Nuestro
cerebro no fue diseñado para ser feliz, fue diseñado para sobrevivir. Esta afirmación,
respaldada por numerosos investigadores de la neurociencia evolutiva, resume
uno de los principios fundamentales del funcionamiento mental. Durante cientos
de miles de años, nuestros antepasados vivieron expuestos a depredadores,
enfermedades, escasez de alimentos, conflictos tribales y peligros constantes.
En ese contexto, los individuos que prestaban mayor atención a las amenazas
tenían más probabilidades de sobrevivir y transmitir sus genes. Desde el punto
de vista evolutivo, era mucho más costoso pasar por alto un peligro que dejar
de percibir una oportunidad agradable. Como consecuencia, la evolución
favoreció un sistema nervioso extraordinariamente sensible a las señales
negativas (LeDoux, 1996; Sapolsky, 2004).
Este fenómeno
ha sido ampliamente documentado por la psicología bajo el nombre de sesgo de negatividad. El concepto hace
referencia a la tendencia natural de nuestra mente a detectar, recordar y
reaccionar con mayor intensidad ante los acontecimientos negativos que ante los
positivos. Un fracaso suele tener más impacto emocional que varios éxitos; una
crítica permanece durante días en la memoria mientras diez elogios desaparecen
con rapidez, una amenaza potencial capta inmediatamente nuestra atención
mientras que las experiencias agradables suelen pasar inadvertidas. No se trata
de una debilidad del carácter ni de una actitud pesimista aprendida. Es una
característica inherente de la arquitectura cognitiva humana (Baumeister,
Bratslavsky, Finkenauer y Vohs, 2001).
Los estudios clásicos de Roy Baumeister y sus colaboradores llegaron a una conclusión contundente: “lo malo es más fuerte que lo bueno”. Los eventos negativos producen respuestas fisiológicas más intensas, generan recuerdos más duraderos, influyen con mayor fuerza sobre la toma de decisiones y condicionan el comportamiento futuro de manera desproporcionada respecto a los eventos positivos. Este principio aparee en prácticamente todos los ámbitos de la vida: las relaciones de pareja, el aprendizaje el trabajo, la salud mental, la educación e incluso la política (Baumeister et al., 2001).
La neurociencia ha permitido comprender parte de los mecanismos responsables de este fenómeno. Uno de ellos es la amígdala cerebral, estructura esencial para detectar amenazas y coordinar respuestas defensivas, responder con gran rapidez ante estímulos potencialmente peligrosos. Diversos estudios mediante resonancia magnética funcional muestran que los estímulos negativos producen una activación más intensa y más prolongada que los estímulos positivos. Esta activación facilita la consolidación de los recuerdos emocionales a través de su interacción con el hipocampo, razón por la cual las experiencias desagradables suelen permanecer durante años con una nitidez sorprendente, mientras que muchos acontecimientos felices desaparecen con relativa facilidad de la memoria (LeDoux, 1996).
Paradójicamente el mismo mecanismo que permitió la supervivencia de
nuestra especie puede convertirse hoy en una fuente constante de sufrimiento
psicológico. La mayoría de las amenazas que enfrentamos en la actualidad ya no
provienen de depredadores ocultos entre la vegetación ni de hambrunas
prolongadas. Son preocupaciones financieras, incertidumbre laboral, conflictos
familiares, miedo al rechazo social, enfermedades futuras o anticipaciones de
acontecimientos que quizá nunca ocurran. Sin embargo, el cerebro responde a
muchas de estas amenazas simbólicas utilizando circuitos neuronales
desarrollados originalmente para afrontar peligros físicos inmediatos. El
resultado es un organismo que permanece en alerta durante largos periodos,
consumiendo enormes cantidades de recursos fisiológicos y cognitivos (Sapolsky,
2004; McEwen, 2007).
Desde esta
perspectiva, centrar deliberadamente la atención en los aspectos positivos deja
de ser un acto de ingenuidad para convertirse en una forma de compensar un
desequilibrio biológico preexistente. No se trata de sustituir la realidad por
fantasías optimistas, sino de corregir una tendencia natural que sobrevalora el
peligro y subestima los recursos, las oportunidades y los acontecimientos
favorables. El objetivo no consiste en ver un mundo irrealmente optimista, sino
en aproximarse a una percepción más equilibrada de la realidad.
La psicología
cognitiva ha demostrado repetidamente que
aquello a lo que prestamos atención termina moldeando la forma en que
interpretamos el mundo. La atención no funciona como una cámara que
registra objetivamente todo cuanto sucede, actúa más bien como un reflector que
ilumina determinadas partes de la experiencia mientras deja otras en la
penumbra. Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y construir
interpretaciones radicalmente distintas dependiendo de dónde concentren sus
recursos atencionales. La realidad objetiva permanece igual, lo que cambia es la
representación mental de esa realidad (Kahneman, 2012).
