Suponer los motivos de la conducta ajena, así como el presumir lo que es mejor para el otro, son dos de las ocupaciones menos estimables a la que puede consagrarse persona alguna. No obstante, estas prácticas tan incrusteadas en muchas personas tienen antecdentes historicos que se pierden, como expresaría un poeta, en la confusión de los tiempos. La crítica* -que en su aspecto más degradante
no es más que murmuración, chisme o calumnia- no sólo se tiene como uno de los
más antiguos vicios humanos, también suele ser uno de lo más lastimosos e
infames. Si bien el concepto "crítica" tiene varias acepciones, como el de análisis o apreciación, en muchos círculos predomina mayormente el criterio de que se refiere a una insinuación malintencionada. Este último sentido es el que el común de los
individuos suele adoptar en sus imputaciones, siendo sin duda el modelo más subjetivo y deplorable. En última instancia, denotamos lo que nos adversa o resulta desfavorable, adoptando, ordinariamente, una postura irresponsablemente
complaciente hacia lo que nos gusta, conviene o beneficia. Y es que hace falta
una corpulenta honestidad para reconocer el valor de lo que nos antagoniza.
Sólo cuando la
crítica logra superar el enfoque de apreciación convencional puede ser
legítima, auténtica y justa. Debido a que toda nuestra percepción se construye a
través de lo que absorbemos por los sentidos, las impresiones primarias no
lograrán superar el nivel básico de conjeturas viscerales, propias de las
estructuras más primitivas de nuestro cerebro. Para hacer de nuestro juicio una
acotación objetivamente digna este debe pasar por el cedazo del razonamiento y
estar respaldado tanto por el análisis, la indagación, la exploración, como por
la observación desafectada. El examen imparcial, ecuánime e impersonal, sobre
los elementos que integran un contexto, particular o colectivo, es igualmente
necesario y debe prevalecer. Si se observa, por ejemplo, el atrayente mundo de
la literatura, cualquiera que presuma de crítico en este campo tiene, por lo regular, que
sustentar sus ponencias en no menos de cuatro años de formación académica o en
el anclaje de muchas horas dedicadas a la formación particular, tiempo durante
el cual ha podido conocer, aprender, ilustrarse y reflexionar sobre el tema que
será en el futuro objeto de su especulación intelectual. No hay que
cavilar demasiado para percatarse de que semejante disciplina no es seguida por
la ingente mayoría de sujetos que se sienten tentados a hablar, opinar o
denunciar sobre todo tipo de temas, tópicos y situaciones.
hacer, por ejemplo, una
crítica apaleando a la conducta externa de un sujeto, lo cual resulta ya un
poco atrevido –sobre todo, si se toma en cuenta lo inescrutable que muchas veces
suele ser la naturaleza humana- con el inefable propósito de llegar a la
inferencia de su proceder, resulta a todas luces arriesgado. Debe tenerse en consideración que evaluar un comportamiento, en especial, cuando se desconocen las motivaciones intrinsecas que llevaron al mismo, es semejante a diseccionar el humo que sale de una tubería; este puede
verse, pero al carecer de forma y de consistencia resulta imposible
aprehenderlo. Decir que tal o cual persona es esto o aquello puede, en más de
las veces, ser una ostentación. La motivación intima que hace a un ser humano
actuar es, por lo regular, ignorada aun por la persona misma en muchos casos. Igual puede
decirse sobre hechos, acontecimientos y situaciones, cuando se carece del
conocimiento sostenible para abordarlo. Sólo los expertos, especialistas,
entendidos, tienen la autoridad y la potestad a la hora de
externar juicios y pareceres y aún estos no están exentos de equivocarse. El
escarpado terreno del razonamiento tiene sus restricciones; la doxa bien haría
en consentirse el exilio voluntario a la posada del silencio.
El actual avance
mediático, de divulgación masiva, nos muestra como cualquier indocto puede
intervenir en un programa -radial, televisivo o de alguna plataforma de internet- y dar su parecer en cuanto a la
mejor forma o modo en que debe forjarse tal o cual cosa. Quizá, en una proporción menos amplia –pero
significativamente progresiva- los mismos conductores de cantidades de estos
espacios no tienen ellos mismos la formación, la capacidad y los recursos
intelectuales -o peor aún la talla moral- para criticar determinadas
situaciones, eventos o personas. No cabe
duda, de que la profesión de periodista, tan extendida hoy día, no sólo ha
incluido dentro de sus filas a prominentes y aventajados profesionales cuya
trayectoria puede verse como un modelo a imitar, sino, además, y esto es lo más
lamentable, a un creciente grupo de sujetos cuya facilidad para el desmedro
suele ser superior a su capacidad para el planteamiento de propuestas y
soluciones concretas y realistas en tal o cual problemática. Siempre ha sido más cómodo el señalar;
conjugar el verbo hacer en primera persona impone superar ciertos trances
improbables de ser asumidos por las almas triviales. Por eso suelen prevalecer, en épocas como la
nuestra, los críticos consuetudinarios. Una de nuestras premisas al respecto es
que si hemos de denunciar algo tiene a su vez que haber propuestas concretas
que formular. La delación no excluye la obligación. Este supuesto no siempre se
ha comprendido –no se ha querido entender- por ello se observa que en la mayoría de las críticas existe una especie
de ingenua arrogancia, y es precisamente con esta postura tan imperiosamente
cándida que intentan muchos comunicadores contribuir a la edificación de una
más justa sociedad.
