Esto nos
coloca ante un problema de considerable importancia, porque existe una
diferencia sustancial entre estar psicológicamente sano y sentirse
psicológicamente bien. Lo primero supone determinadas condiciones de
funcionamiento emocional, interpersonal y conductual; lo segundo puede ser
simplemente una sensación subjetiva. Un individuo puede sentirse perfectamente
cómodo consigo mismo y, al mismo tiempo, ser incapaz de mantener relaciones
afectivas estables, administrar razonablemente sus finanzas, aceptar una
crítica, reconocer sus errores, controlar sus impulsos, pedir perdón, tolerar
la frustración o asumir responsabilidad por las consecuencias de sus actos. El
hecho de no experimentar malestar no demuestra que exista salud; puede revelar más
bien que carece de los instrumentos internos necesarios para percatarse de su
propia dificultad.
Carl Jung (2001)
examinó esta cuestión intentando profundizar en el inconsciente. Para ello
elaboró el concepto de sombra: Según Jung existe una zona de nuestra vida
psíquica que reúne rasgos, deseos, impulsos y emociones que el yo consciente
considera incompatibles con la imagen que ha construido de sí mismo. La sombra
no contiene simplemente “lo malo” que llevamos dentro; alberga también aspectos
de nosotros que fueron rechazados, reprimidos o considerados inaceptables por
nuestra educación y por el ideal que intentamos encarnar. Lo inquietante de
todo lo anterior es que aquello que no queremos reconocer en nosotros con
frecuencia comienza a aparecer en los demás.
O sea, la sombra encuentra una salida mediante la proyección. Este concepto lo desarrollaremos más detalladamente más adelante.
La psicología
ha estudiado desde hace mucho tiempo los procedimientos mediante los cuales el
aparato psíquico intenta protegerse de aquello que resulta doloroso, amenazante
o difícil de admitir. Freud (1976) en su momento llamó la atención sobre los
mecanismos de defensa y la psicología posterior desarrolló considerablemente
este concepto más luego. La Asociación Americana de Psicología (APA) define el
mecanismo de defensa como un patrón de reacción inconsciente utilizado por el yo
para protegerse de la ansiedad derivada del conflicto psíquico; entre estos
mecanismos se encuentran la negación, la proyección, la racionalización, la
represión, entre otros. La propia APA señala que existen defensas más maduras y
otras más infantiles, dependiendo de cuánto distorsionen la realidad.
Algo semejante
acontece con la racionalización, mecanismo de defensa muy sutil y
especializado. En este caso, el individuo fabrica explicaciones aparentemente
razonables para justificar comportamientos cuya verdadera motivación le resulta
incómoda aceptar. Puede decir que abandonó una relación porque “necesitaba
libertad”, cuando en realidad era incapaz de comprometerse, por ejemplo. Dice
no conservar amistades porque “no soporta la superficialidad de la gente”,
cuando quizá tiene enormes dificultades para establecer vínculos recíprocos; o
que nunca pide disculpa porque “no le gusta humillarse”, cuando lo que existe
es una intolerancia casi absoluta a reconocer errores. La inteligencia, en
estos casos, no necesariamente sirve para descubrir la verdad, más bien se
convierte en un instrumento muy perfeccionado de fabricación de explicaciones
favorables al ego.
Es habitual
que personas cuyo estado mental y emocional caracterizado por contradicciones evidentes, que nunca hayan
aceptado, de manera voluntaria, acudir a terapia o leer de manera espontánea algún manual de
salud mental, estén ellas mismas convencidas de que se encuentran perfectamente
sanas. Y no es que no haber ido nunca a
terapia o carecer de lecturas sobre temas de salud mental convierta automáticamente a alguien en una
persona psicológicamente enferma. Millones de personas desarrollan vida
emocionalmente satisfactoria sin necesidad de psicoterapia. El problema, no
obstante, aparece cuando la ausencia de conocimiento psicológico se combina con
una seguridad plena acerca de la propia normalidad (Wang, P.S., et al 2007).. Aquí es donde radica la cuestión. Si
una persona arguye que nunca ha tenido depresión, no ha necesitado un psicólogo
y no tiene ningún problema, habría que preguntarle ¿cómo son sus relaciones?,
¿qué ocurre cuando alguien le contradice?, ¿qué historia tienen sus relaciones
de pareja?, ¿puede reconocer sus responsabilidades?, ¿mantiene amistades
profundas?, ¿cómo trata a quienes no pueden ofrecerle ningún beneficio?, ¿cómo
ha administrado sus ingresos?.
