domingo, 22 de julio de 2018

El bienestar: una revisión de los medios y los pasos para conseguirlo


    El bienestar es posible en la medida en que se haga el esfuerzo de obtenerlo. Esto es axiomático. Conocer las pautas que llevan a una vida placentera ha sido un tema de preocupación en todas las civilizaciones, aún las antiguas. Aunque resulte sorprendente, un aspecto común en prácticamente toda la tradición médica de la antigüedad era tener en cuenta condiciones que hace apenas unas décadas comenzaron a ser valoradas por la medicina oficial. Tanto en las tradiciones ayurvédica (de la India) o taoísta (de China), se preconizaba que el bienestar se alcanzaba ocupándose, en igual medida, de los aspectos físico, mental y espiritual de la persona
Todavía más, algunos pueblos del pasado sugerían que los factores medioambientales y climáticos debían tomarse en consideración para el restablecimiento del equilibrio orgánico o psíquico cuando este se había perdido. Sus consejos para un régimen de vida no estaban en nada lejos de lo que hoy se prescribe como un estilo de vida saludable. En Grecia, por ejemplo, cuya ascendencia es la más decisiva en la cultura occidental, varios sabios de entonces proponían distintos modos para conseguir una existencia más satisfactoria. Sus métodos abarcaban desde las cuestiones más elementales como el descanso hasta aquellas de carácter trascendental, como el desarrollo de la autoconciencia. Así entonces, encontramos que las ventajas de una alimentación sana y sencilla eran ampliamente promovidas tanto para el hombre convaleciente o el sano (Hipócrates).  Otros destacaban las virtudes de la gimnasia para el adecuado desarrollo moral (Aristóteles), así como la insistencia en la buena disposición del humor y la tranquilidad para mantener la salud mental (Demócrito). El autoanálisis formaba parte de las enseñanzas en algunos centros (Instituto Pitagórico), como lo fue también la insistencia en el conocimiento de sí mismo (Sócrates), o el cultivo de la imperturbabilidad o el autocontrol de las emociones (Epicuro).

     La sensación de que se ha alcanzado un enorme progreso en lo referente a lo que produce el bienestar, en gran medida, se debe a que durante la Edad Media todo el tesoro de conocimiento científico y médico adquirido con anterioridad fue dejado a un lado, dando paso a un esquema de visión supersticioso, donde las afecciones y trastornos comenzaron a ser atribuidos a entidades y posesiones de espíritus descarriados. En esto tuvo mucho que ver la hegemónica autoridad clerical de entonces.        

     Puede resultar decepcionante para algunos darse cuenta de que conseguir bienestar puede ser algo tan alcance de cada uno.  El bienestar ordinariamente descansa en dos bases –claro que esto es un modo reduccionista de presentarlo, pero para lo que se desea mostrar es válido- una que llamaremos externa y otra interna. La primera, la externa, puede resumirse en tres aspectos: a) descanso suficiente, b) nutrición inteligente (eliminación de hábitos contrarios a la salud: cigarro, drogas, alcohol, etc. y la inclusión de suplementos)  y c) ejercicio. Estos tres se pueden señalar como los más relevantes. A pesar de que tales pautas parecen –y son- tan sencillas, resulta intrigante por qué tan pocas personas las toman en cuenta. Una explicación plausible puede ser que integrarlas en la rutina cotidiana precisa de continuidad de propósito, cuestión ésta que a su vez requiere de disciplina, la cual se tiene como una de las competencias menos desarrolladas en las personas. Si bien el común de la gente puede con facilidad dedicar ocho horas a su trabajo semana tras semana y mes tras mes, este tipo de actividad –generalmente obligatoria para la subsistencia- tiene recompensas inmediatas y el compromiso que conlleva puede no demandar de mucha disciplina.   