Quien no puede
formular divergencias sin llegar al agravio o a las palabras rústicas, él mismo
no tiene sentido de equidad; pues carece de la ecuanimidad suficiente para ser
objetivo. El mundo está construido de una manera muy inadecuada para el orden y
la justicia total y permanente. Sólo hay que hacer una exploración en la
historia y darse cuenta que la desigualdad, la pobreza, el abuso o la
corrupción, no sólo han estado continuamente presentes, sino que además tales
condiciones no han podido ser superadas bajo ningún sistema político, social,
ideológico o filosófico. La denuncia o la defensa al bien colectivo, público o
estatal, de ningún modo justifica la propalación de insultos. Nada explica
tanta involucración y falta de autodominio emocional en sujetos que pretenden
poseer tan fina racionalidad para valorar y juzgar todo tipo de cosas. Una
especie de coprolalia difusiva ha ido permeando, inadvertidamente, los ámbitos
de la comunicación masiva. Con saturada frecuencia acaso uno de los temas más
recurrentes, que concita más atención, en los medios en nuestros días es el
tocante a la violencia. Sin embargo, una reveladora parte de los comunicadores
que tanto increpan este fenómeno apelan, ellos mismos, a un lenguaje mordaz,
extremadamente soez y fogoso. Hace ya algunas décadas el teórico liberal del
conductismo Albert Bandura señaló, después de varias investigaciones, que la violencia puede ser reforzada socialmente cuando figuras públicas reputadas como modelos
–en este caso conductores de espacios radiales y televisivos- asumen
expresiones y señalamientos insolentes.
De todas maneras,
vivir exige que, en muchos momentos, nos veamos precisados a explicar y describir; hacer juicios sobre lo que vemos, palpamos y observamos. El mundo no hubiese avanzado sin un
conveniente sentido crítico sobre las cosas. Una cierta insatisfacción sana
resulta inevitable para promover cambios y acceder al progreso. Es preferible,
en determinadas situaciones, hacer inferencias y equivocarse que carecer de
opinión y permanecer inerte cuando se tiene algo concreto e importante que
decir, argumentar o demostrar. Muchos errores del pasado dieron paso a una
aproximación paulatina hacia la verdad. Puede asegurarse que la única forma de
llegar a la verdad ulterior es mediante la superación de un error por otro de
menor significación. Los griegos, por
ejemplo, observaron que el mundo estaba conformado por átomos (Demócrito), y
pensaron que estos no podían dividirse. Veinticinco siglos más tarde, la
ciencia demostró la falacia de tal suposición, ya que el átomo si puede fraccionarse. Sin embargo, no se hubiese
llegado a tal conclusión, si centurias atrás un grupo de hombres no hubiesen
tenido primero la concepción del átomo como la partícula más pequeña que
conforma todo lo existente.
En conclusión, la
crítica, opinión, ponencia, sobre esta o aquella situación, relativo a este o aquel
sujeto, no sólo es válida, admisible, es también aceptable, pero sólo si quien
ejerce ese, a veces dudoso, derecho reúne las condiciones y el talante para
hacerlo. No cabe duda de que cualquiera pueda indignarse ante un hecho, debido
a la evidente injusticia implícita en el mismo; no deja de ser cierto, también,
que en comprobados momentos y circunstancias la ira, la irritación o el furor
pueden ser ardores justificados. Me atrevería a señalar que hay instantes en
que tales emociones resultan más bien obligatorias ¿pero cuántas situaciones
realmente demandan tanto desafuero? Por lo regular la mera subjetividad,
emotiva y desarticulada, tiene poco que ofrecer, excepto el patético
espectáculo de un sujeto descomedido. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco,
reflexionó, quizás preocupado por tan añeja condición, de esta manera:
“cualquiera puede ponerse furioso... eso es fácil. Pero estar furioso con la
persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el
motivo correcto, y de la forma correcta... eso no es fácil”. Baste la sentencia del referido pensador para
dejar sustentado lo que, tan concluyentemente, pretendemos señalar.
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*Cabe señalar que para los
griegos el concepto "crítica" poseia una onnotación muy distinta a la significación que más comunmente hoy se le atribuye. En tal caso, sugería el interés por profundizar y buscar la verdad con el objetivo de comprender a fondo las ideas y la realidad. En las obras de
Emmanuel Kant el término crítica sugiere análisis, estudio de un hecho o
cuestión. Marx lo empleaba en parecida categoría. Por lo tanto, aunque se ha
hecho habitual suscribir la noción de crítica a simple murmuración, desacuerdo,
detonación personal, su alcance semántico es más amplio y regularmente más
constructivo.
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