jueves, 5 de noviembre de 2015

Incompetencia y susceptibilidad




   La forma en que se reacciona a los sucesos y acontecimientos, así como la excitación que estos causan, en gran medida está determinada por el nivel de sensibilidad innata que le es propio a una persona. Cuando un estímulo, interno o externo, invade nuestro aparato sensorial, se activa un mecanismo de naturaleza, más bien orgánica/psicológica, el cual es conocido como percepción. La percepción, sin duda, influye en nuestra sensibilidad, la cual también puede degenerar y convertirse en susceptibilidad, o sea, en una sensibilidad exagerada, patológica en algunos casos. En ocasiones una enfermedad puede volvernos susceptibles, una condición  fisiológica determinada, también; la buena salud, en cambio tiende a protegernos de una sensibilidad desbordada. De lo que se desprende que el bienestar físico puede alejarnos de una emotividad enfermiza. 

     Por lo regular, y la sospecha del vulgo es justificada, las almas geniales son altamente sensibles, a pesar de que tal condición también puede existir en sujetos menos dotados, pero en estos últimos frecuentemente ésta tiende a derivar hacia  la susceptibilidad o sensiblería.  La sensibilidad en el sujeto prodigioso, no obstante, tiende con más frecuencia a la creatividad, a la belleza, a la innovación de cualquier índole. 

      La susceptibilidad, así como otros defectos del carácter, puede, a pesar de lo dicho, anidar también en individuos excepcionales. La historia presenta varios ejemplos de personajes que pese a ser extraordinarios y superdotados adolecieron de virtudes prosociales. Se sabe que Issac Newton, probablemente uno de los .mayores científicos de todos los tiempos, era en extremo susceptible a la crítica, dado al rencor y poco dispuesto a la disculpa, según sus biógrafos. Cosa parecida se arguye de Pablo Picasso, indiscutible genio de la plástica, que muchos lo describen como un ser humano egocéntrico y misógeno. De Beethowen se señala que poseía un temperamento explosivo, irritable, además, de ser bastante conflictivo en el trato con terceros. Particularidades como el narcisismo, la vanidad o la codicia han "adornado" la personalidad de unos pocos hombres brillantes.  Con todo, el problema, el problema mayúsculo se presenta cuando la susceptibilidad se manifiesta en sujetos ordinarios, precarios de talento o de ingenio mediocre.

     Cuando la susceptibilidad coincide con la ineptitud el resultado de dicho híbrido es la incompetencia. En algunos diccionarios se puede leer que: la incompetencia suele ser la falta de aptitud, capacidad o conocimiento necesarios para desempeñar adecuadamente una función, tarea o rol específico. A pesar de la anterior definición no se crea que en su totalidad la incompetencia sea siempre un terreno yermo. Existen cantidad de ocasiones en que la incompetencia puede confundirse con el verdadero talento, ya que la escasa herencia de aptitud puede muchas veces solaparse tras algunas ingeniosas habilidades. Esto, pasándolo en limpio, lo que significa es que en muchos casos un nutrido grupo de incompetentes al disponer de ciertas destrezas pueden accidentalmente dar la impresión de ser sujetos cualificados. En el caso de los individuos de talento real, estos disponen de una condición  que, pese a tener algún tipo de limitación particular, llegado el momento, resulta imposible no reconocerlos. Un claro ejemplo de lo que acabamos de señalar puede ser Demóstenes, en la Grecia soberbia. Se conoce que tuvo innegables restricciones y desventajas naturales (era tartamudo), mismas que pudo superar en gran medida debido a la disciplina ybel trabajo sistemático.

     A propósito de lo anterior, cabe apuntar que precisamente la desidia se tiene como uno de los signos más distintivos del individuo incompetente. Muchos incompetentes cargan en su interior una mezcla de dejadez y vanidad  que recibe el nombre de negligencia. En el libro de los cristianos -la Biblia- la negligencia se considera uno de los pecados capitales y se le conoce como pereza. En este escueto término puede suscribirse la consubstancialidad de todo sujeto inepto.

