jueves, 5 de noviembre de 2015

Análisis sobre el equilibrio emocional



   
     El ser humano es el único animal exaltado con la facultad de la razón -por lo menos del razonamiento de orden superior-. La racionalidad es, o mejor dicho, debe ser, el distintivo más privativo del Homo Sapiens. Los animales, debido a su naturaleza, responden a los diferentes eventos de la vida y las circunstancias de un modo más instintivo. Esto quiere decir, que actúan de acuerdo a un código preestablecido en sus genes. La necesidad establece en ellos la dirección hacia la cual deben moverse, y no siempre son capaces de codificar si sus acciones son del todo adecuadas o no (aunque muchos humanos igual en ocasiones carecen de esa facultad), porque esto último sólo puede establecerse mediante el discernimiento, facultad esta que está muy poco desarrollada en las especies menos evolucionadas que la nuestra.

     En el hombre, la razón es la brújula que indica el camino a seguir ante los diferentes sucesos y acontecimientos de la existencia. Cuando el hombre no responde a ella –a la razón- la emoción ocupa su lugar, entonces las consecuencias pueden apreciarse en las desacertadas acciones que caracterizan al individuo promedio.

    La reacción emocional es la respuesta más habitual del hombre en su interrelación con el medio y las personas del entorno. Las discrepancias, desacuerdos o desavenencias, tienden a “rectificarse” mediante explosiones emocionales*, cuyo único aporte radica en agravar, aún más, la situación irritante. Escenarios no deseados suelen, asimismo, provocar estallidos emocionales que en nada contribuyen a modificarlos.                       
     ¿Cómo puede ser que un ente provisto de razón, invalide tal facultad en detrimento de su bienestar, cediendo su autonomía al esclavizante y tiránico dominio de las emociones?  La respuesta parece estar en que la estructura emocional queda activada en el ser humano desde su nacimiento, mientras que la capacidad de raciocinio se adquiere años después con el desarrollo de la corteza cerebral y el ejercicio cognitivo y volitivo del propio individuo. Se espera que, durante el crecimiento, el ser humano adquiera la suficiente disciplina mental capaz de permitirle someter los impulsos irracionales (inconscientes), a la luz de la conciencia, paso este indispensable para alcanzar la madurez.

       Sustituir arcaicos patrones de respuesta emocional por el discernimiento, la prudencia y el juicio sensato ante realidades que nos toca afrontar, es madurar. Suplantar la rebeldía fogosa, habitual y mecánica, por la coherente y la diáfana reflexión nos sitúa en una perspectiva desde la cual podemos ver lo que es más acertado hacer en cualquier momento. Dado que las emociones actúan como un torrente desbordado, la necesidad de ejercitar el auto-control se convierte en una obligación básica, con miras al logro de una correcta deliberación. La clave para el auto-dominio reside en el desarrollo de la paciencia. La paciencia, por si misma, es una virtud de alcance colosal.

     Así como un elástico no puede permanecer estirado y distendido al mismo tiempo, pues resultaría imposible que adquiera ambos estados a la vez, ya que uno inevitablemente anularía al otro; de igual forma la reacción emocional no puede coexistir con una actitud de paciencia, en vista de que tales condiciones son excluyentes entre sí. Si bien algunos sondeos corroboran que ciertos factores, entre los que se hallan: estrés, poco descanso, alimentación deficiente, así como algunas enfermedades: hepáticas, tiroideas, de bipolaridad, etc., pueden predisponer a tener reacciones de carácter emocional con más facilidad, el agente desencadenante de las explosiones emocionales invariablemente seguirá siendo la falta de autocontrol. Dicho en otros términos, el escaso adiestramiento en la paciencia.

 Dentro del espectro de reacciones emocionales, la ira ocupa el lugar número uno, no sólo a causa de su frecuencia, sino también debido a las devastadoras secuelas que ocasiona, tanto en quien la genera, como en quien(es) se descarga. Sea que se exteriorice o se reprima, la ira provoca alteraciones metabólicas y cambios fisiológicos nada positivos en el organismo. Se habla de que un minuto de rabia puede debilitar el sistema inmunológico por seis horas; esto sucede al desencadenarse la liberación de la hormona cortiso que es la responsable del estrés. 

       La ira es la madre que sostiene una lista considerable de reacciones emocionales y, de una u otra forma, las alimenta. Como ya se apuntó en párrafos precedentes, el remedio a la descompostura emocional reside en el autocontrol. Su plataforma está en el entrenamiento de la paciencia. La paciencia neutraliza el caudal emocional, debilitándolo, al restringirle el apoyo que le da la reacción inconsciente.

    Cada instante de la vida ofrece la coyuntura para ejercitar el autodominio. Las menudas cosas irritantes de cada día brindan la ocasión de poner a prueba nuestro nivel de paciencia. Al resultar imposible mantener la serenidad por los propios medios, puede recurrirse a paliativos externos cuando se está desenfocado, quizás: un paseo enérgico, un baño con agua fría, unas cuantas respiraciones profundas, un rato de oración...  Lo más importante es darse cuenta de que la reacción airada no produce ningún beneficio, no ayuda en nada, no contribuye a nada, por lo menos en la mayoría de las ocasiones. Cuando se internaliza esto intelectualmente –lo cual es el primer paso- lo que sigue es hacerse cargo de la bronca a través de una serie de estrategias inteligentes que la misma persona puede establecer. No es del todo cierto que las emociones deban invariablemente prevalecer en detrimento de la razón. Siempre que se tome conciencia de ellas, la posibilidad de superarlas depende íntegramente de nuestra determinación y voluntad.   

       Ningún fruto madura antes de tiempo; de igual forma un estado de calma interna no se instala en poco tiempo y menos con escasos esfuerzos. El autocontrol demanda práctica**. Ensayar una vez, otra, decenas de veces si es necesario -y lo será- es condición indispensable previo a un mínimo de progreso. Por eso se precisa mantener atención en las variadas situaciones cotidianas, y no desfallecer por más olvido o fracasos que se presenten durante el proceso. La victoria, como en todo, será para aquellos que conserven una determinación inquebrantable. 




----------------- 


* Hacemos la salvedad de que en ocasiones la justa indignación ante abusos y actos deleznable suponen una reacción no siempre caballerosa, ecuánime o medida. La vida presenta momentos, si bien de no forma habitual, donde la moderación puede resultar inoportuna. Aún el Maestro Jesús se comportó poco tolerante y muy enfurecido, con la canalla que había convertido el templo sagrado en un mercado. El desafuero, tiene como todo, su momento y, en raras situaciones, puede resultar adecuado.   

** El lograr conseguir un cuerpo saludable contribuye grandemente al auto-control. Técnicas como la meditación, el ejercicio en sus diferentes variantes, la adecuada nutrición y suplementación, el suficiente descanso son aliados importante para la ecuanimidad. La psicoterapia, si fuese necesario, igual es un recurso inestimable. Muchas veces la falta de auto-control responde a patrones educacionales inadecuados unido a cuadros de ansiedad no tratados, no solucionados








 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario