miércoles, 19 de agosto de 2026

La importancia de centrarse en lo positivo

 


     Debido a cierta literatura de autoayuda se ha popularizado una idea que suele provocar desconfianza, la de que:: conviene centrar la atención en lo positivo. Con frecuencia se asocia esta propuesta con discurso de superación personal, optimismo ingenuo o negación de la realidad. Desde esa perspectiva, pensar en lo positivo sería una forma de evasión, un intento de ocultar el sufrimiento bajo frases motivacionales. Sin embargo, la investigación desarrollada durante las últimas décadas en psicología, neurociencia, biología evolutiva y ciencias sociales muestra un panorama muy diferente. No se trata de ignorar los problemas ni de sustituir el pensamiento crítico por ilusiones. Se trata de comprender cómo funciona el cerebro humano y por qué dirigir deliberadamente la atención hacia determinados aspectos de la experiencia puede convertirse en una estrategia profundamente adaptativa (Seligman, 2011; Fredrickson, 2009).

     Nuestro cerebro no fue diseñado para ser feliz, fue diseñado para sobrevivir. Esta afirmación, respaldada por numerosos investigadores de la neurociencia evolutiva, resume uno de los principios fundamentales del funcionamiento mental. Durante cientos de miles de años, nuestros antepasados vivieron expuestos a depredadores, enfermedades, escasez de alimentos, conflictos tribales y peligros constantes. En ese contexto, los individuos que prestaban mayor atención a las amenazas tenían más probabilidades de sobrevivir y transmitir sus genes. Desde el punto de vista evolutivo, era mucho más costoso pasar por alto un peligro que dejar de percibir una oportunidad agradable. Como consecuencia, la evolución favoreció un sistema nervioso extraordinariamente sensible a las señales negativas (LeDoux, 1996; Sapolsky, 2004).

   Este fenómeno ha sido ampliamente documentado por la psicología bajo el nombre de sesgo de negatividad. El concepto hace referencia a la tendencia natural de nuestra mente a detectar, recordar y reaccionar con mayor intensidad ante los acontecimientos negativos que ante los positivos. Un fracaso suele tener más impacto emocional que varios éxitos; una crítica permanece durante días en la memoria mientras diez elogios desaparecen con rapidez, una amenaza potencial capta inmediatamente nuestra atención mientras que las experiencias agradables suelen pasar inadvertidas. No se trata de una debilidad del carácter ni de una actitud pesimista aprendida. Es una característica inherente de la arquitectura cognitiva humana (Baumeister, Bratslavsky, Finkenauer y Vohs, 2001).

     Los estudios clásicos de Roy Baumeister y sus colaboradores llegaron a una conclusión contundente: “lo malo es más fuerte que lo bueno”. Los eventos negativos producen respuestas fisiológicas más intensas, generan recuerdos más duraderos, influyen con mayor fuerza sobre la toma de decisiones y condicionan el comportamiento futuro de manera desproporcionada respecto a los eventos positivos. Este principio aparee en prácticamente todos los ámbitos de la vida: las relaciones de pareja, el aprendizaje el trabajo, la salud mental, la educación e incluso la política (Baumeister et al., 2001).

    La neurociencia ha permitido comprender parte de los mecanismos responsables de este fenómeno. Uno de ellos es la amígdala cerebral, estructura esencial para detectar amenazas y coordinar respuestas defensivas, responder con gran rapidez ante estímulos potencialmente peligrosos. Diversos estudios mediante resonancia magnética funcional muestran que los estímulos negativos producen una activación más intensa y más prolongada que los estímulos positivos. Esta activación facilita la consolidación de los recuerdos emocionales a través de su interacción con el hipocampo, razón por la cual las experiencias desagradables suelen permanecer durante años con una nitidez sorprendente, mientras que muchos acontecimientos felices desaparecen con relativa facilidad de la memoria (LeDoux, 1996).

  Paradójicamente el mismo mecanismo que permitió la supervivencia de nuestra especie puede convertirse hoy en una fuente constante de sufrimiento psicológico. La mayoría de las amenazas que enfrentamos en la actualidad ya no provienen de depredadores ocultos entre la vegetación ni de hambrunas prolongadas. Son preocupaciones financieras, incertidumbre laboral, conflictos familiares, miedo al rechazo social, enfermedades futuras o anticipaciones de acontecimientos que quizá nunca ocurran. Sin embargo, el cerebro responde a muchas de estas amenazas simbólicas utilizando circuitos neuronales desarrollados originalmente para afrontar peligros físicos inmediatos. El resultado es un organismo que permanece en alerta durante largos periodos, consumiendo enormes cantidades de recursos fisiológicos y cognitivos (Sapolsky, 2004; McEwen, 2007).

     Desde esta perspectiva, centrar deliberadamente la atención en los aspectos positivos deja de ser un acto de ingenuidad para convertirse en una forma de compensar un desequilibrio biológico preexistente. No se trata de sustituir la realidad por fantasías optimistas, sino de corregir una tendencia natural que sobrevalora el peligro y subestima los recursos, las oportunidades y los acontecimientos favorables. El objetivo no consiste en ver un mundo irrealmente optimista, sino en aproximarse a una percepción más equilibrada de la realidad. 

