jueves, 22 de junio de 2017

Insurrección del arte moderno

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    El arte –la pintura- como creación, existe aun antes de la escritura, estuvo –está-  estrechamente afectado por el contexto histórico, socioeconómico, político y filosófico del espacio geográfico en donde surge. En otras palabras, el arte deviene en sintonía con el nivel de evolución –o civilización- alcanzado en un tiempo determinado. Teóricos como Harnol Hauser entienden que el arte* se inicia con representaciones planas, de carácter simbólico, en composiciones abstractas, cuya mayor preocupación estuvo centrada en los seres espirituales, es decir las entidades numinosas a las cuales les debían reverencias los antiguos. El arte, entonces, nació nada realista, impreciso, plenamente subjetivo, orientado no al deleite estético, en cambio sí a la adoración sobrenatural. Esta tendencia va, con los tiempos, en lento, pero perpetuo cambio hasta alcanzar un estadio de precisión, reflexividad y realismo que se hace evidente ya en los albores del siglo XV, muy particularmente con el Renacimiento. Este progreso (si bien cabe destacar que en el arte no se puede pretender un avance similar al que es plausible en la ciencia) se mantendría durante algunos decenios, a partir de los cuales la técnica retomará, en gran parte, algunos elementos de sus orígenes indefinidos, alegóricos, pero en este caso no porque le anime una comunión con los númenes del pasado, pues el arte del siglo XX puede considerarse más bien antirreligioso/materialista, sino porque ensaya desconstruir todo lo concebido. Las artes plásticas en lo adelante traspasarán el umbral de lo explicito, obliterando las formas, encubriendo las figuras, desnaturalizando la disposición, en una especie de ascenso progresivo hacia su “involución”, al puno que para en el primer cuarto de la centuria pasada Ortega y Gasset se referiría a la pintura como un arte deshumanizado (ortega y Gasset, 1925).

   Desde la perspectiva hegeliana de la estética, el arte muestra una progresión que empieza con el mundo primitivo, partiendo de lo mitológico-imaginario ante su necesidad de intentar conjugar la idea de belleza –cosa que no alcanzó-, hasta llegar a un arte clásico, que sí logró el cenit formalista de la mímesis (equilibrio entre la forma y el contenido). Habiendo ganado este estadio pleno de belleza, el arte no debía detenerse en él, teniendo que ser superado tiempo después por un arte que lo trascendiera. Para Hegel, este siguiente paso dialéctico se conseguiría al superar la naturaleza, su imitación, pues en lo adelante la función del artista no podría ser otra que exteriorizar su interioridad. En unida camaradería conceptual con Platón, piensa Hegel que la idea es superior a la realidad. La idea misma es pensamiento, razón, cuya más excelsa cumbre se alcanza en la filosofía, siendo ella lo más próximo al espíritu. En dicha suerte, el arte que deviene en idea, alejándose de la naturaleza, se hace superior, porque la trasciende.

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     Históricamente hablando la mutación del arte hay que verla como una extensión consustancial de las permutas que se dan en la sociedad, cuya dínamo es el hombre. Esta conversión obedece a la síntesis imperativa en la que va acabar todo proceso de reconstrucción. Por eso en el arte, como en cualquier otro universo humano, los estilos se superponen ordinariamente en una dirección, a veces, totalmente opuestas a la del momento. A partir del siglo XVII, y en los próximos doscientos años, los modos que se suceden –barroco y romanticismo respectivamente-, influenciados a su vez por los cambios y transformaciones políticas y sociales, ven aparecer un arte –un artista- que se aleja cada vez más del criterio conservador clásico, perdiendo, paulatinamente, la fruición por una estética clara y equilibrada, rindiéndose a representaciones más dramáticas y naturalistas, en un momento, y a otras de carácter más emocional y sentimental, posteriormente.


