El hombre moderno es un ser
ansioso; diríamos que la ansiedad forma hoy parte de su “naturaleza” debido a
que ésta es ya el estado predominante y habitual en su nivel emocional,
instaurado a la fuerza y de forma inconsciente por el inadecuado sistema de
vida vigente, así como por el enfoque de la educación predominante. Siendo aquí
el concepto de sistema sinónimo de estructuras sociales, creencias, ideologías y valores a los que por imposición estamos sujetos; mientras que el de educación corresponde a todo aquello que busca modelar respuestas, acciones y reacciones asimiladas como adecuadas y correctas.
La
ansiedad, como estado generalizado, promueve acciones infructuosas, pero
eficaces en cuanto a disminuir y amortiguar los efectos directos y colaterales
de la misma. Muchos medios de expresión se articulan de manera inconsciente
para manejar la ansiedad. Para ilustrar lo que decimos tomemos el caso de una actividad tan aparentemente
externa y motora, tan cotidiana y espontánea, como el hablar.
Hablar es un canal efectivo de desahogo de
la ansiedad. El mecanismo lingual se tiene como un extraordinario, aunque inconsciente,
sostén de catarsis. Desde hace años los psicólogos estudian la incontinencia oral como un disturbio neurótico, propio de personalidades emocionalmente trastornadas. El diálogo en la psicoterapia llega a ser sanador, entre otras razones, debido a que al expresarnos logramos una cierta liberación de las emociones perturbadoras. Esto se debe a que el lóbulo frontal izquierdo, área que se tiene como receptáculo del habla, da señales de distensión cuando nos involucramos en una conversación. Puede entenderse, entonces, porque los sujetos ansiosos utilizan instintivamente este recurso de manera apremiante, convirtiéndose en su característica primaria. Basten estos datos para precisar la
condición de quienes exhiben un libertinaje verbal. Convenimos, pues, que en los sujetos locuaces la necesidad de hablar
está determinada por una irrefrenable compulsivo. En dicha conducta encuentran estos sujetos cierto nivel de alivio, de tranquilidad, por eso son tan propensos expresar cualquier cosa.
Hemos establecido que el hablar compulsivo* es un signo de altos
niveles de ansiedad. La ansiedad es por
su propia condición una generadora de temores e inseguridades, de
insatisfacciones y de un cúmulo de sentimientos de infravaloración que cuando
no se canalizan adecuadamente dan al traste, además de la compulsión el habla, con
una especie de pasarela verbal capaz de los más disímiles e
incongruentes temas de conversación, matizados, no pocas veces, de sarcasmos,
burlas o banalidades.
Decenas de temas sinsentido, abordados
de manera medalaganaria, puede sostener un hablador compulsivo y guardar
suficiente reservas para lo que le queda de vida. En nuestra sociedad,
superficial e individualista, este signo neurótico pasa por lo general
inadvertido. Él forma parte de las ya establecidas patologías socialmente aceptadas, por lo
que no debe de extrañar que el sujeto parlanchín dé la impresión de un ser
“simpático” y “agradable” a primera vista. Evidente es, sin embargo, para el
observador desafectado, que tal despliegue de afición oral es mera
representación artificial, pues el barullo incesante no es más que la falta de
control de su indomable e inarmónico inconsciente.
El
silencio, o la simple abstención verbal razonable le es imposible al parlero
obsesivo, ésta es una proeza estoica que él es incapaz de sostener. Hace
algunos siglos ya, Pitágoras, en la antigua Grecia, proclamaba que el dominio de
la lengua era propio de los hombres de carácter.
No es atinado suponer exclusividad en esta
condición mórbida, ni distinción de clase o nacionalidad, a la hora de
estampar al hablador compulsivo, sobre todo, porque esta conducta se incuba en
cualquier nivel de la condición social. No es de sorprender que pueda
encontrarse en las clases marginadas o en las opulentas, en el simple obrero o
en el profesional más acabado. El aspecto sine qua non del hablador
compulsivo, ya se dijo en un párrafo precedente, es la ansiedad, y el sentimiento de inquietud
e inseguridad que esta causa. Su remedio, como el de casi todos los males, es
su reconocimiento. No obstante, la sencillez de la rectificación, esta se enfrenta
con la tozudez del afectado, pues reconocerse superfluo y ansioso es por lo general
inaceptable para el compulsivo. Hacerlo sería para él derribar su imagen de
vana seguridad.
Un milagro puede ser un medio, poco
probable desde luego, pero casi el único efectivo para curar esta pegajosa
debilidad del carácter. El hablador compulsivo es, al margen de su trastorno,
genéricamente un necio, y como decía Anatole France: “un necio es mucho más
funesto que un malvado, porque el malvado descansa algunas veces; el necio
jamás”.
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* Aquí el calificativo de
compulsivo no es sinónimo de habla rápida (lo cual, sin embargo, suele
acompañar en la mayoría la condición señalada), sino más bien del hablar en
demasía, sobre cualquier tema, sin base, fundamento o propiedad. Es la
incapacidad de permanecer callado, por la necesidad neurótica (a veces
estúpida), de opinar, comentar, debatir o sencillamente pavonear.

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