domingo, 4 de junio de 2017

Enaltecer la crítica a la categoría de análisis


                                                                             

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     Suponer los motivos de la conducta ajena, así como el presumir lo que es mejor para el otro, son dos de las ocupaciones  menos estimables a la que puede consagrarse persona alguna. No obstante, estas prácticas  tan incrusteadas en muchas personas tienen antecdentes historicos que se pierden, como expresaría un poeta, en la confusión de los tiempos.  La crítica* -que en su aspecto más degradante no es más que murmuración, chisme o calumnia- no sólo se tiene como uno de los más antiguos vicios humanos, también suele ser uno de lo más lastimosos e infames. Si bien el concepto "crítica" tiene varias acepciones, como el de análisis o apreciación, en muchos círculos predomina mayormente el criterio de que se refiere a una insinuación malintencionada. Este último sentido  es  el que el común de los individuos suele adoptar en sus imputaciones, siendo sin duda el modelo más subjetivo y deplorable. En última instancia, denotamos lo que nos adversa o resulta desfavorable, adoptando, ordinariamente, una postura irresponsablemente complaciente hacia lo que nos gusta, conviene o beneficia. Y es que hace falta una corpulenta honestidad para reconocer el valor de lo que nos antagoniza.

  Sólo cuando la crítica logra superar el enfoque de apreciación convencional puede ser legítima, auténtica y justa. Debido a que toda nuestra percepción se construye a través de lo que absorbemos por los sentidos, las impresiones primarias no lograrán superar el nivel básico de conjeturas viscerales, propias de las estructuras más primitivas de nuestro cerebro. Para hacer de nuestro juicio una acotación objetivamente digna este debe pasar por el cedazo del razonamiento y estar respaldado tanto por el análisis, la indagación, la exploración, como por la observación desafectada. El examen imparcial, ecuánime e impersonal, sobre los elementos que integran un contexto, particular o colectivo, es igualmente necesario y debe prevalecer. Si se observa, por ejemplo, el atrayente mundo de la literatura, cualquiera que presuma de crítico en este campo tiene, por lo regular, que sustentar sus ponencias en no menos de cuatro años de formación académica o en el anclaje de muchas horas dedicadas a la formación particular, tiempo durante el cual ha podido conocer, aprender, ilustrarse y reflexionar sobre el tema que será en el futuro objeto de su especulación intelectual. No hay que cavilar demasiado para percatarse de que semejante disciplina no es seguida por la ingente mayoría de sujetos que se sienten tentados a hablar, opinar o denunciar sobre todo tipo de temas, tópicos y situaciones.
          
     hacer, por ejemplo, una crítica apaleando a la conducta externa de un sujeto, lo cual resulta ya un poco atrevido –sobre todo, si se toma en cuenta lo inescrutable que muchas veces suele ser la naturaleza humana- con el inefable propósito de llegar a la inferencia de su proceder, resulta a todas luces arriesgado. Debe tenerse en consideración que evaluar un comportamiento, en especial, cuando se desconocen las motivaciones intrinsecas que llevaron al mismo, es semejante a diseccionar el humo que sale de una tubería; este puede verse, pero al carecer de forma y de consistencia resulta imposible aprehenderlo. Decir que tal o cual persona es esto o aquello puede, en más de las veces, ser una ostentación. La motivación intima que hace a un ser humano actuar es, por lo regular, ignorada aun por la persona misma en muchos casos. Igual puede decirse sobre hechos, acontecimientos y situaciones, cuando se carece del conocimiento sostenible para abordarlo. Sólo los expertos, especialistas, entendidos, tienen la autoridad y la potestad a la hora de externar juicios y pareceres y aún estos no están exentos de equivocarse. El escarpado terreno del razonamiento tiene sus restricciones; la doxa bien haría en consentirse el exilio voluntario a la posada del silencio.

     El actual avance mediático, de divulgación masiva, nos muestra como cualquier indocto puede intervenir en un programa -radial, televisivo o de alguna plataforma de internet- y dar su parecer en cuanto a la mejor forma o modo en que debe forjarse tal o cual cosa. Quizá, en una proporción menos amplia –pero significativamente progresiva- los mismos conductores de cantidades de estos espacios no tienen ellos mismos la formación, la capacidad y los recursos intelectuales -o peor aún la talla moral- para criticar determinadas situaciones, eventos o personas.  No cabe duda, de que la profesión de periodista, tan extendida hoy día, no sólo ha incluido dentro de sus filas a prominentes y aventajados profesionales cuya trayectoria puede verse como un modelo a imitar, sino, además, y esto es lo más lamentable, a un creciente grupo de sujetos cuya facilidad para el desmedro suele ser superior a su capacidad para el planteamiento de propuestas y soluciones concretas y realistas en tal o cual problemática.  Siempre ha sido más cómodo el señalar; conjugar el verbo hacer en primera persona impone superar ciertos trances improbables de ser asumidos por las almas triviales.  Por eso suelen prevalecer, en épocas como la nuestra, los críticos consuetudinarios. Una de nuestras premisas al respecto es que si hemos de denunciar algo tiene a su vez que haber propuestas concretas que formular. La delación no excluye la obligación. Este supuesto no siempre se ha comprendido –no se ha querido entender-  por ello se observa que en la mayoría de las críticas existe una especie de ingenua arrogancia, y es precisamente con esta postura tan imperiosamente cándida que intentan muchos comunicadores contribuir a la edificación de una más justa sociedad.