     En lo que respecta a la base interna para la salud, señalaremos igualmente tres elementos, que como ya cabe esperar no serían los únicos, pero que, haciendo la salvedad anterior, serán de suma importantes: a) desarrollo de la autoconciencia, b) manejo del autocontrol, c) internalización de emociones positivas. Sin lugar a duda los aspectos internos de los que hacemos mención aquí son menos reconocidos por el sujeto ordinario y, desde luego, su trabajo requiere algo de estudio o  de instrucción. Por autoconciencia se alude al hecho de ser conscientes de nosotros mismos, de nuestra existencia, de nuestra posición en el mundo; es el principio del autoconocimiento. Nos ayuda a reconocer nuestras emociones, pensamientos y conductas reactivas y automáticas y a partir de ello poder modificarlas. El autocontrol alude fundamentalmente al control consciente de los sentidos, esto es sobre todo, el entrenamiento en la sujeción de la mente y las emociones. Finalmente, internalizar emociones positivas apunta, no a negar o reprimir las emociones desagradables, sino, a reconocer el valor que para nuestro desarrollo como seres humanos representa cultivar emociones armoniosas, estimuladoras, sanas. 

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  En la actualidad casi todas las autoridades y expertos en salud consideran que el principal oponente del bienestar es el estrés. Y el estrés más nocivo proviene, generalmente, no tanto de las condiciones externas o demandas personales habituales, si en cambio de las emociones y pensamientos tóxicos y deprimentes que surgen de nuestra interioridad. Los individuos sumamente reactivos tienen particularmente mayor riesgo de padecer estrés crónico, lo cual a su vez se convierte en uno de los factores de riesgos más importantes para sufrir trastornos físicos y psicológicos.  

     El estrés puede incentivar también varias conductas evasivas como fumar, tomar alcohol, drogarse, sedentarismo, modificación de hábitos alimenticios, consumo excesivo de carbohidratos -con el riesgo que supone esto último para el sobrepeso y la diabetes, así como para el desarrollo de trastornos cardiovasculares. Aunque por lo regular se describe el estrés como una condición comúnmente nefasta, no todo es realmente tan malo, ya que la dosis, como decía Paracelso, es lo que determina que algo sea dañino o no. Si tomas un vaso de leche, es bueno; si tomas dos, puede ser bueno aún, pero si tomas diez lo más probables es que te indigeste. Algo de estrés es necesario. Siempre que hay actividad se genera algún nivel de estrés. Bailar, patinar, divertirse, por ejemplo, pueden hacer que se produzca adrenalina y esto crea euforia. Esta es una forma saludable de estrés en su fase inicial, e incluso al estrés que se produce en tales ocasiones  se le ha dado el nombre de eustres:  o sea, estrés bueno, la cara positiva del estrés.

     Es sólo cuando el estrés produce  malestar y se mantiene por mucho tiempo, cosa que suele ocurrir frecuentemente hoy, que puede afectar negativamente la fisiología y el metabolismo. En tales circunstancias los mecanismos de defensa del organismo se activan y si esto se prolonga el sistema se agota, sucumbe y se debilita al mantener acelerada la excitación adrenérgica, simpática e hipotalámica. Finalmente puede llegar a producirse la lesión de un órgano o la enfermedad. Como puede observarse, lo perjudicial del estrés se plantea cuando este es sostenido, permanente y se ocasiona no tanto por situaciones agradables y placenteras, sino por presión, falta de control, ansiedad o emociones negativas.

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     Si bien es cierto que el bienestar puede darse, aunque cualitativamente distinto, tanto por razones externas como interna, hay muchos que consideran que sólo es dable en situaciones económicas favorables. La realidad, empero, nos presenta la portada de muchas personas cuyas necesidades básicas están más que cubiertas y a pesar de ello no puede asegurarse que tengan bienestar. Considerar el dinero –la riqueza- como el valor más significativo en el bienestar es posible, pero sólo en aquellos cuyas conciencias están exentas de sensibilidad. Existen sociedades que no valoran tanto como la Occidental la riqueza y no por ello son menos felices. Cantidad de personas adineradas llevan vidas desgraciadas. El ideal del bienestar total a partir de la riqueza es un mito. Por otra parte, los recursos económicos son imprescindibles para cubrir las necesidades básicas, pero más allá de ello, su validez es cuestionable, por lo menos así lo demuestran varias investigaciones al respecto actualmente.

