martes, 4 de febrero de 2025

Los trastornos del Estado de Ánimo

 

    En 1990 un estudio de largo alcance conocido como “Las cargas globales de la enfermedad” y que involucró instituciones como el Banco Mundial y la Organización Mundial de la Salud (OMS), quiso determinar las causas por las que las personas  más enfermaban. En dicha ocasión la depresión ocupaba el puesto 20, muy por debajo de una serie de patologías (cardiopatías, cáncer,  problemas respiratorios...) que lideraban el ranking como responsables del deterioro de la salud pública. Para el año 2000 una replicar similar del estudio mostró que en dicho año la depresión se había movido de lugar en la lista de las principales causas de enfermedad, ahora colocada en el décimo lugar.  Lo más alarmante es que en la última versión del estudio del año 2020 la depresión aparecía como la segunda enfermedad con mayores casos de incidencia en la población general. El pronóstico reciente estima que si las cosas no cambian, para el año 2030 la depresión se convertirá en la primera causa de trastorno y enfermedad a nivel global. Todo lo anterior nos habla de la relevancia que tiene conocer aspectos generales sobre la depresión. Eso es lo que intentaremos presentar a continuación.

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     Una manera de lograr una  perspectiva más esclarecedora del impacto de la depresión a nivel social y personal es mostrando algunos datos epidemiológicos y estadísticos sobre la misma. Eso lo haremos describiendo algunos aspectos sobre la misma: 

1         1.  La depresión es el trastorno mental que         más afecta a la población mundial.

2.     2 . Se calcula que aproximadamente un 20%  o 25% de la población mundial padece, padeció o padecerá de depresión en algún momento. De     todas maneras, se calcula que actualmente, en cifras absolutas, podemos hablar más o menos    de unos 300  millones de personas con este trastorno.

3.       3. El por qué la depresión se ha vuelta una condición tan frecuente en nuestra sociedad no        está del todo claro. Lo que sí ha quedado evidenciado es que el estrés actúa como el principal     detonante de la misma

4.         4. Los trastornos del estado del ánimo no respetan edad, clase social, nivel académico, raza,      ni género. A pesar de ello, todas las investigaciones dan cuenta de que la depresión suele             afectar más a las mujeres que a los hombres.

5.           5. El 30% de las personas con depresión no saben que están deprimidas y tienden a                      confundirla con desgano, cansancio, falta de motivación o dificultad con el sueño.  Muchos        de  estos síntomas, sin embargo, son la antesala de un cuadro depresivo leve o moderado.

6.              6. El 50% más o menos de las personas deprimidas no asisten a consulta y el 50% de los             que  están bajo tratamiento o tienen un diagnostico errado o no cumplen con el protocolo           de  tratamiento. 

7.             7.  Un 50% de las depresiones remiten sin la persona estar bajo tratamiento o psicoterapia.

8.          8. La depresión puede ser un factor de riesgo de muchas enfermedades somáticas, tales              como  insuficiencia cardiaca, cáncer, diabetes, desregulación de las tiroides, problemas              gastrointestinales. A su vez, la depresión puede empeorar algunas de estas condiciones en          caso de ya estarla padeciendo.

9.          9. Uno de los peligros potenciales de padecer un cuadro depresivo es el suicidio, ya que               aproximadamente entre un 15% y 20% de las personas deprimidas que no están bajo                   tratamiento se suicidan.

1           10. Algo más de 800,000 personas se quitan la vida anualmente debido a la depresión. El         riesgo  para el suicidio es 21 veces superior para personas depresivas en comparación                   con personas normales. El 90% de las personas que se suicidan están padeciendo algún               trastorno mental.

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   En el punto ocho citado más arriba se plantea que la depresión se tiene como un factor de riesgo para el desarrollo de otras enfermedades. Cabe señalar que el propio cerebro se ve afectado como consecuencia de la depresión, pues esta patología compromete y altera varias estructuras encefálicas, así como su funcionalidad. Pongamos algunos ejemplos:

·       *La depresión produce una reducción del volumen del cerebro, condición esta que contribuye con alteraciones de carácter emocional y cognitiva.

·          *La corteza pre-frontal, área de nuestras funciones ejecutivas de alto nivel, como el procesamiento de pensamiento complejo y abstracto, la toma de decisiones, la concentración o la voluntad, se encuentran comprometidas en los cuadros depresivos. 

·       *El hipocampo, zona del cerebro que intervienen en la memoria y el aprendizaje está seriamente mermado en la depresión. Por otro lado, se debilita la capacidad de atención  con lo cual resulta menos probable un desempeño optimo en cuestiones de estudio o que requieran retención.

·         *La amígdala cerebral, estructura vinculada con las emociones,  se desconecta, dando surgimiento a sentimientos negativos, tales como: ira, enojo o irritabilidad.

·         *El tálamo, que está relacionado con el sueño, se altera y con ello la capacidad del individuo de tener un descanso reparador y continuo durante la noche. Habitualmente esto es lo que explica el insomnio en la persona deprimida. 

    *La depresión afecta la neurogénesis cerebral, deteniendo el nacimiento de nuevas neuronas.

·     *El BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro),  el cual es una importante proteína protectora del cerebro, se ve reducido durante la depresión, haciendo que surjan estados de ansiedad, trastornos obsesivos compulsivos, trastornos alimentarios. Esto además incrementa el riesgo de sufrir enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o la demencia.  

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    La depresión es un trastorno cuya etimología es variada,   o sea, responde a factores distintos que se conjugan para dar con el cuadro en cuestión. En ese sentido pueden intervenir variables ambientales, psicológicas, genéticas, biológicas, de estilo de vida y estrés. Veamos cada una de ellas por separado:

a)      Biológicas: esto incluye factores genéticos, ya que es más frecuente encontrar casos de dedepresión si existen antecedentes familiares. Por ejemplo, en la llamada depresión bipolar    (que veremos más adelante) se habla de que los genes pueden influir hasta en un 70% en ella. También existen condiciones neuroquímicas, neuroendocrinas y hasta inmunológicas. Actualmente se sospecha que la inflamación crónica de bajo grado en el cerebro puede condicionar cuadros depresivos.

b)       Eventos vitales: todo lo que represente cambios, dificultades conyugales, problemas de salud importantes, perdidas de relaciones, desempleo, son factores que pueden desencadenar una depresión, sobre todo, si existe cierta vulnerabilidad genética.

c)      Experiencias infantiles adversas: esto incluye abusos, violaciones, traumas vividos durante la niñez o la infancia. La separación parental, los divorcios o la muerte de uno de los progenitores también se tienen como elementos precipitantes de la depresión.

d)  Problemas de salud y enfermedad: las condiciones patológicas de salud física como cáncer, desequilibrios metabólicos (como el hipotiroidismo), anemia por falta de hierro, deficiencia de vitamina b12, trastorno de ansiedad crónico.

e)        Hábitos no saludables: el consumo y abuso de sustancias y alcohol

f)        Rasgos de la personalidad: el neuroticismo, la rumiación, la emocionalidad negativa, la labilidad emocional, socaban la salud psicológica y pueden conducir a estados depresivos.

g)    Consumo de medicamentos: existen algunos fármacos que contribuyen a desencadenar condiciones muy parecidas a la depresión. Entre ellos tenemos: antihipertensivos, antiácidos, medicamentos para bajar el colesterol, entre otros.

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    Lo que hoy se conoce como depresión era una condición que ya desde el pasado remoto había sido descrita por distintos pueblos y civilizaciones. Por ejemplo, Hipócrates, en Grecia, se había referido a ella como “melancolía”, término que, no obstante, siguió en uso hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando adquiere su nueva denominación.   

     Actualmente el concepto depresión forma parte de una categoría conocida como trastornos del estado del ánimo. Los trastornos del estado del ánimo se definen básicamente como "perturbaciones afectivas persistentes capaces de provocar desajustes en diferentes esferas de la vida personal, laboral, académica y social".

  

     Los trastornos del estado del ánimo pueden ser diversos y suelen  habitualmente involucrar dos tipos de estados extremos y opuestos, uno conocido como manía, que se caracteriza por sentimientos muy intensos de excitación o euforia, y el otro, más conocido, que es la depresión, que generalmente supone un cuadro de extraordinaria tristeza y abatimiento, con un estado de ánimo pesimista y negativo.  Hecha esta aclaración puede ya inferirse que en realidad no existe un único tipo de lo que genéricamente llamamos depresión. La Organización Mundial de la Salud (OMS) al momento ha podido clasificar hasta 14 subtipos de depresiones distintas.

