martes, 25 de agosto de 2026

La ilusión de estar sanos: cuando no vemos nuestros problemas

     Hay una particularidad de la condición humana que resulta especialmente peculiar. Mientras que la mayoría de las enfermedades físicas terminan por producir señales que obligan al individuo a reconocer que algo no anda bien, en el terreno psicológico acontecer exactamente lo contrario. Una persona puede vivir durante décadas sometida a patrones de pensamientos, emociones y conductas que deterioran sus relaciones, su economía, su vida familiar y hasta su propia tranquilidad y, sin embargo, permanecer plenamente convencida de que psicológicamente se encuentra bien. Más aún: en determinados sujetos la convicción de estar sanos mentalmente –de creerlo sin que haya algo que lo confirme- llega a ser tan firme que cualquier señalamiento contrario lo interpretan como una agresión, una persecución o una demostración de incompetencia de quien se atreve a mostrarle lo equivocado que están.

    Esto nos coloca ante un problema de considerable importancia, porque existe una diferencia sustancial entre estar psicológicamente sano y sentirse psicológicamente bien. Lo primero supone determinadas condiciones de funcionamiento emocional, interpersonal y conductual; lo segundo puede ser simplemente una sensación subjetiva. Un individuo puede sentirse perfectamente cómodo consigo mismo y, al mismo tiempo, ser incapaz de mantener relaciones afectivas estables, administrar razonablemente sus finanzas, aceptar una crítica, reconocer sus errores, controlar sus impulsos, pedir perdón, tolerar la frustración o asumir responsabilidad por las consecuencias de sus actos. El hecho de no experimentar malestar no demuestra que exista salud; puede revelar más bien que carece de los instrumentos internos necesarios para percatarse de su propia dificultad.

   Carl Jung (2001) examinó esta cuestión intentando profundizar en el inconsciente. Para ello elaboró el concepto de sombra: Según Jung existe una zona de nuestra vida psíquica que reúne rasgos, deseos, impulsos y emociones que el yo consciente considera incompatibles con la imagen que ha construido de sí mismo. La sombra no contiene simplemente “lo malo” que llevamos dentro; alberga también aspectos de nosotros que fueron rechazados, reprimidos o considerados inaceptables por nuestra educación y por el ideal que intentamos encarnar. Lo inquietante de todo lo anterior es que aquello que no queremos reconocer en nosotros con frecuencia comienza  a aparecer en los demás. O sea, la sombra encuentra una salida mediante la proyección. Este concepto lo desarrollaremos más detalladamente más adelante.

     La psicología ha estudiado desde hace mucho tiempo los procedimientos mediante los cuales el aparato psíquico intenta protegerse de aquello que resulta doloroso, amenazante o difícil de admitir. Freud (1976) en su momento llamó la atención sobre los mecanismos de defensa y la psicología posterior desarrolló considerablemente este concepto más luego. La Asociación Americana de Psicología (APA) define el mecanismo de defensa como un patrón de reacción inconsciente utilizado por el yo para protegerse de la ansiedad derivada del conflicto psíquico; entre estos mecanismos se encuentran la negación, la proyección, la racionalización, la represión, entre otros. La propia APA señala que existen defensas más maduras y otras más infantiles, dependiendo de cuánto distorsionen la realidad.

 