     Quien no puede formular divergencias sin llegar al agravio o a las palabras rústicas, él mismo no tiene sentido de equidad; pues carece de la ecuanimidad suficiente para ser objetivo. El mundo está construido de una manera muy inadecuada para el orden y la justicia total y permanente. Sólo hay que hacer una exploración en la historia y darse cuenta que la desigualdad, la pobreza, el abuso o la corrupción, no sólo han estado continuamente presentes, sino que además tales condiciones no han podido ser superadas bajo ningún sistema político, social, ideológico o filosófico. La denuncia o la defensa al bien colectivo, público o estatal, de ningún modo justifica la propalación de insultos. Nada explica tanta involucración y falta de autodominio emocional en sujetos que pretenden poseer tan fina racionalidad para valorar y juzgar todo tipo de cosas. Una especie de coprolalia difusiva ha ido permeando, inadvertidamente, los ámbitos de la comunicación masiva. Con saturada frecuencia acaso uno de los temas más recurrentes, que concita más atención, en los medios en nuestros días es el tocante a la violencia. Sin embargo, una reveladora parte de los comunicadores que tanto increpan este fenómeno apelan, ellos mismos, a un lenguaje mordaz, extremadamente soez y fogoso. Hace ya algunas décadas el teórico liberal del conductismo Albert Bandura señaló, después de varias investigaciones, que la violencia puede ser reforzada socialmente cuando figuras públicas reputadas como modelos –en este caso conductores de espacios radiales y televisivos- asumen expresiones y señalamientos insolentes.

   De todas maneras, vivir exige que, en muchos momentos, nos veamos precisados a explicar y describir; hacer juicios sobre lo que vemos, palpamos y observamos.  El mundo no hubiese avanzado sin un conveniente sentido crítico sobre las cosas. Una cierta insatisfacción sana resulta inevitable para promover cambios y acceder al progreso. Es preferible, en determinadas situaciones, hacer inferencias y equivocarse que carecer de opinión y permanecer inerte cuando se tiene algo concreto e importante que decir, argumentar o demostrar. Muchos errores del pasado dieron paso a una aproximación paulatina hacia la verdad. Puede asegurarse que la única forma de llegar a la verdad ulterior es mediante la superación de un error por otro de menor significación.  Los griegos, por ejemplo, observaron que el mundo estaba conformado por átomos (Demócrito), y pensaron que estos no podían dividirse. Veinticinco siglos más tarde, la ciencia demostró la falacia de tal suposición, ya que el átomo si puede fraccionarse. Sin embargo, no se hubiese llegado a tal conclusión, si centurias atrás un grupo de hombres no hubiesen tenido primero la concepción del átomo como la partícula más pequeña que conforma todo lo existente.

    En conclusión, la crítica, opinión, ponencia, sobre esta o aquella situación, relativo a este o aquel sujeto, no sólo es válida, admisible, es también aceptable, pero sólo si quien ejerce ese, a veces dudoso, derecho reúne las condiciones y el talante para hacerlo. No cabe duda de que cualquiera pueda indignarse ante un hecho, debido a la evidente injusticia implícita en el mismo; no deja de ser cierto, también, que en comprobados momentos y circunstancias la ira, la irritación o el furor pueden ser ardores justificados. Me atrevería a señalar que hay instantes en que tales emociones resultan más bien obligatorias ¿pero cuántas situaciones realmente demandan tanto desafuero? Por lo regular la mera subjetividad, emotiva y desarticulada, tiene poco que ofrecer, excepto el patético espectáculo de un sujeto descomedido. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, reflexionó, quizás preocupado por tan añeja condición, de esta manera: “cualquiera puede ponerse furioso... eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta... eso no es fácil”.  Baste la sentencia del referido pensador para dejar sustentado lo que, tan concluyentemente, pretendemos señalar.
   

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*Cabe señalar que para los griegos el concepto "crítica" poseia una onnotación muy distinta a la significación que más comunmente hoy se le atribuye. En tal caso, sugería el interés  por profundizar y buscar la verdad con el objetivo de comprender a fondo las ideas y la realidad. En las obras de Emmanuel Kant el término crítica sugiere análisis, estudio de un hecho o cuestión. Marx lo empleaba en parecida categoría. Por lo tanto, aunque se ha hecho habitual suscribir la noción de crítica a simple murmuración, desacuerdo, detonación personal, su alcance semántico es más amplio y regularmente más constructivo.


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