miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cavilaciones entorno a la felicidad

   "Los valores esenciales dan orden y estructura a la vida interna de las personas. Y cuando esa vida 
     interior está ordenada, el individuo puede atravesar casi cualquier cosa que el mundo le tire a su paso"
 -John C. Maxwell-


          Conforme la leyenda, los templarios, tras la búsqueda del Santo Grial pensaron encontrar el elixir de larga vida y con él la juventud y la felicidad eterna. No lo obtuvieron, desde luego, pero cabe suponer que la esperanza de encontrarlo les mantuvo entusiasmados, convirtiendo el referido objeto en el foco central de sus vidas.

   Igual que los templarios, hoy día las personas nutren la esperanza, en este caso, de una vida feliz y plena, misma que lograrían a partir de la consecución de logros, casi siempre de orden material. Tal propósito se vuelve para el común de las personas en el eje primario de su existencia. Muchos viven, pues, en el anhelo de un existir dichoso. Así, la codiciada quimera se torna en la razón esencial para una extensa mayoría. Sin embargo, oportuno será preguntar si el agenciarse tan idílica condición de placidez es alcanzable al obtener ganancias externas y, de serlo, qué tan permanente podrían resultar.

     Para desmitificar algo primero conviene precisarlo. El diccionario en este caso puede sernos de gran utilidad. Según el referido manual, la felicidad es "el estado anímico que se complace en la posesión de un bien”. Tal descripción expresa literalmente que la felicidad, como estado hedónico, se obtiene con la tenencia “de un bien”. Por experiencia se sabe que todo en la vida está sometido a la ley de modificación e impermanencia y que, si algo externo a nosotros provoca satisfacción en un momento, al tenerlo, creará igualmente aflicción cuando, no importa la causa, se pierda o ya no se cuente con él.

     La enunciación precedente, sobre la felicidad, sugiere que todo aquel que se arroga el objeto o la situación que apetece, sin más ni menos, transpirará felicidad. La definición, claro está, es bastante sugerente, pero, pregunto, a pesar de intuir ya la respuesta ¿Son verdaderamente felices aquellos quienes ven realizados sus sueños? Evidentemente, y toda persona juiciosa estará de acuerdo, que no necesariamente o que no siempre.

    Con frecuencia se es testigo de que bienes y comodidades, salvo el innegable beneficio que aportan, no hacen a sus poseedores entes más dichosos que el común de sus congéneres, quizás menos afortunados. Cierto es, que, con frecuencia, se ha insistido en asociar conceptos como riqueza, placer, goce, al de felicidad. La cuestión, sin embargo, no es negar que tales cosas en determinadas situaciones  proporcionen efímeras y vanas alegrías; lo que se cuestiona en verdad es si el equivalente, de acuerdo a lo que prometen, guarda un cierto paralelismo con la, y aquí lo ponemos en mayúscula, Genuina satisfacción o si la dudosa embriaguez que incitan permanece más allá de la fugaz efervescencia del momento; pues, el placer que se experimenta ya sea por la adquisición de algo nuevo o por el disfrute sensual de un arrebato posee mucho de espejismo. “El placer, al no ser un verdadero remedio causa dolor”, solía decir Roy  Master (1973). Así mismo, “la gratificación completa de todas las necesidades instintivas no sólo no constituye la base de la felicidad, sino que ni siquiera garantiza la salud mental” , exponía Eric Fromm en su libro el Arte de amar (1956). 

   Occidente, indeleble estigma del capitalismo y el materialismo, ha vendido durante mucho tiempo al incontable mercado de consumidores idólatras, la ilusión material como póliza de placidez duradera e inagotable. Derrumbar los soportes de veracidad en que se intenta sustentar tan subjetiva propuesta resulta engorroso, difícil, ya que la maquinaria publicitaria en contra es enorme, además, la amorfa masa de seres adormecidos por el espeso vapor de la inercia mental entorpece el empeño de aquellos decididos a demolerlo. 
   
    Dejando de lado la anterior digresión vamos a inquirir en torno a lo siguiente: si la felicidad, tal cual lo que hemos conocido de ella, deviene posterior a la consecución de algo externo ¿Cuál será, entonces, el estado interno anterior a la ganancia obtenida?

