lunes, 1 de junio de 2020

El silencio: una vía para desarticular la mecanicidad de la conciencia y los patrones enajenantes de la cultura del ruido


¿Por qué agrada estar en la naturaleza, pasar un tiempo en un bosque tupido, en una costa solitaria o detenerse en una campiña montañosa? La perfección de tales espacios genera una emoción reconfortante; esto unido a su tranquilidad y belleza propicia niveles de arrobamiento profundo, mismos que ascienden en la medida del calado de nuestra percepción. Si algo se hace evidente en espacios como estos, por lo menos para un número considerable de seres humanos, es la casi ausencia de pensamientos, la extremada serenidad de nuestra corporeidad y la clara toma de conciencia de haber penetrado en el silencio. No precisamente por ausencia de sonido, pues la naturaleza nunca es muda completamente; lo que sucede es que su resonancia destila armonía, igual como sucede con la música de un instrumento cuando esta va destinada a relajar a quien la escucha.  

Empero, a pesar de que muchos pueden llegar a considerar que la experiencia de arrobamiento que despiertan los lugares despejados y tranquilos es mera subjetividad mística o sensiblería romántica, la evidencia científica señala todo lo contrario. Estar en ambientes silentes, por ejemplo, reduce la presión arterial (lo cual produce distensión fisiológica), mejora el sistema inmunológico (aumento de leucocitos y macrófagos), ayuda igualmente a hacer más fuerte las funciones cognitivas y la atención.  En un espacio de silencio nuestro cuerpo segrega endorfina, hormona que reduce el dolor y la sensación de malestar, y neurotransmisores, como la serotonina, que modulan el estado de ánimo haciendo que nos sintamos en paz. En algunos experimentos realizados con ratones de laboratorio sometidos a dos horas de silencio, se evidenció la creación de nuevas neuronas en el hipocampo de los roedores. El neurocientífico Michael Le Van Quyen, (2019), autor del libro: Cerebro y silencio expone, a partir de una experiencia personal y estudios posteriores, que el silencio en los seres humanos promueve el descanso de la corteza prefrontal, mejora la creatividad y disminuye notablemente el estrés, logrando un descenso de la excitabilidad fisiológica debida a la ansiedad. Estos datos pueden contrastarse con el informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente (2020) en el que se apunta que el efecto del ruido (lo contrapuesto al silencio) mata unas 10,000 personas cada año. 

Las evidencias precedentes subrayan, entonces, lo concerniente al silencio no como una absurda puerilidad, por más que lo parezca, si en cambio como algo capaz de optimizar lo físico y lo mental, a pesar de que en estas líneas nos interesa distinguir más lo que el silencio puede aportar desde una perspectiva trascendental. Para comenzar hay que destacar que lograr el estado de silencio requiere de la misma disposición que hay que tener, por ejemplo, para la creación de  una obra de arte, donde además de poseer la actitud indispensable se precisa de un procedimiento -o sea, de una técnica- de un entrenamiento, una disciplina y de la constancia suficiente para llevar a buen término el proyecto. Si bien, todos podemos experimentar el silencio -primero por haber sido dotados de un sofisticado sistema sensorial y, segundo, en virtud de la posesión de una masa encefálica receptáculo de nuestros pensamientos- lastimosamente pocos se advienen a desarrollar esta destreza.  

La ausencia de ruido externo, lo que ha llegado a conocerse como silencio exterior, favorece el perfeccionamiento de esta pericia, en parte porque en estos ambientes no hay cabida -o existe muy poca- para que los diversos estímulos dispersen nuestros sentidos. El silencio interior, el más importante realmente, si bien, más difícil de lograr, sólo puede ganarse reduciendo el fondo de nuestros pensamientos que son en el mundo íntimo los grandes generadores de ruido. 

La experiencia del silencio se advierte como una condición primordial en cualquier proyecto trascendental, como la emancipación de nuestras limitaciones particulares, aquellas resultantes de los condicionamientos, la educación -la mala educación- de los temores, ansiedades e incongruencias; todo lo que contraría la capacidad de disfrute de la vida. Disfrute no en el sentido egotista, que no es otra cosa más que inmoderación, desenfreno y afectación, sino de jubilo, o sea: celebración. Porque la celebración es gozo, deleite, pero además es solemnidad, que es imposible sin una cuota de moderación, de prudencia, de templanza. Finalmente decimos que el silencio al traer consigo, como condición ineludible, la toma de contacto con uno mismo nos hace tomar conciencia de la propia identidad, umbral al infinito de nuestras experiencias más profundas.   


En la estridente cotidianidad y las obligaciones, habitualmente autoimpuesta de cada día, muchas personas pierden con frecuencia el contacto con su mismidad. Enajenadas de su universo esencial vuelcan toda su atención al exterior, al mundo de las actividades incesantes, de los compromisos forzosos, de los anhelos inagotables, de los insatisfechos deseos, o sea, del ruido aletargante que excita sus nervios -su psiquis- y que les impele a todo tipo de acción en una búsqueda, inconsciente desde luego, hacia un atisbo de paz, de sosiego, de deleite, el cual lograrían de modo más fácil si desterraran la banalidad en que ordinariamente cimentan sus metas*.

Un aspecto distintivo de la inmoderación -fruto de la falta de sosiego- es la incapacidad habitual de guardar silencio; silencio no solamente del órgano fonológico -la boca- sino, sobre todo, silencio de la mente, del pensamiento, de la imaginación. La experiencia del silencio no sólo es rara virtud entre la mayoría de los sujetos, sino que hay quienes nunca la han tenido -y otros que nunca la disfrutarán jamás- a pesar de que a nadie se le niega y toda persona que se lo proponga puede vivenciarla en uno u otro nivel, según su empeño, adiestramiento y disciplina. Pero debido a que el común de las personas asocia el silencio a la soledad -lo que le genera un enorme pavor- es entendible que sientan aversión a la sola idea del mutismo, pues cuando aún no se ha logrado la proeza de hacerse un buen amigo de uno mismo el concepto de compañía siempre se asociará a alguien, a una persona o grupo en particular, que nos resguarde de la sensación de aislamiento. Por otro lado, se encuentran los sucedaneos exteriores de acompañamiento  como: la radio, el televisor, el móvil, la prensa, el internet, todos ellos idóneos artificios que llenan los instantes de soledad.  Ambos casos son ejemplos de pluralidad de estímulos extrínseco, cuyo objetivo en parte es impedir un asomo al contacto privativo.

Los estímulos, de la índole a lo que nos hemos referido, pueden considerarse una representación del ruido; ruido en su sentido real y no simbólico, de lo cual la conversación y la rumiación mental se destacan notablemente. La conversación, cuando no la discusión, por ejemplo, habitualmente es mero intercambio de sonidos no siempre armónicos, que en ocasiones llega a producir malestar y que no aporta nada, nada realmente estimable, puesto que pocos prestan verdadera atención a lo que dice el otro. Normalmente todos quieren responder, dar su opinión, dejar claro su punto de vista. Pocos escuchan, comprenden y simplemente callan. El coloquio cotidiano suele nutrirse de temas insustanciales, vacíos, anodinos que, si bien suelen ser sobre cosas reales, se limitan a la descripción de algún mal social, nacional o sobre un sujeto al cual se desea cuestionar, desprestigiar, difamar; como si el sólo hecho de detallar los pormenores de una enfermedad bastara para curarla. A este tipo de actividades tiende a dársele mucha preponderancia en determinados círculos, ambientes en los cuales sus contertulios (gentes que tienen un juicio muy elevado y correcto sobre sí mismo) opinan de todo, pero sin aportan ninguna solución práctica para los males que denuncian. Tanto diálogo que no logra consenso, ni mejoría en la vida propia ni en la de los demás.