    La negación, por ejemplo, ocupa un lugar fundamental en la lista de estos mecanismos. Negar no significa necesariamente afirmar verbalmente que un hecho no existe; puede consistir simplemente en vivir como si determinadas evidencias carecieran de importancia. La persona puede tener tres matrimonios fracasados y concluir que “todos los hombres –o mujeres- son iguales”, puede haber perdido grandes cantidades de dinero por decisiones imprudentes y afirmar que “la economía esta imposible”, puede haber tenido conflictos con numerosos compañeros de trabajo y explicar que “la gente es muy problemática”. El dato permanece allí, pero la explicación siempre se encuentra fuera de la persona. La proyección, otro de los mecanismos  que las personas utilizan de manera inconsciente, se basa en que aquello que el sujeto no tolera reconocer en sí mismo lo atribuye a los demás. El egoísta acusa a los otros de interesado; el desconfiado asegura que todos conspiran; el hostil percibe agresividad en cualquier parte; quien vive permanentemente juzgando interpreta cualquier observación como una crítica; el individuo incapaz de reconocer sus propias fallas descubre con extraordinaria facilidad las de los demás. De esta manera tales personas consiguen una solución psicológica aparentemente eficaz. El problema existe, pero siempre reside en otra persona.

     Algo semejante acontece con la racionalización, mecanismo de defensa muy sutil y especializado. En este caso, el individuo fabrica explicaciones aparentemente razonables para justificar comportamientos cuya verdadera motivación le resulta incómoda aceptar. Puede decir que abandonó una relación porque “necesitaba libertad”, cuando en realidad era incapaz de comprometerse, por ejemplo. Dice no conservar amistades porque “no soporta la superficialidad de la gente”, cuando quizá tiene enormes dificultades para establecer vínculos recíprocos; o que nunca pide disculpa porque “no le gusta humillarse”, cuando lo que existe es una intolerancia casi absoluta a reconocer errores. La inteligencia, en estos casos, no necesariamente sirve para descubrir la verdad, más bien se convierte en un instrumento muy perfeccionado de fabricación de explicaciones favorables al ego.

     Es habitual que personas cuyo estado mental y emocional caracterizado por  contradicciones evidentes, que nunca hayan aceptado, de manera voluntaria, acudir a terapia o  leer de manera espontánea algún manual de salud mental, estén ellas mismas convencidas de que se encuentran perfectamente sanas. Y no es que no  haber ido nunca a terapia o carecer de lecturas sobre temas de salud mental  convierta automáticamente a alguien en una persona psicológicamente enferma. Millones de personas desarrollan vida emocionalmente satisfactoria sin necesidad de psicoterapia. El problema, no obstante, aparece cuando la ausencia de conocimiento psicológico se combina con una seguridad plena acerca de la propia normalidad (Wang, P.S., et  al 2007).. Aquí es donde radica la cuestión. Si una persona arguye que nunca ha tenido depresión, no ha necesitado un psicólogo y no tiene ningún problema, habría que preguntarle ¿cómo son sus relaciones?, ¿qué ocurre cuando alguien le contradice?, ¿qué historia tienen sus relaciones de pareja?, ¿puede reconocer sus responsabilidades?, ¿mantiene amistades profundas?, ¿cómo trata a quienes no pueden ofrecerle ningún beneficio?, ¿cómo ha administrado sus ingresos?.

     Esto último es sumamente relevante, ya que es frecuente ver que la inmadurez emocional puede coexistir perfectamente con el éxito en cualquiera de sus expresiones El hecho de que una persona tenga dinero, una profesión prestigiosa, una empresa, un título universitario, propiedades, reconocimiento público o una posición encumbrada no constituye evidencia suficiente de madurez psicológica y de estabilidad mental. El mundo contemporáneo ha cometido el error de asociar con demasiada frecuencia el éxito externo con la competencia interna. Pero una persona puede ser excepcionalmente cualificada para hacer negocios y absolutamente inepta para manejar sus emociones; puede dirigir cien empleados y no saber manejar una discusión con su pareja; puede administrar millones de pesos y ser incapaz de regular sus impulsos; puede tener una brillante carrera profesional y, sin embargo, poseer una personalidad emocionalmente infantil. (Grijalva, E., et al., 2015). El éxito le ha permitido ocultar sus flaquezas. Décadas de reconocimiento social le han generado la sensación de normalidad. “Si estoy donde estoy, necesariamente debo estar bien”, sería su razonamiento. Empero, muchas de estas personas con el paso de los años han ido escalando socialmente, pero determinadas estructuras de su emocionalidad han permanecido prácticamente detenidas. Los logros externos pueden ocultar problemas psicológicos profundos de la misma manera que una buena fachada logra disimular el deterioro dentro de una vivienda. Desde fuera todo parece correcto; el problema se encuentra en las estructuras internas. Y precisamente porque el individuo obtiene validación social, nadie tiene suficiente incentivos para confrontarlo.

