La forma en que se reacciona a los
sucesos y acontecimientos, así como la excitación que estos causan, en gran medida está determinado por el nivel de sensibilidad innata que le es propio a una persona. Cuando
un estímulo, interno o externo, invade nuestro aparato sensorial, se activa un
mecanismo, de naturaleza más bien orgánica/psicológica, el cual es conocido como
percepción. La percepción, sin duda, influye en nuestra sensibilidad, la cual igual puede degenerar y convertirse susceptibilidad, o sea, en una sensibilidad exagerada, patológica en algunos casos. En ocasiones una enfermedad puede volvernos susceptibles, una condición fisiológica determinada también; la buena salud en cambio tiende a protegernos de una sensibilidad desbordada. De lo que se desprende que el bienestar físico puede alejarnos de una emotividad enfermiza.
Por lo regular, y la sospecha del vulgo es
justificada, las almas geniales son altamente sensibles, a pesar de que tal condición
también puede existir en sujetos menos dotados, pero en estos
últimos frecuentemente esta tiende a derivar hacia la susceptibilidad o sensiblería. La sensibilidad en el sujeto prodigioso, no obstante, tiende con más frecuencia a la creatividad, a la belleza, a la innovación de cualquier índole.
La susceptibilidad, aun cuando puede anidar en individuos excepcionales, es más frecuente encontrarla en sujetos ordinarios, precarios de talentos o de ingenio mediocre. En tal sentido, cuando la susceptibilidad coincide con la ineptitud el resultado de dicho hibrido es la incompetencia. A pesar de que el término incompetencia hace alusión a la poca capacidad de una persona para desenvolverse con eficacia, no siempre se crea que en su totalidad la incompetencia sea siempre un terreno yermo. Existen cantidad de ocasiones en que la incompetencia puede confundirse con el verdadero talento, ya que la escasa herencia de aptitud puede muchas veces solaparse tras algunas ingeniosas habilidades. Esto, pasándolo en limpio, lo que significa es que en muchos casos un nutrido grupo de incompetentes al disponer de ciertas destrezas pueden accidentalmente dar la impresión de ser sujetos cualificados. En el caso de los individuos de talento real, en cambio, estos disponen de una condición tan extraordinaria que pese a tener algún tipo de limitación particular, llegado el momento, resulta imposible no reconocerlos. Demóstenes, en la Grecia soberbia, es un claro ejemplo de
cómo innegables restricciones o desventajas naturales (era tartamudo) pueden ser superadas, en
gran medida, por la disciplina y el trabajo sistemático. A propósito de esto último, cabe apuntar, que precisamente la desidia (la negligencia) se tiene como uno de los signos más distintivo del individuo incompetente.
A propósito de lo anterior, cabe apuntar que precisamente la desidia se tiene como uno de los signos más distintivos del i dividió incompetente. Muchos incompetentes cargan en su interior con algo espantoso, una mezcla de dejadez y vanidad, algo que visto con los ojos de los vivos se asemeja a un engendro del averno y que recibe el sacrilegio nombre de negligencia. En
el libro de los cristianos la negligencia se considerada como uno de los siete
pecados capitales y se le conoce como: pereza. En este escueto término puede
suscribirse y resumirse la consubstancialidad de todo sujeto inepto.
No se confunda, y la salvedad es muy justificada, la acción afanosa y ambiciosa que puede caracterizar a muchos incompetentes con la deliberada gestión
del hombre sobresaliente. El frenesí de
los sujetos insuficientes es sólo movimiento exterior, su alma no participa en nada, puesto que no se comprometen verdaderamente a fondo, a excepción de aquello que les genera ganancias y ventajas materiales. Es comprensible, no obstante, que el incompetente pueda tener apetencias, pero ¿Acaso no la
tienen las fieras? A pesar de ello, tal apetito, semejante avidez, es sólo para
el placer, la comodidad, el lucro; todas ellas inclinaciones viscerales, instintivas, cabe decir, de supervivencia. La
historia reseña casos de hombres que habiendo padecido en alguna etapa de sus vidas una
que otra indisposición física u orgánica, misma que hasta cierto punto los hizo menos diligentes, pudieron ser eminentes a pesar su
estado desfavorable. El incompetente puede estar robusto, sano, vigoroso, en
cambio sus acciones no producen nada, nada grandioso, valioso,
perenne. Se sabe que Luis Pasteur, químico y biólogo, fundador de la
microbiología, padecía de una afección física que le debilitaba tanto el cuerpo
que sólo podía trabajar durante algunas horas seguidas, pese a lo cual revolucionó
la ciencia médica de su tiempo. Se cuenta que cuando Auguste Renoir, uno de los
más grandes pintores impresionistas, era ya de avanzada edad y padecía de un
fuerte reumatismo, se hacía amarrar al brazo un pincel,
pues sus manos no les respondían y siguió creando relevantes representaciones
artísticas, a pesar de sus años y seniles achaques. Tómese estos ejemplos para
subrayar cómo las acciones de los hombres geniales producen ganancias no egocéntricas
para sus congéneres, aun y cuando padezcan alguna restricción corporal.
