Después de miles de años de evolución de la escritura, de la aparición del alfabeto, de la sofisticación de las lenguas y de la creación de millones de palabras, el ser humano contemporáneo ha vuelto a recurrir a la imagen para decir aquello que las palabras, por sí solas, no siempre consiguen expresar. Basta colocar un pequeño rostro sonriente después de una frase para modificar su tono; colocar un corazón para transformar una expresión neutra en una manifestación afectiva; añadir una carcajada para convertir una afirmación aparentemente seria en una broma; ese pequeño dibujo que aparece en nuestros teléfonos y computadoras, aparentemente insignificante, constituye en realidad uno de los fenómenos más interesantes de la comunicación contemporánea: el emoji.
La palabra emoji procede del japonés: e, significa imagen y moji, carácter o signo escrito. Aunque existen antecedentes anteriores, el desarrollo de los emojis modernos está estrechamente relacionado con la telefonía móvil japonesa de finales del siglo xx. En 1997, la compañía japonesa SoftBank ya disponía de un conjunto de aproximadamente 90 símbolos, y luego llego el conocido conjunto de 176 emojis creado por el diseñador Shigetaka Kurita para NTT DOCOMO en 1999, el cual lo popularizó (Vela Delfa, 2020)..
El propósito
con la creación del emoji no era tanto diseñar un nuevo idioma, como solucionar
un problema de comunicación: ¿cómo introducir emoción, intención y matices en
mensajes escritos extremadamente breves? Entre aquellos primeros símbolos había
rostros, fenómenos meteorológicos, objetos y otros pictogramas. El emoji nació,
por tanto, no como una frivolidad tecnológica, sino como una respuesta a una
limitación fundamental de la escritura digital: la dificultad de transportar al
texto algunos elementos que en la conversación presencial transmitimos mediante
el rostro, la voz, los gestos y la entonación. Esto nos conduce directamente al
terreno de la semiótica, disciplina fundada por Charles Sanders Peirce (1974), que
estudia los signos y símbolos y cómo las personas elaboran e interpretan
significados en la comunicación. Este filósofo estableció las bases para entender los emoji modernos al
formular su teoría sobre los signos. Años luego, el filósofo Ludwig
Wittgenstein (1958) planteo en sus manuscritos algo revolucionario para
entonces, escribió que las personas podían dibujar caras para expresar
significados allí donde las palabras fallaban.
El emoji, no obstante, no es un signo cuya interpretación pueda reducirse simplemente a la imagen que representa. Un corazón (de acuerdo a su color), por ejemplo, puede significar amor, afecto, agradecimiento, aprobación, solidaridad o incluso ironía, dependiendo de quién lo utiliza, a quien se dirige y en qué contexto aparece. Por consiguiente el emoji no posee un significado único e inmóvil. El sentido no está encerrado dentro de la imagen: se construye en la relacione entre el signo, el texto, el emisor, el receptor y la situación comunicativa. Precisamente por eso la investigación semiótica ha mostrado que los emojis pueden funcionar simultáneamente como signos icónicos, simbólicos e incluso indexicales, dependiendo de la manera en que son utilizados (Vale Delfa, 2020).
El emoji, entonces, funciona muchas veces como una especie de entonación visual. No es lo mismo leer en un mensaje “estoy bien”, que escribir “estoy bien” y agregar una carita feliz. El rostro introduce una dimensión que no estaba contenida explícitamente en las palabras. En ese sentido, puede reforzar o suavizar una afirmación. La investigación lingüística ha señalado precisamente que, en la comunicación digital, los emojis pueden desempeñar una función semejante a determinados elementos prosódicos de la comunicación oral (Sampietro, 2024; University of Edinburgh, 2026).
Una función adicional del emoji es el hecho de que puede complementar el significado de una
expresión. La relación no es –palabra o emoji-, sino –palabra más emoji. Un
estudio de Lorenzo Logi y Michele Zappavigna (2024) desde la perspectiva de la
semiótica social, ha mostrado precisamente que ambos recursos pueden trabajar
conjuntamente para construir significado: el lenguaje aporta determinadas
dimensiones y el emoji puede destacar, ampliar o modificar otras. No estamos,
por tanto, ante dos sistemas que necesariamente se excluyen, son en realidad dos
modos semióticos que pueden integrarse en un mismo acto comunicativo. La
semiótica social permite ir algo más lejos. Un signo no adquiere significado
únicamente por lo que representa, sino además por la manera en que las personas
lo utilizan dentro de determinadas comunidades. El emoji puede expresar
pertenencia, complicidad, cercanía, ironía, identidad y hasta posición social.