La conversación insustancial, superficial y, por ello mismo, banal es uno de los peores vicios socialmente aceptados. Ha calado de tal modo en la psiquis colectiva que hoy genera sospecha todo aquel que llega a ser circunspecto en el habla. Las calles, las oficinas, los clubes, las aceras, los autobuses, las academias, el barrio, están infestados de locuacidad, o sea, de ruido. Existen personas con una necesidad neurótica de conversar, de expresar cualquier cosa conforme, siempre conforme, a sus prejuicios o su ignorancia. Al mover la boca continuamente el ansioso logra cierto nivel de tranquilidad, por eso es tan frecuente en los sujetos inquietos la práctica de masticar chicles, pues el movimiento mandibular disipa parcialmente la angustia; esto explica por qué se recomienda la actividad física a individuos nerviosos ya que la acción tiene efectos ansiolíticos. El que no sabe prescindir del habla se escuda en ser muy sociable; simpático se cree en su propia valoración, desconociendo que hasta un saludo cálido y sincero puede expresarse a veces sólo con la gestualidad. Si bien el hablador insensible no precisamente carece de formación, cabe subrayar que abunda más en quienes menos bagaje cultural exhiben. La cultura**, no quepa duda, actúa muchas veces como un preservativo de la cháchara perpetua. A mayor saber las personas, regularmente, se tornan más silentes.  

La otra cara del diálogo lo constituye la rumiación mental. Cuando no se está hablando con alguien más entonces la boca -canal articulador del lenguaje- es relevada por la mente, habitáculo del pensamiento que encarna el otro modo en que puede continuarse una conversación. Pero debido a que nuestra mente es indisciplinada, en ocasiones caótica e inclinada a la asociación, nuestros pensamientos tienden a enredarse con los aspectos menos gratos de nuestra experiencia vital; esto así en virtud de que los pensamientos no están desligados de las emociones ya que uno y otro se producen en el cerebro, en áreas distintas es verdad, pero obligatoriamente interconectadas que se influyen recíprocamente. Este estado de indomabilidad mental/emocional que nos es tan característico afecta de modo significativo el tipo y la calidad de nuestra ideación. La elaboración continua e indiscriminada de pensamientos perturbadores agota la función psíquica, pero además a todo el cuerpo, siendo la causa más frecuente de alteraciones orgánicas que pueden degenerar en enfermedades físicas. Desembarazarse, no obstante, de la rumiación mental es posible, lo cual no quiere decir que llegue a ser fácil. Primero, y ante todo, hay que entender que el pensar, en el estado en que nos encontramos actualmente, ha llegado al grado de adicción, que como todas las adicciones genera un placer oculto, ya que con la imaginación habitualmente recreamos como deseamos que sean las cosas externamente: expresamos nuestros deseos, opiniones e increpamos a otras personas su mal proceder hacia nosotros; en la mente somos héroes en nuestra propia ideación, aunque esta esté colmada de resentimiento, ira, venganza, aberraciones que son al mismo tiempo resultado y causa de cantidad de desequilibrios.  Por eso, acallar el ruido mental puede tornarse, en ocasiones, una cruzada ardua y penosa, pues hasta no desterrar de la psiquis el cúmulo de pulsiones biliosas,  darán vuelta en nuestra mente recurrentes imágenes de desagravios, máxime en sujetos con algún cuadro de ansiedad pernicioso, como en el trastorno obsesivo, donde las ideas repetitivas se hacen tan imposibles de controlar, que debe recurrirse a la medicación para poder atenuarlas.

Luego de lo anteriormente expuesto, tenemos el ruido de la actividad frenética, el que se origina al correr tras el “éxito”, ese engendro execrable en gran parte producto del capitalismo hedonista, que no es, en la mayor parte de las veces, más que ambición y avidez, la intención de compensar una sensación de minusvalía personal tras la consecución de una ganancia material. Hace ya tiempo cuando la psicoanalista Karen Horney (1937) describió en su libro La personalidad neurótica de nuestro tiempo, como la carencia de afecto durante la infancia hace proclive que muchos sujetos al crecer desarrollen un impulso irrefrenable por conseguir aprobación social. Unos, dice la autora, se inclinarán por la avidez desmedida de dinero, de bienes y de comodidades, obteniéndolas muchas veces; otros en cambio lo que desearán es el poder, el control, la dominación; también señala la autora los que apuestan más por ganar admiracion y adulación convirtiéndose en en individuos amables en demasía, serviciales, espléndidos como trabajadores, ciudadanos, vecinos, etc., todo con la finalidad de ser valorados como personas condescendientes, responsables, colaboradoras, honorables. En sí mismo cabe aclarar, sobre esto último, que dichas características no tienen por qué ser -ni lo son- conductas impropias, todo lo contrario, el examen de la escritora las delata cuando tales "virtudes" no surgen  de la autenticidad y la espontaneidad legitima, sino de la necesidad que tienen estos sujetos de ser halagados y tomados en cuenta.

La distracción -conocida corrientemente como diversión- se tiene como la productora de ruido por antonomasia. Suponen algunos que esta forma de esparcimiento, la que pretende brindar cierta distensión propia para el ocio, contribuye visiblemente al solaz. Pero nada puede estar más desviado de dicho propósito, ya que la llamada distracción, como su etimología en latín lo indica: dis, que significa separación o desunión y thahere cuya traslación es arrastrar, tirar, puede definirse mejor como lo que separa de sí y arrastras hacia afuera, al exterior. Por eso toda alma distraída es también un ente extraviado, descarriado (no en un sentido religioso), perdido. Perdido en el ruido de la distracción, aletargado por la bulla, la música ensordecedora, el barullo, el movimiento delirante, la risa descompuesta. Obsérvese que en casi toda distracción-diversión predomina algún tipo de narcótico, los que se inhalan por la nariz o la boca o los que se ingieren en bebidas etílicas. Diariamente, semanalmente, en el mundo millones de personas invierten ingentes cantidades de recursos en embotar sus mentes, llenarlas de estupor, acaso con el oculto designio de acallar su vacío, su desesperación, sus pensamientos, en otras palabras, su ruido, su ruido mental.  El que constantemente busca comer -comer más allá de la sensata necesidad- bien podrá ser considerado un glotón; el que tiene la urgencia de apostar toda la semana muy probablemente se le estima como ludópata; quien no logra relaciones duraderas y estables, sino más bien múltiples y vanas se le señalará de promiscuo; de igual modo el que pretende asiduamente divertirse sin duda puede ser considerado un descontento, un afligido, un aburrido y, en no pocas ocasiones, un trastornado.    

Todos estos modos de ruidos, a los que nos hemos referido, se originan tanto en el ambiente externo a nosotros como en nuestro interior. Influyen, en ambos, el tipo de compañía de las que nos rodeamos. Los hábitos, los vicios, así como la compostura, se asimilan desde muy temprano en la infancia imitando los modelos que más cercano tenemos. Esto no niega que haya individuos que desde muy tierna edad logran desechar de su patrón conductual modelos, aun parentales, que no encajan con ciertas tendencias innatas que les son muy propias -esto tanto para lo positivo como lo negativo. Entonces convenimos reconocer que el influjo de un tercero afecta -si no somos lo suficientemente autónomos- nuestras creencias, opiniones, puntos de vista, y, en definitiva, nuestra mente, nuestra ideación y actuaciones.     

Los ambientes y el tipo de personas con las que interactuamos con frecuencia llegan a determinar muchos aspectos de nuestra vida si no somos vigilantes. Por lo tanto, si en alguna ocasión se desea cultivar el silencio, beneficiarse de su influjo renovador, debemos  comenzar con realizar un distanciamiento de todo lugar o persona que constituya un incordio para el propósito ulterior. No ha de confundirse la actual recomendación como una disposición discriminatoria en el sentido de denostar ligeramente a algún conocido o allegado. Todo designio se acompaña siempre de unas pautas de conductas necesarias que faciliten la consecución del objetivo elegido. Si el nuestro ha sido trascender el ordinario estado de confusión, instaurado por el ruido (verbal, mental, ambiental), la toma de precaución debe ser vista como una medida salutífera, requisito imprescindible para nuestro avance, y nada más.  

