jueves, 22 de junio de 2017

Autopreservación y suicidio: la dicotomía de la existencia

     Casi todos los libros místicos, la Biblia, por ejemplo, hablan de la inmortalidad del alma. Algunos creen que el anhelo de permanencia eterna le viene al hombre porque su esencia es imperecedera; de ahí su deseo de perennidad. Platón ya hacía referencia a ello en Fedón, obra donde narra la naturaleza del alma y la aparente eternidad de esta. De todos modos, el ser humano no es sólo un ente que apetece la vida, además la reproduce, la da, la facilita. El sagrado acto de la procreación, propio de la unión heterosexual, entre macho y hembra, deviene de un mandato, divino o natural, cuya finalidad ulterior es la propagación y permanencia de la especie. Con la gestación, y durante ella, adquiere la mujer un sentimiento de unión y entrega, capaz del más noble sacrificio.  El arquetipo universal de la maternidad con todas sus implicaciones, se inserta en la psiquis de toda madre modificando su relación con la vida, con el mundo e incluso con ella misma. Ella no sólo se convierte en el laboratorio donde crece la criatura que lleva en su vientre, sino en el soporte que le sirve de alimento y nutrición. El virtuoso seno femenino -el pecho, las tetas, las mamas- es el símbolo nutricio más universal.  En la alegoría cristiana se dice que Dios acoge en su Santo seno a las almas piadosas, lo cual indica que las protege o las ampara; misma cualidad muestra la Alma Máter (o madre nutricia) cuando cobija aquellos que desean nutrirse del conocimiento profano.

   No obstante, todo lo dicho, existen circunstancias en donde ese precepto original de conservación de la vida se ve desarticulado y la vida misma puede ser segada por aquel que está llamado a atesorarla.  La causa más frecuente de la inmolación, la cual es la negación concluyente de la existencia, viene de la percepción por parte de una persona de que la existencia se vuelve tan dolorosa que sólo la muerte puede proporcionar alivio. Kierkegaard, ya había insinuado esto cuando planteaba que la subsistencia desafía la explicación racional y objetiva y que la mayor verdad sobre este punto siempre será de carácter subjetivo. De lo anteriormente expuesto podemos emplazar entonces el hecho de que la sobrevivencia aparece como una tendencia general, innata e inherente a los seres vivos, pero que, de algún modo en el ser humano, debido sobre todo a la complejidad de su constitución psíquica, puede labrar sendas escarpadas y tumultuosas, llevando, no pocas veces, al individuo a la auto-aniquilación.

     El suicidio es siempre una dicotomía, una contradicción existencial, un acto contra natura. En determinado momento histórico algunas culturas orientales (Japón, China, India) emparentaron el suicidio con una heroica conducta que ennoblecía a quien la asumía, pues la creencia general en tales contextos era que contribuía a reparar algún daño o pagar una deshonra. El kamikaze moderno que da su vida por una causa gloriosa, sin embargo, no deja de ser un suicida, y en muchos casos un insensato, aunque desde luego las razones aquí parecen justificar dicha temeridad. El terrorista que inmolándose trae consigo la muerte de otros, es todavía peor, pues su fanatismo le ha segado hasta tal punto de no lograr entender el valor de la vida propia, ni la de sus semejantes. En cualquier caso, independientemente de la justificación presentada, el suicidio es un error. Si se toma en cuenta que el ochenta por ciento de las personas que se matan están atravesando una fase crítica de su vida o una profunda depresión, se podrá comprender el sustrato patológico subyacente que regularmente acompaña dicha determinación. 