     Tenemos, entonces, las dos grandes divisiones de categorías: 1) la depresión unipolar y 2) la depresión bipolar. La primera –unipolar- es aquella en el que solo se presenta el cuadro de abatimiento o tristeza profunda.  Se estima que esta afecta a un 20% de la población. Es mucho más frecuente en mujeres que en hombres, en un ratio de 3/1.  Se caracteriza por los siguiente síntomas: tristeza o desgano, falta de energía, cansancio, problemas de memoria y concentración, sentimientos de culpa, sensación de pérdida, anhedonia (imposibilidad de sentir placer), insomnio, falta de apetito, pensamientos de autoeliminación o ideas suicidas.  

    En la depresión unipolar se presentan varias modalidades que se distinguen por su cronicidad, intensidad y nivel de discapacidad que producen. En ese sentido se puede mencionar el trastorno adaptativo depresivo que puede presentarse tras eventos estresantes. Tiene un tiempo de duración relativamente corto de algunas semanas; en ocasiones se mantiene por varios meses, pero en general tiende a mermar al desaparecer la circunstancia estresante que la provocó. Otra modalidad de depresión es la distimia, caracterizada por una duración mayor de dos años o más. La persona se encuentra aquí disminuida en su humor, pero aun así puede ser funcional en su trabajo y en su vida general. Se encuentra abatida, a pesar de que logra ser productiva. Una última modalidad que podemos mencionar es el trastorno depresivo mayor. Generalmente es la clásica depresión incapacitante que se presenta con una tristeza exacerbada, dificultad en casi todas las esferas de la vida de la persona, requiriendo medicación antidepresiva para  combatirla.

   La segunda categoría, la depresión bipolar -llamada en el pasado psicosis maniaco-depresiva- presenta tanto un polo depresivo que tiende a alternarse con otro  de manía o hipomanía.  Afecta a un 3% de la población en proporción igual tanto a mujeres como a hombres. Se caracteriza, en su fase maniaca, que puede durar varios días o varias semanas, por un estado de ánimo elevado, expansivo y eufórico, con mucha energía, sentimientos de grandiosidad, autoestima muy elevada, poca necesidad de dormir, exceso en el habla, agitación psicomotora, impulsividad, compras  compulsivas, incremento del apetito sexual y en ocasiones delirios y alucinaciones (que puede llegar a confundirse con esquizofrenia).

   La depresión bipolar constituye un conjunto de trastornos que comparten características similares, pero que debido a la diferencia en cuanto a su gravedad y manifestación requieren que se los clasifique tomando en consideración sus particularidades. Desde hace muchas décadas se conocían los cuadros de trastorno bipolar tipo I y trastorno bipolar tipo II. Básicamente la diferencia entre ellos radica en que el primero se presenta alternado un cuadro depresivo mayor y otro con episodio maniaco. El segundo -el tipo II-, mantiene el cuadro depresivo mayor, pero al pasar al polo opuesto lo hace en episodios de hipomanía (aquí la manía es más moderada). La investigación actual, sin embargo, habla de una condición que aglutina varias modalidades de depresión bipolar bajo el epígrafe de “Espectro Bipolar”. Esto es, diversas manifestaciones del trastorno que no llegan a manifestarse plenamente como un trastorno bipolar clásico, pero en los que se advierten algunos rasgos, ya sea de la fase depresiva o de hipomanía. Así entonces se habla de: ciclotímicos, hipertimicos, etc.

     De acuerdo con algunos investigadores la norma en el trastorno bipolar es que debute con la depresión, 50% de los casos en bipolar tipo I y 80% de los casos en bipolar tipo II.  De todas maneras, parece que esto puede deberse a que las personas en la fase maniaca rara vez acuden al médico, sobre todo en la bipolaridad tipo II.

   Una manera muy aceptada hoy día para distinguir y diferenciar una depresión unipolar de una bipolar es comparar algunos  parámetros particulares de cada una. Veamos algunos de ellos:

1.          a) La depresión bipolar alterna la manía con la depresión. En la depresión unipolar el sujeto solo experimenta la fase depresiva.

2.    b) Las depresiones bipolar suelen ser más recurrentes que las unipolar.

3.      c) La depresión bipolar tiene un inicio más abrupto. En cambio, la depresión unipolar se va instalando paulatinamente y pueden pasar varios años antes de que aparezca.

4.         d) La depresión bipolar suele durar menos que la unipolar. Entre otras razones debido a la condición de cambio que se produce hacia el polo de manía o hipomanía.

5.      e) El paciente bipolar tiende a tener complicaciones con drogas y alcohol. En el unipolar esto acontece en muy raras ocasiones.

6.              f) En los pacientes bipolares la ideación suicida es más común y persistente que en los unipolares.

7.     g)  Mientras que en las depresión unipolar disminuye el apetito, en los pacientes bipolares este aumenta considerablemente.

8.                  h) El paciente bipolar sufre más habitualmente de hipersomnia (necesidad de dormir mucho), mientras que el paciente unipolar padece mayoritariamente de insomnio.

9.           i) La depresión bipolar se instala habitualmente desde muy temprano: niñez, adolescencia o antes de los 30 años. La depresión unipolar se va larvando con el paso de los años.

        j) La depresión postparto debe hacernos sospechar de un cuadro de bipolaridad. Es mucho menos probable que un parto desencadene una depresión unipolar.

11.    k) Las personas con trastorno bipolar suelen enojarse bastante y de manera violenta. Esto último no se da con la misma frecuencia en pacientes con depresión unipolar.

 

Tratamiento de los trastornos del estado del ánimo

  A mediados del siglo pasado aparecen los primeros medicamentos orientados a la mejora de los cuadros depresivos, que comenzaron a usarse de manera masivas en los centros de internamiento mentales teniendo un impacto significativo y un éxito sin precedente en la historia de la psiquiatría. No pasó demasiado tiempo, empero, para que igual comenzaran a conocerse los efectos adversos que muchos o casi la totalidad de ellos ocasionaban en los pacientes. A pesar de ello, fuera de ser retirados del mercado se pasó al intento de perfeccionar su composición química buscando que tuvieran menores efectos secundarios. Al momento, o sea, en la actualidad, los antidepresivos se tienen como una medicación segura,  a pesar de que su efectividad es cuestionada, y con razón, ya que se sabe que no todos se benefician con su uso.

 La prescripción de antidepresivo habitualmente se sustenta en la teoría de que la depresión la produce una disminución de neurotransmisores tipo serotonina o dopamina. Si bien, existe cierta evidencia de que esto puede ser verdad en parte, lo que se conoce hoy es que todo parece indicar que el asunto es mucho más complejo. Esto ha permitido el surgimiento de otros enfoques causales sobre la depresión y sobre esta nueva línea de razonamiento se intentan crear procedimientos que puedan paliar con más éxito y con menos efectos negativos los distintos tipos de depresiones.

     La psicoterapia es el recurso complementario de la medicación, a pesar de que esta puede resultar conveniente en ausencia de los fármacos, específicamente en cuadros de depresión leve y moderada. Como la psicoterapia también se vale de la psicoeducación, la misma aporta valiosas informaciones tanto para el paciente como para los familiares próximos sobre lo que esperar en cuadros depresivos particulares y como reconocer la aparición de los síntomas premórbidos del trastorno. En la actualidad se sugiere la psicoterapia cognitiva/conductual como uno de los abordajes psicoterapéuticos más validados científicamente, capaz de mejorar de forma significativa algunos cuadros de depresión al margen del uso de drogas farmacéuticas.

   Existen protocolos de estilo de vida que igual pueden contribuir de forma extraordinaria, tanto para prevenir o tratar un cuadro depresivo ya instalado, con proyección de mejoras muy altas si se observan ciertos rituales, conductas y acciones. Por ejemplo, la deficiencia de vitamina D se ha asociado a los estados de ánimo irregulares. Por lo tanto, la suplementación con vitamina D3 en rango de 5,000 a 10,000 unidades diarias podría en muchos casos ser conveniente. Paralelo a esto, exponerse al sol de las primeras horas de la mañana durante 15, 20 o 30 minutos, dependiendo la época del año, puede igual resultar sumamente beneficioso. El contacto del sol en la piel permite la conversión del colesterol en vitamina D, lo cual ya hemos dicho resulta de ayuda.  Pero es que además  la luz  solar al penetrar por la retina del ojo activa la producción de neurotransmisores como la serotonina que favorece el estado de ánimo. Por último, el sol también incrementa la producción de testosterona, hormona androgena que sirve para modular nuestro humor.


    El ejercicio es otra de las sugerencias, no farmacológicas, ideales para combatir la depresión. Existe suficiente evidencia de que al hacer ejercicio todo el cuerpo se inunda con sustancias que alteran de forma positiva la química de nuestro cerebro. Ejercitarnos hace que se segreguen endorfinas, hormonas del crecimiento, adrenalina, testosterona, dopamina, entre otras sustancias que conseguirán desafiar a la tristeza y el desgano propio de la depresión. El ejercicio por otro lado, mejorará la calidad del sueño, con lo cual nuestro ciclo circadiano, que se ve afectado por la depresión, funcionará de manera más correcta. El buen descanso nocturno es uno de los pilares principales para tener una salud mental óptima. Una sustancia llamada BDNF, suele segregarse en el cerebro durante el ejercicio; ella interviene mejorando la comunicación sináptica (intercambio entre neuronas), favoreciendo la neurogénisis y la neuroplasticidad, ayudando a una mejora en la concentración, la memoria y el aprendizaje. 

