martes, 25 de agosto de 2026

El emoji: la imagen vuelve a enriquecer la palabra

 

     Después de miles de años de evolución de la escritura, de la aparición del alfabeto, de la sofisticación de las lenguas y de la creación de millones de palabras, el ser humano contemporáneo ha vuelto a recurrir a la imagen para decir aquello que las palabras, por sí solas, no siempre consiguen expresar. Basta colocar un pequeño rostro sonriente después de una frase para modificar su tono; colocar un corazón para transformar una expresión neutra en una manifestación afectiva; añadir una carcajada para convertir una afirmación aparentemente seria en una broma; ese pequeño dibujo que aparece en nuestros teléfonos y computadoras, aparentemente insignificante, constituye en realidad uno de los fenómenos más interesantes de la comunicación contemporánea: el emoji.

     La palabra emoji procede del japonés: e, significa imagen y moji, carácter o signo escrito. Aunque existen antecedentes anteriores, el desarrollo de los emojis modernos está estrechamente relacionado con la telefonía móvil japonesa de finales del siglo xx. En 1997, la compañía japonesa SoftBank ya disponía de un conjunto de aproximadamente 90 símbolos, y luego llego el conocido conjunto de 176 emojis creado por el diseñador Shigetaka Kurita para NTT DOCOMO en 1999, el cual lo  popularizó (Vela Delfa, 2020)..

    El propósito con la creación del emoji no era tanto diseñar un nuevo idioma, como solucionar un problema de comunicación: ¿cómo introducir emoción, intención y matices en mensajes escritos extremadamente breves? Entre aquellos primeros símbolos había rostros, fenómenos meteorológicos, objetos y otros pictogramas. El emoji nació, por tanto, no como una frivolidad tecnológica, sino como una respuesta a una limitación fundamental de la escritura digital: la dificultad de transportar al texto algunos elementos que en la conversación presencial transmitimos mediante el rostro, la voz, los gestos y la entonación. Esto nos conduce directamente al terreno de la semiótica, disciplina fundada por Charles Sanders Peirce (1974), que estudia los signos y símbolos y cómo las personas elaboran e interpretan significados en la comunicación. Este filósofo estableció las  bases para entender los emoji modernos al formular su teoría sobre los signos. Años luego, el filósofo Ludwig Wittgenstein (1958) planteo en sus manuscritos algo revolucionario para entonces, escribió que las personas podían dibujar caras para expresar significados allí donde las palabras fallaban.

     El emoji, no obstante, no es un signo cuya interpretación pueda reducirse simplemente a la imagen que representa. Un corazón (de acuerdo a su color), por ejemplo, puede significar amor, afecto, agradecimiento, aprobación, solidaridad o incluso ironía, dependiendo de quién lo utiliza, a quien se dirige y en qué contexto aparece. Por consiguiente el emoji no posee un significado único e inmóvil. El sentido no está encerrado dentro de la imagen: se construye en la relacione entre el signo, el texto, el emisor, el receptor y la situación comunicativa. Precisamente por eso la investigación semiótica ha mostrado que los emojis pueden funcionar simultáneamente como signos icónicos, simbólicos e incluso indexicales, dependiendo de la manera en que son utilizados (Vale Delfa, 2020).

   El emoji, entonces, funciona muchas veces como una especie de entonación visual. No es lo mismo leer en un mensaje “estoy bien”, que escribir “estoy bien” y agregar una carita feliz. El rostro introduce una dimensión que no estaba contenida explícitamente en las palabras. En ese sentido, puede reforzar o suavizar una afirmación. La investigación lingüística ha señalado precisamente que, en la comunicación digital, los emojis pueden desempeñar una función semejante a determinados elementos prosódicos de la comunicación oral (Sampietro, 2024; University of Edinburgh, 2026).

     Una función adicional del emoji es el hecho de que puede complementar el significado de una expresión. La relación no es –palabra o emoji-, sino –palabra más emoji. Un estudio de Lorenzo Logi y Michele Zappavigna (2024) desde la perspectiva de la semiótica social, ha mostrado precisamente que ambos recursos pueden trabajar conjuntamente para construir significado: el lenguaje aporta determinadas dimensiones y el emoji puede destacar, ampliar o modificar otras. No estamos, por tanto, ante dos sistemas que necesariamente se excluyen, son en realidad dos modos semióticos que pueden integrarse en un mismo acto comunicativo. La semiótica social permite ir algo más lejos. Un signo no adquiere significado únicamente por lo que representa, sino además por la manera en que las personas lo utilizan dentro de determinadas comunidades. El emoji puede expresar pertenencia, complicidad, cercanía, ironía, identidad y hasta posición social. No utilizamos necesariamente los mismos emojis con nuestros padres, con un paciente, con un jefe o con una persona desconocida. El signo cambia porque la relación social no es la misma. La investigación contemporánea sobre semiótica social ha encontrado precisamente que los emojis contribuyen a construir vínculos y formas de afiliación entre los participantes de una comunidad digital (Seargeant, P., 2017; Cantamutto, L, 2024).;  