El individuo incompetente no debe
suponerse, empero, que sea un ser del todo malo, aunque, desde luego, algunos se sienten inclinados hacia la malicia. Se requiere en ocasiones para la maldad cierta dosis de actitud, de carácter, de
valentía. Atila, por ejemplo, conocido como el Azote, fue un hombre déspota,
cruel, necrófilo, o sea, malo, pero para realizar todo lo que hizo requirió de
bravura, coraje, atrevimiento; cualidades estas muy poco desarrolladas en el
corazón del incompetente. Si alguna vez nos pareciera que el incompetente es un hombre
realmente malo, quizá se deba a que tomamos su egocentrismo, su necedad e indiferencia como
tal, cuando lo que realmente develan es una muestra de su nulidad. Es algo
relativamente conocido que una persona valorada como “mala” a veces sabe tener
convicciones sinceras y, si cambia, puede esperarse de él igual despliegue de empresa en este caso, constructiva. San Pablo es un estimable ejemplo convincente;
cuando persiguió a sus enemigos, los cristianos, fue implacable, terrible;
después de su conversión su ímpetu anterior, ahora volcado hacia su Redentor,
cimentó la iglesia que años antes él mismo quiso destruir.
Es bueno advertir que la incompetencia, al
igual que la genialidad, tiene sus matices. Existe, por ejemplo, el incompetente
puro, el pluscuamperfecto y, lejos de lo que pueda pensarse, este abunda en
mayor número y cantidad que las demás gradaciones. Esta categoría suele ser algo popular en algunos contextos, debido, entre otras cosas, a su locuacidad. Causa mucho estrépito donde quiera que se mueva, pero generalmente no ocasiona mucho mal. Su torpeza, ignorancia y
engreimiento es más inconsciente y, por lo tanto, menos nocivo para sus cercanos.
Le gusta, desde luego, chismorrear, hacer coro, charlatanear, pero rara vez lo
hace por encono; tales conductas surgen en él como un pasatiempo, como una
pérdida de tiempo por carecer de ocupaciones más decorosas. No sucede igual con
el incompetente superior –lo de superior no es por excepcional, sino por menos
obtuso- el cual resulta ser típicamente nefasto. Puede y suele ser más
consciente de sí. Exhibe, por lo regular, alguna destreza, relativo talento y
cierta autogestión. Se resiste entonces, a reconocerse como tal, a pesar de
que tampoco hace el esfuerzo para salir de la mediocridad, de su deplorable inclinación de aspirar sólo a las cosas instrumentales de la vida. Puede, pese a ello, desarrollar
la astucia, compensado de esta forma su minusvalía. Tiende a supeditar la
retórica a la creatividad, se descanta más por la crítica, especialmente por la maledicencia, que por el aporte, destacándose, esporádicamente, por su esnobismo más que por su originalidad.
La naturaleza del ser incompetente, nos
parece, queda en parte referida en la disección que hizo Ortega y Gasset de ese
segmento de la humanidad al cual denominó hombre masa. El aludido filósofo
vaticinó, como chaman intelectual, que el deterioro de la sociedad traería la
supremacía de una clase de sujetos de conciencia absurda, cuyo más preciado
ideal sería el hedonismo vulgar y la ostentación narcisista. Unido a ello, mostraría –según el pensador- una
exigencia desmedida de los derechos individuales y un desprecio por el rigor y la vida desafectada. Tales individuos exhibirían una falta
tremenda de compromiso genuino y una tendencia frívola a no exigirse nada, nada más allá de las necesidades utilitarias. En su
discurso seductor el incompetente intentará rebajarlo todo a su nivel para
sentirse menos incomodo, de ahí que tilde a todo aquello que le es distinto de pretencioso. Como carece de disposición, el
incompetente se ensaña con todo aquello que no entiende –que no logra deducir-
debido, entre otras razones, a su insuficiencia intelectual. Puesto que asimilar algo demanda, por lo
regular, de profundidad, conocimiento y erudición, las almas
ineptas se sienten incapaces de discernir lo que no le es familiar.
Cultivarse y crecer moral, espiritual, artística e intelectualmente son todas proezas que demandan entrega,
disciplina, compromiso. El hombre incompetente, no posee, como ya dijimos, el talento (o no lo cultiva lo suficiente si lo posee) ni la
disposición suficiente para la consecución de un objetivo inegoísta. Cuando se
entra en contacto con el legado de hombres geniales y talentosos puede verse
cómo sus obras nutren la conciencia de varias generaciones todavía. Por ejemplo, Cézanne, Degas, Chagall enriquecieron las artes plásticas
de su tiempo y decenios posteriores. Mallarme y Baudelaire, eternizaron el
sentir a través de la poesía simbolista en el siglo XIX. Las sinfonías de
Schubert y las óperas de Wagner sobreviven e inspiran todavía las
partituras de incontables músicos. Las teorías de Pierre Laplace y Max Planck
contribuyen aún a la física moderna. El quijote de Cervantes y el Ulises de
Joyce, continúan siendo modelos de originalidad estilística. Las lucubraciones
de Kant y las especulaciones de Locke, a pesar de las centurias, son enseñadas
hoy día en las academias universitarias. Las epopeyas de Gandhi y de Mandela, se
mantienen inspirando los ideales de respeto y libertad.