Agotado lo concerniente a las compañías y ambientes, decíamos que la inhabilidad para refrenar las fluctuaciones mentales es el otro portentoso obstáculo que nos impide adoptar la actitud silente. Nuestra atención está dispersa y eso se debe, entre otras razones, a que nunca nos enseñaron a enfocarla y nosotros mismos jamás pensamos en ello. A pesar de lo dicho, algo de entrenamiento ya tenemos, pues cuando algo nos motiva solemos atender con más cuidado y por un lazo de tiempo mayor. Fuera de tales ocasiones, entonces, un calidoscopio de vahídos intereses ocupan nuestra atención. Entonces hasta que nuestro interés por el silencio no sea auténtico, real y sincero poco puede esperarse de cualquier intento. En cambio, si creemos estar lo suficientemente motivados podemos empezar tomando conciencia de que habitamos en medio del ruido, y de que nosotros mismos con nuestro exceso de charla, de movimiento y de pensamientos contribuimos con ello. Este ejercicio aparentemente simple, logra, empero, si lo practicamos diariamente, convertirse en un punto de inflexión en nuestro estado habitual de conciencia.

Recordemos que el ruido -en las distintas manifestaciones que lo hemos descrito- se convierte en muchas personas en un sucedáneo bastante persuasivo de la sensación de “bienestar”, con lo cual nosotros mismos posiblemente estemos habituados en algún grado y en más de un aspecto a su excitante estímulo y nos resulte incómodo desapegarnos -desligarnos- del aparente bien que nos suministra y al que nos hemos venido acostumbrando.

Aunque la meta ulterior en lo concerniente al silencio es acallar la mente (esto debe entenderse como disminuir el exceso de ideas e imágenes y estar en una estado más consciente y receptivo) comenzar por aminorar el habla o deponer la discusión estéril, es un gran paso que podemos dar en esa dirección. Esto favorecerá ir ganando un dominio mental que, aunque aparentemente nimio, no dejará de ser valioso y nos acercará enormemente a nuestro objetivo. En verdad, aunque lo ideal estriba en el silencio de la mente, la conquista del habla, de la incontinencia verbal, ayuda muchísimo y, en sí misma, es una condición previa al logro de aquella. También ayudará si nuestros pensamientos habituales se condensan hacia cosas e ideas positivas. Recordar lo bueno y amable, las experiencias enriquecedoras, los momentos agradables. Esto no implica construir un mundo de sueños, por alejar de nosotros aquellos aspectos negativos de nuestra experiencia y del mundo; esto lo que busca es establecernos, desde nuestra mente, en una realidad más saludable, misma que más bien nos permitirá afronta con una actitud más operativa los desafíos de la vida, no por un exceso de optimismo, sino por una polarización hacia los aspectos más efectivos de nuestros recursos internos.


Sería impensable en un tema como el del silencio no tocar lo concerniente a la meditació, ya que el silencio es tan inherente a la meditación, como la meditación lo es al silencio. Meditar es reducir la ingente cantidad de pensamientos erráticos, para focalizar la mente en una sensación, una imagen o una idea, anulando toda otra interferencia que nos desvié del propósito en cuestión. Realmente esto último puede transferirse al concepto de concentración, o sea, de mantener fija la atención en un foco. Lo que sucede es que al sostener la atención encausada en un punto durante un tiempo se entra de forma natural al estado meditativo. Existen varios métodos de meditación derivados de distintos sistemas y escuelas; algunos se centran en la respiración (observar la inhalación y la exhalación de forma relajada), otros en la percepción de una imagen (una vela, por ejemplo) o en un concepto (el amor, la bondad, paz, etc.). Cualquiera que sea la técnica elegida lo importante radica en la regularidad con la que se la practique, atendiendo realizarla a la misma hora, en la misma postura y, preferiblemente, en el mismo lugar.

Para quienes la meditación en una postura quieta e inmóvil le suponga una molestia deben saber que existe un tipo de meditación activa***, capaz de poder ser llevada en la vida cotidiana, donde el énfasis radica en poner una atención fluida y serena en cada actividad que se realiza en la rutina diaria; procurando no distraerse con pensamientos hacia el pasado ni ideaciones sobre el futuro, sino el estar lo más presente posible, en lo que se ha denominado: el aquí y el ahora. Si  se camina observar el movimiento de desplazamiento del cuerpo, el nivel de tensión de los músculos involucrados, etc., al comer tomar consciencia del sabor del alimento, de la acción de llevar la comida a la boca, de la deglución y otras sensaciones; y así con todo en lo que nos involucremos, desde darnos un baño hasta el vestirnos; desde hablar hasta conducir, desde estar en una junta de negocios o en un lugar de esparcimiento. Todo lo anterior vale ser aplicado a los aspectos emocionales: alegría, tristeza, ira, etc.; pues al monitorearlas, al hacernos más conscientes de ellas, minimizamos su impacto en nosotros. Si son nocivas lo advertimos, la modificamos o la regulamos; en el caso de emociones positivas impedimos que se desborden modulándolas. Este modo de atención encauzada transforma la experiencia cotidiana y la llena de frescura y de distensión. El entrenamiento en la técnica de la presencia -el aquí y ahora- aporta unos resultados inconmensurables que por razones de espacios no vamos a detallarlos aquí, pero que bien vale la pena practicarla. El objetivo primordial de la misma reside en mantenerse centrado, en un estado sereno, de tranquilidad, de observador y de testigo de lo que nos acontece. Esto amerita de una tentativa constante de conservar la mente serena, el cuerpo relajado y la respiración llevada a un nivel de mayor profundidad.

De todos modos, importa resaltar que la meditación estática (la meditación clásica sentados) y la meditación activa (el aquí y el ahora), ciertamente son un continuum de un mismo proceso que se segmenta por la necesidad de la demandas del contexto en un momento dado. Una y otra convendría, entonces, incluirlas en un programa disciplinario, ya que se potencian mutuamente, haciendo que aquella haga más fácil y practicable esta. Si esto se logra, el trabajo en conjunto producirá una ruptura con el automatismo, tanto conductual, emocional y mental que nos ha caracterizado. Literalmente, el adiestramiento de la atención en el momento presente unido a la meditación estática nos cambiará, si lo practicamos, la vida misma. Cabe subrayar que una cuota significativa de arrojo, disciplina y continuidad de propósito, serán imprescindible para ver los resultados. El esfuerzo, no obstante, téngase la seguridad, de que valdrá la pena.


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* Las metas ordinarias de las personas comunes se pueden subscribir, regularmente, en: dinero, lujos, comodidades, extravagancias, viajes o conquistas amorosas. Otro grupo de sujetos pueden desear: poder, renombre, admiración, grados académicos, etc.; pero en general, casi todos estos logros, que no tienen por qué ser malos en sí mismos, buscan compensar algún vacío interno, cierto nivel de inconformidad, determinado sentimiento de minusvalía personal y, en los casos más insano, una patología psicológica encubierta.

** Los ejemplos y citas que hablan de la densidad del hombre ilustrado (culto, educado, intelectual...) en contraposición de la necedad del sujeto superficial abundan. Un clásico ejemplo lo tenemos en la cita: "Cuanto más vacía está la carreta más ruido hace".  Esto hace clara alusión a que mientras más ignorante llega a ser  un sujeto, este suele tener un comportamiento más ruidoso o exhibicionistas (como en todo, habrá sus excepciones). La persona cultivada, en cambio, por lo regular, en gran medida se caracteriza, por una actitud más discreta,  mesurada y  reflexiva. 