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    Se requiere estar realmente perturbado para intentar atentar contra la propia vida. Algunas almas ingenuas y no pocas veces ignorantes argumentan que quien comete, o intenta cometer, suicidio busca ante todo manipular o llamar la atención. A pesar de que algo de esto puede haber en quien se quita la vida, nadie razonablemente sano optará por medios tan osados y decididamente tan funestos. Las motivaciones intrínsecas de la conducta suicida son más de las veces ignoradas por el propio sujeto predispuesto a dichos actos. La investigación psicológica apunta a que un conjunto de factores son los responsables de que una persona llegue a ese derrocadero. Por un lado, están los factores que hablan de un inusitado desbalance en la química cerebral (disminución de la serotonina y la dopamina) que inclina al estado de ánimo triste, desesperanzado y depresivo. También se sabe que perturbaciones mentales como esquizofrenia, trastorno límite de la personalidad, trastornos de ansiedad, suelen ser igualmente un factor de riesgo para la conducta suicida. Padecer una enfermedad tipo cáncer, hipotiroidismo, dolor crónico, así como el experimentar circunstancias de duelo, separación, desempleo, pueden llevar a una persona vulnerable a intentar quitarse la vida. Lo que comúnmente acontece, no obstante, es que se conjugan más de uno de estos elementos para que llegue a materializarse el trágico final.

      La franja de edades en la que más tiende a producirse el suicidio está en jóvenes, entre 15 y 25 años (algunos estiman que puede llegar a 34 años); los jóvenes atraviesan con frecuencia por situaciones de presión en su posicionamiento laboral, académico o de pareja durante estos años.  La misma vulnerabilidad propia de la inmadurez también contribuye, pues durante la adolescencia la impulsividad es un elemento que favorece a la acción suicida.  El otro grupo de edad en que se tiene mayor riesgo para el acto suicida se ubica en personas mayores de 65 años. Aquí, los motivos pueden ser diversos:  enfermedad, no querer ser una carga para familiares, sentimientos de inutilidad o soledad, entre otros. (Tuesca Molina, Rafael; Navarro Lechuga, Edgar, 2003). 

  El suicidio, de acuerdo a datos epidemiológicos, es la cuarta causa de muerte prevenible en el mundo. Generalmente más hombres se quitan la vida que las mujeres (3 hombres por 1 mujer), a pesar de que ellas lo intentan más que ellos  (
Organización Mundial de la Salud, 2016). En el mundo, aproximadamente, 800,000 personas mueren cada año por dicha causa y se contactan unos 20 millones de gestos suicida al año (intentos fallidos).  Por regla general los solteros se suicidan más que los casados, lo que convierte al matrimonio en un factor de protección. Igual en las sociedades  colectivistas (india, china) el índice tiende a ser menor que en las sociedades individualistas (Estados Unidos, Alemania, Canadá).  Aunque el clima puede contribuir, no es del todo cierto que los países nórdicos sean los que tienen una taza mayor de suicidio. Los datos actuales dan cuenta de que los países pobres o en desarrolla salen con una estadística más alta.  La época del año donde más casos de suicidio se registran está entre los meses de marzo y agosto. Los métodos que con mayor frecuencia utilizan quienes lo lllevan a cabo son: asfixia (ahorcamiento), arma de fuego, consumo de peptídicas y lanzarse al vacío.   

  Finalmente debemos concluir que el suicidio, como la mayoría de las inclinaciones patológicas puede prevenirse y muy posiblemente también desarticularse su tendencia persistente. Un conocimiento profundo de la persona implicada es pertinente y esto se consigue de forma adecuada en la psicoterapia. La medicación igualmente es una opción legítima y la combinación de ambas (psicoterapia y farmacología) sin duda, es el mejor procedimiento a seguir. Cuando el ser humano goza de salud psicológica y emocional, vivir suele ser una experiencia gratificante, aún con todos los contratiempos que se puedan presentar. Sólo cuando la existencia se convierte en algo insoportable piensa el ser humano en transgredir el instinto de supervivencia; cuando esto ocurre es el signo indefectible de que algo malo -algún trastorno- ha corrompido la naturaleza humana.   


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-Tuesca Molina, Rafael; Navarro Lechuga,         Edgar (2003). Factores de riesgo asociados   al suicidio e  intento de suicidio. 
 Universidad del Norte Barranquilla,   Colombia.
-Organización Mundial de la Salud (2016).  Prevención de la conducta suicidad.  Washington, D.C.



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