No son pocas las veces que el sujeto
genial o el hombre de talento fueron considerados por los sujetos
incompetentes como seres altivos. No obstante, cabría preguntarse si acaso
puede tacharse de arrogantes a los genios por el hecho de que el ingente
público no los entienda o no los asimilen? A propósito de este último punto ¿Qué más da
si algún genio fuera altanero? esto en nada opacaría su luz. Miguel Ángel fue
soberbio, arrogante, además de iracundo, al punto que se cuenta de él que increspaba y ofendía al ya anciano maestro Leonardo. No por ello, empero, puede existir alguien meramente cuerdo que
le rebata su genialidad. La humildad, sin embargo, puede habitar en grado leve,
moderado o supremo en el hombre genial y un genio supremamente humilde es un
espectáculo fascinante porque nos recuerda la imagen cándida de un ángel; pero
los ángeles son criaturas de otras dimensiones más etéreas y por lo tanto más
nebulosas. Dejemos entonces que el genio pueda a veces no ser tan humilde. La
humildad total es para los santos, los místicos y, como diría Nietzsche, para
los débiles, no necesariamente para el hombre de talento, no la necesita, si bien
ésta le aporta un halo de belleza celestial. Algo adicional al respecto; no tiene
por qué ser la humildad un rasgo permanente en el individuo genial, debido a que la vida presenta ocasiones en donde su encantadora aureola
puede no ser valiosa. El más grande de los humildes, entre los humildes, el Maestro
Jesús, supo ser provocador y contestatario cuando le tocó denunciar la doblez
del farisaico. Colérico y temerario, sacó a los mercaderes, señores de la
especulación, del templo usurpado. Quede esto como muestra de que aún la
humildad tiene, como cada cosa, su momento.
Un último punto que nos urge tratar sobre
el hombre incompetente es, y no podía faltar, el concerniente a su tozudez.
Todo incompetente es, por lo regular, un ser dogmático, por eso abundan tanto en
las aglutinaciones religiosas. Pero cuidado, no se confunda el concepto
atribuyéndolo meramente a quienes veneran una deidad o Dios particular. La noción alude a todo aquel que coloca por encima
de la razón su creencia, erigiéndola en una verdad absoluta. Por lo tanto, un
científico que cree, dogmáticamente, que su saber es la posesión suprema y que
no se atreve a apreciar algo más allá de su ortodoxo empirismo es un religioso;
éste ha constituido en dios a su ciencia; la adora y la venera como el chamán a
su piedra. Igual acontece con el político o el amante de un deporte, que tan
fácilmente empeñan su razón al servicio del envilecimiento irracional. No se piense que muchos ateos, por serlo, escapan a esta
consideración ya que ellos, sin advertirlo, se convierten en ofuscado intransigente de su nihilismo. No por lo antes dicho se crea que
desestimamos inicuamente al hombre espiritual, todo lo contrario; el sujeto
espiritual es una entidad valiosamente distinta del seguidor consuetudinario.
Este puede comulgar en una religión, pero siempre se cuidará del fanatismo y la intolerancia. Su claridad de razonamiento no será refractariamente empañada por
la turbulenta enajenación de la efervescencia religiosa; tampoco seguirá de
manera absurda la ortodoxia de su fe. Baruch Spinoza, hombre de incuestionable
genialidad, fue una voluntad espiritual que vivió embriagado de Dios; a pesar
de ello fue un defensor de la libertad, así como un ferviente combatiente de la
inflexibilidad religiosa de su tiempo.
No debe de haber muchas dudas de que el atolondrado
mundo actual, permeado por la incompetencia, lleva el estigma de la grosería.
En psicología existe un predictor capaz de medir la estabilidad
emocional de un sujeto, el cual refiere que cuando un ser inmaduro se encuentra
con una persona madura, el primero suele percibir al segundo como un personaje
aburrido, distante y frio. La razón subyacente en ello es que la emocionalidad fragmentada
del primero se resiente frente a la estabilidad y coherencia del segundo. Igual
acontece cuando, por esos azares del destino, un individuo incompetente se topa
con la obra de un sujeto más o menos talentoso. El incompetente sólo alcanza a ver engreimiento donde el segundo hizo más bien aportes. A pesar de su
ensañamiento e ignorancia no le culpemos del todo, no le condenemos
ligeramente, más bien procuremos comprenderle, aunque nos sintamos tentados, con
justificada razón, a condenarlo y digamos, más bien, parafraseando al Salvador,
cuando agonizante en la cruz durante el suplicio en el Gólgota y frente a la
canalla insolente que le gritaba y maldecía, exclamó: "Padre, perdónalos porque
no saben lo que hacen".

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