     Durante siglos, la escritura tuvo que sacrificar una parte considerable de la comunicación humana para poder conservar otra. Cuando escribimos perdemos la entonación, la expresión facial, determinados gestos y buena parte de la información emocional que acompaña a las palabras. El emoji permite recuperar una pequeña parte de aquello que la escritura tradicional había dejado fuera. No reemplaza la voz ni el rostro, desde luego, pero introduce dentro del texto una especie de dimensión visual y afectiva, lo que genera una expansión multimodal de la comunicación escrita. Por esta razón resulta difícil comprender la actitud de quienes consideran que utilizar emojis es necesariamente una manifestación de pobreza lingüística, inmadurez o incapacidad para comunicar correctamente. El problema no está en recurrir a los emojis, sino en hacer uso de este sin criterio. La riqueza comunicativa no depende de emplear exclusivamente palabras, si en cambio de saber seleccionar los recursos adecuados para expresar aquello que queremos comunicar.

 

      Es cierto que existe un uso excesivo y trivial de los emojis en algunos contextos. Una conversación en la que cada palabra es sustituida por un dibujo puede convertirse en algo confuso o semánticamente pobre. Pero ese hecho no invalida el recurso. También podemos utilizar demasiados signos de admiración, repetir innecesariamente una palabra o escribir párrafos interminables. El abuso de un recurso no demuestra que este sea malo; indica simplemente que su uso carece de criterio (Danesi, 2019). La cuestión, entonces, no es si debemos valernos del emojis, sino para qué y cuándo aplicarlo. En una conversación entre amigos puede ser completamente apropiado. En una felicitación, un mensaje afectuoso, una conversación familiar, una publicación en redes sociales o una comunicación informal, tiene el potencial incluso de enriquecer considerablemente el significado. Hasta en determinados contextos profesionales logra ser adecuado, siempre que exista suficiente confianza entre los interlocutores.

     En definitiva, el emoji demuestra que la escritura no es un sistema cerrado. La historia de la escritura siempre ha sido un recorrido de transformación. El ser humano pasó de las imágenes a los signos, de los signos a las palabras, de los manuscritos a la imprenta y de la imprenta a la escritura digital. Ahora, en cierta medida, la imagen vuelve a entrar en el contexto. Pero no porque estemos retrocediendo al pasado, antes bien porque hemos entrado en una nueva convivencia entre palabra e imagen, entre lenguaje verbal y lenguaje visual (Danesi, 2019). El emoji no ha venido a sustituir el lenguaje, por el contrario nos recuerda que el lenguaje humano siempre fue mucho más amplio que las palabras.  Así que consideramos equivocado mirar el emoji como una amenaza para el lenguaje. La lengua no se empobrece porque aparezca un nuevo recurso comunicativo. Se debilita si perdiéramos la capacidad de construir argumentos, de hacer ensayos profundos y de expresar ideas complejas.

 

Referencias:

          Cantamutto, L. (2024). Gestion de vínculos en la interacción digital en español. El empleo de los emojis como elemento de afiliación grupal en los procesos de activismo digital.

          Danesi, M. (2016). The Semiotics of Emoji. Bloomsbury Academic.

          Danesi, M. (2019). Emojis: Langue or Parole? Chinese Semiotic Studies

          Peirce, Charles Sanders (1974). La ciencia de la semiótica. Buenos Aires: Nueva Visión

          Vela Delfa, C., Cantamutto, L. (2021). Los emojis en la interacción digital escrita. Madrid. Arco Libros.

          Vela Delf, C. (2020). Una aproximación semiótica al estudio de los emojis. Círculo de Lingüista Aplicada a la Comunicación.

          Sampietro, A(2024). Aproximaciones teóricas a las funciones linguisticas del emoji en la comunicación digital. Madrid: Universidad Complutense de Madrid.

          Seargeant, P. (2017). Emojis: Carriers of Culture and Symbols of Identity.

          University of Edinburgh (2026). The Prosody of Emojis. Association for Computational Linguistics. Aclanthology.org.

          Wittgensteinn, Ludwig (1958). Investigaciones filosóficas.

          Zappavigna, M. y Logi, L. (2024). Emoji and Social Media Paralanguage. Cambridge University

 

 

 

    

 

 

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