jueves, 5 de noviembre de 2015

El reinado de la vulgaridad



"Más que la neumonía severa y atípica, la desvergüenza, la ordinariez, la vulgaridad
 se han convertido en la epidemia más vistosa a comienzos del siglo XXI". 
-Vicente Verdú-



     Desde hace unas décadas, poco a poco, de forma casi imperceptible, pero igualmente en escala progresiva, un vicio pastoso y asfixiante fue  imponiéndose en distintos sectores de la sociedad, no respetando clase, ni estatus, ni profesión y, por demás, atentando contra cada una de ellas.  Este referido vicio, este anatema social, que ya se ha impuesto en en muchos lugares del mundo, estrangulando las buenas costumbres, no es otro más que la vulgaridad.  

     Muchas mentes ilustres del pasado como del presente en algun momento han sentido la necesidad de expresar su vision con respecto a la vulgaridad. Platón, por ejemplo, llega a señalar: "los espíritus vulgares carecen de destino"; con lo cual, sospechamos, hacia alusion a la condicion de extravio que caracteriza las acciones de este tipo de sujeto.  El Dr. Johan Leurindan Huys, teólogo y educador belga, reconocido por sus ensayos de filosofía ética ha escrito lo siguiente: "con vulgaridad queremos decir que ya no se aprecian los ideales, la dignidad, los valores y todo lo que enaltece a la persona humana, más bien, se enaltece lo contrario, la malignización del bien". Vemos en la descripción precedente, que el distintivo signo de la vulgaridad se refleja en su desdén por la integridad y todo lo que está representa.
    
   Una manera explícita de reconocer la vulgaridad es el modo estrafalario en que se presenta. El ruido, elalboroto y la denostacion de la moderaciónla delatan. Otra manera de advertirla la vemos, por un lado, en la exigencia exagerada de derechos, y por el otro, en la falta completa de la concienca de obligación,  siendo la primera su mayor estandarte, y la segunda, su doctrina ortodoxa. ,

     Una natural condición de toda plaga* es la capacidad de propagación que posee; de igual manera, la plaga social de la vulgaridad, que cubre a las distintas esferas de la sociedad, se  viene propalando de forma tan desorbitada que va, como el pregonero en las calles, anunciando la decadencia del orden social vigente.

     Acaso se piense que es injusto tildar de plaga a la creciente embestida de insolencia ciudadana que, desafiante e irredenta, se exhibe en cualquier parte de la vida urbana actualmente. No obstante, se debe puntualizar que el planteamiento parecerá arbitrario sólo cuando no se haya reparado en los impetuosos vientos que afectan la dermis social. Para quien se tome la molestia de observar la evidencia de los hechos –que siempre ha sido más elocuente que la simple enunciación de los mismos- advertirá que el concepto de plaga utilizado aquí para referirse al colosal mal que al presente se sufre es más bien un calificativo conservador.

     Se puede exponer de manera sucinta algún juicio especulativo de por qué la vulgaridad como moda social predomina hoy y cómo tan repelente conducta nos afecta a todos. Dos hechos que corren paralelos, pero en dirección completamente inversa, pienso, han tenido mucho que ver en ello. Por un lado, está la merma sufrida por el predomino de los más egregios ideales humanos;  por otro lado, el aumento de la insubordinación contra las normas añejamente establecidas de respeto, decencia y sobriedad. El resultado  dejó como saldo la preeminencia de conductas degradantes, unido esto a la ostentación de las más burdas pasiones, todas ellas exhibidas hoy día como preseas ganadas al terreno de la integridad, la mesura y la autocorrección. 

  Una observación más amplia del calidoscopio social puede mostrarnos que el sujeto de talento, de fibra sensible, de temperamento sobrio, innovador o cultivador de algún ideal, en alguna medida pierde el protagonismo que tenía en tiempo pasado quedando relegado debido a la preponderancia que el individuo medio, de talento pobre, y pobre aún más de visión, ha conseguido.

   La vulgaridad como costumbre castradora esteriliza tanto las buenas maneras como la honorabilidad en las personas. Obsérvese que, en prácticamente todas las esferas del quehacer humano, desde el arte, la política, hasta el ámbito académico, la vulgaridad ha conseguido una presencia inusitada. Una forma infalible de identifficarla es por las manifestaciones externas que le son habituales, pues los sujetos vulgares generalmente se destacan por una acentuada indisciplina, agitación e incapacidad de contención en sus maneras o conductas. En ellos la algarabía es una necesidad, pues la vulgaridad requiere del alboroto, como el pez necesita del agua. Todo vulgar, y he aquí otro de sus lastres, precisa además imponer su irracionalidad, exigiendo el derecho a ejercer su inapropiada conducta. “El alma vulgar –decía Ortega y Gasset- tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad, y lo impone donde quiera”*.Quién puede ignorar que, actualmente, la televisión, los medios radiales, las plazas, oficinas, universidades, el barrio…, en fin, gran parte de la sociedad, en mayor o menor medida, llevan el estigma de la grosería. Y es que el predominio vulgar va, como el verdugo a su víctima, imprimiendo la pena capital a la tranquilidad, al orden y al silencio.