    Actualmente ha salido mucha literatura científica que da cuenta de cómo la nutrición puede impactar de diversas maneras en nuestra salud mental. Por ejemplo, los alimentos ultraprocesados parecen actuar como generadores de neuroinflamacion en el cerebro predisponiendo a las personas a estados psicológicos y emocionales menos saludables. La carencia de nutrientes esenciales como los ácidos grasos omega 3 se correlacionan con una condición cognitiva más limitada o por lo menos que no está funcionando en su mejor capacidad. La deficiencia de vitaminas del complejo B, sobre todo la B12, la anemia por falta de hierro, así como el déficit de algunos aminoácidos esenciales tipo triptófano, tirosina, GABA, por ejemplo, está correlacionada con más casos de alteración del humor e inestabilidad del sistema nervioso central. Las dietas ricas en fibras, vitaminas, minerales, grasas y suficiente proteína animal y vegetal, se tienen como factor de protección para la salud mental.

   Como puede verse, enfrentar los trastornos del estado de ánimo es posible, atendiendo a varias estrategias, desde la farmacológica, psicoterapéutica, como la mejora en el estilo de vida (nutrición, descanso, ejercicio, etc.).  Si bien, siempre existirán casos difíciles de tratar y de corregir, una inmensa mayoría de condiciones pueden obtener resultados favores al aplicar estrategias sencillas y practicas que están al alcance de muchos.

 

 

sábado, 6 de marzo de 2021

La conducta adaptativa: un cuestionamiento a la norma como sinónimo de normalidad

   

     En el siglo XVIII prevalecía en Europa la idea de que los nativos de las islas y regiones descubiertas y conquistadas centurias atrás, lo que hoy conocemos como América, eran seres atrasados, salvajes de costumbres extrañas que requerían ser civilizados de acuerdo a los parámetros del hombre Occidental, porque estos al compararse con aquellos tenían mucho más que aportar. Jacques Rousseau (1755) fue, sin duda, uno de los pocos pensadores de entonces que reaccionó frente a tales prejuicios, enfrentándose a figuras de la talla de Georges-Louis Leclerc (1749) -conde de Buffon- que capitalizaba el sentimiento supremacista de la ilustración, cuestionando el dogma elitista de que la civilización europeísta, hegemónica en aquellos años, fuese superior a cualquier otra allende los mares. Para el siglo XIX, empero, y desde la visión darwinista del evolucionismo, antropólogos como Edward Tylor (1865) y Lewis Henry Morgan (1877) continuaron concibiendo la idea de superioridad, pero ahora sustentada en el paradigma biologicista de la herencia genética que concebía que algunas razas eran superiores a otras. No fue sino hasta el primer cuarto del siglo XX que la antropología comenzó a desprenderse de esa rancia segregación con investigadores como Franz Boas (1911), Ruth Benedict (1934), Claude Levi-strauss (1952), entre otros, que comienzan a reflexionar de modo distinto.

   Lo cierto es que, si bien el nivel de desarrollo tecnológico de los pueblos colonizados era mucho más rudimentario que el de los europeos, sus costumbres, tan cuestionadas por los observadores foráneos, no tenían nada de extemporáneas, ya que estas respondían a la naturaleza de su entorno, a su modo de subsistencia y a la concepción que tenían del universo; esto es, que su interpretación del mundo partía esencialmente de los datos de que disponían. En los asuntos rutinarios eran bastante parecidos a los del europeo promedio, en temas como consolidar una familia, criar hijos, proveer de sustento al grupo, defender su territorio, realizar ritos de iniciación, adoración a sus deidades o la realización de liturgias fúnebres a los desencarnados. 

                 Siempre que se tiene la experiencia de interactuar con grupos distintos surge la disyuntiva de si sus maneras son mejores o inferiores a las nuestras. Sacamos muchas veces conclusiones sin conocer la realidad auténtica de las cosas, sin advertir que lo que frecuentemente se considera verdad es en gran medida la manipulación de lo que los grupos que detentan el poder imponen. Esto ha sido así en todas las épocas. Esta forma de sesgo brota en muchos campos, incluso donde cabria no esperarlo, por el tipo de conocimiento que manejan, como el de la salud mental. La psicología, nacida como ciencia en Alemania en el último cuarto del siglo XIX, es al momento predominantemente una psicología de raigambre anglosajona, de índole peculiarmente angloamericana, que tuvo como modelo de estudio principal y casi exclusivo al ciudadano blanco de clase media. Las consecuencias que se desprendieron de este hecho fueron varias. Por un lado, esto hizo que se adoptara un criterio de normalidad algo simplista y, por otro, se cayera en una definición del concepto de adaptación muy reduccionista, suscrito a las características de ese sector de la población estadounidense, sin tomar en consideración las particularidades de otras clases, grupos o culturas no solamente distintas, sino a veces con parámetros, creencias, costumbres y proyecciones totalmente opuestas. 

    Dos hechos interesantes a destacar revelan por sí mismos lo que acabamos de hacer referencia. Uno de ellos ocurrió a mediados de la década de los años 20 (del pasado siglo), cuando gran cantidad de inmigrantes europeos llegaban a la costa de Nueva York. Un  número considerable de estos fueron deportados, pues tras no aprobar unos tests de inteligencia a los que fueron sometidos, basados en los estándares norteamericanos de entonces, se les consideró no aptos para estar en el territorio americano. La justificación era la de evitar el supuesto descenso en la inteligencia de la población media de Estados Unidos. El otro hecho, tan irritante como indignante, sucedió en los años 70 y tuvo como protagonista nada más que a un premio Nobel, el Dr. Williams Shockely (1972), quien argumentaba, ante las evidencias que supuestamente poseía, que los descendientes de afroamericanos eran individuos intelectualmente inferiores y que nada podía hacerse para revertir dicha condición. Su "genial" solución fue proponer la esterilización de las personas de color, para con ello, como él mismo señaló, impedir el incremento de seres intelectualmente deficientes.

     La suposición de que se puede estudiar a gente de cualquier lugar basándose exclusivamente en códigos establecidos por un grupo x forma parte de la arraigada presunción de muchos de pretender categorizar a los seres humanos. La historia demuestra que tales criterios son "frecuentemente promovidos por sectores ávidos de establecer distinciones, teniendo muy en cuenta colocarse ellos mismos en la posición más alta de las jerarquías que sugieren" (Josef Schovanes, 2018). Esto es propio de los modelos hegemónicos que intentan validarse ignorando cualquier intuición u observación distinta a la suya.

    A propósito de lo explicado en el párrafo precedente uno de los conceptos que más han manipulado los grupos de poder es el de adaptabilidad, o dicho de otro modo, lo que se acomoda a la norma. Por ejemplo, un sistema fáctico de gobierno vería muy bien etiquetar como inadaptado a todo ciudadano que muestre una conducta insubordinada, resistente a someterse a los caprichos de un Estado opresor.

     Abraham Maslow que estuvo, en parte "errado", en cuanto a la pirámide de las necesidades humanas (las investigaciones posteriores han cuestionado sus conclusiones al respecto), puesto que creía que la autorrealización personal solo llegaba a tener prioridad después de haberse satisfecho las demandas básicas de subsistencia, estuvo, no obstante, en lo cierto al exponer que el modelo de sujeto adaptado a la sociedad, como sinónimo de salud mental, podía ser engañoso ya que nuestra sociedad tiene cantidad de cosas (ideologías, costumbres, comportamientos, creencias) a las que adaptarse podría más bien ser considerado un signo de perturbación psicológica. En su brillante libro, El Hombre Autorrealizado (1962), Maslow  advierte sobre el artificio de este modo de razonar cuestionando si el concepto de adaptación empleado habitualmente en psicología es efectivamente oportuno. Haciendo uso de un ejemplo enfático Maslow razonaba lo siguiente: podría considerarse psicológicamente sano a un soldado nazi que se hubiese sentido cómodo en su trabajo como oficial en los campos de exterminio por el hecho de haberse adaptado bastante bien a su labor de genocida? Inquiría igualmente que, si a otro militar en idéntico escenario le hubiese resultado imposible adaptarse  a prácticas tan deleznables ?podía este último ser tenido por un sujeto emocionalmente perturbado? En otras palabras ¿cuál de los dos hombres, se preguntaba Maslow, estaría dando muestra de insania mental; el que se mantiene incólume y a gusto frente a semejante barbarie o el que se resiste a ajustarse a las atrocidades que ve?  