No utilizamos necesariamente los mismos emojis con nuestros padres, con un
paciente, con un jefe o con una persona desconocida. El signo cambia porque la
relación social no es la misma. La investigación contemporánea sobre semiótica
social ha encontrado precisamente que los emojis contribuyen a construir
vínculos y formas de afiliación entre los participantes de una comunidad
digital (Seargeant, P., 2017; Cantamutto, L, 2024).;
Durante
siglos, la escritura tuvo que sacrificar una parte considerable de la
comunicación humana para poder conservar otra. Cuando escribimos perdemos la
entonación, la expresión facial, determinados gestos y buena parte de la
información emocional que acompaña a las palabras. El emoji permite recuperar
una pequeña parte de aquello que la escritura tradicional había dejado fuera.
No reemplaza la voz ni el rostro, desde luego, pero introduce dentro del texto
una especie de dimensión visual y afectiva, lo que genera una expansión
multimodal de la comunicación escrita. Por esta razón resulta difícil
comprender la actitud de quienes consideran que utilizar emojis es
necesariamente una manifestación de pobreza lingüística, inmadurez o
incapacidad para comunicar correctamente. El problema no está en recurrir a los
emojis, sino en hacer uso de este sin criterio. La riqueza comunicativa no
depende de emplear exclusivamente palabras, si en cambio de saber seleccionar los
recursos adecuados para expresar aquello que queremos comunicar.
Es cierto que existe un uso excesivo y trivial de los emojis en algunos contextos. Una conversación en la que cada palabra es sustituida por un dibujo puede convertirse en algo confuso o semánticamente pobre. Pero ese hecho no invalida el recurso. También podemos utilizar demasiados signos de admiración, repetir innecesariamente una palabra o escribir párrafos interminables. El abuso de un recurso no demuestra que este sea malo; indica simplemente que su uso carece de criterio (Danesi, 2019). La cuestión, entonces, no es si debemos valernos del emojis, sino para qué y cuándo aplicarlo. En una conversación entre amigos puede ser completamente apropiado. En una felicitación, un mensaje afectuoso, una conversación familiar, una publicación en redes sociales o una comunicación informal, tiene el potencial incluso de enriquecer considerablemente el significado. Hasta en determinados contextos profesionales logra ser adecuado, siempre que exista suficiente confianza entre los interlocutores.
En definitiva,
el emoji demuestra que la escritura no es un sistema cerrado. La historia de la
escritura siempre ha sido un recorrido de transformación. El ser humano pasó de
las imágenes a los signos, de los signos a las palabras, de los manuscritos a
la imprenta y de la imprenta a la escritura digital. Ahora, en cierta medida,
la imagen vuelve a entrar en el contexto. Pero no porque estemos retrocediendo
al pasado, antes bien porque hemos entrado en una nueva convivencia entre
palabra e imagen, entre lenguaje verbal y lenguaje visual (Danesi, 2019). El
emoji no ha venido a sustituir el lenguaje, por el contrario nos recuerda que
el lenguaje humano siempre fue mucho más amplio que las palabras. Así que consideramos equivocado mirar el
emoji como una amenaza para el lenguaje. La lengua no se empobrece porque
aparezca un nuevo recurso comunicativo. Se debilita si perdiéramos la capacidad
de construir argumentos, de hacer ensayos profundos y de expresar ideas
complejas.
Referencias:
Cantamutto, L. (2024). Gestion de vínculos en la interacción digital en
español. El empleo de los emojis como elemento de afiliación grupal en los
procesos de activismo digital.
Danesi,
M. (2016). The Semiotics of Emoji. Bloomsbury Academic.
Danesi,
M. (2019). Emojis: Langue or Parole? Chinese Semiotic Studies
Peirce,
Charles Sanders (1974). La ciencia de la semiótica. Buenos Aires: Nueva Visión
Vela
Delfa, C., Cantamutto, L. (2021). Los emojis en la interacción digital escrita.
Madrid. Arco Libros.
Vela
Delf, C. (2020). Una aproximación semiótica al estudio de los emojis. Círculo
de Lingüista Aplicada a la Comunicación.
Sampietro, A(2024). Aproximaciones teóricas a las funciones linguisticas
del emoji en la comunicación digital. Madrid: Universidad Complutense de
Madrid.
Seargeant, P. (2017). Emojis: Carriers of Culture and
Symbols of Identity.
University of Edinburgh (2026). The Prosody of Emojis. Association for
Computational Linguistics. Aclanthology.org.
Wittgensteinn, Ludwig (1958). Investigaciones filosóficas.
Zappavigna,
M. y Logi, L. (2024). Emoji and Social Media Paralanguage. Cambridge University
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