El ser humano es el único animal exaltado
con la facultad de la razón -por lo menos del razonamiento de orden superior-. La racionalidad es, o mejor dicho, debe ser, el
distintivo más privativo del Homo Sapiens. Los animales, debido a su naturaleza,
responden a los diferentes eventos de la vida y las circunstancias de un modo más instintivo. Esto quiere decir, que actúan de acuerdo a un código preestablecido
en sus genes. La necesidad establece en ellos la dirección hacia la cual deben
moverse, y no siempre son capaces de codificar si sus acciones son del todo adecuadas o no (aunque muchos humanos igual en ocasiones carecen de esa facultad), porque esto último sólo
puede establecerse mediante el discernimiento, facultad esta que está muy poco desarrollada en las especies menos evolucionadas que la nuestra.
En el hombre, la razón es la brújula que
indica el camino a seguir ante los diferentes sucesos y acontecimientos de la
existencia. Cuando el hombre no responde a ella –a la razón- la emoción ocupa
su lugar, entonces las consecuencias pueden apreciarse en las desacertadas
acciones que caracterizan al individuo promedio.
La reacción emocional es la respuesta
más habitual del hombre en su interrelación con el medio y las personas del
entorno. Las discrepancias, desacuerdos o desavenencias, tienden a
“rectificarse” mediante explosiones emocionales*, cuyo único aporte radica en
agravar, aún más, la situación irritante. Escenarios no deseados suelen, asimismo, provocar estallidos emocionales
que en nada contribuyen a modificarlos.
¿Cómo puede ser que un ente provisto de
razón, invalide tal facultad en detrimento de su bienestar, cediendo su
autonomía al esclavizante y tiránico dominio de las emociones? La respuesta parece estar en que la
estructura emocional queda activada en el ser humano desde su nacimiento, mientras
que la capacidad de raciocinio se adquiere años después con el desarrollo de la corteza cerebral y el ejercicio cognitivo y volitivo del propio individuo. Se espera
que, durante el crecimiento, el ser humano adquiera la suficiente disciplina
mental capaz de permitirle someter los impulsos irracionales (inconscientes), a
la luz de la conciencia, paso este indispensable para alcanzar la madurez.
Sustituir arcaicos patrones de respuesta
emocional por el discernimiento, la prudencia y el juicio sensato ante realidades
que nos toca afrontar, es madurar. Suplantar la rebeldía fogosa, habitual y
mecánica, por la coherente y la diáfana reflexión nos sitúa en una perspectiva
desde la cual podemos ver lo que es más acertado hacer en cualquier momento.
Dado que las emociones actúan como un torrente desbordado, la necesidad de
ejercitar el auto-control se convierte en una obligación básica, con miras al
logro de una correcta deliberación. La clave para el auto-dominio reside en el
desarrollo de la paciencia. La paciencia, por si misma, es una virtud de
alcance colosal.
Así como un elástico no puede permanecer
estirado y distendido al mismo tiempo, pues resultaría imposible que adquiera
ambos estados a la vez, ya que uno inevitablemente anularía al otro; de igual forma la reacción
emocional no puede coexistir con una actitud de paciencia, en vista de que
tales condiciones son excluyentes entre sí. Si bien algunos sondeos corroboran
que ciertos factores, entre los que se hallan: estrés, poco descanso,
alimentación deficiente, así como algunas enfermedades: hepáticas, tiroideas, de bipolaridad, etc., pueden predisponer a tener reacciones de carácter emocional con más facilidad, el agente desencadenante de
las explosiones emocionales invariablemente seguirá siendo la falta de autocontrol. Dicho en otros términos, el escaso adiestramiento en la
paciencia.
Dentro del espectro de reacciones
emocionales, la ira ocupa el lugar número uno, no sólo a causa de su
frecuencia, sino también debido a las devastadoras secuelas que ocasiona, tanto en
quien la genera, como en quien(es) se descarga. Sea que se exteriorice o se
reprima, la ira provoca alteraciones metabólicas y cambios fisiológicos nada
positivos en el organismo. Se habla de que un minuto de rabia puede debilitar el sistema inmunológico por seis horas; esto sucede al desencadenarse la liberación de la hormona cortiso que es la responsable del estrés.
La ira es la madre que sostiene una lista
considerable de reacciones emocionales y, de una u otra forma, las alimenta.
Como ya se apuntó en párrafos precedentes, el remedio a la descompostura
emocional reside en el autocontrol. Su plataforma está en el entrenamiento de
la paciencia. La paciencia neutraliza el caudal emocional, debilitándolo, al
restringirle el apoyo que le da la reacción inconsciente.
Cada instante de la vida ofrece la
coyuntura para ejercitar el autodominio. Las menudas cosas irritantes de cada
día brindan la ocasión de poner a prueba nuestro nivel de paciencia. Al
resultar imposible mantener la serenidad por los propios medios, puede
recurrirse a paliativos externos cuando se está desenfocado, quizás: un paseo
enérgico, un baño con agua fría, unas cuantas respiraciones profundas, un rato de oración... Lo más importante es darse cuenta de que la
reacción airada no produce ningún beneficio, no ayuda en nada, no contribuye a
nada, por lo menos en la mayoría de las ocasiones. Cuando se internaliza esto intelectualmente –lo cual es el primer paso-
lo que sigue es hacerse cargo de la bronca a través de una serie de estrategias
inteligentes que la misma persona puede establecer. No es del todo cierto que
las emociones deban invariablemente prevalecer en detrimento de la razón. Siempre que se tome
conciencia de ellas, la posibilidad de superarlas depende íntegramente de
nuestra determinación y voluntad.
Ningún fruto madura antes de tiempo; de
igual forma un estado de calma interna no se instala en poco tiempo y menos con
escasos esfuerzos. El autocontrol demanda práctica**. Ensayar una vez, otra, decenas de veces si es necesario -y lo será- es condición indispensable
previo a un mínimo de progreso. Por eso se precisa mantener atención en las
variadas situaciones cotidianas, y no desfallecer por más olvido o fracasos que
se presenten durante el proceso. La victoria, como en todo, será para aquellos
que conserven una determinación inquebrantable.
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* Hacemos la salvedad de que en ocasiones la justa indignación ante abusos y actos deleznable suponen una reacción no siempre caballerosa, ecuánime o medida. La vida presenta momentos, si bien de no forma habitual, donde la moderación puede resultar inoportuna. Aún el Maestro Jesús se comportó poco tolerante y muy enfurecido, con la canalla que había convertido el templo sagrado en un mercado. El desafuero, tiene como todo, su momento y, en raras situaciones, puede resultar adecuado.
** El lograr conseguir un cuerpo saludable contribuye grandemente al auto-control. Técnicas como la meditación, el ejercicio en sus diferentes variantes, la adecuada nutrición y suplementación, el suficiente descanso son aliados importante para la ecuanimidad. La psicoterapia, si fuese necesario, igual es un recurso inestimable. Muchas veces la falta de auto-control responde a patrones educacionales inadecuados unido a cuadros de ansiedad no tratados, no solucionados.

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