      Pero Maslow, ni de lejos, ha sido el único en poner en entredicho el criterio ordinariamente admitido de adaptabilidad como sinónimo de normalidad. Michel Foucault, quien además de filósofo e historiador ejerció una profunda influencia en la psicología, explicaba que la sociedad tiende a excluir a todos aquellos sujetos que viven y piensan distintos a lo que se acepta por norma, creando una serie de prejuicios en contra de estos. Erich Fromm, por otro lado, llega incluso a publicar el libro Psicopatología de la normalidad (1991) en el que profundiza el concepto de alienación. Fromm explica que la sociedad en su conjunto adolece de un adecuado equilibrio mental. Esto lo atribuye, en parte, a que el sujeto promedio  al perder los valores esenciales, queda moldeado por los valores del mercado económico, el cual determina lo que resulta conveniente o no. 

     Desde luego, la sociedad requiere, para funcionar más o  menos adecuadamente, reglas, pautas, en fin, normas que permitan regular la convivencia en un conglomerado; establecer patrones de comportamientos imperativos en ocasiones y con ello procurar el orden, y por eso el criterio de adaptación logra una validez muy sugestiva en la colectividad.  Pero, como hemos señalado en los párrafos iniciales, debido a que  grupos dentro de la sociedad tienden a erigirse, a través del poder, en amos y señores e imponer sus valores, igual deben existir voces disidentes que no se acoplen a la domesticación de conciencia que ciertos sectores tratan de imponer. 

   Con harta frecuencia el concepto de adaptación hoy llega a parecerse al de conformidad, equiparable este a una postiza tolerancia al establishment. Suponemos que en ciertos casos y ocasiones la conformidad al sistema puede ser legítima; asumir filosóficamente algunos hechos, fruto de una deliberada reflexión, ofrece sus ventajas. Deponer la indignación ante el funcionario corrupto que se roba nuestros impuestos puede ser más adaptativo y beneficioso, a largo plazo, que decantarnos por colocarle varios proyectiles en su cerebro; a fin de cuentas podemos llegar a adoptar una actitud racional -y sobrevivir a la indignación- al comprender que muchos políticos están podridos y que nuestra, “digna” y extremada, acción quizá no tenga el efecto deseado y sí el cuestionamiento imperdonable de la prensa y determinados sectores favorecidos por el político de marras.   

     La conformidad, siendo en cantidad de ocasiones un sucedáneo de la adaptación, es un terreno infecundo del cual el mundo se ha beneficiado muy poco. Quienes no se han adaptado (o conformado) ciegamente a mucho de lo normalizado por la sociedad son, ordinariamente, hombres que han emprendido el camino hacia el progreso. Por eso, suponemos que detrás de cantidad de sujetos "adaptados" lo que encontramos son individuos conformistas, acomodados a un patrón conductual estereotipado, ineptos para asumir un tipo de comportamiento distinto si fuese su deseo, solícitos a la subordinación de los esquemas socialmente aceptados; sujetos que repiten las mismas ideas de siempre, temerosos de no coincidir con las teorías de su tiempo o de pensar distintos a como lo hace su gremio. Si todos los ciudadanos hubiesen sido así de adaptados todavía habitaríamos en las cavernas, pues tanto en los campos de la ciencia, el arte o la técnica son aquellos que osaron pensar distinto -y por ello mismo diferente- los que generaron el ascenso de la humanidad al nivel en que se encuentra hoy, en ocasiones a pesar de no contar con el favor ni la aprobación de sus congéneres.  


 Revisando la historia de todos los tiempos parecería que en algunas ocasiones el sujeto considerado inadaptado, según las consideraciones del momento, sea quien marque la dirección hacia donde hay que moverse. Un caso relevante, de los muchos que se pueden citar, fue el de Ignaz Philipp Semmelweis (citado por Kuhn, 1962), un cirujano húngaro del siglo XIX, considerado hoy como el Padre de la asepsia*. Semmelweis caracterizado por actitudes poco convencionales en su época, pero con una aguda capacidad de observación, intuyó que las muertes que se producían en las parturientas del Hospital Maternal de Viena, por fiebre puerperal, se debían a sustancias que transportaban los médicos en sus manos después de estar diseccionando cadáveres en el laboratorio (todavía no estaba desarrollada la teoría microbiana). Al sugerir el lavado de manos, a los médicos residentes, con solución de hipoclorito cálcico, se vieron disminuidas las defunciones notablemente. A pesar de ello, sus colegas -hombres de mucha menos visión y apertura- entre los que se encontraban figuras renombradas de la medicina de entonces, se negaron a incorporar sus recomendaciones tachándolas de descabelladas. Las consecuencias que se derivaron de tan obtuso proceder fueron, por un lado, la expulsión de Semmelweis del hospital, debido a la presión de los galenos (un ejemplo patente de la exclusión de aquel que piensa distinto a la generalidad), y la otra, de consecuencias todavía más graves, el incremento de las muertes de las mujeres que alumbraban en el hospital, cifras estas que habían logrado reducirse a partir del protocolo del lavado de manos sugerido por Semmelweis.

     A partir de lo descrito no debería nadie extrañarse, entonces, cuando desde el parecer social o desde el criterio de ciertos profesionales de la conducta se suscriba como inadaptada toda actuación, inclinación o comportamiento poco habitual, pero que en sí mismo no tiene nada de anormal, por más que no cumpla con los criterios tradicionales de normalidad (tomando este concepto como lo que define a la norma, o sea, lo que abunda) 

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     La salud mental no puede reducirse a la mera adaptación a la existencia, también debe incluir la capacidad de cuestionar críticamente aquello a lo que nos exige adaptarnos. Y esto, porque cada tiempo trae su tipo de hombres (y mujeres), empero, algunos nunca se someterán a los imperativos dominantes durante el momento en que les toca vivir. Si el concepto de adaptación no es revisado seguiremos teniendo sujetos que parecen no lo serían nunca. En este mundo hay seres, cantidad de ellos, que habitualmente solo caminan en la horizontalidad de la vida; otros en cambio jamás se satisfarán si no transitan por la verticalidad de la existencia; habitualmente estos siempre serán una minoría.


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*Método o procedimiento para evitar que los gérmenes infecten una cosa o un lugar.

Referencias

-Shockley, William (1972). Disgenesia genética y radiología: un desafío a la responsabilidad intelectual de los educadores

-Rousseau, Jacques (1755). Segundo discurso

-Leclere, George Lowis (1749). Historia natural, general y primitiva

-Tylor, Edward (1865). Historia temprana de la humanidad y el desarrollo de la civilización 

-Morgan, Louis-Henry (1877). La sociedad antigua

-Boas, Franz (1911). La mente del hombre

-Benedict, Ruth (1934). Patrones de cultura

-Levi-Strauss, Claude (1952). Razas e historia

-Maslow, Abraham (1962). El hombre autorrealizado

-Schovanec, Josef (2018). Nos inteligentes múltiples

-Foucault,Michel (1961). Historia de la locura en la época clásica 

-Kuhn, Thomas (1962). La estructura de las revoluciones cientificas


viernes, 28 de agosto de 2020

Importancia del estilo de vida: una aproximación a los beneficios del ejercicio para la salud física y mental.

     La expectativa de vida en la actualidad supera, por varios años, la de siglos pasados. Pero, además, de una mayor longevidad también ha mejorada la calidad de vida de las personas, esto es, en el orden material: comodidades, accesibilidad a sistemas de salud, mejores medios de transporte, mayor oportunidad educativa, mejores ingresos salariales, acceso a lugares de esparcimiento, avances tecnológicos, etc.

Por otro lado, existen evidencias que confirman un  creciente nivel de insatisfacción en un sector amplio de la población en los últimos 60 años o de estudios que indican de que se han triplicado las tasas de depresión y ansiedad desde la década de 1950 -sobre todo en países occidentales del llamado primer mundo. Ello no deja de ser inevitable en un mundo donde los cambios, a diferencia de centurias anteriores, se suceden tan vertiginosamente y donde a veces resulta difícil adaptarse a las exigencias de una vida moderna frenética. Sumado a todo lo anterior está el crecimiento exponencial que la población mundial ha experimentado, el cual no tiene precedentes en la  historia de la humanidad, lo que obliga, sobre todo en centros urbanos, a una convivencia aglomerada con enorme cantidad de gente en espacios cada vez más reducidos.

Atrás han quedado los años donde la insalubridad, las masivas infecciones bacterianas y víricas o la desnutrición acababan con miles de vidas humanas.  De lo que hoy tiene que cuidarse el ciudadano común -tanto el encumbrado como el de bajo recursos- no es tanto de las afecciones agudas, aquellas de aparición repentina, para cuyo tratamiento la medicina convencional demuestra cada día ser sumamente efectiva, sino de los padecimientos crónicos, los que se van larvando gradualmente con el paso de los años y cuyo origen principal se encuentra en el estilo de vida de las personas.