Esto último es
sumamente relevante, ya que es frecuente ver que la inmadurez emocional puede
coexistir perfectamente con el éxito en cualquiera de sus expresiones El hecho
de que una persona tenga dinero, una profesión prestigiosa, una empresa, un
título universitario, propiedades, reconocimiento público o una posición
encumbrada no constituye evidencia suficiente de madurez psicológica y de estabilidad
mental. El mundo contemporáneo ha cometido el error de asociar con demasiada
frecuencia el éxito externo con la competencia interna. Pero una persona puede
ser excepcionalmente cualificada para hacer negocios y absolutamente inepta para
manejar sus emociones; puede dirigir cien empleados y no saber manejar una
discusión con su pareja; puede administrar millones de pesos y ser incapaz de
regular sus impulsos; puede tener una brillante carrera profesional y, sin
embargo, poseer una personalidad emocionalmente infantil. (Grijalva, E., et al.,
2015). El éxito le ha permitido ocultar sus flaquezas. Décadas de
reconocimiento social le han generado la sensación de normalidad. “Si estoy
donde estoy, necesariamente debo estar bien”, sería su razonamiento. Empero,
muchas de estas personas con el paso de los años han ido escalando socialmente,
pero determinadas estructuras de su emocionalidad han permanecido prácticamente
detenidas. Los logros externos pueden ocultar problemas psicológicos profundos de
la misma manera que una buena fachada logra disimular el deterioro dentro de
una vivienda. Desde fuera todo parece correcto; el problema se encuentra en las
estructuras internas. Y precisamente porque el individuo obtiene validación
social, nadie tiene suficiente incentivos para confrontarlo.
La psicoanalista Karen Horney comprendió de
manera particularmente penetrante esta cuestión. En El autoanálisis (1942), desarrolló precisamente una parte importante de su
trabajo al examinar las posibilidades y limitaciones del autoexamen psicológico.
Según la escritora, las estructuras neuróticas podían contener autoengaños,
pretensiones e ilusiones que hacían difícil que la persona pudiera descubrir
por sí sola aquello que la sostiene. El problema, según planteaba, no consiste solamente en ignorar algo acerca de uno mismo; es que existe también una
resistencia a descubrirlo. Esta observación resulta esencial porque introduce
una diferencia entre ignorancia psicológica y resistencia psicológica. La
primera puede remediarse mediante educación. La segunda es más compleja, porque
el individuo puede tener interés en permanecer ignorante (mecanismo de defensa de negación).
Hay personas que no quieren saber por qué fracasan repetidamente sus vínculos,
porque descubrirlo las obligaría a modificar su conducta. No desean tampoco
comprender por qué pierden dinero, ya que esto las llevaría a reconocer sus
desaciertos. Desde el campo de la filosofía, Alan Watts, escritor y pensador
británico, insistía continuamente que una de las grandes trampas del ego radica
en identificarse con una imagen de sí mismo que intenta defender todo el
tiempo..
La dificultad
de ser consciente de uno mismo y su accionar no se limitan puramente a una debilidad
moral, aun cuando obviamente esta prevalece de manera abundante. En realidad, conocerse
requiere de un proceso cognitivo capaz de observar el propio funcionamiento.
Esta capacidad de darse cuenta se conoce como metacognición y se centra
precisamente en evaluar nuestros propios procesos cognitivos: saber cuándo
recordamos, cuándo dudamos, cuándo hemos cometido un error y cuánta confianza
deberíamos depositar en nuestro juicio. Aun cuando la metacognicion posee una
naturaleza intangible, cuenta con una base neurobiológica concreta. La neurociencia
ha demostrado que no se trata de una facultad localizada en un único punto del
cerebro, sino de una actividad en la que participan diferentes circuitos,
particularmente regiones de la corteza prefrontal anterior y frontopolar, la
corteza prefrontal dorsolateral, la corteza cingulada anterior y la ínsula, en
interacción con sistemas encargados de la atención, la memoria y la valoración
de nuestros propios estados (Fleming, Dolan & Frith, 2012). A pesar de
ello, no es suficiente tener una mente capaz de observarse para que
necesariamente se mire con honestidad. Una persona puede aún con estos
mecanismos neuronales funcionando relativa.ente bien, interpretar sus emociones según su conveniencia,
justificar sus decisiones, explicar sus fracasos y atribuir sus dificultades a
circunstancias externas. De ahí que alguien pueda encontrarse profundamente
atrapado en patrones destructivos y, al mismo tiempo, considerarse equilibrado,
razonable y emocionalmente saludable.