    Para algunos teóricos la hegemonía lograda por la vulgaridad desde hace varios decenios se derive, en gran medida, de la crisis de los valores en el seno familiar, el cual se encuentra en estos tiempos bastante desabastecido. Pero, aunque las altas tasas de separaciones y divorcios que muestran las estadísticas son alarmantes y sin duda afectan la estabilidad emocional de los vástagos, estas por sí sola influirían de manera contingente y no explicarían en su totalidad la envergadura del asunto. La razón fundamental de lo que acontece tal vez podría rastrearse en la decadencia educativa, que comenzó a degradarse cuando la disciplina y la obligación cedieron lugar a la indulgencia y a los derechos desmedidos, y no siempre merecidos, para un amplio sector de la población que no estaba preparado para tal prerrogativa. 

   Al distenderse la rigurosa formación pretérita, se abandonaron los principios forjadores del carácter y la educación sólo se preocupó por enseñar a los individuos lo meramente indispensable para la obtención de un título. Esto hizo que el sujeto ordinario pensara la instrucción académica como un medio que le permita gestionar una ganancia económica. El crecimiento se enfocó solo al plano horizontal: dinero, prestigio, comodidad, etc., quedando rezado el desarrollo vertical: el humano, filosofico, cultural, intelectual, artístico, que en gran medida expanden el pensamiento crítico y aportan un propósito superior a la existencia. Esta situación contribuyó a la formación de una masa de sujetos díscolos, carentes de densidad, de actitud atrevida y, no obstante, superficial que generaron una nueva raza de seres incultos, mercaderes letrados, profesionales a medias, analfabetos funcionales, que bajo la frágil sustentación de un título instauraron, debido a su insuficiencia, y no gracias a su talento, el gobierno de la vulgaridad.

     Si se hace una retrospectiva histórica, cabe encontrar que la vulgaridad como expresión propia de un determinado grupo de hombres siempre existió, pero a excepción de lo que ocurre ahora, su esfera de acción era bastante restringida y nunca el individuo vulgar, ni por derecho ni por privilegio, había tenido la autoridad de imponer y trazar sus propias pautas. La condición de una sociedad rigurosamente estructurada, la supremacía de los valores éticos impuestos por el imperio de la religiosidad, sumado a la exigencia académica formativa de las altas casa de estudios, dificultaban la propalación de la vulgaridad, impidiendo que  individuos tales dispusieran de los resortes sociales que les permitieran escalar posiciones de predominio social. Actualmente, las cosas han cambiado drásticamente y el sujeto vulgar ha logrado instalarse en prácticamente todos los estamentos de la sociedad. Lo que empezó hace años con la noble intención de derribar las limitantes clasistas, propiciando una sociedad más igualitaria en derechos políticos y oportunidades sociales, pronto ganó la dimensión de insurrección colectiva. En nombre de los derechos de todos, de los derechos civiles y de los derechos de las minorías, se abrió igualmente el derecho a la permisividad. Todo lo que era autoridad comenzó a ser sospechoso de autoritarismo; toda regla se injurió de impositiva; todas las regulaciones se satanizaron como la cohesión a la opinión pública. Fue entonces cuando el derecho a la insolencia se instrumentó como la norma**. La sensatez dejó de ser un signo de sensibilidad, de inteligencia o dignidad. Ahora, envueltos en un nuevo poder que desgasta a la misma sociedad, se ha cambiado el autoritarismo de la ortodoxia y su conservadurismo, por la hegemonía de lo absurdo, la reivindicación de lo pueril y la chabacanería  de las masas.  



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*Una plaga es un organismo que causa un daño significativo. Puede aparecer como animal, hongo, bacteria o insectos, capaz de producir molestias e inconvenientes. Por otro lado, la plaga tiene el potencial provocar y transmitir enfermedades.
*Leurindan HuysJohan (2016). El sentido de las dimensiones éticas de la vida. Universidad de San Martin de Porres, Lima.
** Gasset, Ortega (1938). La revolución de las masas
***Vasta escuchar los medios de difusión radial y percatarse del desenfreno, agitación y  grosería de muchos de los llamados comunicadores sociales tanto en el ámbito del periodismo como del espectáculo. Esto se ha convertido en la norma y en lo que vende

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