Hace ya más de 50 años el Informe Lalonde del Ministerio de Salud y Bienestar de Canadá (Oblitas, 2006) destacó que las variables que más inciden en la salud o la enfermedad son el estilo de vida y el medio ambiente (por encima de la herencia genética y de la atención sanitaria). Desde entonces cada vez se sabe más, al comprender los mecanismos biológicos, como el cuerpo se ve tan grandemente afectado por los estados psicológicos y nuestra conducta, pues numerosos aspectos de la manera en que vivimos y nos comportamos favorecen o no el desarrollo de algunos problemas físicos. Por ejemplo, desde hace décadas se conoce que la mala alimentación puede, literalmente, matarnos, que el consumo abusivo de alcohol produce varios trastornos orgánicosdaño hepático, disfunción sexual, trastornos cardíacos, desarrollo de cáncer, etc.; que la falta de horas de sueño, del mismo modo, aumenta el estrés, dificulta el aprendizaje, incrementa la presión arterial y disminuye la testosterona. Existe cada vez más evidencia de que el sedentarismo se convierte en un factor de riesgo para el desarrollo de enfermedades similar al generado por  la obesidad, el colesterol elevado o el tabaquismo*. La inactividad, considerada hoy como un importante problema de salud, está directamente relacionada con la enfermedad coronaria y se estima como el mayor riesgo de muerte prematura.  


   

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 El ser humano está diseñado para el movimiento, por eso la actividad física le es indispensable para mantenerse en estado saludable. Nuestros antepasados caminaban enormes distancias en busca de comida, cuando no, tenían que lanzarse a la carrera al ser perseguidos por un predador. La condición de la vida era tan básica hace miles de años que todo implicaba esfuerzo muscular y acción física para asegurar la subsistencia. Pero incluso hace unos cientos de años el sujeto de entonces para cumplir con sus rutinas habituales debía andar grandes distancias, lo que le suponía una constante movilidad de su esqueleto y musculatura.  El contexto de la vida moderna puede, en cambio, facilitar que una persona no recorra a pie ni siquiera 300 metros al día o que el movimiento de su cuerpo se limite a la inclinación para subir al auto o  sentarse en una butaca. Si bien, en el otro extremo, se observa que la acción permanente puede llegar a ser potencialmente nociva para la salud, no lo es tanto por el movimiento, como por la carga de estrés  que lo acompañada.    

     En todo programa encaminado a mejorar el estilo de vida se incluye, entre otras recomendaciones, el ejercicio como algo indispensable. Si bien los patrones de dieta, descanso, relajación, horas de sueño, esparcimiento y apoyo social son esenciales, el ejercicio y la actividad física adquieren una importancia capital, al punto de que los expertos en el ámbito de la salud declaran al ejercicio como un importante factor de protección para nuestro bienestar, capaz de aumentar nuestra expectativa de vida, ya que diferentes investigaciones dan cuenta de que caminar durante 25 minutos al día, por ejemplo, puede alargar nuestra expectativa de vida en tres años y medio al retardar algunos marcadores biológicos relacionados con el envejecimiento.  El ejercicio permite que los adultos mayores mantengan la flexibilidad y la elasticidad de las articulaciones, al mismo tiempo que les ayuda a prevenir la sarcopenia, que es la pérdida de tejido muscular.

    Ya que el ejercicio ofrece tantas ventajas para la salud, vamos, por tanto,  a enumerar una lista algo más extensa y detallada de los beneficios que aporta y el bienestar que genera en quienes lo llevan a cabo.

    Desde hace décadas los estudios dan cuenta de que ejercitarse previene y disminuye el desarrollo de trastornos cardiovasculares y cerebrovasculares, debido a que contribuye a la reducción de varios factores de riesgo. Por ejemplo, la actividad física ayuda a normalizar el nivel de colesterol y triglicéridos en sangre; reduce tanto la frecuencia cardíaca como la presión sanguínea; combate eficazmente la arteriosclerosis, la dislipidemia y la formación de placas de ateroma en las arterias. También reduce la grasa corporal, el sobrepeso y la obesidad. Si a todo ello se le agrega un régimen nutricional correcto, los beneficios y resultados son todavía mejores (Cano-Montoya et al., 2018).

El entrenamiento físico ayuda a fortalecer la estructura ósea con lo cual previene eficazmente la osteoporosis. Sirve igualmente para incrementar la masa muscular, favoreciendo la movilidad y la postura corporal; por otro lado, el entrenamiento con pesas aumenta la fuerza muscular, con el adicional beneficio para el envejeciente de mantener la autonomía de sus movimientos. 

La investigación también apunta a que la rutina física mejora la calidad y la cantidad de sueño, siendo muy importante en sujetos con trastornos de la actividad onírica como el insomnio (Acosta Santos, 2022). El ejercicio mejora la apariencia física, la estructura corporal y con ello el autoconcepto y la autoestima.

Pero todo no se queda en lo físico y orgánico. Un programa estructurado de actividad física, según varias evidencias científicas, puede incrementar la inteligencia (se estima que hasta un 4 %, pero requieren más estudios al respecto) ya que mejora el razonamiento lógico, la comprensión verbal y el coeficiente intelectual. Gran parte de esto se debe a la producción de los factores de crecimiento, como el BDNF (Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro) que se liberan durante la actividad física, lo que provoca neurogénesis -nacimiento e incremento de nuevas neuronas- en varias partes del cerebro, el hipocampo, por ejemplo, una estructura que forma parte del sistema límbico y que está relacionada con el aprendizaje y la memoria (Codella, 2017). Otro de los  beneficios de una práctica regular a nivel cerebral es el aumento del número de sinapsis en el lóbulo prefrontal -una zona del cerebro asociada a las funciones ejecutivas de alto nivel como la toma de decisiones, el manejo y enfoque de la atención, entre otras.

Los estudios sugieren que el ejercicio puede demorar la aparición del Alzheimer y en algunos casos prevenirlo, debido a que aumenta la conectividad entre las neuronas, estimula el crecimiento de nuevos vasos sanguíneos e incrementa la cantidad de sustancia gris y blanca en el cerebro (Nuzum et al., 2020).

En la esfera emocional también se hace evidente el efecto del ejercicio, pues resulta un tratamiento complementario para cuadros de ansiedad, ya que reduce el cortisol, hormona sintetizada en la corteza de las glándulas suprarrenales que está directamente relacionada con el estrés crónico. El estado de ánimo, el humor, la capacidad para disfrutar y el equilibrio emocional son aspectos que se ven muy favorecidos con una rutina de entrenamiento. Los estudios muestran mejoría en la producción de varios neurotransmisores tipo serotonina (relacionada con el estado de paz y tranquilidad), dopamina (vinculada con el placer y la sensación de bienestar), noradrenalina (asociada con la energía y la atención) y acetilcolina (conexa con la memoria y el aprendizaje). Algunos ensayos muestran que 30 minutos de ejercicio de mediana a alta intensidad pueden producir el mismo efecto farmacológico de muchos antidepresivos (Blumenthal et al., 2013), en cuadros leves y moderados. 

En conclusión, no es solo que el ejercicio sea adecuado para mantener la salud, sino algo más contundente: la ausencia de ejercicio se convierte en un factor de riesgo para enfermar. Los tres tipos de ejercicio más prometedores para optimizar la salud se pueden agrupar en las siguientes categorías: aeróbicos, anaeróbicos y de estiramientos. Un programa de entrenamiento puede contener un solo tipo, dos o los tres. Todo depende del objetivo, el tiempo disponible y la necesidad individual. De todas formas, si se logran realizar las modalidades señaladas en una semana sería lo más provechoso y en ese sentido los beneficios se apreciarán en muy poco tiempo.

   Como recomendación final sugerimos un programa de entrenamiento que incluya ejercicio aeróbico durante tres días a la semana, a una intensidad moderada, durante un tiempo  de 30 a 45 minutos por sesión; ejercitación anaeróbica 3 días a la semana, en rango de intensidad moderada, durante 40 minutos aproximadamente y, finalmente, práctica de estiramiento, misma que puede realizarse diariamente durante de 15 a 20 minutos según la disponibilidad de tiempo. El yoga, que es excelente, se tiene como una gimnasia de estiramiento que además de relajar, tonificar y fortalecer el sistema nervioso, estimula las glándulas endocrinas y ofrece un masaje vigoroso a  distintos órganos internos.

 

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*La obesidad es un gran problema de salud sanitaria. En Estados Unidos el 61% de la población padece obesidad o sobrepeso. También, en los Estados Unidos mueren anualmente unas 450,000 personas por el consumo de tabaco.