  Muchas veces el término bienestar se ha asociado al de felicidad y conceptualmente se presentan como sinónimos en no pocas ocasiones, aunque cabe suponer una diferencia importante según la orientación del campo del saber que lo aborde. Por ejemplo, la felicidad fue -es y será- un tema siempre referido porque atañe a una de las preocupaciones más consustanciales del ser humano. Aristóteles entendía que la felicidad se alcazaba en la Polis en una vida comprometida con las virtudes; filósofos posteriores como los estoicos o epicúreos la suscribían a la ataraxia o tranquilidad. Jesús y los posteriores místicos cristianos la temporalizaron en el paraíso, con lo cual descartaban su posibilidad en el mundo terrenal. Buda (en India) quinientos años antes de Cristo infirió que esta es posible sólo cuando se extingue la causa del sufrimiento, que para él era el deseo. Los capitalistas modernos promueven que el dinero es el medio para conseguirla (son muchos los que están convencido de ello hoy día).


   Al presente algunas tendencias en psicología interesadas en el tema de la felicidad se han acercado a las tradiciones místicas de Oriente intentando conocer lo que estas dicen al respecto. Desde esta perspectiva el estadio de plenitud o felicidad (al que llaman igualmente realización, nirvana, samadhi) parece venir cuando se trasciende el deseo por los habituales y ordinarios placeres sensoriales y personales. No se puede asociar esta forma de renuncia de los placeres al concepto freudiano de represión, aunque se le parezca, porque las motivaciones de las que se parte son muy distintas a las referidas por Freud. Primero el renunciamiento de los deseos viscerales a los que se hace alusión se da de una manera consciente y segundo se dispone de un entrenamiento que posibilita, paulatinamente, el abandono de las apetencias groseras enraizadas en la personalidad, por lo tanto, no se realiza de manera brusca o extemporánea. El fundamento aquí es el control de la mente, pues ella es el habitáculo de nuestros pensamientos y tendencias sediciosas. Con el control de la mente se consigue una paz inalterable; la imperturbabilidad es el concepto que define la felicidad en tales tradiciones. Esto, sin embargo, son juicios difíciles de asumir en nuestra cultura occidental, aunque no por ello imposible.

     Podría surgir la inquietud, ya que se tocó el tema de lo espiritual en la búsqueda del bienestar y la felicidad, de si los ateos pudieran ser personas menos felices que los creyentes. Lo primero que hay que aclarar es que la palabra ateo era referida a los cristianos durante el imperio romano porque a diferencia de los otros pueblos, ellos creían en un solo Dios, o sea, negaban la existencia de muchos dioses. Con el devenir el concepto se aplicó a quienes no comulgaban dogmáticamente con la religión cristiana, pero muchas tradiciones como el panteísmo o el budismo que no asumen la creencia en un Dios antropomorfico no dejan de reconocer la existencia de una naturaleza espiritual en el mundo o en las personas. El ateísmo se ha vinculado mucho hoy día al materialismo, corriente filosófica que niega rotundamente cualquier noción metafísica del mundo, sugiriendo que la materia es el origen primario de todas las cosas. Pero aún estos no tienen que ver disminuida su cuota de felicidad en el mundo pues su postura teórica es simplemente una contraposición de la doctrina idealista que apunta a la supremacía de la mente sobre la materia. Demócrito y Epicuro pueden considerarse pensadores materialistas y, no obstante, sus sistemas filosóficos daban una gran importancia al estudio de la felicidad. 

     Cuando el concepto de materialismo se vincula con una vida menos feliz se refiere, regularmente, a un modo de vida egoísta y no así a la doctrina materialista per se. Aquí vale hacer una distinción. La gran profusión de artículos, bienes y comodidades que se produjo en los países desarrollados (principalmente Estados Unidos) después de la posguerra disparó un tipo de comportamiento consumista donde la tendencia era obtener todas las novedades que ofrecía el mercado. A este estilo de vida comenzó a llamárselo materialista, porque lo que importaba era la adquisición de cosas, aun triviales, superfluas e innecesarias, por el solo hecho de ganar estatus o simple vanidad. Estas personas –tanto las de ayer como las de hoy- no tienen ninguna concepción materialista del universo y en general son sujetos ignorantes, filosóficamente hablando, que carecen de un modo de pensar sistemático. Son simples adquirientes de cosas manipulados por una feroz campaña propagandística. Otra cosa son los filósofos del materialismo como doctrina cuya visión del mundo y de la vida no los hace llevar obligatoriamente una existencia tan exuberante. Muchos filósofos de tendencia materialista llevaron vida sobria. Karl Marx, por ejemplo, el más grande pensador materialista de los últimos años llevó una vida muy austera. En tal sentido se puede concluir que cuando se habla de materialismo explicado como un tipo de devoción compulsiva por el tener, comprar y gastar, estas personas si tienden a asegurarse, de acuerdo a lo que dicen los estudios, una amplia cuota de infelicidad en sus vidas. Esto último ha sido corroborado por varias investigaciones. 