***La ansiedad desmedida y el estrés crónico muchas veces hacen difícil que las personas puedan llegar a controlar la avalancha de pensamientos y emociones que tiene a diario, ya que el sistema nervioso se encuentra tan sobreexcitado, con una estimulación predominante del sistema nervioso simpático. Una manera de modular esta hiperactividad simpática es acudir a varias ayudas: por ejemplo, realizar actividad física sistemáticamente (ejercicio), manejar mejor la nutrición (aportando mayor cantidad de vitaminas del complejo B, vitamina C, magnesio, Omega 3, por ejemplo). Incluir, además, hierbas que ayuden a relajar el sistema nervioso y que calmen la mente como: el Ashwagandha y la Rodhiola. También se puede incluir aminoácidos como L-Teanina o el 5htp que promueven una mayor producción de dopamina y serotonina. Ambos neurotransmisores permiten disfrutar de una sensación de mayor tranquilidad y bienestar mental. Aprender alguna técnica de respiración propia del yoga puede asimismo ser importante, ejemplo: respiración alterna y respiración de fuego, respiración profunda, son una buena opción para tales fines.  Un programa que incluya todo lo sugerido no solamente contribuirá con una mejor salud física, igualmente propiciará salud mental y emocional y, por supuesto, la oportunidad de obtener un mejor control los pensamientos.

**** El Mindfulness, un tipo de meditación derivado de la tradición budista Vipasana, enseña a estar en el presente. Es un tipo de meditación que hoy se aprende en clínicas y centros de salud en distintas partes del mundo. Para el trabajo con el aquí y ahora los libros y videos de Eckhart Tolle son una guía interesante para adentrarse en la práctica de permanecer en el presente.   

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Libros recomendados: Para un estudio sistemático del silencio, de cómo practicarlo, comprender a fondo su disciplina y, sobre todo, mantener la motivación, sugerimos varias obras que pueden ser guía constante en el desarrollo de esta alta destreza humana.  

   El silencio habla de Eckhart Tolle
   El sonido del silencio de Graf Durckheim 
   Video: La Serenidad – de Eckhart Tolle  (donde  expone la práctica de la presencia)
   Mindfulness para principiantes de John Kabat-Zinn (se encuentra en PDF)
   Mantente presente de Ajaan Lee Dhammadharo   (se encuentra en PDF)
















miércoles, 3 de octubre de 2018

Una mirada panoramica del bienestar

  Toda persona busca estar bien, conseguir el bienestar, aun cuando los medios que elija no sean habitualmente los correctos. La sociedad, regularmente, suele extraviar a quienes ingenuamente intentan alcanzar un alto grado de satisfacción, debido, entre otras razones, a que los modelos predominantes en que se inspiran no siempre son los más saludables o éticos. Si bien es cierto que durante el último siglo se produjo un aumento significativo del bienestar social y material, este en gran medida se quedó en los aspectos externos que hacen la vida más cómoda y agradable, no profundizándose en aspectos menos obvios que, por ser intangibles no dejan de ser constitutivamente relevantes y, a veces, el principal foco para el bienestar humano.
     La primera definición sobre el concepto de calidad de vida (término con el que se pretende medir el bienestar material alcanzado por una sociedad), sólo tomaba en cuenta cuantificaciones tales como el índice del producto interno bruto (PIB), el nivel de seguridad social, el ingreso per cápita o el nivel de educación general. Todo esto fue bueno, y siempre será reconocido que cuando estos aspectos están bien instalados la sociedad se encuentra en un umbral de desarrollo bastante deseado. De todas maneras, lo que han mostrado algunas investigaciones que vienen realizándose desde hace algo más de treinta años -tanto en Estados Unidos, Europa y Japón- es que el progreso, el progreso material, por sí sólo no lleva apareado en igual medida un más alto índice de satisfacción personal, lo que se ha llamado bienestar subjetivo.
   Estos resultados plantearon la necesidad de complementar el círculo de la realización personal orientándose hacia aquellos aspectos, si bien menos perceptibles, igualmente importantes que hacen la vida de las personas más satisfactoria y significativa. Esto, en parte, ha sido el esfuerzo de un grupo de psicólogos, pero también de economistas, sociólogos y neurocientíficos, que desde hace varias décadas vienen interesándose en el tema del bienestar humano y de  aloquello que hace que los seres humanos sean felices. Sobre todo esto hablaremos a continuación.

Las variables -externar e internas- del bienestar

     El bienestar es un concepto amplio que engloba muchas vertientes, más de las que tradicionalmente hemos tomado en consideración. Regularmente se habla de bienestar referido al nivel o calidad de vida que es factible obtener en una nación y cuyo punto de comparación se orienta a los alcanzados en los llamados países desarrollados. Las bases de este bienestar se suscriben a los puntos de acceso a la salud (medicina y medicamentos); alimentación: cuyos requisitos calóricos, proteicos y vitamínicos sean adecuados; agua potable, fuentes de energías disponibles (que permitan calefacción e iluminación); educación, vivienda, saneamiento; vestimenta y calzado, transporte para el trabajo y el estudio, acceso a la información, descanso y recreación. Estos puntos, sin ser del todo exhaustivos, componen, no obstante, los elementos fundamentales relacionados con el bienestar en términos sociales.

     Las sociedades modernas ofrecen, fuera de lo que son las necesidades básicas, bienes de consumo que, si bien no son obligatoriamente superfluos, su obtención no forzosamente contribuye a incrementar la situación de bienestar. Por ejemplo, un automóvil reporta comodidad innegable, pero su ausencia no indefectiblemente elimina el bienestar (claro que puede restar comodidad). De igual forma disponer de un excedente de ingresos que en gran parte se destine, por ejemplo, al consumo de bebidas alcohólicas, sexualidad irresponsable, gastos superfluos, lujos desmedidos, u otras recreaciones insanas, puede afectar negativamente el bienestar.
     En las sociedades capitalistas una gran cantidad de objetos se ofrecen en el mercado de consumo para generar satisfacción al precio de una depredación inmensa de los recursos naturales, motivado por una estrategia a favor del consumo, cuya finalidad es crear lucro y no una honesta preocupación por una vida mejor. Esto puede ser observado claramente en algunos países desarrollados (Estados Unidos, Brasil, Alemania, Taiwán) cuya calidad de vida no se iguala al bienestar humano obtenido por sus ciudadanos quienes, según estimaciones, presentan elevados niveles de estrés, ansiedad, depresión y tasas muy altas de enfermedades cardiovasculares (Lora y Chaparro, 2008).
     El concepto de bienestar basado sólo en el progreso monetario está siendo cuestionado hoy día, al punto de que economistas como Joseph Stiglitz y Amontya Sen (Informe de la Comisión sobre la Medición del Desarrollo Económicoy del Progreso Social 2008), ambos premios Nobel, plantean que la calidad de vida debe ser definida en términos más holístico y mucho más amplios de lo que expresa el criterio de PIB, debiendo incluir el de Felicidad Interna Bruta (FIB). De hecho, los alcances del PIB que se toman como parámetros de desarrollo consiguen número tan elevados –en los países del primer mundo- debido principalmente a la cuantía de recursos generado por la atención médica. Si esto prueba la eficiencia del sistema de salud social, implícitamente sugiere también cifras más numerosas de enfermedades atendidas. Una nación desarrollada debería basar sus índices de progreso en menores casos enfermedades y no sólo en la mejor atención hacia estas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha hecho público el informe de que los factores psicológicos y emocionales pueden estar incidiendo en la aparición y desarrollo de un número significativo de  enfermedades.  Una sociedad -materialmente hablando- más prospera igualmente debe estar gestando sujetos más equilibrados emocional y mentalmente, aunque tal parece que esto no es lo que está aconteciendo.
   Las ideologías que sostienen que la superación de todas las trabas económicas garantiza ampliamente la satisfacción de los individuos, tendrán que revisar sus proposiciones en miras de que las más recientes investigaciones científicas sobre el bienestar y la felicidad no apoyan dicha tesis.  El actual criterio integral del bienestar apunta a que mayor calidad de vida, entendida como necesidades básicas cubiertas de forma holgada y más disponibilidad de consumo, no agota la extensión del concepto. Existen otras dimensiones, dentro de la calidad de vida que se refieren a aspectos un tanto inmateriales que involucran el desarrollo humano y que integran elementos como afectividad, valores, sanidad psicológica, crecimiento interior, estados de paz, tranquilidad emocional y calidad en las relaciones interpersonales. Todos ellos deben ser incluidos dentro de la dimensión de bienestar. En tal sentido desarticular condicionamientos negativos adquiridos durante la infancia, superar traumas psicológicos y reactividad emocional neurótica, es también trabajar para el bienestar individual y social. Una personalidad equilibrada, serena y madura, sugiere el logro de un nivel de bienestar subjetivo bastante alto (Peterson y Bossia, 1991).