Referencias:       

       Oblitas, Luis A. et al., (2006). Psicología de la Salud y Calidad de Vida

         Cano-Montoya, Jonathan et al., (2018). Efectos de un programa de entrenamiento físico... Revista Médica, Chile.

      Acosta Santos (2022). Investigación sobre la efectividad del ejercicio... Vitalia: Revista Científica y Académica.

          Codella, Robert (2017). El ejercicio estimula la actividad del cerebro... Scielo.

     Nuzum, Nallie et al. (2020). Beneficios potenciales de la actividad física en el deterioro cognitivo... PubliMed.

          Blumenthal, James A. et al. (2013). El ejercicio: un tratamiento viable para la depresión.  Pub-Med Central. 



                         Frank Blanchard Gomez


lunes, 1 de junio de 2020

El silencio: una vía para desarticular la mecanicidad de la conciencia y los patrones enajenantes de la cultura del ruido


¿Por qué agrada estar en la naturaleza, pasar un tiempo en un bosque tupido, en una costa solitaria o detenerse en una campiña montañosa? La perfección de tales espacios genera una emoción reconfortante; esto unido a su tranquilidad y belleza propicia niveles de arrobamiento profundo, mismos que ascienden en la medida del calado de nuestra percepción. Si algo se hace evidente en espacios como estos, por lo menos para un número considerable de seres humanos, es la casi ausencia de pensamientos, la extremada serenidad de nuestra corporeidad y la clara toma de conciencia de haber penetrado en el silencio. No precisamente por ausencia de sonido, pues la naturaleza nunca es muda completamente; lo que sucede es que su resonancia destila armonía, igual como sucede con la música de un instrumento cuando esta va destinada a relajar a quien la escucha.  

Empero, a pesar de que muchos pueden llegar a considerar que la experiencia de arrobamiento que despiertan los lugares despejados y tranquilos es mera subjetividad mística o sensiblería romántica, la evidencia científica señala todo lo contrario. Estar en ambientes silentes, por ejemplo, reduce la presión arterial (lo cual produce distensión fisiológica), mejora el sistema inmunológico (aumento de leucocitos y macrófagos), ayuda igualmente a hacer más fuerte las funciones cognitivas y la atención.  En un espacio de silencio nuestro cuerpo segrega endorfina, hormona que reduce el dolor y la sensación de malestar, y neurotransmisores, como la serotonina, que modulan el estado de ánimo haciendo que nos sintamos en paz. En algunos experimentos realizados con ratones de laboratorio sometidos a dos horas de silencio, se evidenció la creación de nuevas neuronas en el hipocampo de los roedores. El neurocientífico Michael Le Van Quyen, (2019), autor del libro: Cerebro y silencio expone, a partir de una experiencia personal y estudios posteriores, que el silencio en los seres humanos promueve el descanso de la corteza prefrontal, mejora la creatividad y disminuye notablemente el estrés, logrando un descenso de la excitabilidad fisiológica debida a la ansiedad. Estos datos pueden contrastarse con el informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente (2020) en el que se apunta que el efecto del ruido (lo contrapuesto al silencio) mata unas 10,000 personas cada año. 

Las evidencias precedentes subrayan, entonces, lo concerniente al silencio no como una absurda puerilidad, por más que lo parezca, si en cambio como algo capaz de optimizar lo físico y lo mental, a pesar de que en estas líneas nos interesa distinguir más lo que el silencio puede aportar desde una perspectiva trascendental. Para comenzar hay que destacar que lograr el estado de silencio requiere de la misma disposición que hay que tener, por ejemplo, para la creación de  una obra de arte, donde además de poseer la actitud indispensable se precisa de un procedimiento -o sea, de una técnica- de un entrenamiento, una disciplina y de la constancia suficiente para llevar a buen término el proyecto. Si bien, todos podemos experimentar el silencio -primero por haber sido dotados de un sofisticado sistema sensorial y, segundo, en virtud de la posesión de una masa encefálica receptáculo de nuestros pensamientos- lastimosamente pocos se advienen a desarrollar esta destreza.  

La ausencia de ruido externo, lo que ha llegado a conocerse como silencio exterior, favorece el perfeccionamiento de esta pericia, en parte porque en estos ambientes no hay cabida -o existe muy poca- para que los diversos estímulos dispersen nuestros sentidos. El silencio interior, el más importante realmente, si bien, más difícil de lograr, sólo puede ganarse reduciendo el fondo de nuestros pensamientos que son en el mundo íntimo los grandes generadores de ruido. 

La experiencia del silencio se advierte como una condición primordial en cualquier proyecto trascendental, como la emancipación de nuestras limitaciones particulares, aquellas resultantes de los condicionamientos, la educación -la mala educación- de los temores, ansiedades e incongruencias; todo lo que contraría la capacidad de disfrute de la vida. Disfrute no en el sentido egotista, que no es otra cosa más que inmoderación, desenfreno y afectación, sino de jubilo, o sea: celebración. Porque la celebración es gozo, deleite, pero además es solemnidad, que es imposible sin una cuota de moderación, de prudencia, de templanza. Finalmente decimos que el silencio al traer consigo, como condición ineludible, la toma de contacto con uno mismo nos hace tomar conciencia de la propia identidad, umbral al infinito de nuestras experiencias más profundas.   


En la estridente cotidianidad y las obligaciones, habitualmente autoimpuesta de cada día, muchas personas pierden con frecuencia el contacto con su mismidad. Enajenadas de su universo esencial vuelcan toda su atención al exterior, al mundo de las actividades incesantes, de los compromisos forzosos, de los anhelos inagotables, de los insatisfechos deseos, o sea, del ruido aletargante que excita sus nervios -su psiquis- y que les impele a todo tipo de acción en una búsqueda, inconsciente desde luego, hacia un atisbo de paz, de sosiego, de deleite, el cual lograrían de modo más fácil si desterraran la banalidad en que ordinariamente cimentan sus metas*.

Un aspecto distintivo de la inmoderación -fruto de la falta de sosiego- es la incapacidad habitual de guardar silencio; silencio no solamente del órgano fonológico -la boca- sino, sobre todo, silencio de la mente, del pensamiento, de la imaginación. La experiencia del silencio no sólo es rara virtud entre la mayoría de los sujetos, sino que hay quienes nunca la han tenido -y otros que nunca la disfrutarán jamás- a pesar de que a nadie se le niega y toda persona que se lo proponga puede vivenciarla en uno u otro nivel, según su empeño, adiestramiento y disciplina. Pero debido a que el común de las personas asocia el silencio a la soledad -lo que le genera un enorme pavor- es entendible que sientan aversión a la sola idea del mutismo, pues cuando aún no se ha logrado la proeza de hacerse un buen amigo de uno mismo el concepto de compañía siempre se asociará a alguien, a una persona o grupo en particular, que nos resguarde de la sensación de aislamiento. Por otro lado, se encuentran los sucedaneos exteriores de acompañamiento  como: la radio, el televisor, el móvil, la prensa, el internet, todos ellos idóneos artificios que llenan los instantes de soledad.  Ambos casos son ejemplos de pluralidad de estímulos extrínseco, cuyo objetivo en parte es impedir un asomo al contacto privativo.

Los estímulos, de la índole a lo que nos hemos referido, pueden considerarse una representación del ruido; ruido en su sentido real y no simbólico, de lo cual la conversación y la rumiación mental se destacan notablemente. La conversación, cuando no la discusión, por ejemplo, habitualmente es mero intercambio de sonidos no siempre armónicos, que en ocasiones llega a producir malestar y que no aporta nada, nada realmente estimable, puesto que pocos prestan verdadera atención a lo que dice el otro. Normalmente todos quieren responder, dar su opinión, dejar claro su punto de vista. Pocos escuchan, comprenden y simplemente callan. El coloquio cotidiano suele nutrirse de temas insustanciales, vacíos, anodinos que, si bien suelen ser sobre cosas reales, se limitan a la descripción de algún mal social, nacional o sobre un sujeto al cual se desea cuestionar, desprestigiar, difamar; como si el sólo hecho de detallar los pormenores de una enfermedad bastara para curarla. A este tipo de actividades tiende a dársele mucha preponderancia en determinados círculos, ambientes en los cuales sus contertulios (gentes que tienen un juicio muy elevado y correcto sobre sí mismo) opinan de todo, pero sin aportan ninguna solución práctica para los males que denuncian. Tanto diálogo que no logra consenso, ni mejoría en la vida propia ni en la de los demás.