      La psicoanalista Karen Horney comprendió de manera particularmente penetrante esta cuestión. En El autoanálisis (1942), desarrolló  precisamente una parte importante de su trabajo al examinar las posibilidades y limitaciones del autoexamen psicológico. Según la escritora, las estructuras neuróticas podían contener autoengaños, pretensiones e ilusiones que hacían difícil que la persona pudiera descubrir por sí sola aquello que la sostiene. El problema, según planteaba, no consiste solamente en ignorar algo acerca de uno mismo; es que existe también una resistencia a descubrirlo. Esta observación resulta esencial porque introduce una diferencia entre ignorancia psicológica y resistencia psicológica. La primera puede remediarse mediante educación. La segunda es más compleja, porque el individuo puede tener interés en permanecer ignorante (mecanismo de defensa de negación). Hay personas que no quieren saber por qué fracasan repetidamente sus vínculos, porque descubrirlo las obligaría a modificar su conducta. No desean tampoco comprender por qué pierden dinero, ya que esto las llevaría a reconocer sus desaciertos. Desde el campo de la filosofía, Alan Watts, escritor y pensador británico, insistía continuamente que una de las grandes trampas del ego radica en identificarse con una imagen de sí mismo que intenta defender todo el tiempo..

     La dificultad de ser consciente de uno mismo y su accionar no se limitan puramente a una debilidad moral, aun cuando obviamente esta prevalece de manera abundante. En realidad, conocerse requiere de un proceso cognitivo capaz de observar el propio funcionamiento. Esta capacidad de darse cuenta se conoce como metacognición y se centra precisamente en evaluar nuestros propios procesos cognitivos: saber cuándo recordamos, cuándo dudamos, cuándo hemos cometido un error y cuánta confianza deberíamos depositar en nuestro juicio. Aun cuando la metacognicion posee una naturaleza intangible, cuenta con una base neurobiológica concreta. La neurociencia ha demostrado que no se trata de una facultad localizada en un único punto del cerebro, sino de una actividad en la que participan diferentes circuitos, particularmente regiones de la corteza prefrontal anterior y frontopolar, la corteza prefrontal dorsolateral, la corteza cingulada anterior y la ínsula, en interacción con sistemas encargados de la atención, la memoria y la valoración de nuestros propios estados (Fleming, Dolan & Frith, 2012). A pesar de ello,  no es suficiente  tener una mente capaz de observarse para que necesariamente se mire con honestidad. Una persona puede aún con estos mecanismos neuronales funcionando relativa.ente bien, interpretar sus emociones según su conveniencia, justificar sus decisiones, explicar sus fracasos y atribuir sus dificultades a circunstancias externas. De ahí que alguien pueda encontrarse profundamente atrapado en patrones destructivos y, al mismo tiempo, considerarse equilibrado, razonable y emocionalmente saludable. 

     Mucho antes de que los escáneres cerebrales descubrieran que ciertas áreas de nuestro cerebro –lóbulo prefrontal, ínsula, amígdala, hipocampo y otras áreas participan de esa capacidad de darnos o no cuenta de nuestra ceguera interior, la literatura había detallado en más de una ocasión  la distancia entre lo que somos y lo que creemos ser. El lobo estepario de Hermann Hesse, nos nuestra la profunda crisis de identidad del protagonista. Lo mismo puede encontrarse en El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, pero es Oscar Wilde, escritor inglés del siglo xix con El retrato de Dorian Gray, quien describe, de manera magistral esta lucha interior entre los dos yoes, el exterior y el interior. Mientras el rostro público del personaje permanece aparentemente intacto, el retrato registra aquello que el protagonista no quiere mirar. El cuadro funciona como una especie de conciencia externa. Dorian puede escapar de su propia mirada, pero no puede evadirse de la representación de sí mismo. La ficción anticipa así una intuición psicológica que hoy se reconoce mejor: aquello que no incorporamos conscientemente a nuestra identidad no deja por ello de formar parte de nosotros.  