La
neuroplasticidad ofrece una explicación complementaria. Cada vez que un circuito
neuronal se activa, aumenta ligeramente la probabilidad de volver a activarse
en el futuro. Con el tiempo, las redes más utilizadas se fortalecen, mientras
que aquellas que apenas participan tienden a debilitarse. Esta propiedad,
conocida desde los trabajos pionero de Donald Hebb, puede resumirse en una
frase célebre: las neuronas que se
activan juntas tienden a conectarse entre sí (Hebb, 1949). En consecuencia,
una mente que de manera habitual dirige su atención hacia amenazas, errores,
pérdidas y fracasos termina fortaleciendo precisamente los circuitos asociados
con esas formas de interpretar el mundo. Del mismo modo, entrena la atención
para reconocer oportunidades, fortalezas, cooperación, aprendizaje y logros
favorece la consolidación progresiva de redes neuronales diferentes.
Barbara Fredickson propuso una de las teorías más influyentes para comprender este fenómeno. Su teoría de la ampliación y construcción sostiene que las emociones positivas no solo producen bienestar subjetivo, sino que amplían el repertorio de pensamientos y conductas disponibles para la persona. Mientras el miedo estrecha la atención y prepara para luchar o huir, emociones como el interés, la serenidad, la gratitud o la alegría amplían el campo perceptivo, favorecen la creatividad, incrementan la flexibilidad cognitiva, mejoran la resolución de problemas y facilitan la cooperación social. Con el tiempo, estos estados emocionales contribuyen a construir recursos psicológicos, intelectuales y sociales que aumentan la capacidad de afrontar futuras adversidades (Fredrickson, 2001-2009).
Lo anterior
tiene unas enormes implicaciones prácticas, ya que una persona dominada
constantemente por la amenaza suele reducir sus opciones de conducta. Percibe
menos alternativas interpreta las situaciones con mayor rigidez y adopta
respuestas defensivas incluso cuando no resultan necesarias. En cambio, un
estado emocional más positivo favorece una exploración más amplia del entorno,
incrementa la creatividad, facilita el aprendizaje y mejora la capacidad para
establecer vínculos de confianza. Desde una perspectiva estrictamente
funcional, el pensamiento positivo no representa una forma de autoengaño;
constituye una condición neurocognitiva que acrecienta las posibilidades de adaptación
La sociología
y la psicología social también han mostrado que las expectativas positivas
ejercen una influencia decisiva sobre el comportamiento humano. El conocido
efecto Pigmalión (Rosenthal y Jacobson, 1968) demostró que las expectativas
favorables de maestros, líderes o figuras significativas pueden modificar de
manera objetiva el rendimiento de otras personas. Las creencias no permanecen
confinadas al ámbito privado; influyen sobre la conducta, alteran las
interacciones sociales y terminan creando condiciones que aumentan la
probabilidad de que aquello esperado ocurra. En este sentido, la positividad no
obra como una fuerza misteriosa, sino como un mecanismo psicológico y social
capaz de reorganizar la conducta individual y colectiva. La filosofía ya había
intuido mucho antes esta capacidad selectiva de la mente. Los estoicos
sostenían que los seres humanos sufrimos menos por los acontecimientos que por
la interpretación que hacemos de ellos, Al modificar sistemáticamente el foco
de atención se cambia también la evaluación de la realidad y, con ello, la
experiencia emocional que emerge de dicha evaluación (Ellis, 1962; Lazarus,
1991).
En
consecuencia, centrarse en lo positivo no significa negar la existencia del
sufrimiento, minimizar las dificultades ni refugiarse en un optimismo pueril.
Más bien significa comprender que el cerebro posee un sesgo ancestral hacia la
amenaza y que, precisamente por esa razón, necesita un entrenamiento deliberado
para percibir con igual claridad aquello que favorece el aprendizaje, la
cooperación, el crecimiento, la salud y la adaptación. En un cerebro
configurado para detectar peligros, dirigir voluntariamente la atención hacia
lo valioso constituye menos un acto de optimismo que un ejercicio de equilibrio
cognitivo.
Referencias:
Baumeister, R.F., Bratslavsky, E., Finkenauer,
C., & Vohs, K.D. (2001). Ba dis stronger tan good. Review of General
Psychology.
Ellis, A. (1962). Reason and Emotion
in Psychotherapi. Lyle Stuart.
Fredrickson, B.L. (2001). The role of
positive emotions in positive psychology: The broaden-and-build theory of
positive emotions. American Psychologist.
Hebb, Donald O (1949). La
organización de la conducta: una teoría neuropsicológica.
Kahneman, D. (2012). Pensar rápido,
pensar despacio ´Debate.
Lazarus, R.S. (1991). Emotion and Adaptation.
Oxford University Press.
LeDoux, J. (1996). El cerebro
emocional. Planeta
McEwen, B.S. (2007). Physiology and
neurobiology of stress and adaptation: Central role of the brain. Physiological
Reviews.
Rosenthal, R., & Jacobson, L.
(1968). Pigmalión in the Classroom. Holt, Rinehart & Winston.
Sapolsky, R. M. (2004). ¿Por qué las
cebras no tienen úlceras? Alianza Editorial.
Seligman, M.E.P. (2011). La vida que
florece. Ediciones B.
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