    Los incompetentes -por lo menos muchos de ellos- esporádicamente pueden llegr a ser diligentes, más esta acción afanosa  guarda una cierta distancia con la deliberada gestión del hombre sobresaliente. El frenesí de los sujetos insuficientes  es en contables ocasiones sólo movimiento exterior, su alma no participa en nada, puesto les cuesta comprometerse  verdaderamente a fondo, a excepción de aquello que les genera ganancias y ventajas materiales. Es comprensible, no obstante, que el incompetente pueda tener apetencias. A pesar de ello, tal apetito, semejante avidez, casi siempre es sólo para el placer, la comodidad, el lucro; todas ellas inclinaciones viscerales, instintivas, cabe decir, de supervivencia. Justo será decir que existen las excepciones y pueden haber incompetentes poseedores  de aspiraciones honestas y legitimas. 
 En general, el incompetente puede estar robusto, sano, vigoroso, en cambio sus actos pueden no producen nada grandioso, valioso, perenne. La historia reseña casos de hombres que habiendo padecido en alguna etapa de sus vidas una que otra indisposición física, misma que hasta cierto punto les hizo menos diligentes, pudieron ser eminentes a pesar de su estado desfavorable. Se sabe que Luis Pasteur, químico y biólogo, fundador de la microbiología, padecía de una afección física que le debilitaba tanto el físicamente que sólo podía trabajar durante algunas horas seguidas, pese a lo cual revolucionó la ciencia médica de su tiempo. Se cuenta que cuando Auguste Renoir, por ejemplo, uno de los más grandes pintores impresionistas, era ya de avanzada edad y padecía de un fuerte reumatismo, se hacía amarrar al brazo un pincel, pues sus manos no les respondían y siguió creando relevantes representaciones artísticas, a pesar de sus años y seniles achaques. Tómese estos ejemplos para subrayar cómo las acciones de los hombres geniales producen ganancias no egocéntricas para sus congéneres, aun y cuando padezcan alguna restricción corporal.

  El individuo incompetente no debe suponerse, empero, que sea un ser malo, aunque, desde luego, algunos se sienten inclinados hacia la malicia. Se requiere en ocasiones para la maldad cierta dosis de actitud, de carácter, de valentía. Atila, por ejemplo, conocido como el Azote, fue un hombre déspota, cruel, necrófilo, o sea, malo, pero para realizar todo lo que hizo requirió de bravura, coraje, atrevimiento; cualidades estas muy poco desarrolladas en el corazón del incompetente. Si alguna vez nos pareciera muchos sujetos incompetentes son realmente malo, quizá se deba a que tomamos su egocentrismo e indiferencia como tal, cuando lo que realmente develan es un aspecto de su pesonalidad. Es algo relativamente conocido que una persona valorada como “mala” a veces sabe tener convicciones sinceras y, si cambia, puede esperarse de él igual despliegue de empresa en este caso, constructiva.  San Pablo es un estimable ejemplo; cuando persiguió a sus enemigos, los cristianos, fue implacable, terrible; después de su conversión su ímpetu anterior, ahora volcado hacia su Redentor, cimentó la iglesia que años antes él mismo quiso destruir.    

     Es bueno advertir que la incompetencia, al igual que la genialidad, tiene sus matices (Dixon, 1976). Existe, por ejemplo, el incompetente puro, el pluscuamperfecto y, lejos de lo que pueda pensarse, este abunda en mayor número y cantidad que las demás gradaciones.  Esta categoría suele ser algo popular en algunos contextos, debido, entre otras cosas, a su locuacidad. Causa mucho estrépito donde quiera que se mueva, pero generalmente no ocasiona mucho mal. Su torpeza, ignorancia y engreimiento es más inconsciente y, por lo tanto, menos nocivo para sus cercanos. Le gusta, desde luego, chismorrear, hacer coro, charlatanear, pero rara vez lo hace por encono; tales conductas surgen en él como un pasatiempo, como una pérdida de tiempo por carecer de ocupaciones más decorosas. No sucede igual con el incompetente superior el cual resulta ser típicamente menos obvio. Puede y suele ser más consciente de sí. Exhibe, por lo regular, alguna destreza, talento y cierta autogestión. Se resiste a reconocerse como tal, el problema es que muy rara vez  hace el esfuerzo para salir superar la mediocridad, quedandose en aspiraciones de caracter instrumental. Puede, pese a ello,  desarrollar la astucia, compensando de esta forma su minusvalía. Muchos incompetentes, claro que no todos, tiende a supeditar la retórica a la creatividad, se descanta más por la crítica, especialmente por la maledicencia, que por el aporte,  destacándose, esporádicamente, por su esnobismo más que por su originalidad. 