El bienestar humano

     Es mucho lo que se ha escrito justificando que lo que más afecta a una persona ante un hecho o circunstancia no es el hecho en sí mismo, sino más bien la interpretación que se hace sobre el mismo. Si esto es así –y creemos que lo es- los eventos no tienen una consecuencia absoluta, sino relativa que depende de la interpretación subjetiva particular. Esa interpretación varía según la personalidad de cada cual.

     Para Gordon Allport la personalidad es "la construcción que se edifica a partir de la entidad  física, la educación, el aprendizaje, el comportamiento, el condicionamiento, los gustos y las tendencias particulares" (Susan C. Cloninger, 2003). Es un constructo bastante amplio que para ser comprendido es requisito definir los otros dos elementos que le son consustanciales: el carácter y el temperamento. El primero no es una herencia ni biológica ni social, sino, más bien, el resultado del ejercicio de la volicion ante las circunstancias, esto es, si asumimos los retos de la vida con templanza o cortedad.se construye ejercitando la volición ante las circunstancias, o sea, la templanza o la cortedad. "Más carácter" tiene una persona en la medida en que más consciente ha sido a la hora de enfrentar las trabas, inconvenientes o dificultades con la que ha tenido que lidiar. Un aspecto del carácter puede vincularse a los valores, entendiendo estos como las convicciones éticas en que la persona sustenta sus acciones. El temperamento, en cambio, posee una naturaleza más biológica (heredada) pues proviene del resultado de la combinación genética de los progenitores. Por su misma condición es de difícil modificación, aunque pueden, con entrenamiento y educación, refinarse algunas de sus esenciales inclinaciones. El temperamento determina aspectos tales como lo impetuoso o calmado que se tiende a ser (al primer caso se le podría llamar sanguíneo, al segundo, flemático). Sobre ello existe una extensa literatura que viene desde Hipócrates en su división de los temperamentos. Posteriormente,  pero mucho más reciente, otros teóricos han descrito que la diferencia en la complexión (Kretschmer: picnico, astenico, atlético o Shledon: endomorfo, mesomorfo, ectomorfo) determina la naturaleza de nuestra constitución anímica. 
     Como puede observarse, la persona es entonces el fruto tanto de su constitución biológica, como del condicionamiento del entorno. En ambos universos, en uno más que en otro,  el individuo puede lograr cierta autonomía y modificar, mejorar, cambiar o adquirir maneras, comportamientos o actitudes que le sean provechosas, adecuadas y que le proporcionen mayor satisfacción en los años de su paso por este mundo. Cada persona esta llamada a construirse a sí mismo misma. Una concluyente frase del filósofo francés Jean-Paul Sartre lo expresa de este modo: “un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.
     Como todo ser humano hereda una cantidad de mutaciones genéticas (algún mal funcionamiento nervioso, glandular, cerebral, inmunológico o metabólico) y, medioambientalmente hablando, un sistema:  parental, social, político, económico y cultural imperfecto, es muy razonable considerar que llegar a una vida relativamente plena amerita de una fuerte autorresponsabilidad que permita:
         1) Conocer y comprender nuestros                      puntos más vulnerables
         2) Reconocer las fortalezas con las                      que  contamos y robustecerlas
     Por lo regular, el bienestar, en términos psicológico, implica dos aspectos esenciales, cuyas ramificaciones ocupan la parte emocional y mental de todo individuo. Veamos:
    1)      Emocional: en esta dimensión el trabajo consiste, fundamentalmente, en desechar las emociones negativas, regular la afectividad, o sea, equilibrarla e inclinar la balanza hacia las emociones positivas. Algunos han supuesto que apartar de sí las emociones negativas es inadecuado porque ello sería como reprimirlas y negar lo humana que son. Esta visión, desde luego, tiene parte de razón pues la tristeza o la ira son estados naturales que han jugado un rol importante en el proceso evolutiva de la especie. Las emociones básicas han contribuido con la supervivencia y su carácter instintivo ha garantizado la integridad física ante un peligro. Fuera de tales escenarios,  muchas emociones, que llamamos negativas, han sido reforzadas más bien por el contexto social y educativo, no siendo pulsiones saludables y lo único que consiguen es apartarnos de un estado interno más sosegado.
    2) Mental: el esfuerzo aquí se centrará       en  adquirir una mayor conciencia de          los   pensamientos, reconocer el                     intrínseco. vínculo entre emoción-mente      y entrenar esta última reestructurando       su contenido y trabajando su                           estructura. 

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El bienestar subjetivo
   Un nuevo tipo de literatura sobre bienestar subjetivo viene liderando las investigaciones en torno a la felicidad, la satisfacción con la vida y el afecto positivo. Estos términos que tomados de manera aislada muchas veces resultan vagos, por lo inespecíficos que suelen ser, son parte del interés de muchos investigadores sociales. Quizás porque a través de la historia muy pocos filósofos han considerado el tema de la felicidad, juzgándolo a veces de irrelevante,  haya influido esto en que los psicólogos igualmente durante demasiado tiempo lo hayan ignorado, priorizando la exploración de las psicopatologías (Brenner, 1982). Al momento el concepto global de felicidad que se está estudiando, desde la psicología, está siendo reemplazado por conceptos más específicos y mejor definidos, para fines operacional, e incluso se están desarrollando instrumentos de medición al mismo tiempo que avanza la teoría.


 Las definiciones de bienestar y de felicidad pueden agruparse dentro de dos categorías: como virtud (Eudemonía), que es la concepción griega de una existencia sujeta a juicios normativos correctos y como satisfacción por la vida (nuestro bienestar subjetivo), la cual es la designación  que le dan los científicos sociales. Aquí nos interesa más este último sentido, el cual es una explicación más ampliada –y menos normativa- que implica evaluación global de la calidad de vida de acuerdo con los criterios elegidos por la persona misma. Una tercera noción, igualmente válida, pero quizás algo más limitada es aquella que enfatiza que la felicidad o el bienestar como la experiencia de emociones placenteras (hedonismo), o sea, la preponderancia del afecto positivo sobre el negativo.

     Actualmente está tomando mucho peso la presunción de que la satisfacción subjetiva, en todos los aspectos de la vida de una persona, es la variable más determinante en el nivel de bienestar y felicidad que puede alcanzar una persona, misma que queda por encima de otras variables como el aumento de ingresos, la personalidad, la salud, la edad, el género, la raza, la religión, el matrimonio, el contacto social y cualquier otra actividad general (Brenner, 1982).  Esta satisfacción subjetiva que lleva al bienestar o a la felicidad puede asumir dos características de acuerdo a que tan frecuente o permanente en el tiempo llegue a ser, pudiendo presentarse como rasgo y como estado. En el primer caso se trata de una predisposición (genética o psicológica) a experimentar ciertos niveles de afectos o sentimientos positivos, independientemente de las variables externa que la obstaculicen. En el segundo caso -el estado- sugiere una sensación de placidez intermitente que se incrementa o se reduce de acuerdo a lo favorable o no que sean las circunstancias externas (Cuadra & Florenzano, 2003).   


