miércoles, 19 de agosto de 2026

El juzgamiento se alimenta de la amargura


    Todos conocemos personas que no escatiman esfuerzo alguno para denostar, denigrar, o censurar, desde una posición de superioridad, a casi todas las personas ya sean cercanas o no a su círculo inmediato. Sujetos que su sola presencia parece introducir en el ambiente una perturbación, con esa manera de tazar  siempre de forma defectuosa aquello no suele ser de su agrado. Para tales individuos todo puede convertirse en materia de objeción. Parecería que  tales personas hubiesen decidido hacer de la intimida  ajena el  territorio sobre el cual ejercer una permanente inspección.

     ¿Qué clase de existencia interior puede conducir a un ser humano a semejante disposición? Desde la psicología existe una explicación  sobre este tipo de conducta. Por ejemplo, el psicólogo Steven Stosny (2015), quien ha escrito extensamente en torno al resentimiento, la ira y la victimización plantea algo particularmente esclarecedor, sugiere que el resentimiento tiende a hacer que las personas interpreten las acciones de los demás desde una perspectiva de agravio. Lo que intenta mostrar es que no siempre el juzgamiento viene por descubrir que alguien es injusto; en una cantidad de ocasiones el resentimiento mismo hace que se interprete como injusto lo que no lo es. En lo que sigue trataremos de mostrar los motivos subyacentes de esa funesta costumbre y por qué suele perpetuarse y fortalecerse con el paso de los años.  

  La psicología ha encontrado relaciones interesantes entre determinadas formas de malestar interno y la conducta difamadora. Las investigaciones contemporáneas sobre regulación emocional muestran, por ejemplo, que las dificultades para regular las emociones y el empleo de estrategias desadaptativas se relacionan con una mayor tendencia a la crítica hostil.. Una revisión sistemática publicada en Aggressive Behavior (2026) , realizada por un equipo de investigadores encabezado por Kimberley Smith y Steve Gillespie y que integró 137 artículos, 171 estudios y más de 252,000 participantes, encontró una asociación positiva entre las dificultades de regulación emocional y la agresión, particularmente con la agresión reactiva. Esto último permite comprender algo que la observación cotidiana ya había advertido mucho antes de que la psicología experimental pudiera medirlo: el individuo que no sabe qué hacer con su propia irritación termina frecuentemente haciendo algo con ella en el mundo exterior, y una de las formas más común de canalizar esa frustración es desprestigiando la integridad de otras personas.  

     A pesar de lo dicho, cabe señalar que las personas felices pueden igualmente ser críticas en determinados contextos, ya que la desaprobación justa resulta en ocasiones necesaria. No toda denuncia y severidad es pues patológica. El problema comienza cuando la crítica o el señalamiento dejan de ser un instrumento para corregir algo y se transforma en una disposición permanente del carácter; cuando ya no se censura una conducta, sino que parece necesario encontrar siempre algo que descalificar. Es entonces cuando cabe sospechar que el problema no se encuentra únicamente en aquello que el sujeto juzga, sino en el propio individuo que necesita censurar. .

   

     Cuando una persona no puede resolver dentro de sí aquello que le perturba –exorcizar sus propios demonios- intentará frecuentemente localizar afuera un responsable de su condición.. Si está insatisfecha consigo misma, encuentra constantes defectos en otros; si se siente inferior, buscará a alguien que pueda parecerle inferior; si experimenta frustración, descubrirá culpables; si vive en permanente comparación, convertirá el éxito ajeno en una afrenta personal. De esta manera, el mundo exterior se convierte en una especie de pantalla sobre la cual se proyectan conflictos que originalmente pertenecían al mundo interior propio.  De ahí que algunas personas parezcan vivir en estado permanente de combate, pues no necesitan que exista una verdadera amenaza; ellos mismos fabrican pequeñas batallas allí donde otros apenas encuentran acontecimientos ordinarios. Para tales personas todo puede resultar una incitación: alguien que se muestra distinto, pero en nada provocador, es tenido por arrogante o asocial, una conversación ordinaria puede ser interpretada como una disputa y una diferencia en la manera de pensar  llega a ser vista como ofensiva.

     En realidad, es imperativo darse cuenta de que el excesivo estado de vigilancia hacía los demás, es una manera de escapar de la vigilancia de uno mismo. Erich Fromm examinó esta cuestión desde una perspectiva particularmente penetrante. En El miedo a la liberta (1941), el psicoanalista alemán mostró cómo el individuo que no ha desarrollado una relación suficientemente autónoma consigo mismo puede intentar resolver su inseguridad mediante mecanismos de sometimiento, conformismo o dominación. En El arte de ama (1956),  el mismo autor, distinguió entre una existencia centrada en el crecimiento y otra organizada alrededor de la posesión, el control y la necesidad de apropiarse del otro. Desde esta perspectiva, hay una diferencia fundamental entre amar a una persona y necesitar gobernarla. El primero presupone libertad; el segundo, inseguridad.

