La neurociencia ha comprobado que el cerebro no registra pasivamente la realidad, sino que la interpreta mediante modelos internos. Al asumir una identidad, o al tener una creencia profundamente arraiga sobre nosotros mismos, nuestra conducta y comportamiento tiende a modificarse, incluso cuando esa percepción o impresión particular sea errónea.
En la
década de 1970, el psicólogo canadiense Albert Bandura, uno de los
investigadores más influyentes de la historia de la psicología,, viendo que
gran parte de las teorías del comportamiento humano se centraban en los
factores externos que modificaban la conducta: el esfuerzo, el castigo o el
aprendizaje por condicionamiento, propuso
que la conducta también dependía de la manera en que las personas evaluaban sus
propias capacidades para afrontar una situación determinada (Bandura, 1977).
Esta idea
dio origen al concepto de autoeficacia, definido como la creencia que una
persona tiene acerca de su capacidad para organizar y ejecutar las acciones
necesarias para alcanzar un objetivo específico Conviene subrayar que la autoeficacia no
describe las habilidades reales del individuo, sino su percepción de esas
habilidades. Dos personas con un nivel de competencia semejante pueden actuar
de manera muy diferente si una de ella está convencida de que podrá superar el
desafío y la otra cree que fracasará.
Esta distinción constituye una de las aportaciones más importantes de
Bandura. Tradicionalmente se asumía que el rendimiento dependía principalmente
de la capacidad objetiva. Sin embargo, la investigación mostró que el
conocimiento y las habilidades, aunque indispensables, no siempre son
suficientes. Para ponerlas en práctica también es necesario creer que uno puede
utilizarlas con éxito.
Bandura
observó que las personas con una elevada percepción de autoeficacia tienden a
fijarse metas más ambiciosas, perseveran durante más tiempo frente a las
dificultades, interpretan los errores como oportunidades de aprendizaje y
muestran una mayor capacidad para recuperarse después de un fracaso. En
contraste, quienes poseen una baja autoeficacia suelen evitar tareas
desafiantes, abandonan antes sus objetivos y experimentan niveles más elevados
de ansiedad cuando deben enfrentarse a situaciones (Bandura, 1997).
Desde el
punto de vista experimental, la teoría de Bandura ha recibido apoyo de
numerosos estudios realizados en contextos muy diversos. Por ejemplo,
investigaciones en el ámbito educativo demostraron que la autoeficacia predice
el rendimiento académico incluso después de controlar variables como la
inteligencia o el desempeño previo (Pajares, 1996). En el deporte, igualmente,
los atletas con mayores expectativas de eficacia suelen mostrar mayor
persistencia durante el entrenamiento y mejor capacidad para afrontar la
presión competitiva (Feltz, Short, & Sullivan, 2008). En el ámbito clínico,
la autoeficacia asimismo se ha relacionado con una mayor adherencia a los
tratamientos médicos, mejores hábitos de salud y mayor probabilidad de mantener
cambios conductuales a largo plazo (Schwarzer & Fuchs, 1996).
Uno de los aspectos más interesantes de la teoría de Bandura es que identifica las principales fuentes a partir de las cuales se desarrolla la autoeficacia. La primera y más poderosa corresponde a las experiencias de dominio. Cada vez que una persona supera con éxito un desafío, aumenta la probabilidad de que interprete futuras situaciones similares como manejables. En cambio, los fracasos repetidos, especialmente durante las primeras etapas del aprendizaje, pueden debilitar la confianza en las propias capacidades (Bandura, 1997).
La segunda fuente es el aprendizaje vicario, es decir, la observación de otras personas. Cuando un individuo presencia cómo alguien semejante a él logra resolver una tarea difícil, aumenta su propia percepción de eficacia. Este fenómeno constituye uno de los mecanismos fundamentales del aprendizaje social y explica, en parte, la importancia de los modelos de referencia en la educación, el deporte y el desarrollo profesional (Bandura, 1986). La tercera fuente corresponde a la persuasión verbal. El apoyo, la retroalimentación constructiva y las expectativas positivas transmitidas por padres, profesores, terapeutas o líderes pueden fortalecer la precepción de eficacia, especialmente cuando se acompañan de oportunidades reales para poner a prueba las propias capacidades. Sin embargo, Bandura advirtió que el simple optimismo verbal carece de utilidad duradera si no va acompañado de experiencias concretas de éxito (Bandura, 1997).
Finalmente,
la cuarta fuente está relacionada con la
interpretación de los estados fisiológicos y emocionales. Las personas
suelen utilizar señales como el nerviosismo, el cansancio o la aceleración del
ritmo cardíaco para juzgar su capacidad frente a un desafío. Quien interpreta
esas respuestas como indicios de incapacidad tenderá a experimentar una menor
autoeficacia. Por el contrario, cuando esas mismas sensaciones son
interpretadas como una activación normal previa al rendimiento, su efecto
negativo disminuye considerablemente (Bandura, 1997).
Las
investigaciones desarrolladas durante las últimas décadas han confirmado la
relevancia de este constructo. Una revisión realizada por Stajkovic y Luthans
(1998), que integró resultados de más de un centenar de estudios, encontró una
relación positiva y consistente entre la autoeficacia y el desempeño laboral.
Posteriormente, diversos metaanálisis han corroborado asociaciones similares en
contextos educativos, deportivos y relacionados con la salud (Sitzmann &
Yeo, 2013).
Si
tuviéramos que hacer algunas precisiones diríamos que la autoeficacia no
sustituye al conocimiento, la práctica ni las condiciones objetivas del
entorno. Creer que uno puede realizar una tarea no garantiza automáticamente el
éxito, deben existir habilidades reales, más allá de una expectativa
excesivamente optimista. La creencia no actúa como una fuerza sobrenatural,
sino como un mecanismo que modifica la probabilidad de emitir determinados
comportamientos. A pesar de ello, la autoeficacia puede ser lo suficientemente
relevante como para llevar nuestro desempeño a otro nivel.
Referen
cias:
Bandura, A. (1977). ). Self-efficacy: Toward a unifying theory of behavioral
change. Psychological Review.
Bandura, A. (1997). Bandura, A. (1999). Autoeficacia: cómo afrontamos los
cambios de la sociedad actual. Desclée de Brouwer.
Feltz, D. L., Short, S. E., &
Sullivan, P.J. (2008). Self-Eficacy in Sport. Human Kinetics.
Schwarzer, R.,& Fuchs, R. (1996).
Self-efficacy and health behaviours. En M. Conner & P. Norman (Eds.).
Predicting Health Behaviour (pp. 163-196). Open University Press.
Pajares, F. (1996). Self-efficay
beliefs in academic settings. Review of Educational Research.
Sitzmann, T., & Yeo, G. (2013). A
meta-analytic investigation of the within –person self-efficacy domain: Is
self-efficacy a producto of past performance or a driver of future performance?
Personel Psychology.
Stajkovic, A.D., & Luthans, F.
(1998). Self-efficacy and work-related performance: A meta-analysis.
Psychological Bulletin.
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