Los promotores del bienestar

     El nacimiento de la psicología -la psicología científica- lleva algo más de un siglo. En tan largo, y a la vez corto, tiempo, si se la compara con otras ciencias, el avance ha sido extraordinario y el conocimiento de la dinámica inconsciente, de los comportamientos condicionados, del pensamiento disfuncional y de las potencialidades humanas ha sido seriamente estudiado y compilado. Después de algo más de cien años de investigación, el profesional dedicado a la psicología, sobre todo, cuando está bien formado, dispone de un abanico de recursos muchos de ellos científicamente validados, capaz de modificar conductas desadaptadas, mejorar respuestas cognitivas ineficaces, incorporar estabilidad emocional donde no existe, proporcionar mayor armonía interpersonal, reducir niveles excesivos de estrés, solucionar estados de ansiedad patológicos, mejorar estados depresivos, incentivar conductas proactivas, contribuir aún mejor aprendizaje intelectual, hacer más llevadera una perdida personal, ayuda a reponer con más prontitud de una frustración, catástrofe o enfermedad, aprender a enfrentar mejor algunos retos o superar una tendencia o adicción invalidante (Sue & Sue, 2002).  

    
     Para conseguir todo lo anterior el psicólogo se vale del enfoque clínico en que se ha preparado o realiza un abordaje integral que involucre el uso de varias corrientes psicológicas clínicamente aceptadas; todo esto como un modo de enriquecer su trabajo. Si bien, desde hace unas décadas algunos terapeutas vienen integrando a sus tratamientos algunas prácticas nacidas fuera del contexto clínico, como es el caso de las técnicas de respiración o de meditación, se hace necesario aclarar que esto ha sido así después que las mismas llegaron a pasar por el cedazo de la evidencia científica, la cual mensuró y comprobó su utilidad y beneficios (Kabat-Zinn, 2005). Todo puede ser lícitamente aceptado cuando la validación de lo que se ofrece es factible de justificarse por métodos empíricos.

     En los actuales momentos, fuera de los círculos clínicos tradicionales, una ingente cantidad de sujetos se dedican al ofrecimiento de entrenamiento y pautas para una vida más plena, satisfactoria, en fin, de mayor bienestar. Algunas de las personas que se dedican a esto han realizados estudios en el campo de la motivación humana, la psicología o la medicina; otros, tal vez la mayoría, de aval menos definido, también se han infiltrado en el campo. La vía a través de la cual hacen llegar sus propuestas a los grupos interesados es generalmente por medio de seminarios y talleres. Muchos dicen que no pretenden suplantar el papel del psicoterapeuta y que su trabajo más bien se circunscribe  a un acompañamiento, pues al no  sugerir cambios, no dar orientación, no aconsejar, su fin se limita a lograr que las personas conecten con su propio potencial. Mientras que todo esto suena poético, algo bucólico sin duda, y puesto que parece no ocasionar ningún daño, puede considerarse como un recurso válido, siempre que no se involucren en áreas que no son del todo de su competencia sino más propias del profesional de la psicología clínica.  

     Si algo ha quedado claro en el campo de la salud mental y psicológica es que el cambio, la conquista de una conducta madura, la superación de cualquier condición psicológica desajustada o la simple construcción de una autoestima saludable, requieren de tiempo y trabajo concienzudo. Las formulas generales y rápidas pocas veces producen resultados fiables y duraderos y esto es a lo que, a nuestro juicio, y con todo respeto, muchas de las propuestas anteriores pretenden.  Por otro lado, es importante apuntar que en psicología clínica se sabe que lo óptimo para que un paciente consiga mejoras en la psicoterapia es asistir a entre veinte a cuarenta sesiones. Menos del mínimo señalado puede no garantizar un bienestar mensurable significativo y sí una mayor probabilidad de recaídas (Psicología clínica, 2003), si la condición personal a tratar es crónica o decididamente seria. Si hacemos una suma cronológica de un promedio de treinta sesiones terapéuticas -a razón de una por semana- esto da unos siete meses aproximadamente. Tengamos en cuenta que aún los grupos de encuentro y de autoayuda, como los de Alcohólicos Anónimos, precisan de reuniones semanales, durante varios meses para que los asistentes logren ir incorporando conductas más saludables,  mejoren su autorrefencia y desarrollen estrategias efectivas de afrontamiento. Esto puede hacerse extensivo para cualquier tipo de modificación de conducta o superación de alguna condición psicológica o emocional, independientemente de que se tenga o no una patología manifiesta. 

     Por otro lado, los programas de psicoeducación o entrenamiento que incluyen unas diez sesiones cumplen, más o menos, los criterios precedentes si el psicoterapeuta es competente, si la propuesta terapéutica es confiable y si la condición a tratar no tiene una implicación profunda en la personalidad, en la mente o en la emocionalidad del paciente en cuestión. Cuando se presentan todos estos factores entonces diez sesiones pueden resultar efectivas (psicoterapia breve). Así pues, que asistir a talleres y seminarios, sin duda, resulta una agradable ocasión para incrementar nuestros niveles de motivación y para aprender estrategias que aporten bienestar a nuestra vida, aunque, la intervención del profesional de la psicología sigue siendo el medio, hasta el momento, más idóneo para atender o solucionar problemas de salud mental y psicológica, dejando claro que son muchos los medios y las vías que pueden contribuir a incrementar nuestro
 bienestar subjetivo.

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-Brenner, Charles (1982). The Mind in Conflict. New York: International Universities Press.
-Cuadra, Haydée; Florenzano, Ramón (2003).  El bienestar subjetivo: hacia una psicología positiva. 
  Facultad de Psicología, Universidad del Desarrollo: Revista académica de la Universidad de Chile.
-Informe de la Comisión sobre la Medición del Desarrollo Económicoy del Progreso Social 2008.
-Lora y Chaparro, 2008. La conflictiva relación entre la satisfacción y el ingreso.
-Timothy J. Trull (2003). Psicología Clínica. 5ta. Edición, Thomson. México.
-Susan C. Cloninger, 2003. Teorías de la personalidad, tercera edición, México.


domingo, 22 de julio de 2018

El bienestar: una revisión de los medios y los pasos para conseguirlo


    El bienestar es posible en la medida en que se haga el esfuerzo de obtenerlo. Esto es axiomático. Conocer las pautas que llevan a una vida placentera ha sido un tema de preocupación en todas las civilizaciones, aún las antiguas. Aunque resulte sorprendente, un aspecto común en prácticamente toda la tradición médica de la antigüedad era tener en cuenta condiciones que hace apenas unas décadas comenzaron a ser valoradas por la medicina oficial. Tanto en las tradiciones ayurvédica (de la India) o taoísta (de China), se preconizaba que el bienestar se alcanzaba ocupándose, en igual medida, de los aspectos físico, mental y espiritual de la persona
. Todavía más, algunos pueblos del pasado sugerían que los factores medioambientales y climáticos debían tomarse en consideración para el restablecimiento del equilibrio orgánico o psíquico cuando este se había perdido. Sus consejos para un régimen de vida no estaban en nada lejos de lo que hoy se prescribe como un estilo de vida saludable. En Grecia, por ejemplo, cuya ascendencia es la más decisiva en la cultura occidental, varios sabios de entonces proponían distintos modos para conseguir una existencia más satisfactoria. Sus métodos abarcaban desde las cuestiones más elementales como el descanso hasta aquellas de carácter trascendental, como el desarrollo de la autoconciencia. Así entonces, encontramos que las ventajas de una alimentación sana y sencilla eran ampliamente promovidas tanto para el hombre convaleciente o el sano (Hipócrates).  Otros destacaban las virtudes de la gimnasia para el adecuado desarrollo moral (Aristóteles), así como la insistencia en la buena disposición del humor y la tranquilidad para mantener la salud mental (Demócrito). El autoanálisis formaba parte de las enseñanzas en algunos centros (Instituto Pitagórico), como lo fue también la insistencia en el conocimiento de sí mismo (Sócrates), o el cultivo de la imperturbabilidad o el autocontrol de las emociones (Epicuro).