     La naturaleza del ser incompetente, nos parece, queda en parte referida en la disección que hizo Ortega y Gasset (1925) de ese segmento de la humanidad al cual denominó hombre masa. El aludido filósofo vaticinó, como chamán intelectual, que el deterioro de la sociedad traería la supremacía de una clase de sujetos de conciencia absurda, cuyo más preciado ideal sería el hedonismo, asi como una exigencia desmedida de los derechos individuales y un desprecio por el rigor y la vida desafectada. Tales individuos exhibirían una falta tremenda de compromiso genuino y una tendencia frívola a no exigirse nada, nada más allá de las necesidades utilitarias. En su discurso seductor el incompetente intenta rebajarlo todo a su nivel para sentirse menos incomodo, de ahí que tilde a todo aquello que le es distinto de pretencioso. Como carece de disposición, el incompetente se ensaña con todo aquello que no entiende –que no logra deducir-. Puesto que asimilar algo demanda, por lo regular, de profundidad, conocimiento y erudición, las almas incompetentes se sienten incapaces de discernir lo que no le es familiar. 

    Cultivarse y crecer moral, espiritual, artística e intelectualmente son todas proezas que demandan entrega, disciplina, compromiso. El hombre incompetente, no posee, como ya dijimos, el talento (o no lo cultiva lo suficientemente, si lo posee) ni la disposición suficiente para la consecución de un objetivo inegoísta. Cuando se entra en contacto con el legado de hombres geniales y talentosos puede verse cómo sus obras nutren la conciencia de varias generaciones todavía. Por ejemplo, Cézanne, Degas, Chagall enriquecieron las artes plásticas de su tiempo y decenios posteriores. Mallarme y Baudelaire, eternizaron el sentir a través de la poesía simbolista en el siglo XIX. Las sinfonías de Schubert y las óperas de Wagner sobreviven e inspiran todavía las partituras de incontables músicos. Las teorías de Pierre Laplace y Max Planck contribuyen aún a la física moderna. El quijote de Cervantes y el Ulises de Joyce, continúan siendo modelos de originalidad estilística. Las lucubraciones de Kant y las especulaciones de Locke, a pesar de las centurias, son enseñadas hoy día en las academias universitarias. Las epopeyas de Gandhi y de Mandela, se mantienen inspirando los ideales de respeto y libertad.

      No son  pocas las veces que el sujeto genial o el hombre de talento fueron considerados por los sujetos incompetentes como seres altivos. No obstante, cabría preguntarse si acaso puede tacharse de arrogantes a los genios por el hecho de que el ingente público no los entienda o no los asimilen?  A propósito de este último punto ¿qué más da si algún genio fuera altanero? esto en nada opacaría su luz. Miguel Ángel fue soberbio, arrogante, además de iracundo, al punto que se cuenta de él que increspaba y ofendía al ya anciano maestro Leonardo. No por ello, empero, puede existir alguien meramente cuerdo que le rebata su genialidad. La humildad, sin embargo, puede habitar en grado leve, moderado o supremo en el hombre genial y un genio supremamente humilde es un espectáculo fascinante porque nos recuerda la imagen cándida de un ángel; pero los ángeles son criaturas de otras dimensiones más etéreas y por lo tanto más nebulosas. Dejemos entonces que el genio pueda a veces no ser tan humilde (de hecho cantidad de ellos no lo son). La humildad total es para los santos, los místicos y, como diría Nietzsche, para los débiles, no necesariamente para el hombre de talento, no la necesita, si bien ésta le aporta un halo de belleza celestial. Algo adicional al respecto; no tiene por qué ser la humildad un rasgo permanente en el individuo genial, debido a que la vida presenta ocasiones en donde su encantadora aureola puede no ser valiosa. El más grande de los humildes, entre los humildes, el Maestro Jesús, supo ser provocador y contestatario cuando le tocó denunciar la doblez del farisaico. Colérico y temerario, sacó a los mercaderes, señores de la especulación, del templo usurpado. Quede esto como muestra de que aún la humildad tiene, como cada cosa, su momento. 