     Abundando algo más sobre el tema del materialismo, diversas opiniones de muchos investigadores sobre la menor felicidad de las personas materialistas subrayan lo dicho en el párrafo precedente. Por ejemplo, Tim Kasser de la Universidad de Knox en Galesburg, Illinois y que lleva varios años indagando el tema del sujeto consumista dice que estas personas suelen ser "pobres en bienestar".  El también psicólogo David G. Myers, del Hope College, plantea que la dedicación de tiempo y energía a conseguir cosas se vuelve una carga finalmente para aquel que tiene esa meta como lo más importante.  El doctor Edward Diener, psicólogo social, apunta que los materialistas adinerados no tienen una vida del todo satisfactoria, pero que, desde luego, la pasan mejor que los materialistas sin recursos, ya que estos últimos sufren considerablemente al no poder agenciarse todo lo que desean. La psicóloga Marsha Richins, explica que las personas materialistas mantienen expectativas poco realistas, esto las hace que adquieran bienes que finalmente no les resultan tan placenteros como esperaban, lo cual les impulsa a desear más y seguir en el circulo vicioso de consumo e insatisfacción.  James E. Burroughs, profesor de la Universidad de Virginia, indica que "las personas más infelices son aquellas que tienen en alta estima el materialismo..." Esto es tan solo una reducidísima muestra del dictamen de algunos expertos sobre el tema, aclarando que se ha dejado de lado la mención de investigaciones longitudinales hechas a sujetos con aspiraciones financieras quienes reportaron niveles de menor satisfacción en sus vidas en comparación con otros que expresaron deseos monetarios más modestos. 


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  Para muchos una sociedad más desarrollada ofrece a sus conciudadanos más altos niveles de comodidad y seguridad, logros estos obtenidos por un mayor desarrollo tecnológico y científico que son el pivote de un mundo más "civilizado". Pero, realmente, el avance en estos campos, aun cuando ha sido extraordinario, por otro lado, muestra una alta tasa  de sujetos alienados. Psicólogos como Erick Fromm (Del tener al ser, 1976) y filósofos como Walter Benjamín, Theodor Adorno o Max Horkheimer escribieron al respecto. Cualquiera que haga un análisis algo exhaustivo podrá advertir que en términos humanos la satisfacción de la población general no va pareja al avance tecnológico y científico. Actualmente tenemos urbes modernísimas, pero las reacciones emocionales siguen siendo las mismas que hace cinco mil años. Muchas veces el progreso produce o saca al exterior, problemas psicológicos que no existían  -o no fueron vistos- anteriormente. La sociedad avanza y por lo regular el individuo sólo hace uso de los medios, pero sin crecer mucho humanamente hablando. Herbert Marcuse, un teórico de orientación marxista muy respetable del siglo XX, en un libro El hombre Unidireccional, que la tecnología puede llegar a ser una enfermedad,  un medio excelente de cohesión y control social.

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    Como puede apreciarse el tema del bienestar es tan amplio como complejo y, desde luego, no se agota con todo lo que hemos expuesto aquí. Sin cuestionar lo significativo de las condiciones externas para una vida mejor, más cómoda y segura, no deja de ser evidente que el bienestar, en gran medida,  tiene mucho que ver con lo subjetivo (lo interno)  y que los elementos básicos para una vida más placentera están al alcance, sino de todos, sí de una gran mayoría, cuando se logra la información adecuada y se hace el esfuerzo consciente y disciplinado de aplicarla. 



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*Eu es un prefijo griego que significa bueno. En tal sentido eustres hace alusión al estrés positivo. 


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