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   Para el siglo XIX, la capital del arte había dejado de ser Italia y se había trasladado a Francia, pero el modelo clásico –vigente aún- seguía siendo el canon que imperaba en las academias, a pesar de que el contexto social se había transformado significativamente. Inconformes con ceñirse a la tradición, muchos pintores, influenciados por las nuevas tendencias –políticas, filosóficas, sociales y económicas- quisieron dar la espalda a todo lo anterior. Unos de los hechos capitales que presagió el nuevo rumbo que le esperaba a la pintura fue la invención de la fotografía (1830). Las vías creativas del artista se vieron forzadas a tomar otro curso que no fuera meramente plasmar la realidad, ya que esta podía ser copiada con una precisión sin precedente por la nueva técnica reproductiva. Esto en el arte, supuso un creciente interés por creaciones menos precisas, donde la libertad compositiva, sobre todo en lo concerniente a la luz, no encontrará obstáculo alguno. La ruptura con la ortodoxia resultaba impostergable, al punto que un grupo de osados, conocidos posteriormente como Impresionistas (Manet, Monet, Pissarro, Degas, Renoir, Gauguin, Cézanne) desafiaron cinco siglos de tradición. Aunque tuvieron que buscar escenarios menos glamorosos para exhibir sus obras, pues la academia despreciaba sus lienzos, finalmente lograron imponerse, dando inicio de este modo al arte moderno.  Estos nuevos insurrectos de la plástica tuvieron poco respeto por la composición, descuidaron intencionalmente las figuras y, sin escrúpulos, se deshicieron de todos los resortes del arte clásico.  El germen de las vanguardias, que irían a imponerse más tarde, ya estaba larvado. Lo que hubo comenzado como un sacudión del dogma estilístico se convirtió en toda una conspiración sediciosa apenas repuntaba la primera década del siglo XX. El cubismo*, fue en estos años el gran iconoclasta del cual abrevaron todas las tendencias y corrientes del siglo.  Su heterodoxa manera perneó e influyó todo.

    Las vanguardias (Matisse, Braque, Picasso, Marcel Duchamp, Franz Marc, Robert Delaunay, Salvador Dali, Malievich, Joan Miró, Piet Mondrian…) empezaron deshaciendo el molde de lo conocido hasta llegar, años más tarde, a realizar un arte retorcido donde ya ninguna representación humana o paisajística era realmente tal. Esto fue lo que hizo que algunos –como se dijo al principio- llegaran a decir que el arte moderno se había deshumanizado. Quizá esto sea cierto, pero sólo en parte, pues analizado desde una perspectiva psicodinámica lo humano nunca podría llegar a desaparecer del todo, pues los lienzos hablan, diría Freud, de una estampa vitalmente humana a través de revelaciones ostensiblemente inconscientes. Conocedores o no de ello, las vanguardias se alinearon inicialmente a la tesis hegeliana de que el arte posrenacentista debía apartarse cada vez más de la naturaleza, pintando el artista lo que ella le evocaba o provocaba, trascendiendo las formas para plasmar las ideas. Esto llegó a ser cierto en algunas tendencias y durante algunos años, siendo Kandinsky, el gran teórico y fundador del arte abstracto, un estimable ejemplo. Los movimientos vanguardistas expandieron con sus inventivas las posibilidades creativas hasta lo insospechado, abrieron nuevas rutas expresivas y derrumbaron muchos anquilosados moldes enraizados. Pero como en todo siempre existe la posibilidad de perderse, extraviarse y hasta de retroceder creyéndose avanzar, desde los primeros años del siglo XX el arte moderno comenzó a sufrir una profunda escisión, llegando al extremo de experimentar con todo tipo de cosas absurdas: artefactos, desechos, residuos, desperdicios... La adhesión a la falta de reglas que definieran claramente lo que el arte es lo relativizó todo; perdiéndose los límites, las fronteras ya nunca más estuvieron claras. Todo se hizo arte, y como suele acontecer cuando esto sobreviene, en gran parte ya nada realmente lo era. Para la década del 1950 el arte se hizo excesivamente subjetivo, kantiano dirían algunos, puesto que para Kant el valor estético estribaba en lo subjetivo, siendo el sentimiento el único medio de tasar la belleza.

    El nuevo paradigma estético impuesto por las vanguardias –negación de lo exterior como referente artístico- juzgó encontrar lo vital en los instintos, confinando la intuición en beneficio de lo irracional como fuente de inspiración. Al abrazar lo extravagante, denigraron lo escultural; creyendo con ello atestiguar lo humano, lo que hicieron fue subvertirlo. Este alejamiento, si cabe excusarlo, vale decir que no en todo fue voluntario, intencional, premeditado, y para comprenderlo sólo hay que reparar en el contexto histórico del siglo XX, una centuria que concentró de modo extremo bastante insatisfacción: dos guerras mundiales en menos de cincuenta años. Esto, en el plano estético, debió traducirse en la necesidad de superar las reglas vigentes, encontrando nuevas vías de expresión que atestiguaran la realidad del momento. El resultado, un arte fragmentado cuya originalidad se descanta por una regresión a lo infantil, en una orgía conceptual sin precedente.