     La sensación de que se ha alcanzado un enorme progreso en lo referente a lo que produce el bienestar, en gran medida, se debe a que durante la Edad Media una gran parte del tesoro de conocimiento científico y médico adquirido con anterioridad experimento un estancamiento en la Europa Medieval,  siendo  mejor aprovechado  por el mundo islámico. Esto dio paso a que surgiera paralelamente a las ideas médicas de Hipócrates y Galeno, una visión superticiosa de las afecciones y los  trastornos, los cuales comenzaron a ser atribuidos a entidades y posesiones de espíritus descarriados. En esto tuvo mucho que ver la hegemónica autoridad clerical de entonces, pese a que obviamente no fue la única causa responsable.       

     Puede resultar decepcionante para algunos darse cuenta de que conseguir bienestar puede ser algo tan alcance de cada uno.  El bienestar ordinariamente descansa en dos bases –claro que esto es un modo reduccionista de presentarlo, pero para lo que se desea mostrar es válido- una que llamaremos externa y otra interna. La primera, la externa, puede resumirse en tres aspectos: a) descanso suficiente, b) nutrición inteligente (eliminación de hábitos contrarios a la salud: cigarro, drogas, alcohol, etc. y la inclusión de suplementos)  y c) ejercicio. Estos tres se pueden señalar como los más relevantes. A pesar de que tales pautas parecen –y son- tan sencillas, resulta intrigante por qué tan pocas personas las toman en cuenta. Una explicación plausible puede ser que integrarlas en la rutina cotidiana precisa de continuidad de propósito, cuestión ésta que a su vez requiere de disciplina, la cual se tiene como una de las competencias menos desarrolladas en las personas. Si bien el común de la gente puede con facilidad dedicar ocho horas a su trabajo semana tras semana y mes tras mes, este tipo de actividad –generalmente obligatoria para la subsistencia- tiene recompensas inmediatas y el compromiso que conlleva puede no demandar de mucha disciplina.   

     En lo que respecta a la base interna para la salud, señalaremos igualmente tres elementos, que como ya cabe esperar no serían los únicos, pero que, haciendo la salvedad anterior, serán de suma importantes: a) desarrollo de la autoconciencia, b) manejo del autocontrol, c) internalización de emociones positivas. Sin lugar a duda los aspectos internos de los que hacemos mención aquí son menos reconocidos por el sujeto ordinario y, desde luego, su trabajo requiere algo de estudio o  de instrucción. Por autoconciencia se alude al hecho de ser conscientes de nosotros mismos, de nuestra existencia, de nuestra posición en el mundo; es el principio del autoconocimiento. Nos ayuda a reconocer nuestras emociones, pensamientos y conductas reactivas y automáticas y a partir de ello poder modificarlas. El autocontrol alude fundamentalmente al control consciente de los sentidos, esto es sobre todo, el entrenamiento en la sujeción de la mente y las emociones. Finalmente, internalizar emociones positivas apunta, no a negar o reprimir las emociones desagradables, sino, a reconocer el valor que para nuestro desarrollo como seres humanos representa cultivar emociones armoniosas, estimuladoras, sanas. 

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  En la actualidad casi todas las autoridades y expertos en salud consideran que un importante oponente del bienestar es el estrés. Y el estrés más nocivo proviene, generalmente, no tanto de las condiciones externas o demandas personales habituales, si en cambio de las emociones y pensamientos tóxicos y deprimentes que surgen de nuestra interioridad. Los individuos sumamente reactivos tienen particularmente mayor riesgo de padecer estrés crónico, lo cual a su vez se convierte en uno de los factores de riesgos más importantes para sufrir trastornos físicos y psicológicos.  

     El estrés puede incentivar también varias conductas evasivas como fumar, tomar alcohol, drogarse, sedentarismo, modificación de hábitos alimenticios, consumo excesivo de carbohidratos -con el riesgo que supone esto último para el sobrepeso y la diabetes, así como para el desarrollo de trastornos cardiovasculares. Aunque por lo regular se describe el estrés como una condición comúnmente nefasta, no todo es realmente tan malo, ya que la dosis, como decía Paracelso, es lo que determina que algo sea dañino o no. Si tomas un vaso de leche, es bueno; si tomas dos, puede ser bueno aún, pero si tomas diez lo más probables es que te indigeste. Algo de estrés es necesario. Siempre que hay actividad se genera algún nivel de estrés. Bailar, patinar, divertirse, por ejemplo, pueden hacer que se produzca adrenalina y esto crea euforia. Esta es una forma saludable de estrés en su fase inicial, e incluso al estrés que se produce en tales ocasiones  se le ha dado el nombre de eustres:  o sea, estrés bueno, la cara positiva del estrés.

     Es sólo cuando el estrés produce  malestar y se mantiene por mucho tiempo, cosa que suele ocurrir frecuentemente hoy, que puede afectar negativamente la fisiología y el metabolismo. En tales circunstancias los mecanismos de defensa del organismo se activan y si esto se prolonga el sistema se agota, sucumbe y se debilita al mantener acelerada la excitación adrenérgica, simpática e hipotalámica. Finalmente puede llegar a producirse la lesión de un órgano o la enfermedad. Como puede observarse, lo perjudicial del estrés se plantea cuando este es sostenido, permanente y se ocasiona no tanto por situaciones agradables y placenteras, sino por presión, falta de control, ansiedad o emociones negativas.

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     Si bien es cierto que el bienestar puede darse, aunque cualitativamente distinto, tanto por razones externas como interna, hay muchos que consideran que sólo es dable en situaciones económicas favorables. La realidad, empero, nos presenta la portada de muchas personas cuyas necesidades básicas están más que cubiertas y a pesar de ello no puede asegurarse que tengan bienestar. Considerar el dinero –la riqueza- como el valor más significativo en el bienestar es posible, pero sólo en aquellos cuyas conciencias están exentas de sensibilidad. Existen sociedades que no valoran tanto como la Occidental la riqueza y no por ello son menos felices. Cantidad de personas adineradas llevan vidas desgraciadas. El ideal del bienestar total a partir de la riqueza es un mito. Por otra parte, los recursos económicos son imprescindibles para cubrir las necesidades básicas, pero más allá de ello, su validez es cuestionable, por lo menos así lo demuestran varias investigaciones al respecto actualmente.

  Muchas veces el término bienestar se ha asociado al de felicidad y conceptualmente se presentan como sinónimos en no pocas ocasiones, aunque cabe suponer una diferencia importante según la orientación del campo del saber que lo aborde. Por ejemplo, la felicidad fue -es y será- un tema siempre referido porque atañe a una de las preocupaciones más consustanciales del ser humano. Aristóteles entendía que la felicidad se alcazaba en la Polis en una vida comprometida con las virtudes; filósofos posteriores como los estoicos o epicúreos la suscribían a la ataraxia o tranquilidad. Jesús y los posteriores místicos cristianos la temporalizaron en el paraíso, con lo cual descartaban su posibilidad en el mundo terrenal. Buda (en India) quinientos años antes de Cristo infirió que esta es posible sólo cuando se extingue la causa del sufrimiento, que para él era el deseo. Los capitalistas modernos promueven que el dinero es el medio para conseguirla (son muchos los que están convencido de ello hoy día).


