"Los valores esenciales dan orden y estructura a la vida interna de las personas. Y cuando esa vida
interior está ordenada, el individuo puede atravesar casi cualquier cosa que el mundo le tire a su paso"
-John C. Maxwell-
Conforme la leyenda, los templarios,
tras la búsqueda del Santo Grial pensaron encontrar el elixir de larga vida y
con él la juventud y la felicidad eterna. No lo obtuvieron, desde luego, pero
cabe suponer que la esperanza de encontrarlo les mantuvo entusiasmados,
convirtiendo el referido objeto en el foco central de sus vidas.
Igual que los templarios, hoy día las
personas nutren la esperanza, en este caso, de una vida feliz y plena, misma que lograrían a partir
de la consecución de logros, casi siempre de orden material. Tal propósito se vuelve para el común de las personas en el eje
primario de su existencia. Muchos viven, pues, en el anhelo de un existir dichoso.
Así, la codiciada quimera se torna en la razón esencial para una extensa
mayoría. Sin embargo, oportuno será preguntar si el agenciarse tan idílica
condición de placidez es alcanzable al obtener ganancias externas y, de
serlo, qué tan permanente podrían resultar.
Para desmitificar algo primero conviene
precisarlo. El diccionario en este caso puede sernos de gran utilidad. Según el
referido manual, la felicidad es "el estado anímico que se complace en la
posesión de un bien”. Tal descripción expresa literalmente que la
felicidad, como estado hedónico, se obtiene con la tenencia “de un bien”.
Por experiencia se sabe que todo en la vida está sometido a la ley de
modificación e impermanencia y que, si algo externo a nosotros provoca
satisfacción en un momento, al tenerlo, creará igualmente aflicción cuando, no
importa la causa, se pierda o ya no se cuente con él.
La enunciación precedente, sobre la
felicidad, sugiere que todo aquel que se arroga el objeto o la situación que
apetece, sin más ni menos, transpirará felicidad. La definición, claro está, es
bastante sugerente, pero, pregunto, a pesar de intuir ya la respuesta ¿Son
verdaderamente felices aquellos quienes ven realizados sus sueños?
Evidentemente, y toda persona juiciosa estará de acuerdo, que no necesariamente o que no siempre.
Con frecuencia se es testigo de que bienes
y comodidades, salvo el innegable beneficio que aportan, no hacen a sus
poseedores entes más dichosos que el común de sus congéneres, quizás menos
afortunados. Cierto es, que, con frecuencia, se ha insistido en asociar
conceptos como riqueza, placer, goce, al de felicidad. La cuestión, sin
embargo, no es negar que tales cosas en determinadas situaciones proporcionen efímeras y vanas alegrías; lo que se cuestiona en
verdad es si el equivalente, de acuerdo a lo que prometen, guarda un cierto
paralelismo con la, y aquí lo ponemos en mayúscula, Genuina satisfacción o si
la dudosa embriaguez que incitan permanece más allá de la fugaz efervescencia
del momento; pues, el placer que se experimenta ya sea por la adquisición de
algo nuevo o por el disfrute sensual de un arrebato posee mucho de espejismo. “El
placer, al no ser un verdadero remedio causa dolor”, solía decir Roy Master (1973). Así mismo, “la gratificación completa de todas las
necesidades instintivas no sólo no constituye la base de la felicidad, sino que
ni siquiera garantiza la salud mental” , exponía Eric Fromm en su libro el Arte de amar (1956).
Occidente, indeleble estigma del
capitalismo y el materialismo, ha vendido durante mucho tiempo al incontable
mercado de consumidores idólatras, la ilusión material como póliza de placidez
duradera e inagotable. Derrumbar los soportes de veracidad en que se intenta
sustentar tan subjetiva propuesta resulta engorroso, difícil, ya que la
maquinaria publicitaria en contra es enorme, además, la amorfa masa de seres
adormecidos por el espeso vapor de la inercia mental entorpece el empeño de
aquellos decididos a demolerlo.
Dejando de lado la anterior digresión
vamos a inquirir en torno a lo siguiente: si la felicidad, tal cual lo que
hemos conocido de ella, deviene posterior a la consecución de algo externo
¿Cuál será, entonces, el estado interno anterior a la ganancia obtenida?