     Como dijo alguien alguna vez: "el arte para ser auténtico tiene que reflejar los valores de su tiempo" (Ernest Fischer). La confusión marca la tendencia del momento. Lo que es comprensible, se cree, carece de profundidad. Esto es emblemático, sobre todo, en filosofía actual, donde la jerigonza especulativa predomina en las reuniones ilustradas. El arte del siglo XV, y siglos posteriores, que siempre fue recreación de élites -cortesanas primero y, burguesa, después-, podía, a pesar de ello, ser reconocido por el más prosaico hombre de su tiempo, si bien éste no podía comprender en su totalidad las articulaciones expresivas y simbólicas del mismo, lo cual siempre ha requerido de algún nivel de enjundia.  Quien observaba una obra de Massacio, Paulo Uccello, Tintoretto, Caravaggio, Jan Van Eyck o Durero, quizá no reparaba en las improntas psicológicas que con sutilezas expresaban estos artistas en sus obras, pero en general se llevaba una opinión más o menos acabada de lo que había impresionado su retina. Lo mismo hubo seguramente de acontecer con Rubens, Ingres, Delacroix, Corot, Courbet, Thomas Cole, Velázquez, Goya e incluso con el Bosco en su Jardín de las Delicias, que para muchos ya prefiguraba iniciales vestigios del surrealismo. Y todo lo anterior siguió siendo, relativamente, cierto en las generaciones de pintores impresionista, simbolistas, expresionistas e incluso en muchos lienzos cubistas y surrealistas. No obstante, con la llegada del arte abstracto, del expresionismo abstracto, especialmente (Mark Rothko y Jackson Pollock, por mencionar a los más representativos) ya nadie –o muy pocos-  entiende la pintura moderna. En no pocas ocasiones aún el crítico especializado discursa sobre ellas sustituyendo el análisis objetivo por una vaguedad de interpretaciones polisémicas. Esto debido a que los juicios estéticos hoy día son muchas veces impuestos por una crítica tendenciosa que hace que la mayor referencia valorativa  quede reglamentada por el comentarista de turno. El artista de hoy, entonces, lejos de lo que muchos sugieren, no goza necesariamente de mayor libertad que quienes le precedieron, pues la realidad no justifica este supuesto, ya que en ocasiones al creador actual se le impone un bozal compositivo al que debe ceñirse, si no desea perder el encomio de los nuevos jueces de la estética actual.  

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 Hay quienes han catalogado el arte contemporaneo de la posguerra como un fraude (Avelina Lesper, 2022)***, acusándolo de indefinido y retrogrado (instalaciones y arte, performance y arte conceptual en gran medida). A pesar de tratarse de una expresión algo extrema, ya que se puede encontrar en nuestros tiempos obras ciertamente legítimas y de calidad innegable, no cabe duda de que existe mucho de verdad en dicho comentario. Se debe ser muy consciente de que mucho del arte posterior al 1950 (Andy Walhol, en, con su Pop-Art, y Piero Manzoni, con su arte conceptual) de hoy día predomina bastante una tendencia estrafalaria, grosera y poco novedosa en las artes plástica. Esa propensión hacia un arte sin sentido cabe esperar seguirá acumulando adeptos, pero como las cosas no se mantienen estancan y los ciclos tienden a retornar, como decíaNietzsche, la mimesis, lo figurativo, la perspectiva, la coherencia del color con la realidad -que nunca han desaparecido del todo- volverán a lograr su anterior hegemonía. Hasta que llegue esa ocasión debemos demandar un arte estilísticamente menos retorcido y compositivamente más congruente, sin que ello lleve a restringir la libertad creativa del Homo Artisticus.

    

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*El término deriva de la raíz latina Art que significa habilidad 

**Una riqueza sin igual aportada por el cubismo fue plasmar de modo simultáneo un objeto visto desde múltiples ángulos. La abstracción y la subjetividad que tanto predominó durante la primera mitad del siglo XX, estuvieron, sin dudas, influenciadas fuertemente por el cubismo.

*** Avelina Lespers (2022). El fraude del arte contemporáneo.



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