     Y regresando a Alan Watts, en su obra El libro: sobre el tabú de saber quién eres (1966), este cuestiona precisamente la identificación rígida del individuo con la imagen que ha construido de sí mismo. Según Watts, no poseemos un yo sólido y perfectamente conocido por nosotros. El error, por tanto, no estriba solamente en ignorar algunos aspectos de nuestra personalidad, sino en haber confundido el personaje que hemos construido con aquello que somos. Esta perspectiva resulta pertinente porque quien se encuentra excesivamente encuadrado con una determinada imagen puede experimentar cualquier cuestionamiento como una amenaza contra su propia identidad.

     La verdadera madurez psicológica comienza allí donde termina la necesidad de tener una imagen impecable de uno mismos. La salud psicológica tiene menos relación con la convicción de que estamos bien que con la capacidad de descubrir dónde no lo estamos. Una persona madura no es necesariamente aquella que posee una imagen admirable de sí misma, sino aquella que puede soportar que esa imagen sea incompleta.  El sujeto verdaderamente sano no es quien afirma: “Yo no tengo problemas”. Es aquel que puede decir, con mucha mayor humildad y mucho mayor discernimiento: “Hay cosas en mí que todavía no comprendo, hay aspectos que debo mejorar y estoy dispuesto a descubrirlos aunque la verdad no siempre resulte agradable. Como bien señaló Richard Feynman (premio Nobel de física), en una ocasión,, el principio básico es que no debemos engañarnos a nosotros mismos, ya que somos la persona más fácil de engañar. En definitiva, el mayor obstáculo para alcanzar una verdadera salud psicológica no es, como ya se apuntó antes, padecer conflictos internos, por el contrario carecer de la disposición para reconocerlos. De ahí que conserve plena vigencia aquella sentencia de Sócrates, recogida por Platón en la Apología: Una vida sin examen no merece la pena ser vivida.


Referencias

 

         Feynmann, R. P. (1974). Ciencia tipo culto de carga. Discurso de graduación, California Institute of Technology. Pasadera, California.

          Fleming, S.M. Dolan, R.J. & Frith, C.D. (2012). The neural basis of metacogntive abilly. Philosophical Transactions of the Royal Society

          Freud, S. (1976). Inhibición, síntoma y angustia. En J. Strachey (Ed.) Obras completas (Vol. Xx, pp. 71-164). Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1926)

          Grijalva, E., Newman, D.A., Tay, L., Donnella, M.B., Harms, P.D., Robins, R.W., & Yan, T. (2015). Gender differences in narcissim: A meta-analytic review. Psychological Bulletin.

          Horney, K. (1942). El análisis. Self-Analysis. New York: W.W. Norton & Company

Jung, C.G. (2001). Civilización en transición. En obra completa (vol. 10) Madrid: Trotta.(El problema de la sombra).

          Platón. (2009). Apología de Sócrates. Madrid: Gredos.

          Wang, P.S., Angemeyer, M., Borges, G., et al (2007). Delay and failure in treatment seeking after first onset of mental disorders in the world health Organization´s World Mental Health Survey Initative. World Psychiatry

          Watts, A. (1966). El libro: sobre el tabú de saber quién eres.  Barcelona: Ediciones Kairós

          Wilde, O. (1890-2008). El retrato de Dorian Gray. Madrid: Alianza Editorial

 

 

 

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