Vamos a inferir, de todo lo expuesto hasta
ahora, que una felicidad duradera, a juzgar por el sentir predominante, se
alcanza, quizás, tras la adquisición constante de logros: prestigio, éxito,
fama, poder, sexo, diversión, dinero... Más de ser así las cosas ¿No será esta
obsesión constante de cosas un tortuoso sendero empedrado de tensión, el cual
contradice o, en el peor de los casos, anula parte del efecto que genera la
llegada del novedoso bien? Y digo esto, porque es sabido por todos que el éxito
de hoy no necesariamente satisface la expectativa de mañana, pues como dice
una frase del conocido libro “cada día trae su propia faena”*.
Desde una perspectiva más amplia, no
individual, se observa a países que ostentan un alto desarrollo exhibir mejores
condiciones de vida que aquellos de menor crecimiento económico; no obstante,
las estadísticas en ninguna ocasión reportan que las mencionadas naciones
desarrolladas presentan superiores índices de personas más felices, ni
siquiera, y esto es lo más insólito, indicadores más elevados de salud mental. En Norteamérica, cuna de la tecnología y del
desarrollo Occidental, la cifra de depresión, ansiedad y suicidio llega a
estándares tales, que resulta casi sospechoso el relativo beneficio de tanta
profusión. No pocas veces se cae en el error de suponer que lo válido en una
cultura lo es, o deber serlo, en otra. La verdad, empero, puede ser
demostrativamente distinta. Una apreciación panorámica del mundo ubica a
cualquiera en una posición de mayor objetividad en torno a lo que ciertamente
hace la vida feliz. Una fábula oriental sobre un grupo de ciegos que intentaron entender la forma de un elefante por medio del tacto, ilustra muy bien lo que se desea enfatizar. Cada sujeto tocó una parte distinta del animal. Uno dijo que era una columna
rolliza y firme, éste había tocado las patas; otro expuso que era más bien una
masa ovalada al sentir su abdomen; el último juzgó lo palpado por él como una
cartilaginosa membrana con orificio, al colocar sus manos en las orejas. Aunque
parcialmente todos tenían más o menos razón, ninguno, debido a su ceguera, pudo
tener una idea global del paquidermo.
En el hemisferio oriental –India y Tibet,
sobre todo- el conocimiento, bien extendido en toda la población de que el
deseo y el apego a objetos, circunstancias o personas, encadenan, atan y
limitan la libertad del ser humano, está tan entronizado que, un concepto como
el de felicidad queda más supeditado al cumplimiento de deberes y
obligaciones, según los cánones de su tradición espiritual (aunque debemos reconocer que esto es algo que ha estado variando en las últimas décadas). La mentalidad oriental, imbuida por siglos de la filosofía de la impermanencia, prevé que la
vejez, la enfermedad, el dolor y la muerte son parte de la herencia humana, por
lo que centrar la dicha en cosas externas, única y exclusivamente, hace más
proclive la existencia a la amargura y la aflicción. Por eso, la disciplina de
los sentidos, el estoicismo ante los inconvenientes y la abstinencia -o moderación- de los
placeres constituye gran parte de la sabiduría milenaria de tales culturas.
Como ya hemos acotado, en occidente placer y felicidad, se
presume, van de las manos. Pero “la felicidad no puede acompañar nunca al
vicio” escribía Aristóteles; y el mismo filósofo, en su conocida obra
Política planteaba: “no hay nadie que pueda considerar feliz a un hombre que
carezca de prudencia, justicia, fortaleza y templanza”.
Acogiéndonos, entonces, a las referencias precedente,
no será desdeñoso concluir que el desarrollo de las cualidades internas -los valores- puede endosar a la persona una satisfacción creciente, superior a la que procede de las ganancias externas. Como se sabe, el término virtud deriva del latín Virtus, que significa poder, fuerza, valor. En ese sentido, en franca oposición a la creencia popular, fuerte es aquel que cultiva una vida virtuosa. En consecuencia, podemos concluir que la felicidad tiende a habitar más y por más tiempo en quienes, haciendo un ejercicio constante de su voluntad, cultivan la integridad, la moderación, la serenidad..., que en aquellos inclinados a derivar su felicidad meramente de las cosas externas como: el éxito, el sexo, el dinero, las comodidades o el poder.
Master, Roy (1973). Como Influye la Mente en su Bienestar. Editorial Central. Argentina.
Fromm, Erich (1956). El Arte de Amar. Ediciones. Paidós. México.
La Santa Biblia
Aristóteles. Política.

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