La conversación insustancial, superficial y, por ello mismo, banal es uno de los peores vicios socialmente aceptados. Ha calado de tal modo en la psiquis colectiva que hoy genera sospecha todo aquel que llega a ser circunspecto en el habla. Las calles, las oficinas, los clubes, las aceras, los autobuses, las academias, el barrio, están infestados de locuacidad, o sea, de ruido. Existen personas con una necesidad neurótica de conversar, de expresar cualquier cosa conforme, siempre conforme, a sus prejuicios o su ignorancia. Al mover la boca continuamente el ansioso logra cierto nivel de tranquilidad, por eso es tan frecuente en los sujetos inquietos la práctica de masticar chicles, pues el movimiento mandibular disipa parcialmente la angustia; esto explica por qué se recomienda la actividad física a individuos nerviosos ya que la acción tiene efectos ansiolíticos. El que no sabe prescindir del habla se escuda en ser muy sociable; simpático se cree en su propia valoración, desconociendo que hasta un saludo cálido y sincero puede expresarse a veces sólo con la gestualidad. Si bien el hablador insensible no precisamente carece de formación, cabe subrayar que abunda más en quienes menos bagaje cultural exhiben. La cultura**, no quepa duda, actúa muchas veces como un preservativo de la cháchara perpetua. A mayor saber las personas, regularmente, se tornan más silentes.  

La otra cara del diálogo lo constituye la rumiación mental. Cuando no se está hablando con alguien más entonces la boca -canal articulador del lenguaje- es relevada por la mente, habitáculo del pensamiento que encarna el otro modo en que puede continuarse una conversación. Pero debido a que nuestra mente es indisciplinada, en ocasiones caótica e inclinada a la asociación, nuestros pensamientos tienden a enredarse con los aspectos menos gratos de nuestra experiencia vital; esto así en virtud de que los pensamientos no están desligados de las emociones ya que uno y otro se producen en el cerebro, en áreas distintas es verdad, pero obligatoriamente interconectadas que se influyen recíprocamente. Este estado de indomabilidad mental/emocional que nos es tan característico afecta de modo significativo el tipo y la calidad de nuestra ideación. La elaboración continua e indiscriminada de pensamientos perturbadores agota la función psíquica, pero además a todo el cuerpo, siendo la causa más frecuente de alteraciones orgánicas que pueden degenerar en enfermedades físicas. Desembarazarse, no obstante, de la rumiación mental es posible, lo cual no quiere decir que llegue a ser fácil. Primero, y ante todo, hay que entender que el pensar, en el estado en que nos encontramos actualmente, ha llegado al grado de adicción, que como todas las adicciones genera un placer oculto, ya que con la imaginación habitualmente recreamos como deseamos que sean las cosas externamente: expresamos nuestros deseos, opiniones e increpamos a otras personas su mal proceder hacia nosotros; en la mente somos héroes en nuestra propia ideación, aunque esta esté colmada de resentimiento, ira, venganza, aberraciones que son al mismo tiempo resultado y causa de cantidad de desequilibrios.  Por eso, acallar el ruido mental puede tornarse, en ocasiones, una cruzada ardua y penosa, pues hasta no desterrar de la psiquis el cúmulo de pulsiones biliosas,  darán vuelta en nuestra mente recurrentes imágenes de desagravios, máxime en sujetos con algún cuadro de ansiedad pernicioso, como en el trastorno obsesivo, donde las ideas repetitivas se hacen tan imposibles de controlar, que debe recurrirse a la medicación para poder atenuarlas.

Luego de lo anteriormente expuesto, tenemos el ruido de la actividad frenética, el que se origina al correr tras el “éxito”, ese engendro execrable en gran parte producto del capitalismo hedonista, que no es, en la mayor parte de las veces, más que ambición y avidez, la intención de compensar una sensación de minusvalía personal tras la consecución de una ganancia material. Hace ya tiempo cuando la psicoanalista Karen Horney (1937) describió en su libro La personalidad neurótica de nuestro tiempo, como la carencia de afecto durante la infancia hace proclive que muchos sujetos al crecer desarrollen un impulso irrefrenable por conseguir aprobación social. Unos, dice la autora, se inclinarán por la avidez desmedida de dinero, de bienes y de comodidades, obteniéndolas muchas veces; otros en cambio lo que desearán es el poder, el control, la dominación; también señala la autora los que apuestan más por ganar admiracion y adulación convirtiéndose en en individuos amables en demasía, serviciales, espléndidos como trabajadores, ciudadanos, vecinos, etc., todo con la finalidad de ser valorados como personas condescendientes, responsables, colaboradoras, honorables. En sí mismo cabe aclarar, sobre esto último, que dichas características no tienen por qué ser -ni lo son- conductas impropias, todo lo contrario, el examen de la escritora las delata cuando tales "virtudes" no surgen  de la autenticidad y la espontaneidad legitima, sino de la necesidad que tienen estos sujetos de ser halagados y tomados en cuenta.

La distracción -conocida corrientemente como diversión- se tiene como la productora de ruido por antonomasia. Suponen algunos que esta forma de esparcimiento, la que pretende brindar cierta distensión propia para el ocio, contribuye visiblemente al solaz. Pero nada puede estar más desviado de dicho propósito, ya que la llamada distracción, como su etimología en latín lo indica: dis, que significa separación o desunión y thahere cuya traslación es arrastrar, tirar, puede definirse mejor como lo que separa de sí y arrastras hacia afuera, al exterior. Por eso toda alma distraída es también un ente extraviado, descarriado (no en un sentido religioso), perdido. Perdido en el ruido de la distracción, aletargado por la bulla, la música ensordecedora, el barullo, el movimiento delirante, la risa descompuesta. Obsérvese que en casi toda distracción-diversión predomina algún tipo de narcótico, los que se inhalan por la nariz o la boca o los que se ingieren en bebidas etílicas. Diariamente, semanalmente, en el mundo millones de personas invierten ingentes cantidades de recursos en embotar sus mentes, llenarlas de estupor, acaso con el oculto designio de acallar su vacío, su desesperación, sus pensamientos, en otras palabras, su ruido, su ruido mental.  El que constantemente busca comer -comer más allá de la sensata necesidad- bien podrá ser considerado un glotón; el que tiene la urgencia de apostar toda la semana muy probablemente se le estima como ludópata; quien no logra relaciones duraderas y estables, sino más bien múltiples y vanas se le señalará de promiscuo; de igual modo el que pretende asiduamente divertirse sin duda puede ser considerado un descontento, un afligido, un aburrido y, en no pocas ocasiones, un trastornado.    

Todos estos modos de ruidos, a los que nos hemos referido, se originan tanto en el ambiente externo a nosotros como en nuestro interior. Influyen, en ambos, el tipo de compañía de las que nos rodeamos. Los hábitos, los vicios, así como la compostura, se asimilan desde muy temprano en la infancia imitando los modelos que más cercano tenemos. Esto no niega que haya individuos que desde muy tierna edad logran desechar de su patrón conductual modelos, aun parentales, que no encajan con ciertas tendencias innatas que les son muy propias -esto tanto para lo positivo como lo negativo. Entonces convenimos reconocer que el influjo de un tercero afecta -si no somos lo suficientemente autónomos- nuestras creencias, opiniones, puntos de vista, y, en definitiva, nuestra mente, nuestra ideación y actuaciones.     

Los ambientes y el tipo de personas con las que interactuamos con frecuencia llegan a determinar muchos aspectos de nuestra vida si no somos vigilantes. Por lo tanto, si en alguna ocasión se desea cultivar el silencio, beneficiarse de su influjo renovador, debemos  comenzar con realizar un distanciamiento de todo lugar o persona que constituya un incordio para el propósito ulterior. No ha de confundirse la actual recomendación como una disposición discriminatoria en el sentido de denostar ligeramente a algún conocido o allegado. Todo designio se acompaña siempre de unas pautas de conductas necesarias que faciliten la consecución del objetivo elegido. Si el nuestro ha sido trascender el ordinario estado de confusión, instaurado por el ruido (verbal, mental, ambiental), la toma de precaución debe ser vista como una medida salutífera, requisito imprescindible para nuestro avance, y nada más.  

Agotado lo concerniente a las compañías y ambientes, decíamos que la inhabilidad para refrenar las fluctuaciones mentales es el otro portentoso obstáculo que nos impide adoptar la actitud silente. Nuestra atención está dispersa y eso se debe, entre otras razones, a que nunca nos enseñaron a enfocarla y nosotros mismos jamás pensamos en ello. A pesar de lo dicho, algo de entrenamiento ya tenemos, pues cuando algo nos motiva solemos atender con más cuidado y por un lazo de tiempo mayor. Fuera de tales ocasiones, entonces, un calidoscopio de vahídos intereses ocupan nuestra atención. Entonces hasta que nuestro interés por el silencio no sea auténtico, real y sincero poco puede esperarse de cualquier intento. En cambio, si creemos estar lo suficientemente motivados podemos empezar tomando conciencia de que habitamos en medio del ruido, y de que nosotros mismos con nuestro exceso de charla, de movimiento y de pensamientos contribuimos con ello. Este ejercicio aparentemente simple, logra, empero, si lo practicamos diariamente, convertirse en un punto de inflexión en nuestro estado habitual de conciencia.