Mucho antes de
que los escáneres cerebrales descubrieran que ciertas áreas de nuestro cerebro –lóbulo
prefrontal, ínsula, amígdala, hipocampo y otras áreas participan de esa capacidad de
darnos o no cuenta de nuestra ceguera interior, la literatura había detallado
en más de una ocasión la distancia entre
lo que somos y lo que creemos ser. El
lobo estepario de Hermann Hesse, nos nuestra la profunda crisis de
identidad del protagonista. Lo mismo puede encontrarse en El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, pero es Oscar Wilde, escritor
inglés del siglo xix con El retrato de
Dorian Gray, quien describe, de manera magistral esta lucha interior entre
los dos yoes, el exterior y el interior. Mientras el rostro público del
personaje permanece aparentemente intacto, el retrato registra aquello que el
protagonista no quiere mirar. El cuadro funciona como una especie de conciencia
externa. Dorian puede escapar de su propia mirada, pero no puede evadirse de la
representación de sí mismo. La ficción anticipa así una intuición psicológica
que hoy se reconoce mejor: aquello que no incorporamos conscientemente a
nuestra identidad no deja por ello de formar parte de nosotros.
Y regresando a
Alan Watts, en su obra El libro: sobre el
tabú de saber quién eres (1966), este cuestiona precisamente la
identificación rígida del individuo con la imagen que ha construido de sí mismo.
Según Watts, no poseemos un yo sólido y perfectamente conocido por nosotros. El
error, por tanto, no estriba solamente en ignorar algunos aspectos de nuestra
personalidad, sino en haber confundido el personaje que hemos construido con
aquello que somos. Esta perspectiva resulta pertinente porque quien se
encuentra excesivamente encuadrado con una determinada imagen puede
experimentar cualquier cuestionamiento como una amenaza contra su propia identidad.
La verdadera
madurez psicológica comienza allí donde termina la necesidad de tener una
imagen impecable de uno mismos. La salud psicológica tiene menos relación
con la convicción de que estamos bien que con la capacidad de descubrir dónde
no lo estamos. Una persona madura no es necesariamente aquella que posee una
imagen admirable de sí misma, sino aquella que puede soportar que esa imagen
sea incompleta. El sujeto verdaderamente
sano no es quien afirma: “Yo no tengo problemas”. Es aquel que puede decir, con
mucha mayor humildad y mucho mayor discernimiento: “Hay cosas en mí que todavía
no comprendo, hay aspectos que debo mejorar y estoy dispuesto a descubrirlos
aunque la verdad no siempre resulte agradable. Como bien señaló Richard Feynman
(premio Nobel de física), en una ocasión,, el principio básico es que no
debemos engañarnos a nosotros mismos, ya que somos la persona más fácil de
engañar. En definitiva, el mayor obstáculo para alcanzar una verdadera salud
psicológica no es, como ya se apuntó antes, padecer conflictos internos, por el contrario carecer de la disposición para reconocerlos. De ahí que conserve plena vigencia
aquella sentencia de Sócrates, recogida por Platón en la Apología: Una vida sin examen no merece la pena ser
vivida.
Referencias
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R. P. (1974). Ciencia tipo culto de carga. Discurso de graduación, California
Institute of Technology. Pasadera, California.
Fleming,
S.M. Dolan, R.J. & Frith, C.D. (2012). The neural basis of metacogntive
abilly. Philosophical Transactions of the Royal Society
Freud, S.
(1976). Inhibición, síntoma y angustia. En J. Strachey (Ed.) Obras completas
(Vol. Xx, pp. 71-164). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en
1926)
Grijalva,
E., Newman, D.A., Tay, L., Donnella, M.B., Harms, P.D., Robins, R.W., &
Yan, T. (2015). Gender differences in narcissim: A meta-analytic review.
Psychological Bulletin.
Horney,
K. (1942). El análisis. Self-Analysis. New York: W.W. Norton & Company
Jung, C.G. (2001). Civilización en transición. En obra
completa (vol. 10) Madrid: Trotta.(El problema de la sombra).
Platón.
(2009). Apología de Sócrates. Madrid: Gredos.
Wang,
P.S., Angemeyer, M., Borges, G., et al (2007). Delay and failure in treatment
seeking after first onset of mental disorders in the world health
Organization´s World Mental Health Survey Initative. World Psychiatry
Watts, A.
(1966). El libro: sobre el tabú de saber quién eres. Barcelona: Ediciones Kairós
Wilde, O.
(1890-2008). El retrato de Dorian Gray. Madrid: Alianza Editorial
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