 La psicología cognitiva ha demostrado repetidamente que aquello a lo que prestamos atención termina moldeando la forma en que interpretamos el mundo. La atención no funciona como una cámara que registra objetivamente todo cuanto sucede, actúa más bien como un reflector que ilumina determinadas partes de la experiencia mientras deja otras en la penumbra. Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y construir interpretaciones radicalmente distintas dependiendo de dónde concentren sus recursos atencionales. La realidad objetiva permanece igual, lo que cambia es la representación mental de esa realidad (Kahneman, 2012).

   La neuroplasticidad ofrece una explicación complementaria. Cada vez que un circuito neuronal se activa, aumenta ligeramente la probabilidad de volver a activarse en el futuro. Con el tiempo, las redes más utilizadas se fortalecen, mientras que aquellas que apenas participan tienden a debilitarse. Esta propiedad, conocida desde los trabajos pionero de Donald Hebb, puede resumirse en una frase célebre: las neuronas que se activan juntas tienden a conectarse entre sí (Hebb, 1949). En consecuencia, una mente que de manera habitual dirige su atención hacia amenazas, errores, pérdidas y fracasos termina fortaleciendo precisamente los circuitos asociados con esas formas de interpretar el mundo. Del mismo modo, entrena la atención para reconocer oportunidades, fortalezas, cooperación, aprendizaje y logros favorece la consolidación progresiva de redes neuronales diferentes.

   

  Barbara Fredickson propuso una de las teorías más influyentes para comprender este fenómeno. Su teoría de la ampliación y construcción sostiene que las emociones positivas no solo producen bienestar subjetivo, sino que amplían el repertorio de pensamientos y conductas disponibles para la persona. Mientras el miedo estrecha la atención y prepara para luchar o huir, emociones como el interés, la serenidad, la gratitud o la alegría amplían el campo perceptivo, favorecen la creatividad, incrementan la flexibilidad cognitiva, mejoran la resolución de problemas y facilitan la cooperación social. Con el tiempo, estos estados emocionales contribuyen a construir recursos psicológicos, intelectuales y sociales que aumentan la capacidad de afrontar futuras adversidades (Fredrickson, 2001-2009).

    Lo anterior tiene unas enormes implicaciones prácticas, ya que una persona dominada constantemente por la amenaza suele reducir sus opciones de conducta. Percibe menos alternativas interpreta las situaciones con mayor rigidez y adopta respuestas defensivas incluso cuando no resultan necesarias. En cambio, un estado emocional más positivo favorece una exploración más amplia del entorno, incrementa la creatividad, facilita el aprendizaje y mejora la capacidad para establecer vínculos de confianza. Desde una perspectiva estrictamente funcional, el pensamiento positivo no representa una forma de autoengaño; constituye una condición neurocognitiva que acrecienta las posibilidades de adaptación

     La sociología y la psicología social también han mostrado que las expectativas positivas ejercen una influencia decisiva sobre el comportamiento humano. El conocido efecto Pigmalión (Rosenthal y Jacobson, 1968) demostró que las expectativas favorables de maestros, líderes o figuras significativas pueden modificar de manera objetiva el rendimiento de otras personas. Las creencias no permanecen confinadas al ámbito privado; influyen sobre la conducta, alteran las interacciones sociales y terminan creando condiciones que aumentan la probabilidad de que aquello esperado ocurra. En este sentido, la positividad no obra como una fuerza misteriosa, sino como un mecanismo psicológico y social capaz de reorganizar la conducta individual y colectiva. La filosofía ya había intuido mucho antes esta capacidad selectiva de la mente. Los estoicos sostenían que los seres humanos sufrimos menos por los acontecimientos que por la interpretación que hacemos de ellos, Al modificar sistemáticamente el foco de atención se cambia también la evaluación de la realidad y, con ello, la experiencia emocional que emerge de dicha evaluación (Ellis, 1962; Lazarus, 1991).

     En consecuencia, centrarse en lo positivo no significa negar la existencia del sufrimiento, minimizar las dificultades ni refugiarse en un optimismo pueril. Más bien significa comprender que el cerebro posee un sesgo ancestral hacia la amenaza y que, precisamente por esa razón, necesita un entrenamiento deliberado para percibir con igual claridad aquello que favorece el aprendizaje, la cooperación, el crecimiento, la salud y la adaptación. En un cerebro configurado para detectar peligros, dirigir voluntariamente la atención hacia lo valioso constituye menos un acto de optimismo que un ejercicio de equilibrio cognitivo.

 

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Referencias:

 

          Baumeister, R.F., Bratslavsky, E., Finkenauer, C., & Vohs, K.D. (2001). Ba dis stronger tan good. Review of General Psychology.

          Ellis, A. (1962). Reason and Emotion in Psychotherapi. Lyle Stuart.

          Fredrickson, B.L. (2001). The role of positive emotions in positive psychology: The broaden-and-build theory of positive emotions. American Psychologist.

          Hebb, Donald O (1949). La organización de la conducta: una teoría neuropsicológica.

          Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio ´Debate.

          Lazarus, R.S. (1991). Emotion and Adaptation. Oxford University Press.

          LeDoux, J. (1996). El cerebro emocional. Planeta

          McEwen, B.S. (2007). Physiology and neurobiology of stress and adaptation: Central role of the brain. Physiological Reviews.

          Rosenthal, R., & Jacobson, L. (1968). Pigmalión in the Classroom. Holt, Rinehart & Winston.

          Sapolsky, R. M. (2004). ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Alianza Editorial.

          Seligman, M.E.P. (2011). La vida que florece. Ediciones B.

 

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