     Vamos a inferir, de todo lo expuesto hasta ahora, que una felicidad duradera, a juzgar por el sentir predominante, se alcanza, quizás, tras la adquisición constante de logros: prestigio, éxito, fama, poder, sexo, diversión, dinero... Más de ser así las cosas ¿No será esta obsesión constante de cosas un tortuoso sendero empedrado de tensión, el cual contradice o, en el peor de los casos, anula parte del efecto que genera la llegada del novedoso bien? Y digo esto, porque es sabido por todos que el éxito de hoy no necesariamente satisface la expectativa de mañana, pues como dice una frase del conocido libro “cada día trae su propia faena”*.

     Desde una perspectiva más amplia, no individual, se observa a países que ostentan un alto desarrollo exhibir mejores condiciones de vida que aquellos de menor crecimiento económico; no obstante, las estadísticas en ninguna ocasión reportan que las mencionadas naciones desarrolladas presentan superiores índices de personas más felices, ni siquiera, y esto es lo más insólito, indicadores más elevados de salud mental. En Norteamérica, cuna de la tecnología y del desarrollo Occidental, la cifra de depresión, ansiedad y suicidio llega a estándares tales, que resulta casi sospechoso el relativo beneficio de tanta profusión. No pocas veces se cae en el error de suponer que lo válido en una cultura lo es, o deber serlo, en otra. La verdad, empero, puede ser demostrativamente distinta. Una apreciación panorámica del mundo ubica a cualquiera en una posición de mayor objetividad en torno a lo que ciertamente hace la vida feliz. Una fábula oriental sobre un grupo de ciegos que intentaron entender la forma de un elefante por medio del tacto, ilustra muy bien lo que se desea enfatizar. Cada sujeto tocó una parte distinta del animal. Uno dijo que era una columna rolliza y firme, éste había tocado las patas; otro expuso que era más bien una masa ovalada al sentir su abdomen; el último juzgó lo palpado por él como una cartilaginosa membrana con orificio, al colocar sus manos en las orejas. Aunque parcialmente todos tenían más o menos razón, ninguno, debido a su ceguera, pudo tener una idea global del paquidermo.

      En el hemisferio oriental –India y Tibet, sobre todo- el conocimiento, bien extendido en toda la población de que el deseo y el apego a objetos, circunstancias o personas, encadenan, atan y limitan la libertad del ser humano, está tan entronizado que, un concepto como el de felicidad queda más supeditado al cumplimiento de deberes y obligaciones, según los cánones de su tradición espiritual (aunque debemos reconocer que esto es algo que ha estado variando en las últimas décadas). La mentalidad oriental, imbuida por siglos de la filosofía de la impermanencia, prevé que la vejez, la enfermedad, el dolor y la muerte son parte de la herencia humana, por lo que centrar la dicha en cosas externas, única y exclusivamente, hace más proclive la existencia a la amargura y la aflicción. Por eso, la disciplina de los sentidos, el estoicismo ante los inconvenientes y la abstinencia -o moderación- de los placeres constituye gran parte de la sabiduría milenaria de tales culturas.

     Como ya hemos acotado, en occidente placer y felicidad, se presume, van de las manos. Pero “la felicidad no puede acompañar nunca al vicio” escribía Aristóteles; y el mismo filósofo, en su conocida obra Política planteaba: “no hay nadie que pueda considerar feliz a un hombre que carezca de prudencia, justicia, fortaleza y templanza”.

     Acogiéndonos, entonces, a las referencias precedente, no será desdeñoso concluir que el desarrollo de las cualidades internas -los valores- puede endosar a la persona una satisfacción creciente, superior a la que procede de las ganancias externas. Como se sabe, el término virtud deriva del latín Virtus, que significa poder, fuerza, valor. En ese sentido, en franca oposición a la creencia popular, fuerte es aquel que cultiva una vida virtuosa.  En consecuencia, podemos concluir que la felicidad tiende a habitar más y por más tiempo en quienes, haciendo un ejercicio constante de su voluntad, cultivan la integridad, la moderación, la serenidad..., que en aquellos inclinados a derivar su felicidad meramente de las cosas externas como: el  éxito, el sexo, el dinero, las comodidades o el poder.





Master, Roy (1973). Como Influye la Mente en su Bienestar. Editorial Central. Argentina.
Fromm, Erich (1956). El Arte de Amar. Ediciones.  Paidós. México.
La Santa Biblia
Aristóteles. Política.      
                                                                                                                                             



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