     Fromm denominó orientación productiva a una manera de existir en la que el individuo desarrolla sus capacidades, ama, crea y se relaciona con el mundo desde una posición de mayor autonomía. La orientación improductiva, en cambio, queda atrapada en formas de explotación, acumulación o dominio. El sujeto que necesita permanentemente controlar a quienes le rodean -con instigación, critica, señalamientos- difícilmente puede considerarse libre en sentido profundo; necesita que los demás se comporten de determinada manera para conservar su propia estabilidad, y cuando posee algún rasgo narcisista, necesita, además, que se le reconozca –admire- por su intromisión consuetudinaria en los asuntos de los otros. La paradoja que releva este modo de ser es el siguiente: algunas personas que desean gobernar la vida de los demás, en realidad no han conseguido gobernar satisfactoriamente la propia.

     Resulta psicológicamente más cómodo descubrir el defecto de un compañero de estudio, un colega del trabajo o un vecino que contemplar el propio. Es menos doloroso hablar de irresponsabilidad del hijo ajeno que preguntarse por las propias deficiencias como padre; criticar la conducta o las decisiones de alguien que confrontar las frustraciones personales. El juicio constante sobre un tercero suele ser una forma, muy rudimentaria, convengamos, de anestesia psicológica. Mientras se está ocupado en señalar lo que está mal en el otro, no se tiene tiempo de preguntarse demasiado que está ocurriendo en la propia vida. En ese sentido, la crítica destructiva posee una función defensiva. No siempre pretende corregir al otro; en la inmensa mayoría de la veces lo que pretende es restaurar el equilibrio interno de quien reprocha.

   

       Di
versas investigaciones psicológicas han sugerido que resulta difícil que una persona profundamente reconciliada consigo misma pueda dedicar buena parte de su existencia a descubrir defectos en los demás (Park y Colvin, 2015). De acuerdo a la evidencia existente las personas que se encuentran razonablemente satisfechas con sus vidas, aquellas que poseen algún grado de serenidad interior, quienes disfrutan de sus vínculos, de su trabajo, de sus intereses y de su propia compañía, suelen tener poca inclinación y, sobre todo, muy poca necesidad psicológica de intervenir constantemente en la existencia ajena. La tranquilidad interior parece producir una curiosa economía de la agresión y la intromisión. .

     Los sujetos psicológicamente estables pueden incluso reconocer los méritos ajenos sin sentir que el suyo disminuye. En ese sentido, admiran sin sentirse humillados y aceptan que otros sean más inteligentes, más atractivos o más exitosos sin experimentar una herida narcisista. Para tales personas la existencia del otro, no constituye una amenaza para su identidad. De esto surge una importante cuestión: las personas sanas también se irritan, se entristecen, siente envidia ocasional, experimentan frustración y pueden tener deseos de responder agresivamente. La diferencia está en que esos estados no gobiernan sistemáticamente su conducta. Por ello ante una situación difícil pueden disentir sin atropellar; corregir sin despreciar; exigir sin tiranizar. La estabilidad interior no elimina el conflicto pero si modifica la manera de enfrentarlo

     Hay algo más profundo todavía: las personas que viven razonablemente bien consigo mismas suelen tener una mayor disponibilidad psicológica para los demás. No porque sean necesariamente santas, bondadosas o altruista en sentido absoluto, sino porque no están permanentemente ocupadas en defender una identidad herida. La investigación contemporánea encuentra, de hecho, una relación positiva entre bienestar y conducta prosocial (López et al., 2018). La correlación entre conducta prosocial y salud mental (Campayo et al., 2024) tiene cada vez más evidencia. La lección que nos deja estas referencias es bastante clara: sanar la amargura nos vuelve más tolerante; el desarrollo de la tolerancia, igualmente, puede desarticular la amargura.

 

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Referencias:

           Fromm, Erich (1941). El miedo a la libertad

           Fromm, Erich (1956). El arte de amar

     Garcia-Campayo, J., Barceló-Soler, A., & col.(2024). Exploring the relationship between self-copassion and compassion for others: Therole of psychological distres and welbening. Assessment.

          López, A., Sanderman, R., & col. (2018). Compassion for others and self-compassion: Levels, correlates, and relationship with psychological well-being. Mindfulness.

          Park, S.W., & Colvin, C.R. (2015). Narcissim and other-derogation in the absence of ego threat. Journal of Personality.

          Stosny, Steven (2015). Vivir y amar después de una traición: Cómo sanar el abuso emocional, el engaño, la infidelidad y el resentimiento crónico. México. Editorial Aguilar.

          Smith, K. Jones, A., Daly, N., Widdrington, H., Garofalo, C., & Gillespie, S.M. (2026). Emotion Regulation and Aggression: A Systematic Review and Meta-Analysis. Aggressive Behavior.

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