a la propia persona".
A pesar de todas las razones expuestas, la
industria editorial de los libros de “superación” personal ve incrementar sus
dividendos monetarios extraordinariamente, mientras el ingente número de
consumidores de estos muestran muy
exiguos resultados. El fracaso operativo de la literatura superante sugiere que
sus propuestas están más bien sustentadas por una planificada estrategia de marketing que por los resultados positivos en la resolución de las limitantes personales que entorpecen el
adecuado desarrollo de las potencialidades individuales. Abraham Maslow –padre de
la psicología humanista- en su teoría de la Autorrealización, apunta que el
camino del autodesarrollo sigue un sendero íntegramente inverso al del
egocentrismo. En tal sentido, la mayoría de los manuales de superación tienen a
la ambición como el rasgo más característico de toda persona exitosa, al punto
de que sugieren que esta condición es imprescindible para alcanzar logros
sostenibles. Este presupuesto no debe tomarse de forma ligera, sobre todo,
cuando se sabe que toda ansia de poder esconde como su aspecto más subrepticio, la ambición. Por eso se impone hacer un verdadero esclarecimiento de este concepto. Por ejemplo, el
psicoanalista alemán Han Hackman, en su libro La madurez en la medianidad de la vida, después de explorar a
profundidad la interioridad de las motivaciones personales, hace una singular y
atípica revelación respecto a la ambición sugiriendo que lejos de lo que supone
el común de las personas, la misma más que una virtud puede ser más bien el reflejo de una desmedida
inseguridad personal, capaz de llevar al derrocadero a cualquiera que se deje arrastrar por su encanto seductor.
La literatura de "superación" personal**, entonces,
lejos de lo que pueden hacernos suponer muchos de sus autores, no está cimentada legítimamente en bases clínicas o científicas -por lo menos la extensa mayoría-. Si bien logran acertar en ocasiones, es la especulación y no la experimentación rigurosa lo que apoya sus premisas. Superarse personalmente va más allá de cualquier consecución de logros materiales. Hace ya algunos años alguien escribió: “El señorío sobre las propias pasiones, he
aquí el signo irrecusable de la grandeza”*. Baste considerar la sentencia precedente para tener una idea de por dónde anda genuinamente, la superación
personal de un individuo.
_________
*La frase fue tomada de un ensayo publicado por el
intelectual León David en el periódico el Siglo, en la sección literaria en 2003.
**Seria impropio no reconocer que
existen algunos autores que han pretendido tratar el tema de la superación personal
de manera honesta y seria. Sus libros logran ser un buen referente que trascienden la moda y el tiempo. Cabe agregar, además, que tales autores no desdeñan los
conceptos psicológicos tradicionales ni sugieren reduccionistamente formulas
banales de mejoramiento personal. Ellos son, como cabría esperar, las excepciones
que confirman la regla.

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