Recordemos que el ruido -en las distintas manifestaciones que lo hemos descrito- se convierte en muchas personas en un sucedáneo bastante persuasivo de la sensación de “bienestar”, con lo cual nosotros mismos posiblemente estemos habituados en algún grado y en más de un aspecto a su excitante estímulo y nos resulte incómodo desapegarnos -desligarnos- del aparente bien que nos suministra y al que nos hemos venido acostumbrando.

Aunque la meta ulterior en lo concerniente al silencio es acallar la mente (esto debe entenderse como disminuir el exceso de ideas e imágenes y estar en una estado más consciente y receptivo) comenzar por aminorar el habla o deponer la discusión estéril, es un gran paso que podemos dar en esa dirección. Esto favorecerá ir ganando un dominio mental que, aunque aparentemente nimio, no dejará de ser valioso y nos acercará enormemente a nuestro objetivo. En verdad, aunque lo ideal estriba en el silencio de la mente, la conquista del habla, de la incontinencia verbal, ayuda muchísimo y, en sí misma, es una condición previa al logro de aquella. También ayudará si nuestros pensamientos habituales se condensan hacia cosas e ideas positivas. Recordar lo bueno y amable, las experiencias enriquecedoras, los momentos agradables. Esto no implica construir un mundo de sueños, por alejar de nosotros aquellos aspectos negativos de nuestra experiencia y del mundo; esto lo que busca es establecernos, desde nuestra mente, en una realidad más saludable, misma que más bien nos permitirá afronta con una actitud más operativa los desafíos de la vida, no por un exceso de optimismo, sino por una polarización hacia los aspectos más efectivos de nuestros recursos internos.


Sería impensable en un tema como el del silencio no tocar lo concerniente a la meditació, ya que el silencio es tan inherente a la meditación, como la meditación lo es al silencio. Meditar es reducir la ingente cantidad de pensamientos erráticos, para focalizar la mente en una sensación, una imagen o una idea, anulando toda otra interferencia que nos desvié del propósito en cuestión. Realmente esto último puede transferirse al concepto de concentración, o sea, de mantener fija la atención en un foco. Lo que sucede es que al sostener la atención encausada en un punto durante un tiempo se entra de forma natural al estado meditativo. Existen varios métodos de meditación derivados de distintos sistemas y escuelas; algunos se centran en la respiración (observar la inhalación y la exhalación de forma relajada), otros en la percepción de una imagen (una vela, por ejemplo) o en un concepto (el amor, la bondad, paz, etc.). Cualquiera que sea la técnica elegida lo importante radica en la regularidad con la que se la practique, atendiendo realizarla a la misma hora, en la misma postura y, preferiblemente, en el mismo lugar.

Para quienes la meditación en una postura quieta e inmóvil le suponga una molestia deben saber que existe un tipo de meditación activa***, capaz de poder ser llevada en la vida cotidiana, donde el énfasis radica en poner una atención fluida y serena en cada actividad que se realiza en la rutina diaria; procurando no distraerse con pensamientos hacia el pasado ni ideaciones sobre el futuro, sino el estar lo más presente posible, en lo que se ha denominado: el aquí y el ahora. Si  se camina observar el movimiento de desplazamiento del cuerpo, el nivel de tensión de los músculos involucrados, etc., al comer tomar consciencia del sabor del alimento, de la acción de llevar la comida a la boca, de la deglución y otras sensaciones; y así con todo en lo que nos involucremos, desde darnos un baño hasta el vestirnos; desde hablar hasta conducir, desde estar en una junta de negocios o en un lugar de esparcimiento. Todo lo anterior vale ser aplicado a los aspectos emocionales: alegría, tristeza, ira, etc.; pues al monitorearlas, al hacernos más conscientes de ellas, minimizamos su impacto en nosotros. Si son nocivas lo advertimos, la modificamos o la regulamos; en el caso de emociones positivas impedimos que se desborden modulándolas. Este modo de atención encauzada transforma la experiencia cotidiana y la llena de frescura y de distensión. El entrenamiento en la técnica de la presencia -el aquí y ahora- aporta unos resultados inconmensurables que por razones de espacios no vamos a detallarlos aquí, pero que bien vale la pena practicarla. El objetivo primordial de la misma reside en mantenerse centrado, en un estado sereno, de tranquilidad, de observador y de testigo de lo que nos acontece. Esto amerita de una tentativa constante de conservar la mente serena, el cuerpo relajado y la respiración llevada a un nivel de mayor profundidad.

De todos modos, importa resaltar que la meditación estática (la meditación clásica sentados) y la meditación activa (el aquí y el ahora), ciertamente son un continuum de un mismo proceso que se segmenta por la necesidad de la demandas del contexto en un momento dado. Una y otra convendría, entonces, incluirlas en un programa disciplinario, ya que se potencian mutuamente, haciendo que aquella haga más fácil y practicable esta. Si esto se logra, el trabajo en conjunto producirá una ruptura con el automatismo, tanto conductual, emocional y mental que nos ha caracterizado. Literalmente, el adiestramiento de la atención en el momento presente unido a la meditación estática nos cambiará, si lo practicamos, la vida misma. Cabe subrayar que una cuota significativa de arrojo, disciplina y continuidad de propósito, serán imprescindible para ver los resultados. El esfuerzo, no obstante, téngase la seguridad, de que valdrá la pena.


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* Las metas ordinarias de las personas comunes se pueden subscribir, regularmente, en: dinero, lujos, comodidades, extravagancias, viajes o conquistas amorosas. Otro grupo de sujetos pueden desear: poder, renombre, admiración, grados académicos, etc.; pero en general, casi todos estos logros, que no tienen por qué ser malos en sí mismos, buscan compensar algún vacío interno, cierto nivel de inconformidad, determinado sentimiento de minusvalía personal y, en los casos más insano, una patología psicológica encubierta.

** Los ejemplos y citas que hablan de la densidad del hombre ilustrado (culto, educado, intelectual...) en contraposición de la necedad del sujeto superficial abundan. Un clásico ejemplo lo tenemos en la cita: "Cuanto más vacía está la carreta más ruido hace".  Esto hace clara alusión a que mientras más ignorante llega a ser  un sujeto, este suele tener un comportamiento más ruidoso o exhibicionistas (como en todo, habrá sus excepciones). La persona cultivada, en cambio, por lo regular, en gran medida se caracteriza, por una actitud más discreta,  mesurada y  reflexiva. 

***La ansiedad desmedida y el estrés crónico muchas veces hacen difícil que las personas puedan llegar a controlar la avalancha de pensamientos y emociones que tiene a diario, ya que el sistema nervioso se encuentra tan sobreexcitado, con una estimulación predominante del sistema nervioso simpático. Una manera de modular esta hiperactividad simpática es acudir a varias ayudas: por ejemplo, realizar actividad física sistemáticamente (ejercicio), manejar mejor la nutrición (aportando mayor cantidad de vitaminas del complejo B, vitamina C, magnesio, Omega 3, por ejemplo). Incluir, además, hierbas que ayuden a relajar el sistema nervioso y que calmen la mente como: el Ashwagandha y la Rodhiola. También se puede incluir aminoácidos como L-Teanina o el 5htp que promueven una mayor producción de dopamina y serotonina. Ambos neurotransmisores permiten disfrutar de una sensación de mayor tranquilidad y bienestar mental. Aprender alguna técnica de respiración propia del yoga puede asimismo ser importante, ejemplo: respiración alterna y respiración de fuego, respiración profunda, son una buena opción para tales fines.  Un programa que incluya todo lo sugerido no solamente contribuirá con una mejor salud física, igualmente propiciará salud mental y emocional y, por supuesto, la oportunidad de obtener un mejor control los pensamientos.

**** El Mindfulness, un tipo de meditación derivado de la tradición budista Vipasana, enseña a estar en el presente. Es un tipo de meditación que hoy se aprende en clínicas y centros de salud en distintas partes del mundo. Para el trabajo con el aquí y ahora los libros y videos de Eckhart Tolle son una guía interesante para adentrarse en la práctica de permanecer en el presente.   

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Libros recomendados: Para un estudio sistemático del silencio, de cómo practicarlo, comprender a fondo su disciplina y, sobre todo, mantener la motivación, sugerimos varias obras que pueden ser guía constante en el desarrollo de esta alta destreza humana.  

   El silencio habla de Eckhart Tolle
   El sonido del silencio de Graf Durckheim 
   VideoLa Serenidadde Eckhart Tolle  (donde  expone la práctica de la presencia)
   Mindfulness para principiantes de John Kabat-Zinn (se encuentra en PDF)
   Mantente presente de Ajaan Lee Dhammadharo   (se encuentra en PDF)