   Al presente algunas tendencias en psicología interesadas en el tema de la felicidad se han acercado a las tradiciones místicas de Oriente intentando conocer lo que estas dicen al respecto. Desde esta perspectiva el estadio de plenitud o felicidad (al que llaman igualmente realización, nirvana, samadhi) parece venir cuando se trasciende el deseo por los habituales y ordinarios placeres sensoriales y personales. No se puede asociar esta forma de renuncia de los placeres al concepto freudiano de represión, aunque se le parezca, porque las motivaciones de las que se parte son muy distintas a las referidas por Freud. Primero el renunciamiento de los deseos viscerales a los que se hace alusión se da de una manera consciente y segundo se dispone de un entrenamiento que posibilita, paulatinamente, el abandono de las apetencias groseras enraizadas en la personalidad, por lo tanto, no se realiza de manera brusca o extemporánea. El fundamento aquí es el control de la mente, pues ella es el habitáculo de nuestros pensamientos y tendencias sediciosas. Con el control de la mente se consigue una paz inalterable; la imperturbabilidad es el concepto que define la felicidad en tales tradiciones. Esto, sin embargo, son juicios difíciles de asumir en nuestra cultura occidental, aunque no por ello imposible.

     Podría surgir la inquietud, ya que se tocó el tema de lo espiritual en la búsqueda del bienestar y la felicidad, de si los ateos pudieran ser personas menos felices que los creyentes. Lo primero que hay que aclarar es que la palabra ateo era referida a los cristianos durante el imperio romano porque a diferencia de los otros pueblos, ellos creían en un solo Dios, o sea, negaban la existencia de muchos dioses. Con el devenir el concepto se aplicó a quienes no comulgaban dogmáticamente con la religión cristiana, pero muchas tradiciones como el panteísmo o el budismo que no asumen la creencia en un Dios antropomorfico no dejan de reconocer la existencia de una naturaleza espiritual en el mundo o en las personas. El ateísmo se ha vinculado mucho hoy día al materialismo, corriente filosófica que niega rotundamente cualquier noción metafísica del mundo, sugiriendo que la materia es el origen primario de todas las cosas. Pero aún estos no tienen que ver disminuida su cuota de felicidad en el mundo pues su postura teórica es simplemente una contraposición de la doctrina idealista que apunta a la supremacía de la mente sobre la materia. Demócrito y Epicuro pueden considerarse pensadores materialistas y, no obstante, sus sistemas filosóficos daban una gran importancia al estudio de la felicidad. 

     Cuando el concepto de materialismo se vincula con una vida menos feliz se refiere, regularmente, a un modo de vida egoísta y no así a la doctrina materialista per se. Aquí vale hacer una distinción. La gran profusión de artículos, bienes y comodidades que se produjo en los países desarrollados (principalmente Estados Unidos) después de la posguerra disparó un tipo de comportamiento consumista donde la tendencia era obtener todas las novedades que ofrecía el mercado. A este estilo de vida comenzó a llamárselo materialista, porque lo que importaba era la adquisición de cosas, aun triviales, superfluas e innecesarias, por el solo hecho de ganar estatus o simple vanidad. Estas personas –tanto las de ayer como las de hoy- no tienen ninguna concepción materialista del universo y en general son sujetos ignorantes, filosóficamente hablando, que carecen de un modo de pensar sistemático. Son simples adquirientes de cosas manipulados por una feroz campaña propagandística. Otra cosa son los filósofos del materialismo como doctrina cuya visión del mundo y de la vida no los hace llevar obligatoriamente una existencia tan exuberante. Muchos filósofos de tendencia materialista llevaron vida sobria. Karl Marx, por ejemplo, uno de los pensadores más influyente del materialismo, llevó una vida muy austera. En tal sentido se puede concluir que cuando se habla de materialismo explicado como un tipo de devoción compulsiva por el tener, comprar y gastar, estas personas si tienden a asegurarse, de acuerdo a lo que dicen los estudios, una amplia cuota de infelicidad en sus vidas. Esto último ha sido corroborado por varias investigaciones. 

     Abundando algo más sobre el tema del materialismo, diversas opiniones de muchos investigadores sobre la menor felicidad de las personas materialistas subrayan lo dicho en el párrafo precedente. Por ejemplo, Tim Kasser de la Universidad de Knox en Galesburg, Illinois y que lleva varios años indagando el tema del sujeto consumista dice que estas personas suelen ser "pobres en bienestar".  El también psicólogo David G. Myers, del Hope College, plantea que la dedicación de tiempo y energía a conseguir cosas se vuelve una carga finalmente para aquel que tiene esa meta como lo más importante.  El doctor Edward Diener, psicólogo social, apunta que los materialistas adinerados no tienen una vida del todo satisfactoria, pero que, desde luego, la pasan mejor que los materialistas sin recursos, ya que estos últimos sufren considerablemente al no poder agenciarse todo lo que desean. La psicóloga Marsha Richins, explica que las personas materialistas mantienen expectativas poco realistas, esto las hace que adquieran bienes que finalmente no les resultan tan placenteros como esperaban, lo cual les impulsa a desear más y seguir en el circulo vicioso de consumo e insatisfacción.  James E. Burroughs, profesor de la Universidad de Virginia, indica que "las personas más infelices son aquellas que tienen en alta estima el materialismo..." Esto es tan solo una reducidísima muestra del dictamen de algunos expertos sobre el tema, aclarando que se ha dejado de lado la mención de investigaciones longitudinales hechas a sujetos con aspiraciones financieras quienes reportaron niveles de menor satisfacción en sus vidas en comparación con otros que expresaron deseos monetarios más modestos. 


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  Para muchos una sociedad más desarrollada ofrece a sus conciudadanos más altos niveles de comodidad y seguridad, logros estos obtenidos por un mayor desarrollo tecnológico y científico que son el pivote de un mundo más "civilizado". Pero, realmente, el avance en estos campos, aun cuando ha sido extraordinario, por otro lado, muestra una alta tasa  de sujetos alienados. Psicólogos como Erick Fromm (Del tener al ser, 1976) y filósofos como Walter Benjamín, Theodor Adorno o Max Horkheimer escribieron al respecto. Cualquiera que haga un análisis algo exhaustivo podrá advertir que en términos humanos la satisfacción de la población general no va pareja al avance tecnológico y científico. Actualmente tenemos urbes modernísimas, pero las reacciones emocionales siguen siendo las mismas que hace cinco mil años. Muchas veces el progreso produce o saca al exterior, problemas psicológicos que no existían  -o no fueron vistos- anteriormente. La sociedad avanza y por lo regular el individuo sólo hace uso de los medios, pero sin crecer mucho humanamente hablando. Herbert Marcuse, un teórico de orientación marxista muy respetable del siglo XX, en un libro El hombre Unidireccional, que la tecnología puede llegar a ser una enfermedad,  un medio excelente de cohesión y control social.

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    Como puede apreciarse el tema del bienestar es tan amplio como complejo y, desde luego, no se agota con todo lo que hemos expuesto aquí. Sin cuestionar lo significativo de las condiciones externas para una vida mejor, más cómoda y segura, no deja de ser evidente que el bienestar, en gran medida,  tiene mucho que ver con lo subjetivo (lo interno)  y que los elementos básicos para una vida más placentera están al alcance, sino de todos, sí de una gran mayoría, cuando se logra la información adecuada y se hace el esfuerzo consciente y disciplinado de aplicarla. 



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*Eu es un prefijo griego que significa bueno. En tal sentido eustres hace alusión al estrés positivo.