      Un último punto que nos urge tratar sobre el hombre incompetente es, y no podía faltar, el concerniente a su tozudez. L incompetentes son, por lo regular, seres dogmáticos, por eso abundan tanto en las aglutinaciones religiosas. Pero cuidado, no se confunda el concepto atribuyéndolo meramente a quienes veneran una deidad o Dios particular.  La noción alude a todo aquel que coloca por encima de la razón su creencia, erigiéndola en una verdad absoluta. Por lo tanto, un científico que cree, dogmáticamente, que su saber es la posesión suprema y que no se atreve a apreciar algo más allá de su ortodoxo empirismo es un religioso; éste ha constituido en dios a su ciencia; la adora y la venera como el chamán a su piedra. Igual acontece con el político o el amante de un deporte, que tan fácilmente empeñan su razón al servicio del envilecimiento irracional. No se piense que muchos ateos, por serlo, escapan a esta consideración ya que ellos, sin advertirlo, se convierten en ofuscados intransigentes de su nihilismo. No por lo antes dicho se crea que desestimamos inicuamente al hombre espiritual, todo lo contrario; el sujeto espiritual es una entidad valiosamente distinta del seguidor consuetudinario. Este puede comulgar en una religión, pero siempre se cuidará del fanatismo y la intolerancia. Su claridad de razonamiento no será refractariamente empañada por la turbulenta enajenación de la efervescencia religiosa; tampoco seguirá de manera absurda la ortodoxia de su fe. Baruch Spinoza, hombre de incuestionable genialidad, fue una voluntad espiritual que vivió embriagado de Dios; a pesar de ello fue un defensor de la libertad, así como un ferviente combatiente de la inflexibilidad religiosa de su tiempo.

      No debe haber muchas dudas de que el atolondrado mundo actual, permeado por la incompetencia, lleva el estigma de la grosería. En psicología existe un predictor capaz de medir la estabilidad emocional de un sujeto, el cual señala que cuando un ser inmaduro se encuentra con una persona madura, el primero suele percibir al segundo como un personaje aburrido, distante y frío. La razón subyacente en ello es que la emocionalidad fragmentada del primero se resiente frente a la estabilidad y coherencia del segundo. Igual acontece cuando, por esos azares del destino, un individuo incompetente se topa con la obra de un sujeto más o menos talentoso. El incompetente sólo alcanza a ver engreimiento donde el segundo hizo más bien aportes (Nichols, 2017). A pesar de su ensañamiento e ignorancia no le culpemos del todo, no le condenemos ligeramente, más bien procuremos comprenderle, aunque nos sintamos tentados, con justificada razón, a condenarlo y digamos, más bien, parafraseando al Salvador, cuando agonizante en la cruz durante el suplicio en el Gólgota y frente a la canalla insolente que le gritaba y maldecía, exclamó: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".



Referencias:

-Dunning, David; Kruger, Justin (1999). Incompetentes e inconscientes de ello. Revista: Journal of Personality and Social Psicología
-Lackner, Simon (2019). Un poco de conocimiento científico es algo peligroso.
-Ortega y Gasset, José (1925). La rebelión de las masas
Dixon, Norman F. (2017). Psicología de la incompetencia militar
-Nichols, Tom, (2017). La muerte de la pericia


 





No hay comentarios.:

Publicar un comentario